
La reciente película de Ridley Scott sobre Napoleón revive la importancia del derrotado en Waterloo, aunque desde cierto desdén respecto a su complejidad histórica. Aquí, desde el film, no nos concentramos principalmente en la búsqueda de sus inexactitudes históricas, sino en un limitado intento de rescatar solo parte de la real diversidad de la personalidad de Napoleón que la película omite, al menos en su actual formato, antes de su versión extendida.
En este sitio ya hemos intentado acercarnos a la huella histórica napoleónica: «Napoleón, mortal, Dios, y de nuevo mortal «.
El Napoleón que no es. Más allá del film de Ridley Scott.
Por Esteban Ierardo
Napoleón es de esos raros personajes que nunca pierden un magnético halo que se proyecta en lo contemporáneo.
Una confundida creencia es que la historia es pasado muerto. A lo más, el contenido de inofensivos libros de documentación histórica. O los historiadores, por regla, creen que la historia es río nunca congelado o disecado de fuerzas que explican el cambio histórico, el origen de las civilizaciones, y el porqué de la fascinación de ciertos personajes históricos.
El historiador y el cineasta ensayan sus operaciones de resucitación de los personajes absolutos del ayer. Pero, a veces, más que resucitacion, lo que ocurre es una paródica recuperación. Esto es quizá lo que ocurre con la aventura napoleónica de Ridley Scott, el cineasta de tanto cine histórico y de otros géneros (la ciencia ficción en Alien o Blade runner, por ejemplo). Más que revivir toda el aura compleja del gran corso, Scott propone una versión aligerada, más interesada en su pasión amorosa y de alcoba con su emperatriz Josefina, que en su épica, dramatismo y complejidad.
Durante más de veinte años, Napoleón mantuvo en vilo a Europa. Ambicionó la grandeza imperial, creó su propia nobleza, y aristocracia militar. Sin éxito, pretendió someter a Rusia, Inglaterra, España; fue llamado el Gran Usurpador por su sorprende acceso al poder desde sus oscuros orígenes en una familia de la baja aristocracia de Córcega, por lo que siempre fue despreciado por las más acendradas monarquías europeas. Su meteórica carrera durante la Revolución francesa, destructora del absolutismo monárquico, lo encumbró por la toma de Tolon, o por las grandes campañas como la de Italia, su ocupación de Egipto, su transformación en el hombre fuerte garante de la paz tras el golpe de Estado del Directorio en 1799; y su posterior encumbramiento como emperador en Notre Dame en 1804, inmortalizado en el inmenso lienzo de Santiago Luis David, el pintor de la revolución, que pende en una de las salas del Louvre.
Se incluye el célebre momento en el que Napoleón se corona a sí mismo, impidiéndole al Papa Pío VII hacerlo, pero no se ahonda en modo alguno en lo que significó ese revolucionario acto: el hombre se inviste a sí mismo del poder imperial, un acto de modernidad política que rompe con la anterior legitimación medieval de Dios mediatizada por la coronación papal.
La película de Napoleón sorprende no tanto por lo que muestra sino por lo que omite. Lo que muestra es a un Joaquin Phoenix más cercano al histrionismo de su sublime caracterización de Joker que a un general constructor de un imperio; una fotografía que no alcanza a embelesar; el hecho de que esté hablada en inglés y no al menos doblada en francés como debió ser; secuencias de batallas de poco entusiasmo, de un anémico caos bélico. Esto se aprecia en la recreación de los enfrentamientos de Austerlitz y Waterloo. El primero entre franceses y los austrorusos, uno de los máximos logros estratégicos de Napoleón, reducido aquí al momento particular del cañoneo de un lago congelado, y el quiebre del hielo que derivó en el ahogo de cientos de soldados y caballos. Se omite así la feroz carnicería entre las cargas de caballerías. En Waterloo, la victoria inglesa y prusiana liderada por el Duque de Wellington, no hay atisbo de dos de sus momentos más gloriosos: la carga de la caballería escocesa al grito de Scotland for ever, y la desesperada marcha final de la vieja guardia imperial francesa, veterana invencible en tantas batallas, cuando ya todo estaba perdido.
La campaña en Rusia no refleja la vehemencia apocalíptica de la batalla de Borodino ( que tan bien recreó Leon Tolstoi en La guerra y la paz), o las tenebrosas nevadas mortales que de a poco, redujeron a la helada y miserable muerte a buena parte de la fuerza armada napoleónica de medio millón de hombres. Ejemplo del desdén por lo dramático extremo, desinterés por la tormenta trágica siempre tronando al paso de las ambiciones napoleónicas.
Nada se trasluce sobre la desastrosa invasión napoleónica a España y Portugal. El fracaso de Bonaparte en la península ibérica ante la heroica resistencia española fue otra de las causas cardinales de su debacle final.
Al comienzo de su marca artística como cineasta, Scott sorprendió con Los duelistas (1977), firme poesía en su brillante adaptación de la novela homónima del intenso Joseph Conrad. Para nuestra sorpresa, en el crepúsculo de su carrera, la cinta de Scott difunde un Napoleón decolorado, light, de un pobre guión más pensado para dar vía libre al peculiar estilo de Phoenix. Como si se transparentara poco deslumbramiento y conocimiento del general corso, a diferencia de Stanley Kubrick, quien leyó cientos de libros sobre la figura napoleónica para el proyecto de filmar una epopeya que lamentablemente nunca fue consumada; aunque su frustración la compensó luego con la filmación de Barry Lyndon (1975), situada en el siglo XVIII, de convincente recreación histórica, y que evita la luz eléctrica en los interiores.
La única perla actoral genuina en el film es el papel de la bella, licenciosa y sensual emperatriz Josefina, protagonizada por Vannesa Kirby. Y es de destacar la banda sonora de Martin Phipps, más para escuchar como obra en sí misma, con su interesante elección estética de construir por los sonidos corales de la isla de Córcega el retrato musical de Napoleón como forastero corso.
Un narración sin emoción, dramatismo, profundidades psicológicas. El apresuramiento de un entretenimiento antes que un arte meditado.
Momento paradigmativo del desdén por la épica napoleónica es el regreso de Napoleón a Francia luego de su destierro a la isla de Elba en 1814 tras su abdicación en Fontainebleau, a consecuencia de la derrota en la batalla de Leipzig, la llamada batalla de las Naciones, las más importante batalla de las guerras napoleónicas, una derrota mayor que la de Waterloo, y omitida sin preocupación.
La monarquía se había restaurado con Luis XVIII Borbón. El mariscal Ney fue enviado por el nuevo rey a detener al ex emperador. Napoleón sale a su encuentro a pie, y pronuncia un emotivo discurso hacia sus viejos soldados de su guardia imperial, les ofrece su pecho. Nadie se atreve a dispararle. Y brota una adhesión casi mística al emperador que regresa. En la versión de Scott todo se resuelve en un veloz trámite aparatoso y poco convincente, y con un dejo de displicencia cuando a la pregunta de si alguien no reconoce a su emperador un soldado responde que sí claro, lo reconocen, con cierta sorna. Es imposible no recordar aquí la recreación del Napoleón épico y carismático protagonizado por la soberbia actuación de Rod Steiger, cuyo discurso frente a los soldados que deberían capturarle o matarle es memorable en Waterloo (1970), de Sergei Bondarchuk, y con Orson Welles como Luis XVIII. Este sí es un tributo fílmico a la altura del genio bélico napoleónico también responsable de la hecatombe de soldados de multitud de ejércitos.
Mucho se insiste en ciertas inexactitudes históricas del film; pero el desdén por la intrincada personalidad de Napoleón, y su paródico y velado abordaje nos parece más esencial.
El desinterés por el pensamiento y la dimensión estratégica militar de Napoleón se aúna con la levedad con la que se despacha su amargo exilio en la isla de Santa Elena, en un remoto y aislado confin del océano Atlántico. Sus últimos años en los que la rabia e impotencia ante su carcelero Hudson Low, convivió con su certeza de estar siendo envenenado con lentas y silenciosas dosis de arsénico.
La discreta parodia se visibiliza más al apreciar al Napoleón real en toda su diversidad personal. El poder no fue su único acicate. Su envergadura intelectual es inocultable. La bibliomania era su obsesión. Leía con voracidad. Robaba todas las bibliotecas, y otros tesoros artísticos, al paso de sus tambores triunfales. Gustaba de distintas disciplinas, que incluían las matemáticas, en parte por su formación como artillero. Participó con sofisticada competencia jurídica en la redacción del código civil francés, el instrumento legislativo con el que pretendió justificar su expansión imperial para construir los Estados Unidos de Europa, republicano, federal, sustentado en leyes garantes de la libertad, igualdad y fraternidad que la revolución francesa profesaba.
Honorato de Balzac, el gran novelista, luego de la muerte del emperador compiló cientos de máximas que componen su asistematico pensamiento. El Egipto lo fascinó con su milenaria sabiduría entre tumbas de faraones, la piedra de La Rosetta y las pirámides. Por eso a sus legiones de bayonetas le acompañaban numerosos científicos, como en la antigüedad era característico de las campañas de Alejandro magno.
La contradictoria genialidad napoleónica oscilaba entre su brillantez estratégica en más de 60 batallas, y su indiferencia a la muerte masiva de millones de soldados que quizá pudo ser evitada por la diplomacia.
Esta contradicción es también el enigma napoleónico. Fuente también de distintas creencias: Hegel pensaba que el corso era un instrumento «de la astucia de la razón» para el progreso de la historia universal que pivota en torno a la Idea o Espíritu Absoluto como centro de su filosofía. Emerson, el gran filósofo trascendentalista norteamericano, el autor de Hombres representativos (1850), creyó encontrar en Napoleón «al trabajador de hierro y el hombre práctico sin debilidades, pero también sin humanidad ni moral, despiadado consigo mismo en la persecución de un propósito».
Leon Bloy, el escritor francés de pluma abismal, admirado por Borges, en El alma de Napoleón (1912), asegura: «Ninguna brilló como la de Napoleón, es seguro, pero nadie podría probar que su alma fue más luminosa que la de un vanidoso o un zapatero». Bloy creyó que el vencedor de Marengo fue «un hombre secretamente infeliz» , que solo tuvo «su alma» como real posesión. Todo lo demás es trueno y vanidad. Aun los hombres más venerados no escapan del frío de la tumba, como la de Napoleón en El hotel de los inválidos, en París. Ciertos individuos están embalsamados en una perenne trascendencia histórica, pero eso no los hace inmunes a ser recordados, a veces, desde una solapada parodia.
(*) Artículo también publicado en Diario Perfil bajo el titulo «El otro Napoleón», el 30-12.2024.

