Montsegur y la tragedia de los cátaros. Crónica de un viaje.

Texto y fotos de Matías Wiszniewer.

Cartel artístico en el camino de acceso a la zona de Montsegur, Occitania francesa.

Los cátaros aún liberan su hechizo. El catarismo fue el movimiento herético de mayor repercusión en los agitados caminos de la edad media. El Castillo de Montsegur se encuentra en la comuna francesa homónima, y en el departamento francés de Ariège, en el sur de Francia, a ochenta kilómetros de Toulouse, y cerca de la frontera con España. Sobre la cima de la montaña del Pog, de 1207 metros de altura, el Castillo de Montsegur fue el escenario de la última resistencia cátara ante una arrolladora cruzada que la Iglesia católica organizó para exterminarlos.

 En 2014, Matías Wiszniewer, escritor, viajero, investigador argentino, autor del Invierno sueco, intensa biográfica sobre René Descartes, visitó el Castillo de Montsegur. Aquí su crónica, con su cobertura fotográfica, sobre el lugar en el que la lucha sangrienta por motivaciones religiosas tuvo uno de sus pináculos más sangrientos y dramáticos.

 Enemigos acérrimos de la Iglesia católica apostólica romana, los cátaros pretendían ser los verdaderos depositarios de la revelación cristiana. Su ideario era fuertemente dualista. La tensión metafísica de la vida se enzarza en la lucha eterna entre el bien y el mal. El bien asociado al espíritu, y el mal a la materia. Para la comunidad cátara la Iglesia católica era el Anticristo. Luego de una fallida campaña de conversión, el papa Inocencio III lanzó una cruzada contra ellos, la cruzada albigense, que arrasó el sur de Francia entre 1209 y 1244. La última resistencia cátara fue el Castillo de Montsegur. En mayo de 1243, comenzó el definitivo asedio de la fortaleza. Tras diez meses de resistencia, se iniciaron negociaciones para acordar la rendición. Los sitiadores concedieron dos semanas para el abandono del Castillo; solo podían salvar la vida si abjuraban de sus creencias. La alternativa era la hoguera. Los acorralados prefirieron arrojarse a una inmensa pira ardiente antes que renunciar a sí mismos. Así perecieron más de 200 mártires.

 Entre los restos del castillo y sus alrededores, en el viento aún perduran los gritos de la muerte de los últimos cátaros, y también el legado de su fe, cuyos posibles sentidos también son indagados por el autor de esta crónica.

Todas las imágenes de Wiszniewer se pueden ampliar.

Montsegur y la tragedia de los cátaros. Crónica de un viaje.

Texto y fotos de Matías Wiszniewer.

 Fresca y húmeda era la mañana en la legendaria Toulouse, aquel 8 de febrero de 2014. Desayuné un capuchino en el pequeño y agradable bar al otro lado de la plaza Wilson, me dirigí al parking para subirme al auto alquilado, y salí rumbo a los Pirineos. Abandoné el entramado urbano con dirección suroeste hacia Pamiers, y después de unos cuantos kilómetros de autopista, los picos nevados de la cordillera que separa a Francia de España se presentaron, majestuosos, al fondo del paisaje. A continuación, los caminos fueron cada vez más angostos, y los pueblitos cada vez más pintorescos (entre montañas cada vez más elevadas), hasta que apareció ante mí el imponente y escarpado promontorio de piedra, coronado con las ruinas del castillo donde, ocho siglos antes, habían sucedido los hechos.

Así se presentan los formidables picos de los Pirineos al viajero que se dirige desde Toulouse a Montsegur.

En el año 399 antes de Cristo, en Atenas, Sócrates fue condenado a muerte por supuesta “impiedad”: tal fue la injusta sentencia que la ciudad dispuso en contra “del más sabio” de sus hombres. Platón, el principal de los discípulos, cuenta en varios de sus diálogos los últimos días del maestro. Vemos allí, en los textos de Platón, la pasmosa indiferencia con que Sócrates se enfrenta a los momentos finales de su existencia, y cómo dedica esos días, horas y minutos a explicar, muy sereno, ante sus angustiados amigos y seguidores, las demostraciones que había elucubrado durante toda su vida acerca de la inmortalidad del alma y de la primacía de ésta respecto de lo corporal-material. La Edad de Oro de Atenas sucumbió junto con Sócrates, y las ciudades griegas combatieron sin cesar entre sí hasta que, debilitadas, debieron someterse a la voluntad de Alejandro Magno, el Conquistador greco-macedónico. Advino así la era helenística, que luego dio paso al Imperio Romano.

Una secta judía surgida en la provincia romana de Palestina, el cristianismo, “infectó” el espíritu de Roma, y contra todo lo que pudieran haber imaginado los orgullosos pretorianos, la invencible capital terminaría siéndolo de aquellos “pobres diablos”, que venían de Oriente a predicar el “amor”. Pero el cristianismo conoció a sus primeros herejes, los llamados gnósticos, predicadores de una Gnosis o conocimiento (con raíces también judías, acaso egipcias, e incluso budistas) que, añadiendo elementos de la tradición persa (zoroastrismo y maniqueísmo) a las fuentes platónicas, estableció una concepción que hoy llamaríamos, precisamente, “maniquea”: lo bueno, el Bien, reside en el espíritu puro; lo malo, el Mal, radica en lo material.

Vista del peñón en cuya cima se aprecian las ruinas del Castillo de Montsegur.

Estacioné en un sitio algo alejado, y me dirigí hacia la colina. Estaba casi solo: eran escasos los grupos humanos que contrastaban el inmenso silencio de la roca. Alcancé el pie de la elevación y empecé a subir, de a poco: la cuesta era muy empinada, aunque por suerte no demasiado larga (me llevó casi media hora escalarla). A un cuarto más o menos del tramo, ya en medio de un pequeño bosque, apareció la casita mínima en donde cobraban la entrada de 5 euros. Después vino la parte más encaramada, hasta llegar al Castillo vacío y en ruinas, al hielo y nieve.

Cabaña de piedra que hace las veces de boletería en el sendero de ascenso a la colina

Érase el siglo X cuando la herejía penetró en las murallas de la Europa cristiana y medieval. Vaya uno a saber qué vericuetos de la transmisión, de la enigmática persistencia con que las ideas se preservan, persisten y se hacen paso entre las generaciones, hicieron que aquel antiguo sesgo de los gnósticos se abriese camino, desde el Cercano Oriente, a través de Anatolia y de Tracia, hasta los Balcanes. En tierras de los búlgaros (no hacía mucho tiempo cristianizados) surgieron cristianos “puros” (llamados “bogomilos” o “amados de Dios”) que quisieron dejar de obedecer a ese poder pontificio que ahora gobernaba desde Roma el espíritu y la materialidad europeas. Y la renovada herejía se expandió como reguero de pólvora, entre gremios de tejedores alemanes, suizos e italianos, hasta encontrar una fuerte cabecera de playa en Occitania (o el Languedoc, el país de la Lengua de Oc), en el sur de Francia, con centro en la rojiza ciudad de Toulouse, y fuerte presencia en otros bastiones como Albi, la bella Carcasona o la costera Béziers. La herejía afianzada en Occitania se consolidó como una nueva Iglesia, enfrentada a la romana, y sus miembros adoptaron el nombre de “cátaros”, derivado de un vocablo griego que significa, simplemente, “puros”. Pero Roma no se iba a quedar de brazos cruzados ante los puros. Un flamante pontífice, con el paradójico nombre de Inocencio III, asumió el papado en Roma en 1198, y se mostró decidido a tomar el toro por las astas. En 1208 lanzó la “Cruzada albigense” (por la ciudad de Albi, uno de los grandes focos del catarismo).

Las ruinas del refugio cátaro sobre el abismo inexpugnable de las alturas.

Una vez alcanzada la cumbre a la que me condujo el escarpado sendero, en esa fría tarde de Francia, me encontré con los restos de lo que había sido todo aquello. Vi las ruinas del Castillo y de las viviendas. Vi cómo la morada de los últimos cátaros fue diseñada para soportar, en el helado abismo, sobre el vértigo casi inaccesible del acantilado rocoso, el asedio de los perseguidores papales o de las tropas del rey francés.

Interior de lo que fuera, hace ocho siglos, el último refugio de los cátaros.

La primera acción militar de envergadura en la Cruzada albigense (o mejor dicho, en la Cruzada contra los albigenses), fue la toma de Béziers, otro bastión fundamental de los puros. Cuando el asedio a la ciudad ya era irreversible, y solo faltaba la estocada final de las catapultas, del fuego y de las afiladas puntas del metal exterminador, los oficiales avisaron al legado papal (Arnauld Amalric, comandante cruzado) que entre los sitiados había muchos católicos, obedientes de la Iglesia de Roma, y le preguntaron si esa realidad ameritaba algún cuidado especial en el asalto inminente. La respuesta de Amalric desató la masacre: “Matadlos a todos. Dios protegerá a los suyos.” Nadie se salvó. Todos los hombres, mujeres y niños, cátaros y católicos, todos, cayeron bajo el ataque enemigo: 20.000 almas dejaron de habitar los 20.000 cuerpos que, hasta aquella jornada de julio de 1209, habían dado vida a Béziers. Sin embargo el catarismo, tenaz, logró reagruparse y continuar batallando por la supervivencia. Hubo triunfos y derrotas para ambos bandos. Alianzas y traiciones. En los primeros años del siglo XIII, los principales dignatarios de la Iglesia cátara habían conseguido que un noble del condado de Foix, simpatizante de su causa, les cediera el peñón para construir la extraordinaria fortaleza en esas cumbres que solo habitaban las águilas, y así el pequeño Castillo de Montsegur pasó a ser el refugio de los perseguidos, y el centro esencial del catarismo. Pero llegó al trono papal otro Inocencio, el cuarto. Y en 1243, una nueva expedición militar rodeó los acantilados, iniciando un sitio implacable. En marzo de 1244, cuando ya solo quedaban vivos poco más de dos centenares (de los seiscientos habitantes de la fortaleza), y mientras cuatro “Perfectos” (así se denominaban los principales sacerdotes cátaros) escapaban por una salida oculta, con el objeto de salvar el legado para las futuras generaciones, se produjeron las últimas negociaciones: a cambio de la rendición incondicional, la abjuración de la herejía y el regreso al catolicismo, las tropas papales perdonarían la vida de los sobrevivientes. Pero la convicción de los puros no se amedrentó: mejor la muerte que la conversión. El fuego de las hogueras quemó vivos, sobre una ladera de Montsegur, el 16 de marzo de 1244, a los últimos exponentes de la Iglesia cátara organizada como tal.

Estela con inscripción de 1960 en homenaje a las víctimas de 1244.

Llegó el momento de iniciar el descenso desde aquellas cumbres. Cuando pasé otra vez, poco antes de las cuatro de la tarde frente a ella, la “casilla boletería” ya estaba cerrada. Empezó a llover. Pero antes de continuar hacia el lugar donde había dejado el vehículo, vislumbré una estela de piedra tallada, y me detuve ante ella: alguien había escrito allí un homenaje perenne a los trágicos héroes que, 716 años antes, ofrendaron al fuego su vida material.

Volví al auto, bajé por curvas y contracurvas de cornisa, y llegué al pueblito homónimo, a Montsegur, donde se encuentra el pequeño y pintoresco museo del sitio. De las excavaciones arqueológicas producidas desde mediados del siglo XX salieron los numerosos objetos que allí se exponen: tijeras, vasijas, herramientas y los más variados elementos que utilizaron los puros en su diario vivir, así como los esqueletos de un hombre y una mujer, presuntamente muertos durante el sitio papal. Bajo el húmedo frío de la noche volví a los caminos y a las autopistas, de regreso a Toulouse.

Esqueletos de hombre y mujer cátaros (presuntamente fallecidos en el asedio de 1243-44), en el Museo del Sitio de Montsegur.

 Los cátaros (o más probablemente solo sus “Perfectos”, según afirma Esteban Ierardo), rechazaron el mundo material, creado según su doctrina por un Dios maligno de diversos nombres (entre ellos el de Satanás), en aras de un Dios bondadoso y puramente espiritual (teología entonces basada en un Dios dividido, como el “sujeto dividido” de los lacanianos). Los cátaros, los albigenses, los puros (hombres y mujeres), predicaron la abstinencia sexual, y condenaron “la crueldad” del matrimonio, de la familia y de la procreación porque, precisamente, esa era la vía por la cual “la materia” (diabólica) se reproducía a sí misma. Y acusaron a la Iglesia de Roma de satánica, porque aspiraba a enriquecerse, porque corrompía el mensaje de Jesús hundiendo sus garras en viles aspiraciones mundanas. Pero no pude dejar de preguntarme, mientras conducía al ritmo del limpiaparabrisas, y de los esporádicos vehículos cuyas pequeñas luces hacían menos cerrada la oscuridad del sur de Francia, si fueron realmente tan puros los puros, porque ¿cómo se explican entonces sus alianzas con los poderosos condes de Toulouse y de Carcasona, o los acuerdos con ricos mercaderes y nobles que permitieron a la Iglesia cátara convertirse en un desafío tan importante para los pontífices romanos, casi a la altura de los sarracenos con que éstos lucharon en Jerusalén y en España? Los estudios de las ruinas de Montsegur revelaron torreones alineados, con notable precisión, con la salida del sol en el solsticio de verano, lo que llevó a algunos historiadores a afirmar que el encumbrado Castillo en su conjunto fue un tempo solar, en sintonía con las religiones del Egipto faraónico. Y en los manuscritos gnósticos hallados en la localidad egipcia de Nag Hammadi, cerca de Lúxor, se habrían descifrado pasajes herméticos, que se remontarían a los tiempos del Antiguo Imperio egipcio, cuando fueron edificadas las Grandes Pirámides.

La difusión del catarismo entre los siglos X y XIV (Museo del Sitio, aldea de Montsegur, Francia).

 Si esto fuera así -continué cavilando, mientras ya ingresaba en los suburbios tolosanos-, si esas conexiones fueran reales, si acaso en aquella fascinante y asombrosa Occitania de los siglos XII y XIII lo que estaba en juego no era el deseo de una pureza absoluta, sino más bien de una transformación radical respecto al salvajismo crudo en que, en aquellos tiempos, se daba la mera lucha por la existencia (organizada en torno a la “ley del más fuerte”), entonces -me pregunté-, ¿qué tipo de antigua metáfora quiso legarnos el catarismo?

Regreso a la legendaria ciudad de Toulouse, en la noche del 8 de febrero de 2014, 770 años después de la caída de Montsegur. Ya había dejado de llover.

Fuente para citar: Montsegur y la tragedia de los cátaros. Crónica de un viaje. Texto y fotos de Matías Wiszniewer, Buenos Aires, diciembre de 2023.

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