Santo Tomás, un contemporáneo

Por Esteban Ierardo

La Summa teológica de Santo Tomás, en el cielo (imagen creada mediante Bing)

En marzo de 2024 se cumplieron 950 años de la muerte de Santo Tomas, el máximo teólogo de la edad media, junto a San Agustín. De una obra monumental y de un afilado intelecto, buscó unir el pensamiento de Aristóteles con el cristianismo para, mediante la razón, fortalecer la fe. Aquí un artículo, originalmente publicado en el Diario Perfil. Ya sin un límite de extensión, en esta nueva publicación incluimos una nueva sección (sobre las pruebas de la existencia y la naturaleza de Dios), y otros agregados sobre el pensamiento tomista inscrito en la teológica escolástica y su legado y vigencia. Aun así no deja de ser solo una muy limitada aproximación. Un puente entre lo medieval y el siglo XXI tecnoglobal. Otra perspectiva de mundo.

Recordar a Santo Tomás de Aquino (1225-1274), el máximo teólogo y filósofo de la escolástica medieval, cuando este mes se cumplen 950 años de su muerte –el año próximo mil de su nacimiento–, es un especial reto. Un personaje sobre quien Chesterton decía que “no solo fue un gran pensador sino un gigante entre los grandes pensadores”.

¿Qué podrá tener un superlativo pensador de la Edad Media para decirnos en nuestro tiempo black mirror de las continuas e hiperveloces cascadas de información, poco dispuestas a la detención y la reflexión?

Los legados del pensamiento a veces brillan, constantes; otras, desparecen entre muchas estaciones hasta regresar en alguna primavera; otras veces esos legados se mantienen replegados en una institución y su cuerpo doctrinal. En el caso de Santo Tomás, nombrado Doctor de la Iglesia en 1567, su influencia se ramifica en el neotomismo o neoescolástica en la modernidad, en el delta de algunos pensadores del siglo XX y XXI que aúnan filosofía y teología tomista.

Unos de ellos, es Jacques Maritain (1882-1973), muy valorado en su momento, relacionado con la corriente del personalismo o el “humanismo integral”. La argumentación ética y filosófica política de su obra El hombre y el Estado destaca la ley natural defendida por Tomás como fundamento de la sociedad y la dignidad humana; y manifiesta que “el Estado es para el hombre”. En 1923, dicta la conferencia “Santo Tomás, apóstol de los tiempos modernos”. Y en Arte y escolástica analiza el obrar artístico desde una perspectiva de trascendencia tomista.

Y Étienne Gilson (1884-1978) enseña en la Universidad de Harvard y en la Universidad de París. Otro filósofo francés e historiador de la filosofía, gran revalidador de la obra de Tomás como en El Tomismo, La filosofía en la Edad Media o en El espíritu de la filosofía medieval.

El notable filósofo alemán neoescolástico Josef Pieper (1904-1997), le dedica a su admirado Tomás de Aquino el estudio biográfico Tomás de Aquino, Vida y obras (1958). Y también otros filósofos, Wippel, Eleonore Stump, Edward C.Feser, consagran sendas obras para la comprensión y difusión del pensamiento profundo de Tomás (1).

Pero ahora atendamos a quién es este Santo Tomás de Aquino de tanto ascendiente aún en el presente tecnoglobal; pinceladas de su vida y pensamiento; y, luego, destacaremos ciertas ideas específicas que señalan su posible actualidad. 

Un aristócrata que quería ser sacerdote

Santo Tomás, pintura de Carlos Crivelli, 1476.

Hay que imaginarse a un joven muy gordo, el menor de nueve hermanos que, en 1225, nace en un castillo de Roccasecca, cerca de Aquino, en el Lacio, Italia, en el seno de una familia noble medieval emparentada con el muy singular emperador Federico II de Hohenstaufen. Su formación empieza en la Abadía de Montecassino. Luego, en la Universidad de Nápoles, estudia artes liberales, el paradigma de educación laica de la época (gramática, retórica, lógica, geometría, aritmética, música y astronomía). Aquí empieza su conocimiento de su amado Aristóteles, pero también aflora su vocación religiosa, al amparo de la orden de los dominicos, también conocida como Orden de los Predicadores, que se distinguen por su especial celo en la defensa de la fe católica amenazada por la herejía de los cátaros, en el sur de Francia; un movimiento disidente que tienen adeptos en todos los estamentos de la jerárquica sociedad medieval.

Su familia lo secuestra para retenerlo. Es tozudo, no desiste. Su estirpe aristocrática le promete protección y el orgullo de una genealogía privilegiada. Pero él se impone: no quiere ser aristócrata, solo sacerdote. Sus hermanos de fe lo apodan el “buey mudo” por su poco hablar. Sin embargo, el lacónico Tomás se expresa por su profusa palabra escrita, o por sus futuras lecciones universitarias, y sus sermones desde el púlpito de predicador.

En Colonia, estudia con su gran maestro Alberto Magno, el que, según la leyenda, cuando oye que llaman a Tomás “buey”, dice: “¡Ustedes lo llaman el buey mudo! Yo les digo que este buey mugirá tan fuerte que su mugido resonará en todo el mundo”. En 1250, es ordenado sacerdote. Luego, conduce una cátedra dominica en la Facultad de Teología en la Universidad de París, cumbre dorada de la intelectualidad. Se doctora, y al principio es resistido por los profesores seglares. Se resisten a que los sacerdotes de órdenes mendicantes impartan lecciones universitarias. Tomás no se amilana y, desde entonces, su pasión pensante se prodigará hasta su muerte. En sus últimos días ocurrirá algo muy especial, algo a lo que luego nos referiremos.

 En tiempos de Tomás, en la baja Edad Media, la Europa cristiana occidental fortalece sus fronteras, disminuye el temor de invasiones desde el mundo no cristiano. La población de las ciudades crece. Con su estilo gótico, las catedrales y sus vitrales, como talladas agujas de piedras, se yerguen hacia el cielo, mientras surgen las universidades, y las corporaciones de artesanos, panaderos, picapedreros, y otras, que coinciden con el envión de una incipiente burguesía mercantil; y con la sutileza conceptual de la teología escolástica, del griego “scholastikos”, “de la escuela”, en relación con las escuelas medievales y renacentistas, en las que esta teología, de la que Tomás es justamente principal exponente, se desarrolla y enseña.

Un Santo Tomás que es santo al ser canonizado en 1323, y que se lo llama Doctor Angélico en reconocimiento a su alta intelectualidad y su santidad personal. En el París corazón de la monarquía de los capetos, ya en vida, Tomás es reconocido como teólogo culmen de la cristiandad. Su amor por el estudio, la escritura, la enseñanza, son proverbiales.

Y en París, como en otras partes de Europa, circulan las traducciones de textos aristotélicos realizados por la famosa Escuela de Traductores de Toledo, la bella ciudad a orillas del Tajo.

En medio de su circulación y valoración, Aristóteles se convierte en “el Filósofo”, porque su mente forja una visión completa del mundo, una cosmovisión en la que las sustancias individuales, hechas de materia y forma (el concepto o definición de algo), son parte de una escalera ascendente de la naturaleza que hace cima en un Dios que se relaciona con este mundo como motor inmóvil. Este Dios mueve sin ser movido y es, así, la primera causa del movimiento de los seres, las cosas, los elementos naturales, los planetas, las constelaciones. Santo Tomás ensaya la célebre síntesis entre Aristóteles y el cristianismo. Apela a la razón, de la filosofía pagana, como una confirmación de la revelación cristiana.

Imagen creada mediante Bing

A diferencia de San Agustín, el otro gran teólogo medieval, que somete la razón a la primacía de la fe, para Tomás ambas dimensiones son necesarias y complementarias. Pero, como teólogo, Tomás parte de una verdad pre-dada, sostenida en ciertos principios dogmáticos indiscutibles, como que Dios es el creador de todo, y que a Él solo se lo venera por la gracia y la superioridad de la fe. Pero esto solo supone subordinación, no devaluación de la razón. Como sostiene Étiene Gilson, en su obra El espíritu de la filosofía medieval: “La fe presupone a la razón… la fe es la forma superior de la razón que transforma en conocimiento lo que no deja de ser, a la vez, conocimiento racional”.

La fe admite la razón, sí. Pero no deja de anclarse en dogmas. Es decir, la fe cristiana le concede a la razón ayudar a demostrar la existencia del Dios personal de su religión, pero nunca su inexistencia, aunque para esto también podría dar argumentos.

Y Santo Tomás no es pensador sedentario. Mucho viaja. Como viajero, columbra otros horizontes. Asiste a Capítulos generales de los Dominicos a través de toda Italia. Permanece en Roma, pero es reclamado de nuevo en París. Antes de regresar al cercano rumor del Sena, en la Ciudad Eterna, cerca del Tíber, del Foro Romano, y de la Antigua Basílica de San Pedro, inicia la redacción de una de sus obras máximas: la Summa Theologiae (La Suma teológica).

La epopeya de la Summa

La Summa... es un tratado de teología escrito por Tomás de Aquino entre 1265 y 1274. Obra monumental, de 3.125 artículos, destinada a la educación teológica más que a la controversia con los no católicos, como sí es el caso de su obra anterior: Summa contra gentiles, de ánimo refutador de herejías y otras religiones. La Summa es un compendio de casi todos los puntos de la teología cristiana, desde Dios, la creación del hombre y el mundo, hasta los sacramentos y Cristo, en un concepto cíclico, desde el Dios Padre hasta el regreso de todo a Él. La fama principal de la obra proviene de los cinco argumentos para la demostración de la existencia de Dios, las “cinco vías” ( estas pruebas en próxima sección). Aquí, el poder racional pagano se adapta a usos cristianos. En el desarrollo de la Summa se citan no solo fuentes cristianas sino también musulmanas, hebreas y paganas; además de Cicerón o Platón, como ya sabemos, se apela a la autoridad de Aristóteles como “el Filósofo”.

En la segunda parte de la Summa, se aborda el significado de la vida humana como búsqueda de la felicidad, primero desde la Ética de Aristóteles; pero, para el pensador que consideramos aquí, siempre lo racional se subordina a la revelación cristiana, por lo que la mayor felicidad es el summum bonun de Dios, porque solo Dios y su gracia guían al humano hacia su máxima dicha que es la redención y la salvación, también socorrido por los sacramentos.

A su vez, Santo Tomás pretende demostrar las condiciones de una guerra justa; la superioridad de la ley natural respecto a la legislación de puro origen humano; la supremacía de la vida contemplativa en relación a la vida activa; y un orden económico regido por el precio justo como dique de contención a la usura de los prestamistas.

Y la ley natural, que conoce la razón, es basamento del humano como animal político ( el zoon polítikon aristotélico) que aspira al bien común y la busca de la vida virtuosa como finalidad de la sociedad civil. Para este fin es preciso un liderazgo político justo que no se desvíe de esa meta. Para Tomás, el Estado es creación divina con proa hacia el bienestar general. Y el poder político solo es legítimo si lidera el progreso hacia ese bien común, bajo el imperio de la ley natural. La negación de esto es tiranía que justifica el regicidio. El mejor gobierno para Tomas es el de uno solo, la Monarquía.

Además de la Summa, la teología política tomista se halla en su tratado político De regimine principum ad regem Cypri o De Regno traducido al español como De la monarquía. Obra inconclusa que fue escrita por encargo del rey de Chipre Hugo III, entre 1256 y 1265 .

La Summa teológica, por su parte, fue traducida a multitud de idiomas, además de las lenguas europeas, al armenio o al chino.

Las pruebas de la existencia de Dios, y la naturaleza del Ser absoluto

(Imagen creada mediante Bing)

Al acompañar el vuelo del Doctor Angélico es oportuno apreciar de cerca el movimiento de alas de sus célebres pruebas de la existencia de Dios, las cinco vías en la Summa, más por su valor histórico que por su pretensión de explicación definitiva de una cuestión tan inaprensible como agua cristalina de deshielo. De hecho, estas pruebas generan también sus contra-argumentos.

La primera prueba es la vía del movimiento de los objetos. Para explicar dicho movimiento, el pensador de la Summa parte de la distinción aristotélica entre potencia y acto. La potencia es el poder ser algo; el acto, su efectiva realización. El movimiento es el paso de la potencia al acto. Un bloque de hierro puede cambiar, moverse, hacia su derretimiento en una fundición, por ejemplo. El hierro cambia cuando se calienta y derrite, pasa de estar frío y sólido a metal derretido, en acto.

El movimiento solo es posible por acción de un motor externo (el fuego en el caso de la barra de hierro) que mueve algo a lo que todavía no es. El bloque de hierro no puede cambiar, moverse, por sí mismo; solo puede hacerlo por un otro, por un motor externo como causa del movimiento. Algo que se moviera por sí solo sería acto y potencia a la vez, lo cual sería contradictorio. Cada cosa se mueve entonces por un motor que remite a otro hasta una serie que se remota hasta un primer motor, motor inmóvil, que como es acto ya realizado, no necesita moverse desde la potencia hacia su realización. Así ese motor inmóvil es necesaria causa primera que inicia el movimiento, sin ser movido por algo anterior. Y esto se lo entiende como Dios.

La segunda vía es la de la causa eficiente. La causa eficiente de un puente es el ingeniero que lo diseña. Además Tomás observa que la causa eficiente no puede ser causa de sí misma, por lo que cada causa eficiente es efecto de otra causa eficiente precedente: el ingeniero es efecto de sus padres y estos de sus propios padres. Y si nos entregamos a la causa eficiente que remite a otra causa, de nuevo asoma la serie infinita de causas. Así es necesaria una causa primera que actúe como primera causa eficiente de todas las demás, sin ser efecto de una causa anterior. Esa causa primera es Dios.

La tercera vía es la de la contingencia y la necesidad. Los seres pueden nacer, irrumpir en este mundo, y luego de largo desgaste en su ocaso biológico morir, o aún antes, por distintas causas. Pero el ser en cuestión también pudo no nacer. Poder nacer o no nacer es contingente. Lo contrario es la necesidad. Por ser contingentes, los seres pudieron haber nacido o no, y pudo existir un tiempo en que no existiera ningún ser. Y si un ser es causa de otro ser, entonces no podrían existir otros seres. Por lo tanto la existencia misma de los seres debe tener como causa un ser necesario que dependa de sí mismo y que sea, así, causa de los seres contingentes, que pueden ser o no. Esa causa es Dios.

La cuarta causa es la de los grados de perfección. Las cosas del mundo tienen mayor o menor perfección. Pero para determinar esto es necesario un modelo respecto al que comparar la cualidad de más alta o menor perfección. En el orden humano, la bondad, belleza o justicia son imperfectas respecto a un paradigma de bondad, belleza y justicia perfectas. Ese modelo del máximo perfectivo de los seres en el mundo es el ser supremo que es causa de todas las perfecciones. Dios.

La quinta vía es la de la finalidad. Todo ser tiene un finalidad que le es propia. El fin de la leona es parir y proteger a sus crías, o un pincel tiene como finalidad pintar. Pero las cosas sin conocimiento o inanimadas, solo avanzan a su fin por mediacion de una criatura inteligente que lo mueve a ese fin que es realizar su esencia. Los seres inteligentes también tienden a un fin. Por eso necesitan una inteligencia más alta que los oriente hacia la consumación de su más alta finalidad. Esa inteligencia superior, como timón que guía a todos hacia su fin superior, es Dios.

Los tres primeros argumentos son parte de la prueba cosmológica en tanto todo lo que existe en el universo o cosmos tiene una causa que lleva a otra causa, la serie de infinitas causas. Lo único que evita esa regresión es una causa que es causa de sí misma, causa primera de todas las causas, y por tanto incausada, no efecto de ninguna causa anterior. Dios.

Y en Tomás, el mal, lejos de sembrar la duda sobre la existencia de Dios, es tambien confirmación de su existencia:

» Si el mal existe, Dios existe. Pues no existiría el mal una vez quitado el orden del bien, del cual el mal es privación. Pero este orden no existiría, si no existiera Dios » dice Tomás en Summa contra los gentiles.

Textos en versión española de Santo Tomás, ed. Gredos

Luego de determinar que Dios existe es necesario determinar también su naturaleza, su esencia.

Tomás apela entonces primero a una vía negativa, por la que establece que en Dios no hay composición entre alma y materia. Es incorpóreo, porque si Dios tuviera materia sería potencia, por tanto sería incompleto y tendría que realizarse. Pero Dios es ser absoluto, acto puro ( lo ya realizado en su perfección), por encima de todo límite. La mencionada vía negativa también implica que Dios:

«..siempre nos quedará oculto; y este es el conocimiento supremo que podemos tener de Él en esta vida: que conozcamos que Dios está por encima de todo lo que pensamos de Él».

Todos los demás entes que no son Dios, son ab alio, «por otro», su ser no lo tienen por sí, y pueden existir o no, son contingentes. Por el contrario, Dios es a se, «por sí», porque su esencia es existir por sí mismo. Es decir, Dios es ser o existir mismo (esse ipsum), y es actus essendi, el acto mismo de ser o existir

Por lo que, luego, por una via afirmativa, Tomás postula como cualidades divinas que Dios es simple, no es composición de partes, como cuerpo y alma, o materia y forma. Así se determina la doctrina de la simplicidad divina. Dios es acto puro, en acto y sin materia o potencialidades; es inmutable, sin cambio o movimiento (porque, como ya advertimos, si tuviera potencia no estaría realizado y debería moverse hacia su realización).​

Así Dios es perfecto, nada le falta. Y el máximo conocimiento que podemos tener de Él es «que Dios está por encima de todo lo que pensamos de Él». Sin embargo podemos conferirle atributos, como la mencionada perfección; y es Suma Bondad porque esta se edifica sobre la perfección. Dios es diferente de los demás seres por su perfecto ser en acto. Así Tomas define a Dios, famosamente, como ‘Ipse Actus Essendi subsistens‘, «acto subsistente del ser».

Y Dios es infinito, en su ser acto puro realizado, sin nada que lo límite, y este infinito es distinto al infinito de tamaño o el infinito del número.​​ Dios es, en definitiva, ente perfecto y necesario, primer motor inmóvil y causa primera, inteligencia ordenadora del mundo.

A su vez, Dios es omnipresencia porque todos los seres, en su existir, en su composición y movimiento, dependen de Él como causa primera y motor inmóvil. Es inmutable porque no cambia, al ser acto puro, sin ninguna potencia a realizar. Por lo tanto pertenece a la eternidad y no al tiempo (dominado por el cambio y el movimiento).

Y aunque a Dios no podamos conocerlo en un sentido estricto, las pruebas y postulación de su existencia, como en las iglesias góticas o las pinturas bizantinas, eleva la mirada hacia Él, no solo desde la fe sino también desde la fuerza de la razón. Pero, claro, no desde una razón autónoma y secularizada como en la modernidad, sino desde una razón «sacralizada», abierta a la «ley divina», a los mandamientos divinos que solo se conocen por la revelación, y desde una razón que se remite a «la ley eterna», como «la razón divina que dirige todos los actos y movimientos «.

Actualidad de un medieval entre posmodernos y la banda ancha

Imagen generada mediante Bing

En el cruce entre teología y filosofía de Santo Tomás se proyectan varias ideas que hoy pueden ofrecer alternativas a las propias flaquezas y obsesiones del tiempo tecno-posmoderno-global.

 Santo Tomás busca conciliar razón y fe. En la actualidad, podríamos pensar la razón aristotélica reconfigurada como racionalidad científica, y la fe, como esfera privada de la creencia. Y para el pensar tomista, la realidad es también convivencia de un orden natural (naturaleza) y el orden sobrenatural (Dios). Esto podría dar hoy fundamento a un pensar de coexistencia posible entre el deseo religioso de creer y el deseo del saber racional-científico sobre el universo, por estar religión y ciencia consagrados a dos niveles distintos de la realidad.

Y la valoración de la síntesis aristotélica-tomista también hace hoy ver con más nitidez la ausencia de grandes síntesis entre corrientes de doctrinas en principio opuestas. El esfuerzo de la síntesis que integra en vez de dividir, crea algo nuevo a partir de lo antes en conflicto. 

En su momento, la mencionada síntesis aristotélica-tomista enfrentó graves dificultades. Para Aristóteles el universo es eterno, y no surge en el tiempo, en un momento de gran creación “desde la nada” (como para San Agustín); niega la inmortalidad del alma; y la razón por sí sola, sin ser santificada por ninguna revelación estudia y conoce el mundo. Todas esas diferencias son asumidas por el filósofo y teólogo árabe Averroes, matriz del averroísmo latino, representado por Siger de Bramante, que postula la doctrina de la doble verdad, una verdad para la razón, otra para la fe, y ambas independientes. De ahí que Tomás escribe De unitate intellectus contra averroístas para refutar a los averroístas y demostrar, con grandes problemas, la inmortalidad a partir de un único intelecto aristotélico (el intelecto agente) del que participaría todo ser humano.

El legado tomista es hoy modelo para grandes síntesis de saberes o doctrinas diferentes. Pero no muy lejos en el tiempo, en la vida secular del siglo XX, la Escuela de Frankfurt ensaya ese tipo de síntesis entre corrientes distintas cuando, por ejemplo, Marcuse une psicoanálisis con marxismo; o Kandinsky, en el territorio del arte, ensambla pintura abstracta con teosofía; o el pensador jesuita Theilhard de Chardin asocia el evolucionismo con su visión mística del Punto Omega (el punto más alto de evolución de la conciencia).

En lo político económico, la preocupación tomista por el gobierno que guíe la sociedad hacia el bienestar general y la virtud es estímulo para pensar en la dramática ausencia de esa orientación en las modernas sociedades estragadas por la corrupción estructural y el desinterés real de sus autoridades por la aproximación, aunque sea lenta y constante, hacia el bien común.

Y Santo Tomás hoy es también posible ejemplo de una alternativa a este tiempo de posverdad, falacias por doquier, y la falta de fundamentos en lo dicho. Desde las pruebas de la existencia de Dios, desde la deducción de sus cualidades, el tomismo cultiva la fuerza de la argumentación para fundamentar un enunciado.

El poder del razonamiento que ilustra la famosa disputatio tomista, una forma de discusión académica, que es frecuente en las universidades europeas entre los siglos XIII al XV. Se presenta una tesis, y  los estudiantes y profesores presentan argumentos a favor o en contra, siempre apelando al rigor de la razón, la lógica, y también de las autoridades de la propia tradición. Fundamentación, argumentación racional, muy diferentes al decir cualquier cosa sin fundamentar lo dicho.

Y en nuestro mundo reinan los vientos del subjetivismo extremo. Las redes por un lado, y la posmodernidad filosófica por el otro, expresan que la realidad solo es lo determinado por las interpretaciones y las propias creencias. Lo contrario del subjetivismo exacerbado es el realismo, los humanos pueden crear sus realidades, pero la realidad física de la naturaleza, por ejemplo, esa realidad mayor que nos contiene y supera, que nos da aire y luz, noche y tormenta, preexiste. Por su parte, para Tomás la realidad que nos preexiste es no humana, de origen divino.

Y también el legado del realismo tomista puede ser pensado actualmente como contrapeso a la afirmación de que todo es subjetivo desde la tribuna posmoderna y las redes informáticas. Así, el ya mencionado Edward Feser, al referirse a la actualidad de la filosofía de Santo Tomás, asegura que “su énfasis en la existencia de una realidad objetiva y en la capacidad de la razón humana para conocerla proporciona una base sólida para abordar los desafíos epistemológicos y metafísicos de nuestra época”.

Y Umberto Eco, en su Elogio de Santo Tomas (1974), especula que, de vivir hoy, Tomás sería un pensador moderno abocado “al marxismo, a la física relativista, a la lógica formal, al existencialismo y a la fenomenología.” Comentaría a Marx y Freud, no a Aristóteles. No construiría un gran sistema definitivo, cerrado, sino uno móvil; entendería el peso de la historia y no solo de lo eterno. Y “no sabría decir si sería todavía cristiano”. Es decir, otra forma de actualidad de un gran pensador de antaño es que hoy seguiría pensando, pero de otra manera. Y también la sospecha del autor de El nombre de la rosa sugiere que, tal vez, hoy, Tomás podría advertir la ilusión de todo intento de una verdad a partir de principios dogmáticos, como en definitiva es su caso.

Y quizá por esto el legado de Tomás también habla de un momento final en el que se asume la vanidad del conocimiento humano. Sobre el final de su vida, el Doctor Angélico le comunica a su amigo Reginaldo de Piperno que tuvo una revelación que le infunde la certeza de que todos sus tratados son solo “un montón de paja”. Su anterior «vía negativa» que advertía que Dios está allende de todo lo que podamos pensar de Él, ahora emerge desde una misteriosa visión, más allá de los conceptos. Entonces, no escribe más. Permanece en meditación. Contrae un mal misterioso. Pocos meses después, como a todos, la muerte lo busca, en 1274. Y en la abadía cisterciense de Fossanova donde exhala su último suspiro, quizá percibe alguna luz que no viene de un Dios invisible, sino de la vida de las rocas, de todos los humanos, de todos los seres y cosas, de todos los días y noches, que siempre sudan el misterio que ningún filósofo, ningún teólogo, ninguna aplicación de inteligencia artificial, nunca pondrán poner en palabras.

(*) Este texto fue publicado anteriormente como «Santo Tomás, el contemporáneo» , en Diario Perfil, el 24-3-24. Esta es una versión ampliada y modificada respecto a la publicación original.

El triunfo de Santo Tomás, de Lippo Memmi

Cita

(1) Y en el siglo XXI, John F. Wippel escribe El pensamiento metafísico de Tomás de Aquino (Catholic University of America Press, 2000); Eleonore Stump plasma su valoración del pensamiento tomista en Aquinas (Routledge, 2008). Y Edward C. Feser (1968), filósofo católico estadounidense de la Universidad de Pasadena, California, publica Aquinas: A Beginner’s Guide (Tomás de Aquino: Una Guía para Principiantes, 2009); o en su libro La última superstición: Una refutación del Nuevo Ateísmo, Ediciones CorIesu (2022), argumenta en defensa de la cosmovisión aristotélico-tomista ante el ateísmo del biólogo británico Richard Dawkins.

Convento de los Jacobinos, en Toulouse, aquí se encuentra la tumba de Santo Tomás.

Apoteosis de Santo Tomas, por Francisco Zurbarán

5 comentarios en “Santo Tomás, un contemporáneo

  1. Estimado profesor Ierardo, muchísimas gracias por ocuparse de investigar y transmitir estos valores de nuestra cultura, en esta época posmoderna que lo está perdiendo todo denostando el pasado que se desconoce. Conocer y conocernos, en toda la amplísima diversidad que nos ha gestado como individuos a través de la tradición y de la historia es lo que nos permitirá seguir siendo humanos. Y es gracias a la labor de personas como usted, que de verdad ama la cultura y el conocimiento, que lograremos sobrevivir – y florecer – en medio de la ignorancia, la violencia y la terrible confusión que tanto asechan. Seremos flores en tierra seca, y con el esfuerzo de muchos, preservaremos el jardín de la historia, enriqueciéndonos en quienes somos. Humanos, abiertos, maduros, libres, pensantes, afectivos, espirituales y arraigados.

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    • Excelente, muy buenas tus palabras. El descubrir, investigar, intentar conocer y difundirlo, es parte de un camino de amor y protección de la cultura. Muy profundas tus apreciaciones, gran aporte. Que continúe tu búsqueda y entusiasmo en el jardín de la historia y de los diversos saberes e interpretaciones del mundo. Muchos saludos!

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      • Gracias!! Y que el entusiasmo, «llenos del dios», nos impulse a todos los que sentimos ese amor por los valores culturales, con todas las miradas que nos enriquecen, que son tesoros que nos pertenecen!! Gracias por este aporte que usted realiza en forma constante, junto con tantos otros que también comparten sus saberes y vivencias con todos nosotros.

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  2. Estimado profesor Ierardo, muchísimas gracias por ocuparse de investigar y transmitir estos valores de nuestra cultura, en esta época posmoderna que lo está perdiendo todo denostando el pasado que se desconoce. Conocer y conocernos, en toda la amplísima diversidad que nos ha gestado como individuos a través de la tradición y de la historia es lo que nos permitirá seguir siendo humanos. Y es gracias a la labor de personas como usted, que de verdad ama la cultura y el conocimiento, que lograremos sobrevivir – y florecer – en medio de la ignorancia, la violencia y la terrible confusión que tanto asechan. Seremos flores en tierra seca, y con el esfuerzo de muchos, preservaremos el jardín de la historia, enriqueciéndonos en quienes somos. Humanos, abiertos, maduros, libres, pensantes, afectivos, espirituales y arraigados.

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