El salto

Felix Baumgarten antes de arrojarse al espacio

El 28 de abril de 2014, el paracaidista austriaco Felix Baumgartem se arrojó en paracaídas a la Tierra desde una nave que ascendió con un globo inflado con helio a una altura aproximada de 39000 metros (más de 120 000 pies) sobre Roswell, Nuevo México, Estados Unidos.

​Durante su descenso, Baumgartner rompió la barrera del sonido. La primera vez que un humano reingresa a la Tierra sin un vehículo. Antes de abrir su paracaídas transcurrieron de cinco a seis minutos, y el salto total hasta la Tierra demandó alrededor de 10 minutos.

Un hecho extraordinario, pero que se diluyó en la condición de una excitación más en la sociedad del espectáculo más que en la oportunidad de pensar en nuestra relación con el gran espacio.

Este artículo fue escrito poco después del especial salto.

El gran salto, y el gran espacio no percibido, por Esteban Ierardo
El primer viaje al espacio exterior de Yuri Gagarin, en 1961, significó el comienzo de la proyección humana fuera del planeta. El espectacular salto de Felix Baumgartner desde una cápsula, con su traje espacial, produjo en muchos reminiscencias de la odisea espacial. Luego de su ascenso de más de dos horas, se lanzó finalmente a más de 39 mil metros de altura. En 48 segundos su cuerpo en caída libre se convirtió en un dardo veloz arrojado a más de 1.342,74 km/h. Superó la barrera del sonido. Más que nunca, la perfeccionada omnipresencia de la comunicación televisiva y satelital permitió que el salto fuera presenciado por millones de personas. Una multitud asombrada en la que la hazaña del salto ya quedó grabada antes de su registro en los archivos digitales, o en la tinta de las rotativas.

Baumgarten consiguió el más grande ascenso en un globo aerostático en la historia, y su salto se cristalizó desde la mayor altura registrada hasta ahora. No pudo superar, sin embargo, la duración de la caída libre de Joe Kittinger, ex-coronel de la Fuerza Aérea de Estados Unidos, en 1960. A pesar de su aparente modernidad más avanzada, el traje de Baumgartner es una versión modificada del traje espacial de los proyectos Géminis. Los primeros viajes en torno a la tierra anteriores a los cohetes Apolo y la aventura lunar. “Nos hizo recordar la llegada del hombre a la Luna”, dijeron muchos. Baumgartener hizo su primer asalto a los 16 años, y tenía en su haber ya más de dos cientos saltos desde la altura. Lo inspiraron las hazañas de los astronautas.
Sin embargo, las analogías entre el salto del deportista extremo austriaco y la proyección espacial son vagas y superficiales. La lógica de los proyectados viajes espaciales más allá de la Tierra y el salto desde la estratósfera son muy diferentes. El salto de Baumgartner se consuma bajo el deseo de batir un record, y auspiciado por una empresa de bebidas, Red bull). En otro lugar a esta actitud la llamamos “mentalidad guiness”, un acto extremo que busca como primer propósito inscribir una nueva marca histórica, como trofeo a exhibir por su valor de osadía estadística. Y la construcción del record del gran salto desde la estratósfera pertenece, a su vez, al ámbito de lo espectacular y al entretenimiento televisivo. Espectacularidad televisada asociada a logos publicitarios exhibidos por todas partes). Por lo que cuando el propio Baumgartner manifiesta que su salto contribuirá a “expandir los límites de la experiencia humana”, esto nos parece más bien una legitimación romántica de un acto que justamente no contribuye a introducir lo diferente si no a profundizar lo ya conocido: el acto extremo que renueva las ofertas de espectáculos muy redituables, la fascinación por la superación de los records, y la íntima satisfacción personal de la hazaña por sentirse dueño exclusivo de un acto histórico.
Pero el principal punto por el que el salto desde la estratósfera y los viajes espaciales proyectados son de ámbitos muy distintos lo revelan las diferentes direcciones en el espacio de ambos empeños… El alejarse de la Tierra, el rozar el afuera de la atmósfera planetaria, en el caso de Baumgartner, es medio para luego re-sumergirse, de forma impactante, a lo mismo, a la interioridad de la Tierra, a la vida normal pegada al suelo bajo la succión gravitatoria. No se trata del ir al espacio para expandir la presencia humana en las amplitudes cósmicas, sino un alejarse para luego acometer el más rápido retorno a la Tierra, al punto de partida, a lo mismo, a la inmediatez de nuestra nave y jaula planetaria.

Por contrapartida, el viaje espacial es la expansión hacia lo lejano, asumiendo incluso el riesgo del no regreso.
El salto de Baumgartner es notable, y una proeza sin duda; pero no creemos que sea un llevar la conciencia de nuestro ser dentro del gran espacio a otro nivel de intensidad, a pesar de que Baugartem,como todos los astronautas, siempre intentan contribuir a un mayor ascenso de un «pensamiento cósmico» que, a pesar de todo lo que se siga en contrario nada tiene de «abstracto», por lo abstracto es separarnos de nuestra realidad fsica que no es una cuantas millas alrededor o incluso la redondez toda del planeta, sino nuestro estar y flotar en la inmensidad del universo.

Por eso, al volver a la Tierra, Baumgartner manifestó que “…a veces tienes que estar bien arriba para darte cuenta de lo que pequeño que eres”. Pensamiento aleccionador sobre la casi insignificancia del hombre en la vastedad cósmica que abraza a la Tierra como una débil y azulada perla. Una conciencia de la finitud que quizá no debiera necesitar de un acto extremo.
Nos maravillamos también con el gran salto. Y lo aplaudimos. Pero cuando aparecen las analogías con las proezas astronáuticas, nos lamentamos de la tendencia bien arraigada a no romper la gravedad terrestre. Hace tiempo que la tecnología espacial permitiría al hombre subir los primeros peldaños de una escalera proyectada hacia afuera, mediante vuelos espaciales tripulados hacia la Luna o Marte (como la incansable inensión no justamente reconocida de Elon Musk). El comienzo de una proyección potencialmente ilimitada en los próximos siglos. Pero los poderes contemporáneos necesitan del retorno hacia adentro y su gravedad para evitar la transformación de las estructuras mentales básicas, para confirmar la caída en el adentro del conflicto y la generación de violencia constantes.

El salto hacia afuera, y no la caída hacía adentro, sería posible metáfora de una reforma de la mirada que proyecte a la humanidad hacia una realidad sin fronteras, tan amplia y diversa como la propia amplitud del espacio exterior (y esto sólo “quizá”, “tal vez”, porque no podemos negar la posibilidad de que el hombre en un lejano futuro proyecte su lado más torpe y regresivo incluso a remotos cúmulos estelares). Mientras tanto, degustamos de los saltos desde la alta atmósfera como proezas espectaculares, mientras seguimos con la caída libre en el mismo encierro que se repite; aunque cada tanto superemos alguna nueva barrera del sonido.

Exposición de la nave desde la que arrojó en paracaídas desde la estratósfera el paracaidista extremo Felix Baumgartner en el Institución Smithsonian

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