Por Jorge Luis Borges
Para Borges, Irlanda es siempre tierra de la sabiduría celta, o de la ironía, el humorismo, o el desembozado espíritu imaginativo. Y también de la especulación osada sobre el tiempo.
Para el genio borgiano, el «héroe intelectual» de la libre reflexión sobre el tiempo en su ensayo, es John William Dunne (1875–1949), un ingeniero aeronáutico y escritor irlandés, nacido más exactamente en el condado de Kildare, situado al suroeste del condado de Dublín, en la provincia de Leinster. Muy interesado en la parapsicología, Dunne, como Borges, goza con la perplejidad y el misterio huidizo del tiempo. Su inventiva como ingeniero lo consagra a la creación de aviones militares sin cola que así adquieren especial estabilidad.
Para Dunne, el tiempo no es línea de hierro inalterable. Por el contrario, en el devenir temporal varias dimensiones pueden existir a la vez. Así Borges, en su escrito, sintetiza el pensamiento conjetural del irlandés en El tiempo y J. W. Dunne:
«Ya existe el porvenir, con sus vicisitudes y pormenores. Hacia el porvenir preexistente fluye el río absoluto del tiempo cósmico, o los ríos mortales de nuestras vidas. Esa traslación, ese fluir, exige como todos los movimientos un tiempo determinado; tendremos pues, un tiempo segundo para que se traslade el primero; un tercero para que se traslade el segundo, y así hasta lo infinito».
Con aún más condensación desde el decir poético en el poema «Burny Norton» de T. S.. Eliot en Four Quartets ( Cuatro cuartetos) bajo la influencia de Dunne, asegura:
«Tiempo presente y tiempo pasado
se hallan quizá presentes en el tiempo futuro
y el tiempo futuro dentro del tiempo pasado».
El tiempo es la realidad más común y la más misteriosa, principalmente cuando se lo intenta definir, aprehender conceptualmente, como sentencia San Agustín. En la especulación de Dunne el tiempo es simultáneo: lo pasado, presente y futuro palpitan en un mismo abrazo. Un ejemplo pertinente es un libro. En cualquier instante, la totalidad de sus letras coexisten, pero la conciencia sólo puede leer una palabra por vez. Sin embargo las otras palabras y páginas no leídas siempre existen simultáneamente. Solo una lectura de todas las palabras a la vez o una percepción simultánea de todos los instantes, sería genuina experiencia de lo real.
En nuestra vida cotidiana, el tiempo es sucesivo y fragmentado, es sucesión de pasado, presente y futuro como momentos siempre disgregados y separados. El presente es lo vivido, lo pasado solo lo recordado, y el futuro lo ausente porvenir.
Y en acuerdo con Tomás de Aquino solo Dios podría leer un libro y todos los libros, o contemplar todos los instantes en un ahora simultáneo de la eternidad, fuera del propio tiempo sucesivo. Solo en la percepción en simultáneo adviene la experiencia de lo real, fuera de nuestra subjetividad, como piensa Dunne.
Estas ideas son parte del tejido especulativo de su obra Un experimento con el tiempo, publicado en 1927. En su momento su obra alcanza alta popularidad, difundida por autores como J B.Priestley. «El experimento» surge del registro de sueños precognitivos, de intuiciones anticipatorias, previsiones del futuro que solo podrían ser consecuencia del porvenir que ya es, dentro de la coexistencia simultánea de todo el tiempo. El tiempo es su totalidad de momentos en lo eternamente presente, pero nuestra limitación como sujetos solo percibe una parte, un momento o instante por vez.
Lo vivido en el sueño es posible salida de lo lineal. Por lo que la mente puede existir tanto dentro como fuera del tiempo convencional. Lo que también explicaría los estados de Déjà vu. Distintas corrientes místicas también postulan la simultaneidad del tiempo ( el Tiempo del Sueño de los pueblos aborígenes, la cábala, el taoísmo; o las ideas de Jung relacionadas con la sincronicidad, o el pensamiento del físico David Bohm, o de Jiddu Krishnamurti).
En 1939, en el año que se iniciaba la Segunda Guerra Mundial, Dunne, un ingeniero y pensador irlandés, heredero inconsciente de las mentes druidas, encuentra un nuevo estímulo para salir de tiempo conocido, como ya lo habían hecho los místicos. Ese otro tiempo en Borges le ayuda a imaginar «El jardín de senderos que se bifurcan», en Ficciones, con sus laberintos de series paralelas de tiempos simultáneos en los que se bifurcan los hechos desde un gran tiempo primero. Algo al alcance de nuestra imaginación, pero no de nuestra pobre forma de percibir.
Esteban Ierardo
El tiempo y J.W.Dunne, por Jorge Luis Borges (*)

En el número 63 de Sur (diciembre de 1939) publiqué una prehistoria, una primera historia rudimental, de la regresión infinita. No todas las omisiones de ese bosquejo eran involuntarias: deliberadamente excluí la mención de J. W. Dunne, que ha derivado del interminable regressus una doctrina suficientemente asombrosa del sujeto y del tiempo. La discusión (la mera exposición) de su tesis hubiera rebasado los límites de esa nota. Su complejidad requería un artículo independiente: que ahora ensayaré. A su escritura me estimula el examen del último libro de Dunne —Nothing Dies (Faber and Faber, 1940)— que repite o resume los argumentos de los tres anteriores.
El argumento único, mejor dicho. Su mecanismo nada tiene de nuevo; lo casi escandaloso, lo insólito, son las inferencias del autor. Antes de comentarlas, anoto unos previos avatares de las premisas.
El séptimo de los muchos sistemas filosóficos de la India que Paul Deussen registra[5], niega que el yo pueda ser objeto inmediato del conocimiento, «porque si fuera conocible nuestra alma, se requeriría un alma segunda para conocer la primera y una tercera para conocer la segunda». Los hindúes no tienen sentido histórico (es decir: perversamente prefieren el examen de las ideas al de los nombres y las fechas de los filósofos) pero nos consta que esa negación radical de la introspección cuenta unos ocho siglos. Hacia 1843, Schopenhauer la redescubre. «El sujeto conocedor», repite, «no es conocido como tal, porque sería objeto de conocimiento de otro sujeto conocedor» (Welt als Wille und Vorstellung, tomo segundo, capítulo diecinueve). Herbart jugó también con esa multiplicación ontológica. Antes de cumplir los veinte años había razonado que el Yo es inevitablemente infinito, pues el hecho de saberse a sí mismo, postula un otro yo que se sabe también a sí mismo, y ese yo postula a su vez otro yo (Deussen: Die neuere Philosophie, 1920, pág. 367). Exornado de anécdotas, de parábolas, de buenas ironías y de diagramas, ese argumento es el que informa los tratados de Dunne.
Éste (An Experimment with Time, capítulo XXII) razona que un sujeto consciente no sólo es consciente de lo que observa, sino de un sujeto A que observa y, por lo tanto, de otro sujeto B que es consciente de A y, por lo tanto, de otro sujeto C consciente de B… No sin misterio agrega que esos innumerables sujetos íntimos no caben en las tres dimensiones del espacio pero sí en las no menos innumerables dimensiones del tiempo. Antes de aclarar esa aclaración, invito a mi lector a que repensemos lo que dice este párrafo.
Huxley, buen heredero de los nominalistas británicos, mantiene que sólo hay una diferencia verbal entre el hecho de percibir un dolor y el hecho de saber que uno lo percibe, y se burla de los metafísicos puros, que distinguen en toda sensación «un sujeto sensible, un objeto sensígeno y ese personaje imperioso: el Yo» (Essays, tomo sexto, página 87). Gustav Spiller (The Mind of Man, 1902) admite que la conciencia del dolor y el dolor son dos hechos distintos, pero los considera tan comprensibles como la simultánea percepción de una voz y de un rostro. Su opinión me parece válida. En cuanto a la conciencia de la conciencia, que invoca Dunne para instalar en cada individuo una vertiginosa y nebulosa jerarquía de sujetos, prefiero sospechar que se trata de estados sucesivos (o imaginarios) del sujeto inicial. «Si el espíritu —ha dicho Leibniz— tuviera que repensar lo pensado, bastaría percibir un sentimiento para pensar en él y para pensar luego en el pensamiento y luego en el pensamiento del pensamiento, y así hasta lo infinito» (Nouveaux essais sur l’entendement humain, libro segundo, capítulo primero).
El procedimiento creado por Dunne para la obtención inmediata de un número infinito de tiempos es menos convincente y más ingenioso. Como Juan de Mena en su Labyrintho[6], como Uspenski en el Tertium Organum, postula que ya existe el porvenir, con sus vicisitudes y pormenores. Hacia el porvenir preexistente (o desde el porvenir preexistente, como Bradley prefiere) fluye el río absoluto del tiempo cósmico, o los ríos mortales de nuestras vidas. Esa traslación, ese fluir, exige como todos los movimientos un tiempo determinado; tendremos pues, un tiempo segundo para que se traslade el primero; un tercero para que se traslade el segundo, y así hasta lo infinito…[7] Tal es la máquina propuesta por Dunne. En esos tiempos hipotéticos o ilusorios tienen interminable habitación los sujetos imperceptibles que multiplica el otro regressus.
No sé qué opinará mi lector. No pretendo saber qué cosa es el tiempo (ni siquiera si es una «cosa») pero adivino que el curso del tiempo y el tiempo son un solo misterio y no dos. Dunne, lo sospecho, comete un error parecido al de los distraídos poetas que hablan (digamos) de la luna que muestra su rojo disco, sustituyendo así a una indivisa imagen visual un sujeto, un verbo y un complemento, que no es otro que el mismo sujeto, ligeramente enmascarado… Dunne es una víctima ilustre de esa mala costumbre intelectual que Bergson denunció: concebir el tiempo como una cuarta dimensión del espacio. Postula que ya existe el porvenir y que debemos trasladarnos a él, pero ese postulado basta para convertirlo en espacio y para requerir un tiempo segundo (que también es concebido en forma espacial, en forma de línea o de río) y después un tercero y un millonésimo. Ninguno de los cuatro libros de Dunne deja de proponer infinitas dimensiones de tiempo[8], pero esas dimensiones son espaciales. El tiempo verdadero, para Dunne, es el inalcanzable término último de una serie infinita.
¿Qué razones hay para postular que ya existe el futuro? Dunne suministra dos: una, los sueños premonitorios; otra, la relativa simplicidad que otorga esa hipótesis a los inextricables diagramas que son típicos de su estilo. También quiere eludir los problemas de una creación continua…
Los teólogos definen la eternidad como la simultánea y lúcida posesión de todos los instantes del tiempo y la declaran uno de los atributos divinos. Dunne, asombrosamente, supone que ya es nuestra la eternidad y que los sueños de cada noche lo corroboran. En ellos, según él, confluyen el pasado inmediato y el inmediato porvenir. En la vigilia recorremos a uniforme velocidad el tiempo sucesivo, en el sueño abarcamos una zona que puede ser vastísima. Soñar es coordinar los vistazos de esa contemplación y urdir con ellos una historia, o una serie de historias. Vemos la imagen de una esfinge y la de una botica e inventamos que una botica se convierte en esfinge. Al hombre que mañana conoceremos le ponemos la boca de una cara que nos miró antenoche… (Ya Schopenhauer escribió que la vida y los sueños eran hojas de un mismo libro, y que leerlas en orden es vivir; hojearlas, soñar).
Dunne asegura que en la muerte aprenderemos el manejo feliz de la eternidad. Recobraremos todos los instantes de nuestra vida y los combinaremos como nos plazca. Dios y nuestros amigos y Shakespeare colaborarán con nosotros.
Ante una tesis tan espléndida, cualquier falacia cometida por el autor resulta baladí.
Notas
[5] Nachvedische Philosophie der Inder, 318
[6] En este poema del siglo XV hay una visión de «muy grandes tres ruedas»: la primera, inmóvil, es el pasado; la segunda, giratoria, el presente; la tercera, inmóvil, el porvenir.
[7] Medio siglo antes de que la propusiera Dunne, «la absurda conjetura de un segundo tiempo, en el que fluye, rápida o lentamente, el primero», fue descubierta y rechazada por Schopenhauer, en una nota manuscrita agregada a su Welt als Wille und Vorstellung. La registra la pág. 829 del segundo volumen de la edición histórico-crítica de Otto Weiss.
[8] La frase es reveladora. En el capítulo XXI del libro An Experiment with Time, habla de un tiempo que es perpendicular a otro.

(*) Fuente; Jorge Luis Borges, «El tiempo y J.W.Dunne» , originalmente publicado en número 63 de Sur (diciembre de 1939), y luego en Otras inquisiciones (1952), v. II: Obras completas, Emecé, Ciudad de Buenos Aires.

