Hipatia, la gran filósofa de la antigua Alejandría

Por Esteban Ierardo

Hipatia representada en el Fresco de la Escuela de Atenas, de Rafael Sanzio, en el Vaticano (Wikimedia)

En la antigua Alejandría brilló el pensamiento, la pasión por saber, y el coraje intelectual de Hipatia (355 o 370- 415), la filósofa y matemática asociada a Platón, al neoplatonismo, a un paganismo ya en abierto conflicto con el cristianismo; confrontación de la que fue víctima. Hoy, es un emblema del libre pensamiento.

Hipatia, la gran filósofa de la antigua Alejandría, por Esteban ierardo (*)

Hipatia: filósofa de filiación neoplatónica (más cercana a la veta más especulativa del modelo de Porfirio que al modelo de la magia, el rito o la teúrgia a la manera de Yámblico). Y es la primera matemática reconocida de la antigüedad clásica. Hija del astrónomo Teón, vive en el caldero del conflicto entre el paganismo descendente y el auge del cristianismo. Vive en la Alejandría del siglo IV dc. No deja obras escritas y el conocimiento sobre su vida y pensamiento nace exclusivamente de fuentes contemporáneas como el historiador Sócrates Escolástico, las cartas de su discípulo Sinesio, posterior obispo de Cirene; o los comentarios del obispo Juan de Nukki; o la entrada a su nombre en la Suda, la enciclopedia bizantina del siglo XI. Es muy probable que sus inquietudes hayan nacido desde el estudio de los Elementos de Euclides y la geometría de las curvas cónicas de Apolonio, o las especulaciones astronómicas revolucionarias heliocéntricas de Aristarco de Samos e Hiparco. Como es sabido, las posturas de estos dos astrónomos rechazan el geocentrismo de Ptolomeo y su teoría de los epiciclos.

  Su madurez intelectual coincide entonces con el florecimiento de la segunda Biblioteca de Alejandría. La primera biblioteca, la más grande del mundo antiguo, se había destruido; y su sucesora se emplazó en el Templo de las musas o Serapeum, el santuario dedicado a Serapis. En tiempos de Hipatia, la Biblioteca del Serapeum todavía conserva su prestigio cultural, no sólo como albergue de valiosos pergaminos, sino también como ámbito de discusión y generación del saber de grandes intelectuales que la frecuentan y que, en algún caso, son elevados a la condición de jefe de biblioteca. Hipatia no habría enseñado dentro de esta institución sino en su casa. Sus discípulos pertenecen a la elite aristocrática pagana y cristiana. Entre sus seguidores se encuentran Orestes, futuro prefecto romano de Egipto; Sinesio, el posterior obispo de Cirene; y Hestaquio de Alejandría.
  Hipatia adquiere fama de sabia y de generosa educadora. No vacila en detenerse en las calles de Alejandría para impartir conocimientos y explicaciones sobre Platón o Aristóteles a quien se lo solicite. Su vida es ascética, virginal. Rechaza una propuesta de matrimonio de Orestes. Le entrega un pañuelo con los restos de su periodo menstrual como respuesta.
Hipatia es la libre pensadora que, por la fatalidad del destino, nace en el lugar y momento equivocados. El patriarca de Alejandría es la máxima autoridad cristiana de la comunidad fundada por San Marcos, poco después del calvario y resurrección de Cristo. En tiempos de Hipatia, el patriarca de Alejandría, Teófilo, consigue del emperador romano la autorización para la clausura de los templos paganos.
  Constantino, en el 312, inicia una política de tolerancia respecto a los cristianos antes perseguidos. Bajo el estandarte del Lábaro y la supuesta protección del dios cristiano de su bautizada madre Helena, vence a Majencio, su rival, en las afueras de Roma, en el batalla del Puente Milvio. La inteligencia política de Constantino concibe que el cristianismo, ya fuertemente propagado entre las multitudes populares y también entre algunos funcionarios o soldados, podría ofrecerle una base política sólida para la reunificación del imperio (dividido en la práctica entre su parte oriental y occidental). Así tendría un pivote para restablecer la monarquía universal. Además, el cristianismo permitía consolar a las muchedumbres de pobres y esclavos. Ante la imposibilidad de encontrar satisfacción en este mundo, la promesa de una vida feliz en el más allá es una compensación imaginaria importante para anular las posibles inquietudes revolucionarias de los más pobres. La masa de pobres que, en la sociedad imperial feudalizada, nunca tendría posibilidades de movilidad social.

Mosaico representando a Constantino I el Grande en Hagia Sofía, Estambul (Wikimedia)

Constantino piensa que para que el cristianismo actúe como potencia de cohesión política, primero debe liberarse de sus conflictos internos, de sus desviaciones… Desviaciones como el arrianismo, iniciado por Arrio, padre de una Iglesia de Alejandría. Arrio concibe al Hijo como nacido en el tiempo e inferior al Padre. El Concilio de Nicea, en 325, bajo la mirada vigilante del propio Constantino, y a través de los auspicios del obispo teólogo Atanasio, impone la doctrina de la identidad esencial entre el Hijo y el Padre. Desde entonces, el credo niceno es piedra miliar de la ortodoxia cristiana. Las posturas disonantes son declaradas herejías, tumores de la sana expresión del dogma, que caen así bajo la prohibición y la necesidad de la erradicación.
  En medio de la alianza del altar cristiano y el trono romano, irrumpe la rebeldía de Juliano, como luego observaremos. Pero por el 391, y luego de las primeras expresiones de intolerancia de los cristianos de Alejandría para con paganos y judíos, Hipatia cae bajo la sombra amenazante del sucesor de Teófilo, el nuevo patriarca Cirilo. Mientras que Orestes, el discípulo de la filósofa, se bautiza en Constantinopla. Un acto de profesión de fe seguramente forzado por las circunstancias.

 En 380, Teodosio el Grande, por el Edicto de Tesalónica, declara finalmente al cristianismo religión oficial del Imperio Romano. Los viejos dioses paganos, sus cultos, ritos, ofrendas, sacrificios y sacerdotes son proscritos. La verdad es ahora el dios que es uno y tres a la vez.
Cirilo no apacigua su verbo desafiante, su actitud intolerante. Desafía y desprecia la idolatría pagana; estimula a las turbas para que, bajo el símbolo de la Cruz, invadan, saqueen y destruyan el Serapeum, la Biblioteca Hija.

Ruinas del Serapeum de Alejandría (Wikimedia)

  Orestes, por su parte, intenta un equilibrio de fuerzas entre la vieja creencia y la nueva fe que quiere ser toda la verdad. Su actitud ambigua es interpretada como señal de la influencia de su antigua y admirada maestra Hipatia. En este punto, la historia se hace incierta. Lo cierto es la muerte de la filósofa por una turba cristiana; lo incierto es quién ordena el asesinato. Sócrates Escolástico, la fuente principal sobre el crimen, narra la sucesión de los hechos: Hipatia es arrebatada de un carro, y arrastrada hasta el Cesareum (templo construido en tiempos de Augusto), en el que es descuartizada con el filo de ostras. Sus restos después son quemados en una hoguera. El asesinato de la pensadora provoca indignación. Para muchas fuentes, que incluye al ya mencionado Sócrates Escolástico, o para la Suda, Cirilo es el instigador intelectual del crimen. Las motivaciones principales serían la envidia del Patriarca de Alejandría por la influencia de Hipatia sobre la elite alejandrina; y su irritación por las dotes intelectuales de una mujer, algo inaceptable y sospechoso para la misoginia cristiana, que concede a la mujer el único rol de madre y esposa obedientes. Para otros, como el Obispo Nikku, el asesinato es justificado, porque Hipatia es una “bruja” e intrigante.

El asesinato de Hipatia

  Como el proceso de la destrucción de la biblioteca madre de Alejandría, el asesinato de Hipatia pertenece a los enigmas de la historia. Pero parte de su significación histórica se condensa en varias facetas: frente a los mártires cristianos de los primeros siglos del cristianismo, Hipatia se convierte en una curiosa réplica martirológica, una suerte de involuntaria mártir pagana. Por otro lado, su muerte cruenta es claro síntoma del colapso del paganismo como cultura dominante. Pero la caída cultural de lo pagano deja rescoldos de nostalgia que se reavivan varios siglos después por la recuperación del legado artístico y filosófico del paganismo en la baja edad media y el Renacimiento. Y, en el caso puntual de Hipatia, su grandeza es recuperada por el romanticismo, que la trasforma en icono cultural de la libertad de pensamiento; libertad que, ayer y hoy, debe ser lo reafirmado.

(*) Fragmento de libro, E.Ierardo, Los dioses y las letras, ed. Alción.

Afiche de la película Ágora (2009), de Alejandro Amenábar, con Raquel Weisz como Hipatia.

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