Por Esteban Ierardo

La presencia de la IA es hoy insoslayable. Uno de sus aspectos controvertidos es su uso para generar textos que después algunos se atribuyen. Pero las propias herramientas de la IA pueden detectar esas falsas atribuciones. Y, más allá de esto, la IA supone un interrogante continuo sobre sus consecuencias, dentro de un mundo contemporáneo encerrado en sus propios quejidos y peligros.
CRECE el miedo de que el escritor humano sea sustituido por el escritor robótico. ¿Sustitución o simulación? Quizá, más bien lo segundo. El juego de simulaciones está en el origen mismo del campo de la inteligencia artificial cuando Alan Turing (1), en la posguerra, propuso el desafío de una inteligencia computacional que juega a parecer humana sin serlo en realidad. Ya Turing sabía que ese juego, en el que las respuestas de una IA parecen la de un humano, es apariencia teatral. Y esto es así porque la IA no piensa.
La IA es una nueva generación de herramientas tecnológicas que sorprende por su capacidad para replicar el lenguaje natural y generar respuestas a preguntas.
Como toda tecnología, la IA es salto de fronteras. Es un nuevo nivel de la tecno-extensión del cerebro humano que emergió con la invención de la rueda o el descubrimiento brillante del fuego; pero que estremece e inquieta por su poder de imitar las flores que suponemos solo crecen en el jardín del sapiens: el arte de la escritura, con sus oraciones descriptivas, o las de vuelo metafórico y polisémicas de sentidos; o la generación de voz e imagen. Novedad introducida para el gran público, en un principio a través del ChatGPT de OpenAl, con todo el impacto de algo nuevo en el ecosistema tecno web y digital que engulle nuestras neuronas y tiempo desde hace al menos tres décadas.
Quien usa la IA para que escriba a su nombre continúa, de otra manera, el mendaz recurso a los Ghostwriters para simular un cuerpo de escritura que no nace de la propia riqueza cerebral. La IA como escritor fantasma anónimo e informatizado.

Y esto nos devuelve a una cuestión que no solemos advertir en el torbellino del uso cotidiano de la técnica. La gestión de la técnica, como muchas otras formas de la acción humana, no puede divorciarse de una problemática ética; de hecho, el empleo de la técnica involucra, invariablemente, la decisión humana respecto a cómo usar o no un dispositivo tecnológico.
La IA es solo un acto técnico, totalmente independiente del inveterado y tribal acto del engaño humano por nuevas vías, la falsa atribución de autoría en este caso.
Más allá de los exaltados tecnofílicos, que aceptan todo nuevo amanecer técnico desde la adoración y la postración, la IA es hoy teologizada, temida o despreciada como siniestra entidad no humana, bestia tecno insondable que exhala ácido y azufre para disolver nuestra humanidad. Pero al descender a la realidad libre de distorsiones imaginarias, la IA es solo una herramienta técnica que arroja una nueva estela de rendimientos complejos. Introduce el paradigma del ordenamiento y conexión de conocimientos mediante la réplica del lenguaje natural, además de la generación de imágenes, voz y traducción (cuestión este última que no evaluaremos aquí).
En su estricta andadura técnica la IA actúa a través de un input que recibe información procesada por redes neuronales artificiales que, mediante el deep learning o dinámica de auto-aprendizaje, aumenta su capacidad cognitiva a través de algoritmos. Esto fomenta el juego de atribuirle inteligencia a lo que, en un sentido estricto, no piensa ni comprende lo que ordena y responde, no es consciente de sus propios procesos, ni se abisma en complejas tramas de emociones y sentimientos. Si la inteligencia depende de un pensamiento consciente, la inteligencia artificial no es inteligente en sí misma; es una extensión de la inteligencia del programador humano. De ahí lo que sostiene el científico informático sueco Erick Larson, en su libro El mito de la inteligencia artificial.
Pero, frente a esto, el ascenso de la IA desde el procesamiento complejo de la semántica y el conocimiento hacia una inteligencia autónoma es la gran singularidad o salto que individuos como Kurtzweil (2) esperan. Pero si realmente esto ocurrirá alguna vez, como diría Kant, es algo que se puede pensar, pero no saber con certeza.
Como toda tecnología el uso de la IA no es un tema técnico sino, como antes sugerimos, una práctica indisociable del apriori ético de decisiones con consecuencias favorables, o peligrosas o inquietantes. La IA no es culpable de su mal uso. Y los aspectos problemáticos de la inteligencia artificial no deberían hacernos olvidar las otras asperezas del peligro contemporáneo: la continuidad sin resquebrajaduras del mundo que ciertos humanos, una minoría, han construido con garras afiladas para la manipulación de las voluntades y la reproducción de un orden de cosas en el que todo se ciñe al entretenimiento sin reflexión; un materialismo incuestionado; la omnipresente tecnodependencia; las polarizaciones ideológicas del odio sin acuerdo, o las burbujas informáticas y sus formas de sesgar o recortar la realidad; o la continuidad de las guerras como forma de ataque o de necesaria defensa, y las pingües ganancias de la industria productoras de armas.
Seguramente la IA no nos destruirá ni reemplazará, pero sí nos introducirá más en la sociedad de las hibridaciones y coexistencias entre lo humano y los animales orgánicos y lo robótico de factura androide y animal, y otras diversas formas.
Contribuirá a la modificación evolutiva continua de nuestro cerebro. Pero también, y con pesar, ya es parte de un largo y traumático proceso de sustitución de la matriz laboral y la desaparición de profesiones, y también la aparición de otras nuevas. Y ya sirve y servirá, cada vez más, para el aumento del inmensurable poderío de los gigantes informáticos mundiales.
Y al final, y situándonos de nuevo en las arenas de la escritura, el mal uso de la IA no se limita al engaño de presentar como propio lo que fue escrito por la inteligencia robótica. También produce un nuevo tipo de lector que no solo lee sino que, ante la duda sobre la autenticidad de una escritura, recurrirá a verificadores de plagio o detectores de contenido de IA, que son herramientas de la propia IA como TextCortex, Copyleaks o Grammarly.

Pero el lector avispado, por sí solo, sabrá reconocer lo específicamente humano en la danza de los estilos, la musicalidad de cada acto de escritura no artificial que nace de la forma de unir las palabras, de la combinación de las ideas y los sentimientos, o del modo de expresar las desgracias o la enfermedad, o un bello paisaje nevado lejos de edificios abandonados o fábricas en ruinas. La fina música humana de la palabra que la IA nunca podrá imitar. O, al menos, eso es lo que queremos creer.
Citas
(1) Turing y su prueba de Turing o test de Turing para evaluar una máquina computacional capaz de generar respuestas inteligentes semejantes a la de un ser humano.
(2) Raymond Kurzweil, científico especializado en Ciencias de la Computación e inteligencia artificial, director de Ingeniería en Google; autor de La era de las máquinas inteligentes y La singularidad está cerca. Dicha singularidad confía en el cercano salto de una inteligencia artificial «programada» a una totalmente autónoma, que ya no necesitaría de un programador
(*) Este texto fue escrito originalmente para la Revista Masticadores (esta versión ha sido levemente modificada).
