Borges, Mauthner, el mar y el «rigor de la ciencia»

Por Esteban Ierardo

(Foto en depositphotos.com)

Em su juventud, Jorge Luis Borges recibió una fuerte influencia del filósofo y periodista austriaco Fritz Mauthner (184-1923). Esto le condujo a situar al lenguaje en sus límites, y al mar en su poética temprana como «un antiguo lenguaje que ya no alcanzo a descifrar», y a un mapa como la imposible representación de un territorio.

   Parménides es el primer gran creyente en que la realidad, en sí misma, puede ser pensada y dicha por conceptos. Sólo es real lo racional, y el pensamiento racional es el único medio para expresar el ser. Desde sus propios modos, la Edad Media, el Renacimiento, Descartes o Hegel, continuaron esa certeza filosófica inaugurada por la filosofía parmenídea en cuanto a la adecuación o integración entre el pensamiento racional y el mundo; es decir, la correspondencia entre el lenguaje, las palabras y las cosas. La llamada verdad como adecuatio.

  Para Borges, en cambio, el lenguaje siempre se repliega en su madriguera de palabras en su incapacidad de expresar una verdad que despeje todo enigma en una proposición que haga brillar una supuesta verdad de todas las verdades.

 En su meditación linguística, Borges sobrevuela la torre de Babel. Porque el mito de la confusión de las lenguas, la pérdida de la lengua adánica única del comienzo, ya indicaba el quiebre entre la palabra y la realidad.

  Desde una visión religiosa judeocristiana, el hombre caído sólo accede a lo real por la revelación divina que se irradia en la Biblia. Pero, cuando ruge el escepticismo nietzscheano, en el siglo XIX, para muchos, ni la revelación cristiana y ni siquiera la objetividad de las matemáticas aseguran el salto hacia la realidad en sí. Entonces, el lenguaje se aleja de las cosas. Lo real sólo puede ser las cosas mismas, que simplemente están ahí en su presencia como una diferencia para nosotros, como una alteridad, un ser otro. Para nosotros, el anillo de lo real que nos rodea e incluye se expresa como una epifanía sensorial, como un friso de sensaciones que luego intentamos explicar desde la narrativa conceptual de la filosofía o desde los principios, leyes y teorías de las ciencias. Pero siempre lo real en su modo más primario de dársenos resplandece oculto en su ser-allí, fuera del alcance de los labios de las palabras..

 En esta posición fue importante la influencia en Borges de Fritz Mauthner….

 En la Viena de la década del 20′, Fritz Mauthner (1) realizó su crítica del lenguaje. Este filósofo austriaco, contemporáneo de Karl Kraus, aseguró el divorcio entre las palabras y las cosas. El lenguaje no expresa lo real. Desde su ejercicio del periodismo, Mauthner cultivó su inicial escepticismo respecto al poder expresivo del lenguaje. El pensador austriaco percibió el uso vacío y demagógico de las palabras en la política. Así Volk (pueblo) y Geist (espíritu) se revelan como términos abstractos. La práctica política le enseñó la incapacidad radical de los conceptos para expresar algo sustantivo. En su obra fundamental, Worterbuch der Philosophie: Neue Beitrage zu einer der sprache ( Diccionario de Filosofía: Nuevas aportaciones a una de las lenguas), Mauthner expresó:

  “La filosofía es teoría del conocimiento. La teoría del conocimiento es crítica del lenguaje (Sprachkritik). La crítica del lenguaje es la tarea encaminada a liberar el pensamiento, a expresar que los hombres nunca podrán lograr ir más allá de una descripción metafórica (bildliche Darstellung) de las palabras, ya utilicen el lenguaje cotidiano, ya el lenguaje filosófico” (1).

  El lenguaje son solo palabras que dicen otras palabras. Esto armoniza con una postura nominalista: el lenguaje compuesto de nombres, palabras generales. El análisis nominalista de Mauthner, según Janik y Toulmin, implica una «posición ética que se halla en el centro de Schopenhauer, Kierkegaard y Tolstoy: a saber, el punto de vista según el cual la «significación de la vida» no es asunto racional, no es algo a lo que se puedan dar «fundamentos intelectuales, sino que es en esencia un asunto «místico». Pero el mantenimiento de esta posición sólo se gestiona a un precio muy elevado. Pues, según los razonamientos de Mauthner no es solamente «la significación de la vida» lo que dejaba de ser un objeto posible de conocimiento, sino que asimismo sus propios principios le obligan a rechazar «la posibilidad de que existiese un conocimiento genuino que pudiese ir más allá de una mera descripción metafórica del mundo, trátese ya de ciencia, ya de lógica»(2). Una posición quizá extrema.

 La realidad que siempre escapa al lenguaje también puede ser pensada desde el primer Wittgenstein, también austriaco, y contemporáneo de Mauthner (3).

 Durante su viaje a Europa en 1919, Borges conoció la obra de Mauthner. Subrayó profusamente un ejemplar de Worterbuch der Philosophie: Neue Beitrage zu einer der sprache con observaciones al margen. En Mauthner, Borges encontró el impulso hacia un escepticismo lingüístico; hacia una postura que afirma que existe una separación clara entre los enunciados del lenguaje y las cosas. Es el inicio, en Borges, de su nominalismo esencial.

  El nominalismo observa la división entre el universo de los signos lingüísticos y lo individual. Sólo tenemos percepción de lo individual. La palabra, el nombre (nomina) es un concepto general que no se corresponde con lo real como particularidad. La palabra es nomen, convención, signo social y arbitrario. Los nombres del lenguaje son conceptos generales que ordenan la experiencia, pero no equivalen a la realidad en sí, o la cosa en sí kantiana, por caso. Las cosas en su particularidad, en su individualidad, no pueden ser dichas, son indefinibles. Lo individual es inefable. Posición de Guillermo de Ockham, arquetipo del nominalismo en el tiempo medieval y escolástico, que resurge en la tópica borgeana.

 Esa división infranqueable entre la palabra como representación y lo que llamamos la firme realidad de las cosas irradia distintas facetas en la escritura del autor de «El sur» (4). Atendamos a solo a algunos ejemplos posibles, entre muchos otros… 

   En su poema «Singladura», en Luna de enfrente (1925), el joven Borges contempla extasiado la inmensidad del mar. Entre el aire salino, el poeta afirma:

   “El mar es un antiguo lenguaje que ya no alcanzo a descifrar”.  

  El mar no es sólo apabullante presencia física; es, también, quizá, una “antigua lengua”, pero indescifrable. Pues:

  “Impenetrable como de piedra labrada / Persiste el mar ante los muchos días”.

  Si hay un lenguaje de la amplitud marina éste no se dona al hombre. Es la imposibilidad del lenguaje humano para descifrar el sentido de la realidad material del mundo en este caso a través de las salvajes o serenos movimientos de la vasta agua marina.

Ya en 1919, en la Revista Grecia, en Sevilla, un Borges de 20 años publica un «Himno al mar «, momento juvenil que luego olvidará en el que se sentía un Whitman del canto a la naturaleza de inmensidad feroz, en este caso latiente en el mar. Así entonces, ante el océano, Borges se exaltaba; «…sólo tú existes. /Atlético y desnudo. / Sólo este fresco aliento y estas olas…

El joven escritor tiene la certeza no roída por ninguna duda de que el mar es la única realidad evidente. Es fuente de un saber inapelable. Muchos años después, en El otro el mismo (1964), en un nuevo poema consagrado al mar, agrega la aremporalidad de las aguas:

…antes que el tiempo se acuñara en días,
el mar, el siempre mar, ya estaba y era.».

Pero en el saber del mar que fluía por las arterias del lenguaje, aparece, finalmente, la sensación del desconocimiento, la intuición de que el ser de lo marino es lo que pregunta desde el asombro poético que solo sabe que no sabe lo que «roe los pilares de la tierra, esa fuerza que afecta los profundos lechos y que «es uno y muchos mares/y abismo y resplandor y azar y viento?».

El mar vuelve a ser «un antiguo lenguaje», que el poeta ni nadie es capaz de descifrar. Las palabras llegan siempre después de las olas.

 El ideal de una simetría entre el orden humano ( sus mapas, sus imágenes, sus representaciones visuales, su «lenguaje gráfico») y la contundencia de la tierra y de lo físico, se desploma también bajo la burla en “Del rigor en la ciencia”, en El hacedor.

  En un breve pero muy sustantivo texto, en un imperio se practica el arte de la cartografía.

Una disciplina que busca la perfección.

Entonces, “el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del imperio, toda una Provincia»(5). Inconformes, los cartógrafos imperiales realizan un mapa del tamaño del imperio. Ahora existe una estricta adecuación entre el mapa (la imagen, la representación humana) y la realidad física. Pero esa correspondencia es ilusoria. Y así lo comprendieron las generaciones posteriores, que «entendieron que este dilatado Mapa era Inútil, y no sin piedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos».

 El lenguaje de la representación, el universo de los signos humanos (asociado con el mapa en este caso), nunca podrá expresar la riqueza del imperio, de la vasta y dilatada realidad material del territorio. El lenguaje es sólo un mapa imaginario de una realidad que nunca será totalmente representable, porque no es cognoscible en toda su extensión y complejidad.

   En su “Arte poética”, Borges asume esta lección porque sabe que la poesía “es inmortal y pobre”(6). El arte poético es, como la Itaca de Ulises, “verde y humilde”. Ni siquiera la poesía, y su capacidad sutil para expresar significados pueden trasponer las tinieblas y fiordos que nos separan de las cosas en su presencia y misterio.

Algo que no impide, en modo alguno, el eficaz conocimiento científico, pero que salvaguarda el enigma del mundo de las muchas cosas que incluye al mar, a los mapas, y al porqué del mal que está más allá de las palabras.

Fritz Mauthner

Notas

(1) Citado en Allan Janik y Stephen Toulmin, La Viena de Wittgenstein, Madrid, Taurus, pp.153-54.

(2)  En Allan Janik y Stephen Toulmin, op.cit., p.208.

(3) En «Borges y Wittgenstein» editado en esta página.

(4) Respecto a las relaciones entre Borges, el nominalismo y la influencia de lenguaje puede consultarse el magnífico ensayo de Jaime Rest, El Laberinto del universo, Buenos Aires, Ediciones Librerías Fausto, 1976.

(5)J. L. Borges, «Del rigor en la ciencia» en El hacedor, en Obras completas, V. II, op. cit., p. 225.

 (6) J. L. Borges, «Arte poética» en El hacedor, en Obras completas, V. II, op. cit., p. 221.

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