(Texto Esteban Ierardo, fotos Laura Navarro y E.I, salvo las indicadas con otra fuente; incluye galería al final)
(última versión 19-06-25)
En Bayeux, Normandía, Francia confluyen la Edad Media y las huellas del célebre desembarco del Día D, momento fundamental de la Segunda Guerra Mundial. Lo medieval se expresa por la imponente catedral, el propio origen de la ciudad, y el extraordinario Tapiz de Bayeux. Y los recuerdos de la guerra que enfrentó a los aliados con las fuerzas de Hitler llegan desde la cercana playa de Omaha, en la que se produjeron los momentos más trágicos del Día D, y su contiguo cementerio con cerca de diez mil lápidas.
Es de noche y llegamos en tren a Bayeux desde Caen. Creemos que luego de bajar podremos concentrarnos en encontrar el camino al departamento en el que nos alojaremos. Pero ni bien salimos de la estación una lluvia enérgica nos recibe. Así debemos cambiar planes. Pedimos un taxi por una aplicación. Por las gotas profusas y cierta niebla, un trayecto breve y fácil, nos parece un sinuoso recorrido dentro de un laberinto.
Cuando descendemos del auto de alquiler, la lluvia se detiene. El cielo irradia un oscuro profundo tachonado de estrellas. Antes de ingresar a nuestro alojamiento, experimentamos un adelanto del embrujo que los nuevos lugares ejercen sobre el viajero. En la esquina de Rue Larcher y Rue de Nesmond, vemos una catedral inmensa, imponente presencia hechicera, magnética, luminosa. La catedral de Bayeux. Mucho la conoceremos luego.
Vemos por primera vez el río Aure, con su estrecha corriente que, serena, parsimoniosa, fluye entre las luces nocturnas. En un costado, se distingue la rueda de un molino. En este primer trayecto por las calles de la pequeña ciudad de la Normandía francesa, con algo más de diez mil habitantes, no puedo evitar las evocaciones nacidas de anteriores lecturas. Un saber previo sobre un lugar por la lectura predispone a evocar lo antes leído.
Imaginamos entonces los orígenes históricos de Bayeux. Originalmente esta localidad fue fundada por una tribu de pueblos galos, los Bodiocasses. La libertad celta se desmembró bajo la torva águila romana, y el lugar se llamó Civitas Baiocassium. Junto a los romanos, también se propagó la cruz y la biblia y su sacerdocio. En el siglo IV d.C, Bayeux se convirtió en sede de un obispado. Y en el norte, en Noruega y Dinamarca, estalló el grito de conquista y saqueo de los vikingos. Uno de sus líderes, Rollon, llegó con su hacha conquistadora. En 924 el rey lo nombró primer Duque de Normandía. Entonces, en tierras normandas, solo Ruan era más importante que Bayeux. Después, antes de lanzar su célebre invasión, Guillermo el conquistador cabalgó con sus tropas hacia una construcción fortificada o la catedral en construcción.
En 1204, Normandía se integró al Reino de Francia. Tiempo después, Enrique I de Inglaterra, durante la Guerra de los Cien Años, también impuso su dominio. Los ingleses luego se marcharon, expulsados. Y evocamos a Bayeux en el siglo XVI, cuando católicos y hugonotes, los protestantes franceses, se disputaban el derecho a creer y vivir en la Francia de la Matanza de San Bartolomé (1).
En el siglo XVIII, el castillo y las murallas se demolieron. Por sus calles de tierra y algunas ya empedradas, se mezclaban artesanos, comerciantes y nobles. Surgieron casas señoriales y mansiones. E, inevitablemente, evocamos los días de la Segunda Guerra Mundial, la presencia invasora alemana por varios años, entre 1940 hasta la llegada liberadora de los aliados en junio de 1944. Nada impide al viajero asombrado bajar a las vetas de la geología de la historia que, invisibles, permanecen en el tiempo presente.
Al día siguiente, nos familiarizarnos con nuestro nuevo entorno. Nos orientamos con rapidez. Primero actualizamos nuestros móviles en una casa de celulares. Luego absorbemos una primera impresión de las calles. Poco movimiento, salvo en la calle principal Rue Saint Jean, que rebosa de negocios, de mucha oferta gastronómica, y boulangeries (panaderías). En estas últimas a Laura mucho le gusta comprar pain au chocolat, unas facturas grandes rellenas de chocolate.
Vamos al río Aure, y descubrimos señales del recuerdo de la guerra contra Hitler; algún afiche por acá y por allá que anuncia un homenaje al Día D y la liberación posterior. Encontramos un negocio especializado en objetos de la Segunda Guerra Mundial. Frente a la vidriera del establecimiento hablamos con un señor que se apresta a entrar. Es el dueño. Advierte nuestro interés al ver unos cartuchos de rifles de tropas aliadas en los días posteriores al desembarco. Nos pregunta de dónde venimos. Ah, Messi, sonríe. Se presenta, Pierre. Pierre, ¿cómo consigues lo que exhibes para su venta? Aquí hay todo un circuito de coleccionistas de estas piezas, algunos compran, otros venden. Y los propios habitantes de la ciudad descubren un buen día que en algún desván tenían objetos de los días bélicos que pasaron, inadvertidos, de generación en generación, y me los traen.
Y reconocemos algunas casas del siglo XIX, y casas medievales centenarias. Una casa medieval típica en Bayeux, y en otras localidades francesas, se compone de paredes de piedras o ladrillos; fachadas de entramados de madera y, a veces, columnas en el mismo material con tallas en relieve; y con ventanas estrechas para evitar la disipación de la temperatura interior e impedir un exceso de luz solar en verano; y techos de pizarra o tejas idóneas para proteger de las lluvias. Estas casas suelen tener varios pisos. Su compostura acusa la influencia normanda y románica.
Una de las casas más antiguas de Bayeux, data del siglo XIV. La contemplamos con especial atención cuando la noche esmalta con barnices oscuros el cielo. Saber que lo que observamos es vestigio medieval aviva la observación. Se levanta en la esquina de la Rue de Saint Martin y Rue France. Hoy, en su parte inferior, es un lugar de comercio de vinos.
En la imponente catedral

Un obispo tomó primero la decisión. En un lugar que antes los romanos eligieron para sus propios templos, una nueva catedral debía nacer. Odón de Conteville era el hermanastro de Guillermo el Conquistador. Su voluntad se cristalizó más rápido que en otras ocasiones. En menos de medio siglo el alto campanario coronaba la obra monumental. El 14 de julio de 1077, la iglesia se inauguró en una ceremonia con la presencia del Duque de Normandía y Rey de Inglaterra: Guillermo el Conquistador.
La primera semblanza del edificio fue románica. Luego, al ser reparada en el siglo XIII, el cimborrio, el transepto y el lado oriental adquirieron la orientación edilicia del gótico medieval. Y se agregaron un coro, agujas, una torre de estilo gótico flamígero.
Al principio, la catedral dio cobijo al tapiz de Bayeux. Desde la cabecera, avanzamos hacia la fachada occidental de entrada, a través del lado este, con varias puertas de madera enmarcadas por sus portales con sus retahílas de esculturas románicas. Al trasponer el umbral de ingreso, nos sorprende una música de órgano. Alguien practica con el majestuoso instrumento Cavaillé-Coll (un reconocido fabricante de órganos francés), de 1862. Los sonidos graves y solemnes vibran en la nave y el altar mayor neoclásico, hasta los vitrales e incluso la cripta. Encontramos pocas personas en oración, imploración o meditación. Nosotros, por nuestra parte, deambulamos, escuchamos, percibimos. Descendemos a la cripta. Un espacio subterráneo iluminado por una tenue luz que no esquilma su aura casi sobrenatural. Nos sorprende sus centenarios frescos sobre capitales con seres fantásticos, tumbas, decoraciones florales, cerca de arcos de crucería. Salimos y llegamos hasta el coro y el ábside.
Permanecemos varios minutos en el gran recinto eclesial. De a poco, respiramos otro aire impregnado con la intención original de las catedrales. La catedral no solo como un espacio escénico, una ostentación ornamental, sino un ámbito visionario que invita al recogimiento y la elevación de la mirada que sigue la altura como estímulo de trascendencia.
Toda catedral es un paciente esfuerzo de siglos. Cada día de construcción suma un tono al gran alma de piedra. Luego de su construcción, la catedral se concretó en su cuerpo de paredes, techos, vitrales, campanario y torres. El edificio es la imagen visible de un trabajo paciente e insistente a través de diligentes manos anónimas.
Desde la Edad Media, la catedral es la iglesia principal de una diócesis precedida por un obispo. En la catedral, el obispo tiene su sede o «cátedra» (su «silla»), desde donde dirige sus sermones y mensajes; y allí también se celebran las más importantes ceremonias religiosas de la liturgia.
La catedral es entonces la iglesia principal de una diócesis, diferente de la basílica, a la que el Papa le otorga esta condición por su antigüedad, significación histórica o magnificencia. La catedral es también un «templo de la luz». El abad Suger (1081-1151) es virtual creador del estilo gótico. Tuvo un sueño en el que un templo flotaba entre las nubes. Suger pensó a Dios como viva luminosidad, asociada a una «metafísica de la luz» (2). Concibió un templo con grandes aperturas o vitrales en sus costados de la nave, por el que fluye la luz solar como símbolo del brillo trascendente de Dios. Y esto se manifiesta como la típica iglesia de la arquitectura gótica con sus bóvedas de crucería, arcos apuntados, arbotantes y grandes vitrales. Esto cobró vida en la Basílica de Saint-Denis, convertida en origen del estilo gótico representado en otras catedrales como la de Chartres y la de Notre-Dame de París.
El gran medievalista George Duby (1919-1996) nos hace comprender la significación de las catedrales. Duby es autor de Los tres órdenes o lo imaginario del feudalismo, (ed. Taurus), La época de las catedrales. Arte y sociedad 980-1420 (ed. Cátedra), o Europa en la Edad Media ( ed, Paidós). Además de sus aspectos religiosos y simbólicos, las catedrales son clara manifestación del despertar de las ciudades en el periodo de la llamada Baja Edad Media, momento del fortalecimiento de las monarquías, del ascenso gradual de la nueva clase de la burguesía; y del nacimiento de la teología escolástica relacionada, a su vez, con la naciente importancia educativa de las universidades y las escuelas de la época.
La construcción de las catedrales también suponía el poder de las corporaciones de los oficios, y un lugar de reunión social. Así, Duby afirma que la catedral «… era el monumento que los reunía a todos en las grandes fiestas, tan grande como para acoger a la población entera de la ciudad. Pues los burgueses no entraban allí solo para rezar. Allí se reunían sus cofradías y toda la comunidad para sus asambleas civiles. La catedral era la casa del pueblo. Del pueblo ciudadano» (en Europa en la Edad media, capítulo «La catedral, la ciudad, la escuela»).
Las catedrales entonces, como esta en la que ahora estamos, y todas las demás, como símbolo de la fe, de la trascendencia divina, de la cohesión social y el poder comunitario en la ciudad medieval. Y como fuerza del desarrollo del arte.
Y luego de la liberación por los aliados en 1944, De Gaulle y Churchill se hicieron presentes en la catedral de Bayeux para pronunciar sendos discursos.
Durante la continuidad de la guerra, cuando ésta estaba aún lejos de terminar, los soldados aliados encontraron en la catedral un refugio de paz, y un lugar de oraciones para los hermanos de batalla perdidos en el combate. Por entonces, el interior de la gran iglesia lucía despojado, sin altar, bancos, púlpito u órgano, y solo iluminado por velas que convertían la oscuridad en una danza de penumbras. Los vitrales estaban tapados por tablas. Un áspero bloque de piedra junto a la entrada era usado como improvisado altar, circundado por cirios encendidos. Los habitantes de Bayeux, mujeres, niños, ancianos, también desplazados, acudían a la iglesia para mitigar su angustia con algún resignado rezo.
Todos los años, durante la conmemoración del Día D, la Legión Real Británica realiza servicios conmemorativos. El viernes 6 de junio de 2014, miembros de la familia real británica asistieron al servicio religioso (3). El coro de la catedral y un gaitero solitario interpretaron «Amazing Grace».
La catedral de Bayeux era recinto de refugio y gracia. Y siempre acceso a una realidad espiritual perdida entre la tormenta impiadosa de la guerra. Luego de la liberación de Bayeux, Bill Morris, miembro de la Marina Real Británica, recibió la orden de buscar agua potable y provisiones. Morris entró en la imponente Catedral después de recoger sus bidones. Muchos después, en un programa de la BBC, recordó:
«La entrada a la Catedral se hacía por una pequeña puerta, lo suficientemente grande como para que una persona entrara o saliera a la vez. Esta puerta estaba tallada en una gran puerta de roble. Era un día de junio radiante y, al cruzarla, parecía otro mundo».

Entre los caídos dentro de Bayeaux

En un nuevo día, vemos la catedral imponente. El firmamento luce plomizo. Una delgada llovizna se precipita intermitente. Sabemos hacia dónde nos dirigimos. Antes, estudiamos la danza de calles que debemos recorrer. Atravesamos una plaza triste y solitaria. Reconocemos las casas silenciosas y bajas apoltronadas en una serenidad que en algo se altera por el zumbido de autos y camiones que, no muy lejos, ruedan veloces. A un costado, distinguimos un edificio de solemne clasicismo y de piedra blanca. Cuatro columnas sostienen el techo; en los flancos, unas aberturas: una anuncia 1939, la otra 1944. Es el Memorial de Bayeux, frente al cementerio que visitaremos. Un epitafio en latín que recorre el friso de la construcción dice: NOS A GULIELMO VICTI VICTORIS PATRIAM LIBERAVIMUS. La traducción: «Nosotros, una vez conquistados por Guillermo, hemos liberado la tierra natal del Conquistador». Es decir, Guillermo el Conquistador invadió y conquistó Inglaterra, en 1066. Luego de varios siglos, los conquistados emancipan, de otra fuerza invasora, la tierra de origen de Guillermo. El reloj de arena de la historia se invierte: los antes conquistados ahora son liberadores de sus otrora conquistadores.
El monumento protege del olvido los nombres de 1.808 hombres de la Commonwealth (que además de ingleses, incluye a 270 militares canadienses, hombres y mujeres). Todos cayeron en la Batalla de Normandía. Y carecen de tumba conocida. Entre los recordados están los 189 hombres del 43 Regimiento de Reconocimiento que estaba a bordo del MV
Derrycunihy (MTS T72). Un barco que, la noche del 24 de junio de 1944, se hallaba fondeado ante la costa de Ouistreham, en la Playa de Sword, la costa para el lanzamiento a tierra de las fuerzas inglesas. Una mina alemana se detonó, y destruyó el casco de la embarcación. Un gran cantidad de los soldado que latían a bordo rápido entraron a la nada o a otra realidad.
Vemos el paraje saturado de lápidas. El cementerio británico de Bayeux, con 4648 entierros de los caídos en Normandía. El lugar sepulcral le fue concedido al Reino Unido a perpetuidad. También se suman otras 500 tumbas con soldados de otras nacionalidades, principalmente alemanes.
Todo cementerio hace recordar la fugacidad de la vida, la llegada irreversible de la muerte. El caso de los cementerios con una mayoría de monumentos funerarios, con su eventual exceso decorativo y su valor artístico en sí mismo, puede inducir cierto olvido del final. Pero la necrópolis compuesta por miles de lápidas de radiante blanco no permite olvidar. Una cruz y un nombre es lo que recuerda la vida joven que se desvaneció antes de la vejez que lentamente prepara la partida en el ocaso.
En el cementerio se alza la Cruz del Sacrificio (originalmente La Cruz del Sacrificio de Gibraltar), diseñada por Sir Reginald Blomfield en 1917; se encuentra en Gibraltar, y en otros países de la Commonwealth, o aquí, en Francia. En Normandía hay 18 cementerios de la Comunidad Británica, que dan descanso a 22.000 víctimas de la invasión. Bayeux es el más grande. Entre sus lápidas se destaca el cabo Sidney Bates, al que se le concedió la Cruz Victoria, la condecoración más prestigiosa al valor conferida por el ejército británico. El 8 de agosto de 1944, Bates atacó a un regimiento alemán panzer, con una ametralladora automática en mano, hasta finalmente ser abatido por varios impactos.

Y cinco pilotos de un avión derribado yacen en una misma tumba; y entramos en un nicho en el que se protege el libro de visitas. Descubrimos las hojas salpicadas de miles de nombres. En un caso, los parientes del ingeniero Jack Sapper Normington visitaron su tumba. Advirtieron un error en su ubicación, que corrigieron con puño y letra. Y a un costado, otros descendientes recordaron a su deudo con una ficha plastificada, con una síntesis biográfica del gallardo capitán de los Royal Marines Terence Frederick Cousins que en una operación de asalto sobre posiciones alemanas en Por de Besis, lideró un ataque en un bunker en el que murió por una granada, pero su acción abrió una brecha para un ataque mayor posterior que consiguió su resultado.

Y nos conmueve cuando encontramos al irlandés Lionel Leslie Wimbridge, con una lápida de madera y un cercano racimo de rosas plásticas con botones negros que el viento alejó. Y entre las miles de tumbas, el azar nos lleva a reparar en la tumba de Thomas Norman Bintley. Luego averigüé que Bintley se unió al SAS (Servicio Aéreo Especial, cuerpo de ejército de fuerzas especiales del Ejercito Británico). Se enroló como voluntario de un Regimiento de Paracaidistas. Y en paracaídas se arrojó sobre Normandía el 17 de agosto de 1944. Su misión era hostigar las líneas alemanas de abastecimiento. Dos días después de tocar tierra normanda, el soldado Bintley, junto con otros camaradas, capturaron a numerosos soldados de las SS en una granja francesa. Pero luego acudieron al lugar muchos más SS. Empezó un tiroteo. Bintley murió de un disparo en la cabeza. Un campesino francés cavó una tumba para él, y luego dijo que, mientras removía y abría la tierra, los Waffen SS «bailaron sobre el cadáver de Bintley».

Y un poeta, maestro de escuela y escritor, Charles Causley (1917-2003), nativo de Cornualles, combatió en la Segunda Guerra Mundial enrolado en la Marina Real Británica, en el Pacífico. Visitó mucho tiempo después el cementerio de Bayeux, en 1954. Sintió culpa por haber sobrevivido. Creyó que las manos con las que escribía poesía debían estar enterradas en el páramo de las cruces. Recordó. Lloró. Solo pudo expresarse por un poema: «En el Cementerio de Guerra Británico, Bayeux».
Por unos momentos, unos empleados del gobierno municipal, muy diligentes, limpian el terreno de las hojas que el viento esparció entre las tumbas. Luego, el silencio regresa, solo matizado por algunas ráfagas de aire invisible y unos débiles sonidos de unos automóviles que pasan, no muy lejos.
Nos marchamos. En todo el tiempo que permanecimos aquí, no llegaron otros visitantes. Sospechamos que todos los soldados indicados por las lápidas hace tiempo que se marcharon de este mundo contradictorio, de dulzuras y mucha sangre derramada. Imagino cómo un sepulturero enterró al último habitante de esta asamblea de combatientes, justo antes de que el sol se apagará con las últimas luces del atardecer.
Cerca del cementerio, acudimos al Museo Memorial de la Batalla de Normandía, un recorrido por los hitos principales del desembarco del Día D, de su batalla y sus armas, operaciones militares, en una exposición de 2300 m2. Se exponen mapas, vitrinas con soldados aliados y alemanes, su equipo y uniformes; se proyecta la película de archivo «Normandía 44, Victoria decisiva en el Oeste», y se recrea, a tamaño natural, la bolsa de Falaise-Chambois en agosto de 1944, un movimiento estratégico por el que las tropas aliadas buscaron cercar a los soldados alemanes. Entre el sur de Falaise y el oeste de Argentan, los Aliados rodearon al 7 Ejército y el 5 Ejército Panzer. A pesar de la operación envolvente, un significativo número de alemanes escaparon.
Hacia Omaha y la iglesia abandonada
Visitamos muchas veces la Rue de San Jean. Al desviarnos por una callejuela lateral, descubrimos un negocio con muy buen pescado y algo más adelante, una plazoleta y una paradas de buses. Nos asalta una sospecha que después confirmamos. De una de estas paradas sale un bus hacia Omaha. El verdadero motivo por el que hemos llegado a Bayeux. Averiguamos horarios, distancias. Nos hacemos presentes en la hora señalada. Es un transporte de uso interno, para los propios lugareños. Frente, hay una escuela, en su entrada sobre una escaleras se acomoda un grupo de estudiantes. Una joven despliega un dibujo. Antes averiguamos que el trayecto del bus no será completo porque el acceso a Omaha está vedado temporalmente por una obras de reparación. Subimos al transporte que esperábamos. Le preguntamos al chofer por la distancia a la que nos dejará de la playa del desembarco. Nos dice que cerca, que no nos preocupemos. Disfrutamos del paisaje durante el trayecto. En poco tiempo, salimos de Bayeux, nos deslizamos por una ruta que, rápido, entendemos sigue la dirección del mar. Por momentos, agrupaciones de casas vedan la contemplación del paisaje marino. Llegamos hasta un cruce de calles. El bus se detiene. Los pocos pasajeros que permanecían aún en sus asientos bajan. Entendemos que es el final del recorrido. Volvemos a preguntarle al chofer a cuánto estamos de nuestro destino. Cerca, cerca. Deben caminar, no mucho, y nos indica en qué dirección. Avanzamos. Empezamos a sospechar que la caminata que nos espera no es exactamente breve. Esta noticia no le cae muy bien, en principio, a Laura pero, de a poco, agradecemos el percance; de a poco, nos sumergimos en un paisaje de casas que reposan fuera del tiempo veloz y, al pasar por un paraje despejado a un costado, observo a no mucha distancia una sorprendente iglesia abandonada. Le digo a Laura que vamos a ver de qué se trata. Si el bus nos hubiera dejado en el lugar exacto que buscábamos no hubiéramos descubierto esta maravilla oculta. Atravesamos un retazo de tierra húmeda, levemente barrosa. Y entonces nos detiene una cerca y un cartel que nos devela cuál es el lugar misterioso al que hemos arribado: la Capilla San Simeón.

La iglesia Capilla de San Simeón de Sainte-Honorine-des-Pertes, cerca de Omaha. El Día D las bombas cayeron por doquier, en una vasta extensión alcanzada por los proyectiles lanzados desde los barcos de guerra. Algunas de estas salvas de cañón impactaron la iglesia, su techo se desmoronó. No será recuperada luego para el culto. Se encuentra cerca de lo alto de los acantilados del extremo oriental de la playa de Omaha. Una primera versión de la iglesia fue una capilla del siglo XIII, convertida en lugar de peregrinación. Tenía una fuente de agua a la que se le atribuían poderes curativos, dispensados por San Simeón. El santo con este nombre más conocido es Simeón de Jerusalén (de la primera mitad del siglo I) que, según la tradición, fue primo de Jesucristo y segundo obispo de Jerusalén.
Pero el Simeón que le da nombre a la sobrecogedora iglesia en ruinas es otro: un monje siciliano del siglo X, enviado a Normandía a pedir limosna a Ricardo II, duque de Normandía. Luego de muchas peripecias, llegó a las tierras normadas, pero se enteró de que Ricardo había muerto. En Ruan, el obispo no lo acogió. Simeón asumió su desarraigo, siguió su camino, lavó sus pies lastimados en un arroyo y sanó milagrosamente. Se coinvirtió en ermitaño. Luego de su muerte, su piedad alimentó las leyendas que en el medioevo eran muy abundantes y de fértil imaginación. Alrededor de su tumba se decía que ocurrían milagros de sanación. Post mortem, Simeón cosechó muchos seguidores en Normandía. La dureza de los males solo podía paleársela desde la esperanza y la fe. Simeón, el santo de curaciones milagrosas, era el adecuado ante un mal misterioso, que hoy sabemos que era la malaria, provocada por mosquitos de las marismas de la región.
El Anopheles Atroparvus era el insecto transmisor de malaria que se reproducía en las aguas salobres de los pantanos esparcidos en la costa normanda. Esta infección causaba estragos en el «período cálido medieval» (4). Durante los veranos húmedos, y en especial luego de las tormentas, los campesinos de los alrededores padecían temblores.
Sainte-Honorine-des-Pertes se encuentra en un valle, recorrida por un arroyo. Una fuente se encontraba junto al borde de un acantilado de cara al mar. Allí, se construyó la capilla por la creencia de que así los enfermos de los temblores sanarían. Una confianza que nacía de la desesperación. Solo el agua bendita de Simeón podría dar alivio. Y la erosión de los acantilados acabó con la primera capilla. Se construyó otra con la aprobación del rey Luis IX. Luego del desgaste de ésta, para el siglo XIX se necesitaba un nueva capilla. Este es el edificio cuyas ruinas descubrimos. Para entonces, la malaria ya no era un problema, pero los fieles seguían acudiendo en busca de las aguas sagradas de la fuente. Se empapaban paños para curar a seres queridos, y se sumergían en las aguas cristalinas a los niños que padecían raquitismo. En 1862, visitaron la iglesia 6000 peregrinos. Y esto siguió hasta 1944, hasta el día en el que las bombas condenaron la iglesia a su abandono ruinoso, a su permanencia silenciosa, como recuerdo de otros tiempos de ingenua devoción y de temor a un mal que brotaba de los pantanos.
Exploramos el interior de la iglesia en la que, antes, tanto fervor se concentró. Sin techo, vemos el cielo pálido, nuboso, melancólico. No muy lejos, empezamos a escuchar sonidos de metralla, grandes explosiones, miles de jóvenes que se desbarrancan en su destino, atrapados en un día envenenado de muerte, entre el mar, la playa, la arena…

En Omaha
Recuperamos el camino. Recorremos una ruta y, luego, lentamente cobra forma lo que sabemos que es Colleville-sur-Mer. Cuando ingresamos al pueblo próximo a la playa de Omaha, se aviva la expectativa. Vemos a un grupo de lugareños concentrados en darle viva a un árbol de navidad. Damos con la iglesia de Colleville. Está cerrada. En el día del desembarco fue atacada por los barcos por ser un puesto de observación del desembarco. Luego, fue reconstruida.

El pueblo debe su nombre al caballero Gilbert de Colleville, quien recibió tierras durante la invasión de Inglaterra por Guillermo el Conquistador. Una entrada al predio de la iglesia está consagrada a Bernard Anquetil, miembro de la resistencia francesa, nativo de la región del Calvados, en Normandía. Anquetil se unió a la resistencia y colaboró como operador de radio para transmitir mensajes sobre los movimientos de la marina alemana, que fueron útiles para la detección, persecución y posterior hundimiento del Bismark, el mítico acorazado alemán. Capturado, se negó a revelar su operatoria para enviar mensajes. Fue fusilado el 24 de octubre de 1941.
Y un cartel indica la dirección hacia la playa del desembarco.
Seguimos la indicación.
Descendemos por un estrecho camino de asfalto. De tanto en tanto aparece algún automóvil que, con toda certeza, viene de la playa y de un gran cementerio cercano. Algunas pocas casas compiten por los rayos de la mañana. Doblamos hacia otro sendero que flanquea un bosque. En los costados, tremolan algunos carteles con fotos y nombres de soldados aliados que participaron en el gran día. Doblamos una vez más, y el sendero se endereza hacia una paisaje en cuyo fondo se enmarca el mar y sus olas. De a poco, nos acercamos hasta un cartel que no es otro que la señal del lugar donde hubiéramos bajado con el bus si el servicio completo no estuviese interrumpido. Por suerte, no tuvimos un viaje normal. Y a un lado, distinguimos el áspero cemento de un bunker y, muy cerca, se extiende la playa con su húmeda desnudez.
Estamos finalmente en Omaha, el nombre en clave de la playa de 8 kilómetros de longitud entre Sainte-Honorine-des-Pertes y Vierville-sur-Mer. El nombre inventado era para mantener el secreto del desembarco en ciernes. Quizá por ocurrencia del general Bradley, el nombre surgió en honor a la ciudad de Omaha, en Nebraska; y esta ciudad se llama así por los omaha, la tribu indígena de la región de Nebraska, ciudad en la que nacieron, entre otros, Marlon Brando, Montgomery Clift, Nick Nolte, Malcolm X, o Fred Astaire. Y el idioma omaha, omaha significa «nadar contra la corriente» o «río arriba».
Una combi está estacionada cerca. La relacionamos con un grupo de turistas norteamericanos con un guía. Y encontramos una roca con una placa, cuyas letras ya no pueden leerse con nitidez por la erosión ambiental.

En esa roca se refugiaron los médicos del 16.º Regimiento de Infantería, como el sargento médico Ray Lambert, de 23 años, quien murió al cumplir un siglo. En medio de la gran confusión, Lambert escudriñó la playa y, por fortuna, divisó un trozo de hormigón sobrante de una construcción alemana de unos 2,4 metros de ancho y 1,2 metros de alto. El pedazo rocoso se convirtió en lugar de salvación para Lambert, otros médicos y muchos soldados heridos. Ahora se la llama “Ray’s Rock” (5).
Y con Laura nos internamos en la playa hasta rozar con nuestros pies el borde espumoso de las olas. Reina un vigoroso viento, un frío que reclama calar nuestros huesos a pesar de lo grueso de nuestros abrigos. Pero no importa, qué importa, estamos en un lugar histórico. El exacto sitio del desembarco más feroz de la historia. El Día D, en la playa de Omaha. La playa tiene casi 6 kilómetros de largo,12 kilómetros al este de la Playa Utah, y abarca las localidades de Vierville-sur-Mer en el oeste, Saint-Laurent-sur-Mer en el centro y las aldeas de Colleville-sur-Mer y Le-Grand-Hameau al este. La playa se llama originalmente Côte d’Or.
El gran desembarco, la Operación Ovelord, se inició la mañana del 6 de junio de 1944. Miles de hombres desembarcaron en las cinco playas con los nombres clave de Utha, Gold, Juno, Omaha y Sword. El sitio de desembarco más trágico es Omaha.
La noche anterior, un bombardeo masivo intentó debilitar la resistencia alemana. Pero los pilotos se encontraron con niebla y grandes masas de nubes. Esto malogró la eficacia de los ataques aéreos. Más de 13,000 bombas cayeron a unos kilómetros de las playas. A pesar de la gran tormenta de proyectiles, sus daños fueron escasos. La intensidad del bombardeo confundió a los aliados, los hizo creer que casi no quedarían alemanes para cerrarles el paso. Estaban equivocados.
La primera ola de asalto en Omaha desembarcó a las 6:35 am. Un contingente de 1,450 soldados que llegaron en 36 lanchas. El ataque, lanzado por el 16 regimiento de la 1a división de infantería y la 29 división de infantería, fue dirigido por el General Leonard T. Gerow, jefe del 5º ejército, y por Omar N. Bradley, comandante del 1er ejército. Los soldados debían recorrer cuatro cientos metros antes de alcanzar algún refugio. Cuando las lanchas de desembarco mordieron la playa estalló el infierno. Los cincos primeros minutos exhalaron una eternidad. Un vasto tiempo de violencia letal. El 90% de los soldados fueron muertos o heridos. Muchos murieron al instante de bajar de las lanchas; otros, heridos, se ahogaron. Las balas perforaban los cuerpos y el agua. Alrededor de 60 tanques Amphibious Duplex Drive del 741 ° Batallón de Tanques (TB) buscaron proteger al 16 ° Regimiento de Infantería. Para las 7 a. M., 14 de ellos ya habían sido destruidos o abandonados.
Desembarcaron 270 zapadores. Su misión: abrir 16 caminos en la playa para dar lugar al paso de los vehículos y los tanques. Algunos obstáculos anti-tanque eran lo suficientemente altos para proteger a los soldados de los tiradores alemanes. Pero no podían encontrar resguardo ante las bombas. Para cumplir su tarea, los zapadores quedaban obligadamente al descubierto. En los 27 minutos que se les adjudicó para cumplir su objetivo, la mayor parte habían muerto. Los soldados de infantería estaban lejos todavía de poder neutralizar las posiciones defensivas alemanas sostenida en 17 puntos de defensa, con 8 puntos fortificados, muros antitanques, campos minados, nidos de ametralladoras, morteros y lanzallamas, y diversos tipos de armas. La playa y las aguas cercanas se convirtieron en un caos desesperante, que a muchos llevó a la parálisis o a la lentitud en las respuestas.
En el día del desembarco, Robert F. Sargent fotografió a los soldados de la 1.ª División de Infantería del Ejército de EE. UU, a las 7:40, al desembarcar en la playa de Omaha. Al fondo, asoma un cielo grisáceo y los acantilados que se alzaban en el campo de la muerte. La imagen es una de las más reconocidas del desembarco del Día D. La fotografía se llama En las fauces de la muerte. En el cine, la película Salvando al soldado Ryan (20023) de Steven Spilberg recrea con feroz realismo la masacre.
Capa, el más afamado fotógrafo de guerra, estuvo también en Omaha. Obtuvo ciento seis fotos entre la agitación bélica, en cuatro rollos. Pero solo se salvaron once negativos porque el resto fue destruido por un error del laboratorista de la revista Life. Entre las once fotos rescatadas, la más conocida es la llamada Soldado en el agua, en la que se ve a un soldado que intenta mantenerse a flote y salvar la vida. Durante mucho tiempo se creyó que el fotografiado era el soldado Edward Regan. Pero una madre del estado de Washington estaba convencida que el de la fotografía era su hijo Huston “Hu” Riley que, para el día del desembarco, tenía veintitrés años y ya mucha experiencia de combate. El historiador Lowell Getz determinó que Riley efectivamente era el de la foto. Y éste, que sobrevivió a la guerra, lo confirmó cuando visitó de vuelta Omaha en 2004. Además, Regan había desembarcado en la playa Utah, la misma en la que también desembarcó Salinger (6). Hoy, en una cala ubicada al noreste de Nueva York, una placa con la fotografía de Robert Capa se llama Riley Cove.

En la playa soplan renovadas ráfagas de un viento frío. Las olas continúan su música interminable. El mar luce desnudo, solitario, muy distinto a las fotografías que muestran una super población de navíos de diverso tipo anclados luego del día fatídico. Hablamos con Laura de lo que estamos viviendo. Una persona del grupo muy cercano dirigido por un guía se nos acerca. Hola, su español me es muy familiar, nos dice un hombre de alrededor de cincuenta años, calvo, alto, cordial. Nos sorprendemos. Rápidos nos explica: ocurre que nací en New York, pero mi madre es argentina, y mi padre, un norteamericano nativo, es hijo de un soldado que desembarcó aquí y murió también aquí. Hablamos breve y animadamente. ¿Qué historia te ha impresionado especialmente de las que tu guía les contó?, le pregunto. Todo lo que paso aquí, pero la historia del encuentro entre Heinrich Severloh, un joven alemán que disparaba desde los bunkers, y el capellán David Silva, acá, en 2005. Investígalo, te interesará, nos dice mientras se debe marchar ya para acompañar a su grupo. Y efectivamente, en la mañana del desembarco, Heinrich Severloh era un joven que disparó casi sin descanso su ametralladora MG 42 con trípode. Se empeñó en esa tarea en el búnker 62 del «Muro Atlántico», desde las seis de la mañana hasta las tres de la tarde. Descargó alrededor de 13.000 balas. Lo llamaron «la bestia de Omaha». Severloh se encontraba en el bunker que se conserva, y que está casi en frente de “Ray’s Rock”. Mató quizá a más de mil norteamericanos, hirió a otros. Luego confesó que siempre lo perseguía la imagen de su primera víctima, un soldado muy joven al que le apuntó al pecho, pero el disparo salió más arriba y le destruyó la cabeza. Entre los que solo hirió quizá estaba un capellán militar, David Silva, que recibió tres balas en el pecho. Severloh encontró su nombre el clásico libro de Cornelius Ryan, The Longest Day. Lo contactó. Se hicieron amigos. Juntos, visitaron la playa de Omaha en 2005 (7)

“El escenario de la batalla era la cosa más impresionante y terrible que un ser humano podría presenciar”, cuenta un soldado de la 16ª División de Infantería; y otro rememora sobre las primeras horas del desembarco: “La playa parecía viva… un caos de cuerpos y equipos mientras los hombres se esforzaban en ganar terreno”. Testimonios incluidos en el libro When the Sea Came Alive: An Oral History of D-Day, del historiador y periodista Garrett M. Graff, elaborado de forma coral, mediante cientos de voces, desde soldados y médicos, civiles, periodistas, que recuerdan lo vivido. Una estructura narrativa semejante a Voces de Chernóbil de la premio Nobel de Literatura de 2015, la bielorrusa Svetlana Alexievich.
Al final de la jornada del Día D, del mayor desembarco anfibio en la historia, en Omaha, habían desembarcado treinta y cuatro mil soldados. Dos mil quinientos partieron hacia el otro lado misterioso.
Cementerio Estadounidense de Normandía
Cuando dejamos la playa, un ascendente camino asfaltado nos acerca a otro lugar que buscamos. Vemos el bunker que antes reconocimos. Llegamos hasta una entrada que rápido traspasamos. Y ya podemos ver las primeras hileras de lápidas. Estamos en el cementerio estadounidense en Normandía. Después del fin de la guerra, se construyó este camposanto, cuyo terreno también fue cedido a perpetuidad a Estados Unidos. Se trata de 70 hectáreas que albergan a casi diez mil lápidas. La mayor parte son los caídos durante el desembarco del Día D; también yacen aquí los miembros de la Fuerza Aérea cuyos aviones cayeron, derribados, en el cielo francés. El único entierro que no pertenece a la Segunda Guerra Mundial es el de uno de los hijos de Theodore Roosevelt.
Hace un tiempo ya no se permite andar libremente entre las lápidas, sin autorización. No podemos movernos con la libertad con la que lo hicimos en el cementerio británico que visitamos en Bayeux.
Aquí hay una cápsula del tiempo con noticias del desembarco el mismo día de su ejecución, que será abierta el 6 de junio de 2044. En las paredes de un jardín semicircular se tallaron los nombres de 1557 soldados que murieron en el infierno bélico sin que se pudieran identificar sus restos. Vemos una estatua de bronce (The Spirit of American Youth Rising from the Waves). Y una capilla. En su interior se encuentra un magnifico mosaico en el techo, del año 1953, y realizado con 500,000 piezas. La obra es de Leon Kroll, un importante artista figurativo norteamericano. Solo se lo aprecia al mirar hacia arriba con asombro y pena. Alegoriza la historia de la guerra y la paz. Columbia, representación de Estados Unidos, bendice a su hijo, antes de que parta al combate armado con un fusil. Sobre él, por mar y aire avanzan un buque de guerra y un bombardero. Se dirigen al otro lado de la cúpula. Allí, una figura de Marianne, con gorra roja, personificación de Francia, le entrega una corona de laurel al mismo soldado que antes partió, y que ahora está muerto. Marianne acuna su cabeza en su regazo. Sobre ellos, vuelan un ángel, una paloma y un barco de tropas. Es la vuelta a casa. La paz.
Kroll pensaba que nadie más que «las madres de los pobres diablos que murieron allí» vería su mosaico. La alegoría del cielo azul recuerda la causa más alta por la que murieron los miles de soldados que habitan el cementerio.
Y entre las tumbas se encuentran algunas Medallas de Honor, como el Teniente Primero Jimmie W. Monteith Jr quien, según la justificación de su condecoración «… aterrizó con las oleadas de asalto iniciales en la costa de Francia bajo un intenso fuego enemigo. Sin tener en cuenta su propia seguridad personal, se movía continuamente de un lado a otro de la playa reorganizando a los hombres para nuevos asaltos». Tantas veces se expuso que finalmente fue abatido.
Otra Medalla de Honor entre las tumbas es Frank D. Peregory, de una historia de valentía «cinematográfica». Él solo enfrentó a un pelotón alemán, con granada de mano y bayoneta; mató a ocho y obligó a tres a rendirse; siguió avanzando por una trinchera y forzó también a otros 32 alemanes a deponer las armas. Todo esto le permitió a su batallón tomar su objetivo. Murió seis días después. Y sobresalen las tumbas de los hermanos Nilan. Los Nilan eran cuatro hermanos del Estado de New York, que sirvieron en la Segunda Guerra Mundial. El mencionado film Saving Private Ryan, de Steven Spielberg, está inspirado en su historia. En el cementerio están enterrados dos ellos, Preston, del Regimiento de Paracaidistas, de la 82 División Aerotransportada, y Robert, de un regimiento de infantería. Ambos cayeron durante la batalla de Normandía, poco después del desembarco.
Recorremos en silencio hileras y hileras de tumbas. Hacia el oeste, el mar reposa enigmático, entraño en su indiferencia. Miles de historias sepultadas, concluidas en un arrebato violento. El mármol de las lápidas irradia una blancura firme y espectral sobre un fondo de intenso verde. Nos cruzamos con algunos visitantes. Nos detenemos un momento. Un joven latino norteamericano le susurra algo a la que, creo, puede ser su madre, que parece muy emocionada. No puedo evitar preguntarle a qué pariente visitan. Me dice que el abuelo de su madre, la señora que está con él, efectivamente, era de origen mexicano, estaba asignado a una lancha de desembarco. Murió en la última oleada del ataque, nos dice la señora. Nos enteremos luego de la historia del único español que murió en el desembarco: Manuel Otero, oriundo de Galicia, quien luchó primero en el bando republicano en la Guerra Civil española. Se radicó luego en Estados Unidos, y deseoso de obtener la ciudadanía americana, se alistó en el Ejército. Sus días de combate terminaron al pisar una mina. Hoy, está enterrado en el cementerio de su lugar de origen, Serra de Outes, en la Provincia de la Coruña.
Y cuando no está muy lejos de caer el sol para dar lugar a una nueva noche, abandonamos el vasto cementerio. La sólida blancura de las miles de cruces, siempre recordarán el día de la gran furia.
El tapiz interminable

Al día siguiente, recorremos nuevamente las calles de Bayeux. Por la calle Rue de Porty en Bessin, avanzamos y encontramos casas del estilo normando, sólidas, bellas, pero no especialmente ostentosas. Y descubrimos un zona arbolada. Es es el jardín de Bayeux. No es muy extenso, menos de tres hectáreas. Hay una casa y caminos de ripio, y unos bancos antiguos.
El jardín fue creado por la donación del ciudadano Charlemagne Jean-Delamare (1772-1858) que veía en el vergel, como era típico en su época, un instrumento adecuado para la educación hortícola. Fue inaugurada en 1864. Entre los 400 árboles que alberga, el ser vegetal más impresionante es su “haya llorona” plantada en 1860, y nombrada «árbol notable de Francia», en el año 2000. Volvemos a la calle. Al fondo se alza la majestuosa catedral. Visiblemente, el punto más alto de la ciudad, como en la Edad Media, en la que la altura de los edificios catedralicios corporizaba una suerte de faro de piedra que indicaba la ciudad cercana, para quienes, a lo lejos, avanzaban por algún camino de tierra, a pie, a caballo, o en una carreta.
Al volver al río Aure seguimos su curso y, lentamente, se nos aparece otra región de árboles, vegetación, patos, en la que la ciudad se desvanece. Un paseo por las orillas del río, un sendero de 4 km, el Paraje Natural Sensible del valle de Aure.
Nos acercamos de nuevo al casco histórico y a la catedral. Damos con una tapicería, de exquisitos tejidos, con bordadas figuras históricas y artísticas. Una reunión de fina belleza textil que anticipa una obra extraordinaria del bordado hacia la que nos dirigimos.
Y alcanzamos la entrada de lo que antes era un seminario, y ahora es la sede del museo donde se exhibe el Tapiz de Bayeux, el gran lienzo bordado del siglo XI. Sus imágenes e inscripciones en latín narran, como una suerte de comic, los hechos de la conquista normada de Inglaterra, llevada a cabo por Guillermo el conquistador gracias a su victoria en la batalla de Hastings, en el 1066. Más que un tapiz es un bordado en base a lino, de 70 metros de largo, 50 cm de altura media y un peso aproximado de 350 kg.
En 1064, el anciano Eduardo el Confesor, rey de Inglaterra, no tenía heredero directo. Entonces, envío a su cuñado Harold el Sajón a Francia para ofrecer la corona a quien fue elegido como legitimo sucesor, Guillermo de Normandía. Harold le juró fidelidad en un principio a Guillermo, pero luego de la muerte de Eduardo, se apropió del trono real. Desde ese momento, Guillermo organizó una flota para transportar a su ejército y hacer pie en Inglaterra. Eso ocurrió. En Hasting, en la batalla por el trono inglés, Harold murió por el impacto de una flecha letal. El final aciago de Harold se asoció con la aparición del cometa Halley, también representado en el tapiz, que se vio en el cielo inglés entre el 24 y el 30 de abril de 1066.
Por una narrativa puramente visual, la mayoría de las escenas del Tapiz muestran la conquista normanda, pero de forma incompleta. Por ejemplo, no se incluye la victoria de los anglosajones de Harold sobre el noruego Harald Hardrada en la batalla del puente Stamford tres semanas antes de Hastings. El tapiz empieza con la escena en 1064 en la que el mencionado rey inglés Eduardo el Confesor se despide de Haroldo Godwinson, su cuñado, conde de Wessex, ya que viajará hacia Normandía en una misión desconocida, tal vez para jurar lealtad a Guillermo, el duque de Normandía.
Harold no cumple su juramento. Y se ve a los normandos que se preparan a invadir Gran Bretaña. Construyen barcos. Reúnen caballos, hombres y suministros. Guillermo desembarca en el sur de Inglaterra. Construyen fortificaciones. Saquean el campo. Queman casas. Cocinan. El obispo Odo está sentado en una mesa, escena con parecido a una ilustración de un manuscrito de Canterbury de la Última Cena de Cristo. Luego, en el relato visual, irrumpe la batalla de Hastings, en octubre de 1066. Un tercio del tapiz. La caballería normanda luce muy bien equipada. Los anglosajones solo portan equipamiento rudimentario y túnicas ordinarias. Haroldo es el único montando a caballo. Se representa su muerte y la de sus dos hermanos Gurth y Leofwine. Guillermo vence. La caballería normanda persigue a los sajones que escapan del campo de batalla.
Hay escenas misteriosas: un enano barbudo, figuras desnudas que empuñan hachas en el borde del tapiz. Se acepta también que hay una escena perdida, que es la que cerraba el tapiz. Quizá la coronación de Guillermo convertido en Rey de Inglaterra en la Abadía de Westminster el día de Navidad de 1066. El tapiz representa la conquista de Guillermo, pero también diversos aspectos de la vida de la sociedad normanda e inglesa medievales. En su despliegue narrativo adquieren figura 626 personajes, 202 caballos y mulas, 55 perros, 505 animales y bestias, 37 fortalezas y edificios, 41 navíos y embarcaciones… Se muestran escenas de la agricultura: arar, sembrar semillas, espantar a los pájaros; un caballo de trabajo con collar de arnés y arado. Y también la preferencia de los normandos por el pelo corto y cuello muy afeitado, y los sajones con el pelo largo y bigotes.
La excelencia gráfica del tapiz transmite el dinamismo de la acción, el dramatismo de lo representado, plano a plano, escena a escena, por lo que es inevitable su comparación con la técnica narrativa de la historieta. Algunos lo consideran el primer comic de la historia, aunque careza de viñetas. Pero hay posibles antecedentes previos a la Edad Media: como la Cacería de leones de Asurbanipal, la gran obra del arte asirio del siglo VII a. C, un grupo de bajorrelieves creados en Nínive, y ahora expuestos en la Sala 10 del Museo Británico. Si bien no se muestra una secuencialidad en un sentido actual, en una escena el mismo león aparece en tres movimientos sucesivos: sale de una jaula, carga hacia el rey, y finalmente salta sobre él. Las pinturas murales egipcias, y algunas pinturas cavernarias paleolíticas, también podría componer narrativas visuales secuenciales y antecedentes del cómic, lo mismo que el medieval Tapiz de Bayeux.
No se ha podido establecer el o los maestros que realizaron la excepcional obra, o quién encargó el gran bordado o la fecha de su realización. Es anónimo. La atribución es discutida. Una posibilidad es la reina Matilde, Matilde de Flandes, esposa de Guillermo el conquistador. Sin embargo, lo más aceptado es que el comitente habría sido Odo, el arzobispo de Bayeux, hermano de Guillermo, con el propósito de ornamentar la catedral de Bayeux cuando fue consagrada en 1077. Quizá el tapiz fue bordado en el sur de Inglaterra, en Canterbury, donde existían talleres de bordados con muchos maestros muy capaces, de ambos sexos. La obra tal vez fue controlada por un clérigo con los conocimientos necesarios del escaso latín que aparece en las escenas y, a veces, con palabras escritas a la usanza inglesa. La fuente de inspiración de su formato pudo ser los relieves de la columna de Trajano, o el rollo de Josué, un manuscrito iluminado bizantino notable, acaso surgido en el llamado Renacimiento macedonio del siglo X, seguramente realizado por los artistas de los talleres imperiales de Constantinopla.
David Bates es un historiador británico especializado en la historia de Normandía y de la Inglaterra del siglo XI. Autor de William the Conqueror (ed. Yale University Press), observa que «el Tapiz de Bayeux no es simplemente un tapiz, es un documento visual de la conquista normanda, una narrativa épica bordada que captura la visión de los vencedores». Más allá de su mérito artístico, y de la expresión de la mentalidad de la época, el Tapiz era un instrumento de legitimación de la conquista normanda, y por tanto con un valor propagandístico. Un uso que se repetiría luego de la época normanda.
Por un lado, el estado francés tomó posesión del tapiz luego de la Revolución francesa en 1792, y Napoleón acudió a la exhibición de las escenas bordadas para fortalecer su plan de invasión de Inglaterra; y también Joseph Goebbels, el secretario de propaganda de Hitler, hizo lo mismo cuando la Alemania nazi preparó la operación León Marino, su propio proyecto, nunca realizado, de invasión de la isla del otro lado del Canal de la Mancha. También durante la guerra, Himmler envío a estudiar el tapiz para encontrar indicios de un supuesto origen vikingo de la obra para así enlazarlo con la hipótesis del origen germánico de los normandos y su supuesta condición de exponentes de la pura raza aria rebosante de superioridad e ínfulas guerreras.
Napoleón, los nazis, y también De Gaulle quiso extraer rédito del tapiz. Poco después de la liberación de París, este fue expuesto en el museo del Louvre. Churchill visitó la capital francesa. De Gaulle lo invitó para mostrarle el tapiz como mensaje de un renacimiento combativo francés animado por el recuerdo de la conquista de Inglaterra, por los normandos, es decir por franceses del norte. Churchill declinó, claro, la invitación.
La gran liberación

Un día después del gran desembarco, las tropas británicas, la 50.ª División Northumbriana, que se habían lanzado a tierra en Gold Beach, entraron en Bayeux. Vencieron la resistencia alemana. Las SS se habían retirado el día anterior. Bayeux se convirtió en la primera ciudad francesa liberada en el trascurso de la batalla de Normandía. Por eso no fue necesario someterla a bombardeos y resultó ilesa. Pocos días después, De Gaulle llegó, dio el primer discurso de la ahora llamada Francia libre.
El discurso de De Gaulle fue fundamental. Podría pensarse que su actividad pública en Bayeux lo hizo nacer finalmente como máximo líder de Francia. En la ciudad francesa, recién liberada, ratificó su condición de conductor del Gobierno provisional de la República Francesa ante británicos y estadounidense que, antes, se mostraron remisos a aceptar su liderazgo en suelo francés. De Gaulle le dio una misión a François Coulet. Coulet, luego participará en la creación de los comandos aéreos en la Guerra de Argelia, momento oscuro de la empecinada voluntad colonialista francesa. Pero aquí, Coulet, fue nombrado Comisionado de la Republica, encargado de restablecer un gobierno legalmente constituido en Francia. Mientras tanto, entre junio de 1944 y el día de la liberación de París, el 25 de agosto, Bayeux fue la capital francesa.
En una placa frente a la catedral de Bayeux se recuerda respecto al día de la liberación de la ciudad:
«Para gloria de Dios y en memoria de todos los rangos de la 50.ª División Northumbriana que dieron su vida por la justicia, la libertad y la liberación de Francia. En el asalto a las playas de La Rivière, Le Hamel y Arromanches el 6 de junio de 1944 y en la batalla en el campo de Normandía, Bayeux, la primera ciudad de Francia liberada por los ejércitos aliados, fue tomada y liberada por tropas de esta división en la mañana del 7 de junio de 1944».
Bayeux es un poblado de origen medieval. La huella de ese pasado se delata por sus estrechas calles, aún presentes. Por su proximidad con la playas del desembarco, se transformó en puesto estratégico para los Aliados. Se debió sortear este escollo para permitir la circulación de vehículos, tanques y tropas. El cuerpo de ingenieros, con sus excavadoras, construyeron la circunvalación de Bayeux, hoy también de pleno uso.
Tras escapar de los bombardeos durante su liberación, Bayeux fue una de las pocas ciudades con hospitales operativos. Había una fuerte demanda de auxilio médico; numerosos soldados heridos y refugiados que huían. Durante el resto de la Batalla de Normandía, Bayeux fue una ciudad hospitalaria. Las escuelas, como el seminario, que hoy alberga el Tapiz de Bayeux, fueron requisados.
La relación con la ocupación alemana, el Día D, y la liberación posterior, se mantiene plenamente presente en la ciudad. Se puede encontrar un negocio de venta de objetos de la época, como antes comentamos, y también en los supermercados, puede hallarse caramelos en cajas de metal con ilustraciones evocativas de los días de furia bélica, así como también remeras y afiches.

Entre la noche y el río
Recorremos varias veces el río, de día y de noche. Una señora francesa siempre nos sonríe. ¿Les gusta nuestra ciudad? Sí, y mucho. Llena de historia, nos dice, y de historias. ¿Y qué historia de esas historias recuerda? Muchas, pero en esta parte del río, en el puente que da a la Rue de Saint Jean, un joven soldado francés de la resistencia solía ir todas las noches, luego de terminada la guerra. Quería mucho a su madre, de hecho vivía en su casa, hasta que un día desapareció sin decirle nada. Nunca volvió, nunca envío ninguna carta. Ella me dijo que temía que en el río hubiera decidido escapar finalmente de sus sombras. Pero nunca se encontró ningún cuerpo aguas arriba. La madre del joven murió hace varios años, cuando yo era todavía joven, se ríe. Siempre me decía que creía ver a su hijo reaparecer sobre el puente sobre el río, en las noches algo brumosas. Entendí que estaba desesperada.
Nos deja sorprendido la historia, mientras caminamos una vez más por las calles de Bayeux. Con Laura, hablamos de lo mucho vivido, en no mucho tiempo. En Normandía nos sumergimos en un vivo espesor de historia, en la Edad Media y su presencia, por la catedral, el poderoso Tapiz de Bayeux, las pintorescas casas medievales, la iglesia abandonada de San Simeón, o el pueblo Colleville nacido de concesiones de tierras de Guillermo el conquistador.
La Edad Media de las disputas feudales, el arte de la representación visual por un magnífico arte del bordado, y la imponencia de las catedrales con sus diversos significados, religiosos y sociales. Como en los tiempos medievales, aquí, en Bayeux, las torres de su catedral son todavía los puntos más elevados que atraen la atención desde lejos. Y los normados en la latitud medieval atravesaron el Canal de la Mancha para conquistar Inglaterra, y luego como ingleses, y como los norteamericanos y canadienses afines, volvieron para liberar la Francia bajo la esvástica nazi a partir del estrépito de furia del desembarco en Normandía. La guerra es el hilo que conecta al tiempo medieval con la Francia del siglo XX, e incluso con el presente encapsulado en la guerra de hecho, o en la amenaza del misil y la muerte.
Lo medieval regresa también por la iglesia abandonada que descubrimos, cerca de Omaha. Esa iglesia en ruinas recuerda la época en la que se necesitaba creer en algún auxilio divino cuando el humano frágil sufre pura impotencia ante la enfermedad como amenaza de la muerte, y cuando siente la perdida irrecuperable de la salud como castigo de Dios.
La visita en Bayeux, y en muchos otros lugares del Viejo Continente, como vislumbre del reino medieval del Dios creado por el humano y sus intereses, y objetivado como ser trascendente. Pero a pesar de la ficción del Dios creado por sacerdotes y profetas, en la vida medieval se percibía algo inquietante, fantástico y divino que modelaba lo cotidiano. Lo completamente ausente en tiempos de la guerra contra la ideología totalitaria, en las playas de Normandía, y el resto de Europa, y otros escenarios. El ideal de Libertad o de la autoridad total de un Partido, se derramaban por igual en los recipientes de la historia vaciados del deseo de una trascendencia divina.
Y caminamos por la Normandía de hoy y por los continuos puentes hacia lo medieval y el Día D. Imaginamos estas mismas calles en otros horizontes temporales; imaginamos los rostros de la mujeres y hombres medievales, de los habitantes de los primeros siglos de la modernidad; o las caras de los soldados y refugiados de la Segunda Guerra Mundial. En todos los casos, siempre sospechamos un dejo de tristeza y resignación oculto tras ocasionales sonrisas.
Y en la última noche en Bayeux, nos sorprende la bruma. Nos atrae, una vez más, el devenir del río Aure a través de la ciudad, y el molino, cerca del puente. Y en ese puente un joven que había vuelto de la guerra lleno de recuerdos de dolor, ve el paso de las aguas, recuerda los días de la metralla, de las balas sin compasión, de los amigos y los enemigos. Y el solitario melancólico piensa si el agua, realmente, lava, purifica, y ayuda a olvidar.
Citas
(1) La Masacre de San Bartolomé ocurrió en París, y otras ciudades de Francia, entre las noches del 23 al 24 de agosto de 1572 y días posteriores. En este evento, miles de protestantes franceses, los llamados hugonotes, fueron asesinados por católicos durante las Guerras de Religión de Francia en el siglo XV.
(2) La estética de la luz (también llamada metafísica de la luz o teología de la luz) es una corriente de pensamiento en la Edad media. Se basa en la identificación entre la luz y la belleza divina. Es un aspecto de la filosofía escolástica principalmente entre los siglos XIII y XIV. El estudio de Dios busca postulados más racionalistas procedentes de la filosofía aristotélica. Pero nunca se renuncia a la fe. Esta teoría influye en gran medida en el arte medieval, principalmente el gótico.
(3) El viernes 6 de junio de 2014. Su Alteza Real el Príncipe Carlos de Gales bendijo y dedicó la «Campana de la Paz» ante una numerosa congregación. Él, la Duquesa de Cornualles y líderes de Francia, Gran Bretaña y Australia asistieron a la ceremonia. Entre los asistentes estaban jefes de estado, tropas en servicio, veteranos de Normandía, civiles y líderes interreligiosos.
(4) La malaria es un parásito transmitido por mosquitos hematófagos que se instala en el hígado humano. La persona infectada padece primero un resfriado debilitante y escalofríos («temblores»), seguido de fiebre alta, sudoración profusa y un sueño profundo. Los síntomas pueden desaparecer durante meses, o incluso años, para luego reaparecer. Es poco probable que quienes los padecen lleguen a la vejez.
(5) El sargento Lambert, de 23 años, participó de la primera oleada de asalto. Luego de la guerra, a la que sobrevivió, no quiso recordar ni hablar de lo vivido. Pero al envejecer, al advertir que sus compañeros veteranos empezaban a morir, sintió que debía transmitir lo que recordaba. Lambert viajó muchas veces a Normandía. Y en su viaje en 2019, un estudiante francés de primaria le preguntó si los malos recuerdos lo perseguían. Entonces, confesó: “Cuando voy a ver las playas de Omaha, recuerdo a todos mis amigos que murieron allí… Y cuando miro el Canal y el agua está agitada, a veces me parece oír voces”.
(6) J.D. Salinger, el autor de El guardián entre el centeno, desembarcó en Normandía el Día D, el 6 de junio de 1944, durante la Segunda Guerra Mundial, no en Omaha, sino en Utah, y en una segunda oleada de soldados. Pertenecía al 12º Regimiento de Infantería de la 4ª División de Infantería del ejército estadounidense. La guerra tuvo hondas repercusiones en su obra literaria. Salinger conoció de cerca la violencia bélica. Su unidad tuvo muchas bajas. En su mochila llevaba manuscritos de relatos que fueron la base de El guardián entre el centeno. Por sus conocimientos de francés y alemán, actuaba como interrogador de prisioneros alemanes y de personas locales. Fue así traductor y agente de contrainteligencia.
(7) El 5 de junio de 2004, RTL emitió un documental de dos horas: «Enemigos mortales de Omaha Beach – la historia de una amistad inusual«, del cineasta Alexander Czogall, que muestra el encuentro en Heinrich Severloh y David Silva en la playa de Omaha, mucho tiempo después del infierno. Heinrich dijo: «No hubo gloria en la playa ese día, solo mucha sangre, gritos y jóvenes muriendo. Con Silva, puedes disculparte, los demás que murieron allí, ya no puedes disculparte. Los visito en el cementerio… todos éramos niños».
GALERÍA (todas las fotos Laura Navarro y Esteban Ierardo; todas se pueden ampliar, lo mismo que la que acompañan texto)


































Disculpen, sé que todos los artículos que me envìan son excelentes, pero les ruego, si es posible, que me remitan solamente los relacionados, directa o indirectamente, con la literatura, pasada, presente y futura. Muchas gracias.
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Hola, trataré, tendría que consultar a nivel técnico sobre cómo te podría llegar solo esos temas dentro de la propuesta multi-temática de la página. Gracias por tu mensaje, saludos!
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