Voltaire, la Ilustración, entre el optimismo y el escepticismo

Estatua de Voltaire sedente (1781), de Jean-Antoine Houdon, en El Museo de Arte del Condado de Los Ángeles

Aquí una introducción al pensamiento de Voltaire, figura fundamental de la Ilustración, movimiento cultural de la modernidad, ya en su madurez, en el siglo XVIII. Un texto general y ameno para acercarse al polémico libre pensador en el que convivió el optimismo con el escepticismo, el amor a la libertad y la tolerancia y una continua lucha contra los fanatismos y dogmatismos.

I

Como un organismo vivo, la cultura, el pensamiento en la cultura, cambia. En el siglo XVIII, un pensador francés encarnó una fundamental transformación cultural: el gradual paso del Occidente moderno aún con resabios feudales, monárquicos y dogmatismos religiosos, hacia la modernidad en la madurez del movimiento de la Ilustración, con su alianza entre razón y ciencia como escalera de oro hacia el conocimiento. Ese pensador es François-Marie Arouet  (1684-1778), más conocido como Voltaire, un seudónimo que, quizá, procede del apelativo Petit Volontaire (el pequeño voluntario), que sus familiares usaban para referirse a él cuando era niño.

En el siglo XVIII, la Ilustración se propagó como movimiento cultural de alta disrupción respecto a la tradición. Las tradiciones recibidas suponían la monarquía absolutista, todo el poder para el rey a través de su legitimación por una gracia recibida directamente de Dios (el derecho divino de los reyes), y la verdad religiosa que apelaba a la fe y el dogma, y una realidad metafísica, lo sobrenatural como horizonte de realización de las almas; y todo esto basado en la revelación bíblica y la iglesia como representante terrenal del orden divino.

Ante la monarquía absolutista, la Ilustración propondrá monarquías parlamentarias al modo inglés, o el gobierno republicano, o, en una transición, la vía de los llamados déspotas ilustrados, los monarcas que, en la práctica, aceptaban los nuevos tiempos y concedían que el poder procede del pueblo, según el principio de la filosofía política moderna de la soberanía popular. Entre estos reyes ilustrados sobresalieron Federico II de Prusia, Catalina de Rusia y Carlos III Borbón de España.

Frente al «conocimiento religioso cristiano», se alzó la revolución filosófica moderna iniciada por el racionalismo de Descartes y el empirismo de John Locke en el siglo XVII. La fuente del conocimiento puede ser la experiencia o una estructura racional innata y apriori, pero siempre el saber moderno se fundamenta en la argumentación lógica-deductiva, y se asocia con el pensamiento científico.

En su etimología, la Ilustración se relaciona con el ilustrar, el dar a luz; de ahí que también el movimiento adquirió como nombres tentativos iluminismo o el siglo de las luces. La luz natural de la razón para despejar las tinieblas del oscurantismo religioso. A su vez, la Ilustración también creó su principal órgano de expresión de sus ideas: la Enciclopedia ilustrada, cuyo título completo es Encyclopédie, ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers (Enciclopedia, o Diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios). Esta magna obra se editó en Francia entre 1751 y 1772 por el filósofo y escritor Denis Diderot y el matemático Jean le Rond d’Alembert. La Enciclopedia recopila la totalidad del conocimiento humano disponible en la época, tamizado por la luz de la razón y como expresión de la mentalidad burguesa e ilustrada, las ideas de libertad, tolerancia y progreso. Su orientación laicista, pragmática, y crítica de la autoridad, contribuyó al clima que luego parirá las tormentas de la Revolución Francesa.

En su forma definitiva, la Enciclopedia llegó a los 28 volúmenes (17 de texto y 11 de láminas), con cerca de 72,000 artículos y 2,885 ilustraciones, extendiendo sus contenidos en una diversidad de saberes teóricos y prácticos: ciencias, filosofía, política, artes mecánicas, conocimientos técnicos de la época y oficios. Tal desarrollo monumental demandó numerosos colaboradores, pensadores y científicos de la Ilustración o «enciclopedistas», como el propio Voltaire, o, entre otros, Jean-Jacques Rousseau, Montesquieu, Holbach o Helvecio.

Lo ilustrado en modo alguno puede reducirse a la huella volteriana; contiene una diversidad de matices y aportes derivados de varios pensadores (Kant, Condorcet, Hume, Holbach, etc). Pero Voltaire es su representante arquetípico por su actitud libre pensadora, satírica y humorística, por sus claros posicionamientos contra la tradición, el fanatismo y la intolerancia y, quizá, por sus intensas relaciones públicas, su amistad con reyes y su capacidad para sobresalir, darse a conocer e influir en la opinión pública.

II

Entre las ideas ilustradas y el estudio de la historia

En el camino de sus ideas que ayudaron a edificar la modernidad occidental, Voltaire se entusiasmó con el pensamiento racional y crítico que somete a intenso examen las creencias religiosas y las formas de la autoridad. De esta actitud dependía el progreso social. Y en esta andadura era inevitable el conflicto entre la verdad racional y el dogma y la superstición.

La libertad era otro fortín del pensamiento de Voltaire. Allí, desplegaba las banderas de la libertad de culto, la tolerancia, y la negación de la religión intolerante y fanática; sin embargo, su pensar no rechazó la religión en todas sus posibilidades. De hecho, sentenció: «Si Dios no existiera, habría que inventarlo» ( «Si Dieu n’existait pas, il faudrait l’inventer»).

La firmeza de las creencias religiosas podría contribuir a la moralidad y la cohesión social; quizá, para salvaguardar estos beneficios, Voltaire se acogió al argumento del Dios relojero, un dios que crea el gran mecanismo del universo físico para que funcione de forma autónoma, como si fuera un reloj. Así salvaguardaba la idea del Dios que crea la totalidad, pero este Dios, luego de crear el mundo no interviene más en este a través de los milagros. Su postura era entonces, un deísmo, la aceptación de un dios creador, pero que no interviene en el universo o las cuestiones humanas, porque todo opera según leyes naturales y racionales. Esto también suponía la separación entre la Iglesia y el Estado. La sociedad secular representada por el Estado se la asumía como totalmente independiente de lo religioso; en esa esfera, Dios tampoco ya no tenía nada que hacer.

La libertad de expresión incluía el propio decir y también el de cualquier otro individuo. De esta dinámica dependía una sociedad democrática y abierta, aunque sea en lenta gestación. La libertad es también parte de principios naturales y universales emanados de la razón; es decir, un humanismo y universalismo. Estas ideas rebullen en su Diccionario filosófico.

Y Voltaire participó de forma esencial en la historiografía moderna, desde su condición de pionero de una filosofía de la historia que, por un lado, seculariza la anterior teología de la historia de San Agustín, al tiempo que la ridiculiza, y, por el otro, anticipa las contribuciones de Condorcet, Hegel o Comte a la historia como proceso dinámico y evolutivo. La filosofía de la historia moderna e ilustrada protege la convicción en un progreso secular seguro y continuo, garantía de un futuro más sonriente y promisorio. Sin embargo, en Voltaire, y como luego veremos a propósito de su Cándido, esto debe ser matizado, ya que su posición era que razón y ciencia aseguran la mejora de la condición humana, pero no su liberación del azar o el mal.

Su idea de la historia más fecunda es quizá la negación de toda intervención divina en la explicación histórica. De nuevo, y de otra forma, el rechazo de narrativas milagrosas.

En la narración bíblica, el diluvio explicaría la presencia de fósiles marinos en la cima de las montañas por la gran inundación sobre cuya superficie líquida navegó el arca de Noé. Pero Voltaire rechazó esta interpretación. En el Diccionario filosófico sugiere que cruzados o peregrinos arrojaron moluscos que eran parte de sus provisiones durante sus viajes. Hoy, sabemos que la altura de los fósiles encontrados son consecuencia de la deriva continental y la orogénesis (el proceso geológico de formación de montañas y cordilleras).

En el saber histórico no son protagonistas centrales reyes y batallas, ni los meros datos, sino los usos y costumbres, y la danza de las ideas, arte, ciencias, el «espíritu de la nación», o, más exactamente, la pluralidad de las naciones; ese modo de apreciar la historia universal aflora en su Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones (Essai sur les mœurs et l’esprit des nations). Aquí, Voltaire muestra lecturas e interés por las civilizaciones de Asia y Oriente Medio, más allá de la Europa cristiana o la América de origen europeo. Saber datos no es el objetivo de la historia, sino los usos y las costumbres. El conocimiento total de la historia es imposible e innecesario. El historiador debe seleccionar lo que tiene mayor relevancia, y hurgar en las verdaderas causas de los hechos históricos. Por ejemplo, Voltaire demuestra que las causas de las Cruzadas no eran espirituales, sino económicas. Y ante todo, Voltaire buscaba enseñar la marcha hacia la Ilustración contra el fanatismo cruel, y relativizar la mirada occidental y la perspectiva eurocéntrica.

Así rechaza el eurocentrismo, algo de vanguardia y especial valor en su tiempo, en fuerte contraste con la óptica cristiana de la historia representada, por ejemplo, por Bossuet, quien exaltaba la supuesta superioridad de los estados cristianos respecto a los chinos, hindúes e islámicos. Voltaire, en otra postura altamente desafiante, cuestionaba al cristianismo como única civilización de alta moralidad. En esta dirección, destacó la mayor fuerza civilizatoria de gobiernos hindúes y chinos. Y no perdió la oportunidad para subrayar lo regresivo del feudalismo cristiano europeo apoyado, como el islam, en la esclavitud.

Voltaire diferenció entre la historia natural, abocada al estudio de la línea temporal en la naturaleza y sus cambios, y la estricta historia de los acontecimientos humanos, los religiosos y seculares. Su estudio del pasado primero se afianzó por las tragedias con temática histórica, como en La henriada, en la que recrea la historia épica de Francia, en particular la figura del fundador de la dinastía de los Borbones en suelo francés, Enrique IV; y también escribió la historia del gran rey Carlos XII de Suecia, el Alejandro del Norte; y luego con su pluma y tinta escribió El siglo de Luis XIV, obra en la que, junto a la biografía del rey, se sumerge en la cuestión del progreso discontinuo en la historia. Así distingue cuatro periodos de especial avivamiento de las Luces: el siglo de Pericles, el siglo de César y Augusto, el Renacimiento en Europa ,y el siglo de Luis XIV, es decir su propia época.

Respecto a la esclavitud de su tiempo, Voltaire no la cuestionó en sí misma, pero sí reclamó su suavización, y lo alegró la decisión de los cuáqueros de liberar a los esclavos en Pensilvania, en 1769. También le preocupaban «los esclavos de los monjes», la esclavitud aceptada y practicada por el cristianismo. Esta inquietud inspiró a Salvador Dalí en su cuadro Mercado de esclavos con la aparición del busto invisible de Voltaire (1940).

Salvador Dalí, Mercado de esclavos con la aparición del busto invisible de Voltaire (1940), en The Dalí Museum, St. Petersburg (Florida).

III

La vida de Voltaire y la disputa con Rousseau

Voltaire apareció en este mundo en 1694, en París, en una familia burguesa. Como otros intelectuales de los primeros siglos de la modernidad, recibió una educación jesuita. Su padre quería que estudiara derecho, pero se decantó por la literatura. Participó en los salones literarios parisinos. Por sus escritos satíricos lo encarcelaron en la Bastilla, en 1717. Pero aprovechó el tiempo de reclusión para escribir la tragedia Edipo, que le dio notable popularidad. Siempre fue consciente de sus altas cualidades literarias y dramáticas. Además de ensayos y cuentos, escribió tragedias. En este último sentido, algunos lo consideraban el continuador de Racine o Corneille.

Luego de un segundo confinamiento en prisión, Voltaire optó por el exilio en Inglaterra. Una experiencia de fértiles efectos en su pensamiento. En el país de Shakespeare, se deslumbró con la ciencia newtoniana, con el empirismo de John Locke, y la monarquía parlamentaria británica. Su admiración por la cultura inglesa guio su pluma cuando, tras su regreso a Francia, escribió las Cartas filosóficas (Lettres philosophiques) o Cartas inglesas (1729); en estas páginas comienza su defensa de la tolerancia y su repudio del fanatismo; elogia el sistema político y la libertad religiosa inglesa. Esas muestras de simpatía colisionaban con la opresión de la monarquía absolutista francesa, bajo el rey Luis XV en ese entonces. Condorcet recordará luego que el efecto de las Cartas filosóficas fue, para muchos de su generación, «el inicio de una revolución».

La sombra de la captura y la cárcel volvió a acosarlo, por eso se refugió en el castillo de Cirey para evitar su arresto. Aquí permaneció diez años. Mientras tanto, Voltaire se impuso hacerse rico para no terminar en la miseria. Aprovechó un defecto del sistema de lotería para comprar todos los billetes y luego obtener el premio. Por estas y otras maniobras, entre las que se encontraba la compra de oro, préstamos a aristócratas o fraudes, adquirió fortuna y fue uno de los mayores rentistas de Francia. Siempre comprendió que la única forma de ser independiente y libre era ser rico.​

En 1742 estrenó la tragedia Mahoma o el fanatismo  que, tras su apariencia de confrontación con el islam, en realidad atacaba de forma velada el fanatismo de la propia Iglesia católica. La obra fue prohibida por el Parlamento de París.

En 1746, ingresó en la Academia Francesa. Se estableció en Versalles, pero fue expulsado de allí por su personalidad controversial incorregible. Entonces, lo convocó uno de los reyes ilustrados, respetado como gobernante, estratega militar, y por su cultura y apertura a la mentalidad ilustrada: el célebre rey, ya mencionado, Federico II de Prusia. Voltaire se alojó en el palacio del rey en Sanssouci, en Potsdam, actual Alemania. Allí, participó en las tertulias con el monarca. Lo aconsejó en la elaboración de su Anti-Maquiavelo, y le redactó el prólogo, pero la relación se empañó y el francés marchó a Ginebra, en la siempre neutral Suiza, donde se sentía más seguro. Aquí, redactó miles de cartas, y sostuvo una intensa comunicación epistolar con otras personalidades europeas.

Voltaire también fue recibido por Catalina II de Rusia, y en otros salones de la nobleza. Se lo trató con amabilidad y curiosidad, pero siempre experimentó una distancia entre la altura privilegiada de la nobleza y el clero, y el pueblo del que se sentía parte. Sus dotes artísticas y cultura no anulaban la separación. Una impresión de desigualdad siempre subsistía. Por eso se comprometió con la idea de la igualdad ante la ley y la justicia universal. Pero, por su estricto realismo, nunca abrazó la supuesta bondad congénita del ser humano en la que tanto insistían Locke y Jean-Jacques Rousseau. De hecho, con este último sus desacuerdos fueron notorios. Rousseau publicó en 1755 su Discurso sobre la desigualdad, complemento de su Discurso sobre las ciencias y las artes (1750). Rousseau criticaba a la civilización, su lujo e hipocresia pero desde una alternativa que consistía en un regreso a un primitivismo prerromantico, y una ingenua exaltación de los valores de la vida campesina.

La irónica respuesta de Voltaire es famosa:

«He recibido, señor, su nuevo libro contra el género humano; se lo agradezco […] Nunca se usó tanto talento en querer hacernos bestias. Dan ganas de caminar en cuatro patas cuando se lee su obra. Sin embargo, como hace más de sesenta años perdí esa costumbre, siento lamentablemente que me es imposible retomarla».​

Y en 1778, regresó a París, a los 83 años. Se lo recibió como un personaje ilustre, un héroe de un nuevo pensamiento que celebraba la libertad, la igualdad y enjuiciaba los privilegios, ya en el camino hacia la posterior por Revolución Francesa. Poco después, llegó su tiempo de dejar este mundo.

IV. El caso Jean Calas y el del caballero de La Barre

«Voltaire promet son appui à la famille Calas» (anonyme). Musée Antoine Lécuyer, St Quentin

En sus últimos años, se empecinó en defender la tolerancia y combatir el fanatismo clerical y las injusticias legales. Con gran influencia en la sociedad francesa, Voltaire intervino en los casos de Jean Calas y del caballero de la Barre.

Jean Calas era un comerciante protestante hugonote (protestante) acusado, y ejecutado, por un crimen que no cometió. En 1761, su hijo Mar Antoine fue hallado muerto por ahorcamiento en la casa familiar. Por temor a no recibir un entierro digno por su condición de suicida, la familia buscó hacer pasar la muerte por propia mano por un robo. Las declaraciones de la familia de Calas sonaron inconsistentes, y el odio religioso aprovechó la oportunidad para propagar el rumor de que Jean Calas había matado a su hijo para impedirle su conversión al catolicismo. Aun sin pruebas, Calas fue condenado a muerte y ejecutado brutalmente, en 1762; fue torturado, descoyuntado y finalmente quemado en la hoguera. Sus bienes fueron confiscados y sus esposa e hijos desterrados.

Voltaire quedó horrorizado por la injusticia y el fanatismo religioso. Recopiló testimonios, investigó el caso, denunció el error judicial, apoyó económicamente a la familia Calas, y luchó por rehabilitar la memoria póstuma del condenado. En 1763 escribió elTratado de la tolerancia inspirado en el caso Calas, y defendió la libertad de culto como antídoto del fanatismo demencial. Y Voltaire lo consiguió: en 1765, una asamblea de jueces en París revocó la sentencia y rehabilitó a Calas y su familia, y se suprimió la tortura judicial.

Una participación parecida en favor de la tolerancia y contra la injusticia fanática tuvo Voltaire en el caso del caballero de La barre. Un caballero de 19 años, acusado de impiedad, y de adorar un libro prohibido el Diccionario Filosófico del propio Voltaire. El joven fue también quemado en una hoguera y Voltaire escribió «Relation de la mort du chevalier de la Barre» (1766) y «Le cri du sang innocent» (1775) para reparar la iniquidad.

IV. El Cándido, Zadig y Micromegas y la necesidad del escepticismo

Voltaire participa de la idea ilustrada del progreso, pero con reservas, y siempre sin olvidar aspectos del presente que continuarán en el futuro, el azar, las desgracias, la imposibilidad del controlar las cosas, el mal. Por lo que su optimismo fue siempre prudente y mesurado, y con un lugar para el escepticismo. Este es el trasfondo de la reacción de Voltaire ante el gran terremoto producido en la capital de Portugal.

El gran terremoto de Lisboa ocurrió a las 0930 hs, aproximadamente, del 1 de noviembre de 1755, durante una soleada mañana. La urbe portuguesa tembló en lo que parecía el final de los tiempos. La devastación provocó grietas de hasta cinco metros, levantó olas feroces y un incendio que mató a miles de humanos y animales. En los tiempos de la Ilustración, ante la trágica destrucción del sismo, reaccionó no solo Voltaire, sino también Rousseau y Kant.

El poema sobre el desastre de Lisboa de Voltaire fue la primera reacción ante el gran sismo. Sus versos niegan que lo ocurrido pueda ser interpretado como un «castigo de Dios». El terremoto lo despertó a la conciencia de que este mundo está lleno de infortunios, golpes de la injusticia y el mal, por lo que no es posible ser ingenuamente optimista. Estos pensamientos lo llevaron al enfrentamiento con el optimismo metafísico de la filosofía de Gottfried Leibniz, cuya Teodicea prescinde de las imperfecciones del mundo afirmando que vivimos en el “mejor de los mundos posibles”, creado por un Dios perfecto que asegura una armonía preestablecida.

Y a la manera de crítica a Leibniz, Voltaire escribió la novela Cándido (1759). Su protagonista, Cándido, al principio es un ingenuo joven que vive en el castillo del Barón de Thunder-ten-tronckh en Westfalia, donde es adoctrinado por su tutor, el filósofo Pangloss. La novela narra el viaje de Cándido a través del mundo acompañado por Pangloss y el mestizo Cacambo. Pangloss es encarnación de la filosofía leibniziana del optimismo a ultranza, “tout est au mieux” (“todo sucede para bien”), y vivimos en “le meilleur des mondes posibles” (“el mejor de los mundos posibles”), y si algo malo ocurre esto es parte de una necesidad superior. Así, lo “panglosiano” describe a quien, ingenuamente, cree que a nuestro mundo no le hace mella el mal o las injusticias; mientras que Cacambo personifica la sabiduría práctica, la mirada realista carente de ilusiones.

En la larga travesía, Cándido se enfrenta a numerosas calamidades: guerras, desastres naturales (como el terremoto de Lisboa), torturas, injusticias y la pérdida repetida de sus seres queridos y de su fortuna. Al final, llega a Constantinopla, y se radica en una pequeña granja con sus compañeros, y asume que la especulación metafísica es inútil y que la única respuesta a las miserias del mundo es el trabajo, la acción: «debemos cultivar nuestro jardín»

Acontecimientos históricos contemporáneos a Voltaire, como la Guerra de los Siete Años y el mencionado terremoto de Lisboa de 1755, lo convencen de la omnipresencia del mal y el sufrimiento. Otros momentos de su literatura insisten en una desconfianza que no puede ser cancelada por el progreso.

En Zadig (1748), el joven Zadig es apuesto, virtuoso, de buen corazón, oriundo de la antigua Babilonia; aspira a la sabiduría y felicidad mediante diversas pruebas. Zadig vuelve a su ciudad luego de muchas aventuras, narradas con un estilo de cuento oriental. En su derrotero cuestiona la justicia divina, porque duda de un plan divino y concluye que muchos acontecimientos son producto del azar y la maldad humana. A pesar de ser virtuoso, Zadig padece muchas injusticias y envidias, y también muestra grandes habilidades deductivas que adelantan la figura del detective, como parte de una capacidad lógica que a su vez se entona con un libre pensamiento que repudia la superstición y la intolerancia.

Micromegas (1752) también es otro cuento filosófico y satírico, que cuestiona la vanidad y el dogmatismo. Micromegas es un ser inteligente y de gran estatura (aproximadamente 39 kilómetros de altura). Su hogar es un planeta en torno a la estrella Sirio. Es exiliado y viaja por el universo. Durante su travesía, llega a Saturno. Allí, entabla amistad con el secretario de la Academia de Ciencias del planeta de los anillos. Este solo mide unos 2 kilómetros de altura. Juntos, acuerdan hacer un «pequeño viaje filosófico». Vajan a través del sistema solar; pasan por Júpiter y Marte. Llegan a la Tierra en 1737. Allí se encuentran con los humanos, diminutos, pequeños. Conversan con sus filósofos, discuten sobre el conocimiento y la existencia de Dios. Se asombran de su vanidad, de que crean que el universo entero fue creado solo para ellos; y se horroriza de sus guerras, brutalidad y fanatismo.

La vanidad y el dogmatismo deberían superarse por el progreso moral, pero dicho progresar no podría superar la imperfección de la humanidad y del mundo, por lo que el optimismo cándido, ingenuo, debe ser cuestionado por una continua depuración escéptica.

Voltaire le dedicó una obra Pirrón de Elis, el gran escéptico de la Grecia antigua: El pirronismo en la historia. Pirrón defendía la suspensión del juicio (epojé) para evitar el error. Aquí, la duda es permanente, es una forma de vida. Pero en Voltaire, como en Descartes, la duda no es para negar el acceso a la verdad sino solo un medio para avivar un cuestionamiento crítico constante, que arremete contra todo dogmatismo, o las ilusiones de un mundo ajeno a la reincidencia del infortunio azaroso y el mal.

La duda escéptica en Voltaire es el examen previo a la comprobación de una verdad fundada en evidencias y pruebas desde la acción de la razón, libre de cualquier imposición autoritaria y dogmática. El optimismo impulsa una tendencia al progreso, pero, en Voltaire, siempre convive con la cautela escéptica, una suerte de «optimismo escéptico».

En su visión de mundo, a través de sus ensayos, cuentos y su novela Cándido, Voltaire confluye en una valoración de la acción como mejor respuesta a la vida racional e irracional: el individuo desde sus límites no puede anular el mal, pero sí puede «cultivar su jardín» como su mejor aporte a una existencia fundada en la razón, en la confianza en la ciencia, la industria, la belleza. Un modo de vivir en el que el pensamiento crítico une optimismo y escepticismo y, ante todo, respeta la libertad propia y ajena; y practica una forma de la inteligencia que evita caer en fanatismos y nuevos dogmatismos.

Uno de los volúmenes de textos de Voltaire publicados en edición de Gredos.

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