Los «dueños de Dios», y otro modo de lo religioso

Por Esteban Ierardo

Detalles de las manos en la Creación de Adán, de Miguel Ángel

Una reflexión sobre la religión de quienes actúan como «dueños de Dios», no solo en el ámbito religioso tradicional, y la sensibilidad poética como religiosidad alternativa.

Una cosa es de qué hablamos cuando hablamos de Dios, otra cuestión es presentarse como su mensajero, como su encargado de «relaciones públicas». A estos «mensajeros» lo que los atrae no es el misterio de Dios (o de lo «divino» como luego propondremos), sino atribuirse la representación de su Dios, con la sensación de poder e influencia que esto pueda otorgarles.

Ante la religión y sus dueños, la actitud poética respira una religiosidad alternativa. Un modo de la sensibilidad que percibe la presencia sobrecogedora de la materia. La actitud religiosa poética es diferente de la religión que demanda obediencia a una supuesta verdad ya revelada.

La religiosidad poética del mundo abraza la multiplicidad de las cosas; se fascina por cada detalle, por todos los detalles. El desierto parece uniforme, un cuerpo amarillo, aplanado u ondulado. Pero para quien lo aprecia poéticamente, la vastedad árida estalla, en silencio, o entre el viento, en cada grano de arena distinto.

Los «dueños de Dios» no ven las diferencias, no pueden enseñar que la vida es música de sonidos diferentes en una misma corriente de vibraciones. Los «dueños de Dios» enseñan a ser absorbidos por un mandato que no ve el mundo.

Y por todas partes, la invocación de Dios ha permitido la legitimación del poder. Roma creyó en una predestinación divina de Júpiter, enunciada por Virgilio, astuto poeta cortesano, cauteloso legitimador del trono de Augusto; los griegos representaron a sus dioses con la forma del cuerpo humano desnudo y se pusieron bajo su protección. El cristianismo perfeccionó el arte de la «mensajería» del Altísimo; la Iglesia cristiana, y más exactamente sus autoridades superiores, y en particular el Papa, se auto emplazó como «Vicario de Cristo», representante de Dios en la Tierra. Pero muchos cristianos no se creen dueños de Dios. Es cierto. En su creencia y su oración, se entregan a la ayuda y la compasión sincera. Es cierto. Algunos curas se concentran en la ayuda real del prójimo antes que en el rol de «dueños de Dios». Es cierto. Por eso nunca ellos devendrán soberanos de la Iglesia. O sólo por accidente.

En la historia del catolicismo, del protestantismo y otras religiones organizadas, abundan los «dueños de Dios», del Dios que, en su concepción trinitaria, es Padre, Espíritu Santo, e Hijo, Cristo; un Cristo que, fuera de la narrativa «oficial», enseña a:

celebrar con júbilo el don de la vida, venerar el mundo como alegre proceso creativo incesante, como una visión de la vida en la que, de continuo, aparecen nuevas aves que baten sus alas con nueva energía y gracia. El arte como fuerza creadora divina, el mundo como una obra de arte, llena de belleza y complejidad. Una visión cristiana de Cristo como artista, como gusta imaginarlo Oscar Wilde en su libro De profundis, que escribió mientras estuvo en la cárcel.

 No hay Dios sino lo divino. El dios religioso tradicional con sus dueños es parte de un proceso claro como el agua de deshielo: ese dios es creación humana. Un medio de consuelo para el dolor y la inseguridad; la creación de un Padre o una Madre como resguardo emocional; un instrumento, en manos de los «dueños de Dios» para controlar y manipular, actitud distinta de los espíritus religiosos sinceros de todas las religiones.

Reducir la corporación de los «dueños de Dios» a una apropiación solo desde la religión tradicional, sería un acto de miopía. Hoy se agregan otros «dueños de Dios»; los «dueños de Dios» de la oferta del espectáculo online interminable multiplataformas y global que inyecta deseo adictivo; los «dueños del Dios» de la tecnología como adicción y dependencia, no como excepcional beneficio.

Los «dueños del Dios» de la religión organizada, del mega espectáculo en streaming, o del negocio de la adicción tecnológica (que insistimos no debe confundirse con los bienes del innegable progreso tecnológico), reclaman toda la atención que no deja lugar para contemplar.

La «atención que no deja lugar para contemplar»: la contemplación del mundo complejo que nos recuerda que no compredemos la maquinaria de la materia, mientras paradójicamente crece el conocimiento de la física.

La religiosidad poética tal vez comienza en el mar sin las torres de vigilancia de los «dueños de Dios». Sin necesidad de ninguna escritura sagrada, las olas de ese mar son la materialidad del mundo; entre el lecho y la superficie de ese océano flota nueva vida y belleza y también el enigma del mal que corta el cuello de la inocencia.

Lo divino no tiene dueños. No es propiedad de una minoría astuta maniobrando sobre la cartografía de los cuerpos a dominar; no es templo para la intimidación y la sumisión; no deberíamos arrodillarnos ante ningún altar de los dueños del «Dios» de la religión, del entretenimiento o la tecnología convertidos en adicciones.

¿Por qué jugar el juego de los «iluminados» que no aprenden de la ignorancia? Preferimos lo divino sin dueños que está, por ejemplo, en el valor de los individuos concretos y su potencialidad de autoinvención; lo divino sin dueño es lo que late en la religiosidad poética de la vida que no agota la emoción del descubrimiento; el descubrimiento de nuevas sensaciones de asombro ante la existencia de los millones de seres humanos y animales que viven ahora, los que vivieron en la historia y los que vivirán en el fututo; descubrimiento por nuevas sensaciones de asombro del espacio inmenso que es, a la vez, el de las partículas subatómicas, los insectos, y los sofisticados dispositivos tecnológicos o las neuronas artificiales de la inteligencia artificial, y las estrellas y los elementos químicos en las estrellas, o en nuestra sangre.

Toda esa experiencia sensible de la vida rara e inexplicable que somos, es lo totalmente ajeno a «los dueños de Dios».

El hombre frente al valle de niebla, de Caspar David Friedrich (1812). El humano, asombrado, en estado de contemplación del mundo como rareza y enigma.

Deja un comentario