Por Esteban Ierardo
Ezequiel Martínez Estrada, gran ensayista argentino, en su Radiografía de la Pampa (1933), encuentra en la geografía pampeana la explicación de una historia de repetido fracaso histórico para la sociedad argentina y lo sudamericano en general. El escritor Eduardo Mallea, por el contrario, en su maravilloso libro Historia de una pasión argentina (1937), halló en la solidez y vitalidad del suelo americano la fuente de una personalidad de integridad y nobleza, cuya existencia irradia una «exaltación severa de la vida».
- Ezequiel Martínez Estrada: al pensar la Pampa

Muchos son los nombres de la tierra americana. Uno de ellos es la pampa de verdes lomas, la pampa que se mezcla con la leyenda indígena de Trapalanda (1). La geografía pampeana pensada por Ezequiel Martínez Estrada en su gran ensayo La radiografía de la Pampa (1933).
La penetración hispánica en la Pampa Trapalanda se inicia tras la llegada de la inmensa flota del Adelantado Pedro de Mendoza al Río de la Plata. El jefe español financia la empresa. Obtiene las riquezas necesarias a través del saqueo de Roma en 1527, en el tiempo de la Europa monárquica y las repúblicas libres italianas, en el Renacimiento.
Con el Renacimiento, el hombre camina hacia grandes cimas; con el nacimiento de lo europeo en América, el sujeto moderno rodará hacia el lecho frío de la soledad. Lentamente nace una figura histórica particular de lo solitario. En la tierra americana nace la soledad generada por una naturaleza ingobernable. El conquistador aspira a la rápida sujeción de la tierra. «No venía a poblar, ni a quedarse ni a esperar; vino a exigir, a llevar, a que le obedecieran» (2). Pero, rápido, el sueño del soberano que manda es reemplazado por el «del señor de la nada». La tierra pampeana, sin una morfología nítida y apropiable de montañas, valles o bosques, es la expresión de lo amorfo, de la geografía que contiene sin que nada pueda contenerla. En la Pampa, el vertiginoso pasado geológico y el presente de la inmensidad telúrica hablan de fuerzas que sólo admiten al hombre como cuerpo extraño, como cuerpo a fagocitar. De ahí que, entre la geografía americana y el europeo el primer código es el pólemos, la guerra furiosa, un conflicto en el que el invasor que viene de allende el mar «sucumbió bajo la fuerza más lenta e infinitamente más grande de la naturaleza» (3). Este pensamiento alimenta en Estrada la certeza de que en el suelo pampeano, en la extensión silvestre sudamericana, ocurre «una pugna estupenda como quizá no hubo otra en la historia: la tierra que conquista al conquistador, lo vence y lo obliga a que se convierta en servidor de todo aquello que lo repugna profundamente» (4).
El español sueña con un futuro de riqueza. Pero frente al ensueño del progreso futuro, el golpe de la tierra. El puño terrestre sobre el peto hispano que lo obliga «al avance hacia atrás» (5). El triunfo de la tierra, de la prehistoria, del pleistoceno, de la antigüedad geológica, le exige al español una inversión de la voluntad. El conquistador quiere enriquecerse rápidamente y volver a la única civilización posible: las ciudades y los caminos de Europa. Pero hará lo contrario de lo que desea. Inversión de su deseo que le impone sembrar antes que recoger. En lugar de enriquecerse velozmente y controlarlo todo con la espada, el fuego y el cañón, debe conformarse con dominar mediante títulos jurídicos de posesión. La riqueza no será el oro, ya en sí mismo un valor seguro, sino el ganado a cuidar y alimentar con esfuerzo y el quieto cereal necesitado de la benevolencia climática. No el valor del oro, sino la agricultura y la ganadería. A su vez, la necesidad de preservar la frágil conquista le lleva a «levantar terraplenes, a cavar zanjas, a construir trincheras, a vivir amurallado» (6). La defensa de la conquista precaria en las dilatadas comarcas pampeanas funde la presencia humana con el solitario rostro de la tierra. «La civilización es lo contrario del aislamiento, y el primer poblador trajo soledad a la soledad» (7).
Pero lo terrestre no sólo produce la angustia solitaria. También crea seres de marcada singularidad. Este es el caso del baquiano. Célebre es la descripción de las artes perceptivas del baquiano en la obra de Sarmiento (8). Estrada continúa y agudiza aquel análisis. El baquiano «posee finos órganos de percepción y dotes de médium. En él parece haber tomando conciencia la tierra del secreto a que obedecen sus formas, colores, consistencias, distribución» (9). El baquiano es capaz de relacionar constantemente la tierra visible con un mapa mental de grandes territorios. Un mapa construido por la memoria. Memoria que recuerda y sitúa en su justo sitio las rocas, árboles, ríos o arroyos que laten en las montañas, llanos, o selvas. El recordar del baquiano es microscópico. Su poder para recordar preserva la pequeñez de lo individual. Es capaz de reconocer una roca particular entre miles de rocas, un exiguo arroyo entre cientos de angostas corrientes de agua. La capacidad de reconocimiento del baquiano no obedece a la lógica. Su pensar es afín a la adivinación, a la rabdomancia. Es una inteligencia sensitiva. Siente cada forma del terreno y la ubica con exactitud en el todo de un mapa general. El baquiano puede sin dudas elegir el camino correcto entre muchas otras opciones equivocadas.
La prodigiosa habilidad de reconocimiento visual de la geografía es un don concedido por lo telúrico. Sólo el cuerpo que es prolongación de la tierra experimenta con lúcida claridad la distribución y riqueza de sus partes. El poeta o el chamán visionarios ven cielos o tierras superpuestas a la materia visible. En la Pampa, el baquiano es una figura vernácula de «visionario»; es el que «ve» la compleja riqueza desplegada en la tierra.
En las guerras civiles y de Independencia de Argentina, la palabra del baquiano es sagrada. Es signo revelado de un oráculo infalible. Rivera es un extremo caso de coincidencias (10). En el basileus de la monarquía cretense-micénica confluyen la condición del rey y la autoridad del sacerdote; es la conjunción o coincidencia de lo sagrado y del poder político. En Rivera, por su parte, coinciden los galones de general (con su autoridad política sobre un terreno y un ejército) y el arte rural del baquiano (arte imbuido de un aura singular y sagrada).
Generales tan seguros de sí mismos como Paz o Güemes, debieron entregarse a la «adivinación geográfica» del baquiano. El infausto para algunos, y egregio para otros, Juan Manuel de Rosas, podía distinguir las cuarenta estancias de la provincia de Buenos Aires por el sabor de sus pastos. Otro ejemplo de un caudillo donde se une el poder político con la condición rara y sagrada del arte del baquiano.
El hombre moderno también es portador de mapas mentales. El sujeto arquetípico de lo moderno, el sujeto cartesiano, se forja una representación universal y mental de la naturaleza. Sólo mediante esta mediación podrá comprender y vincularse con los fenómenos. Así vive más en la imagen conceptual que en las cosas. En cambio, el baquiano está siempre «cercano a la realidad«; es un sujeto inmerso en el mundo físico y animal. Está dotado de «esos órganos sutiles de los insectos, y las aves» (11).

Espíritu gemelo del baquiano es el rastreador. En él, el ojo es el exquisito órgano de percepción de los detalles milimétricos. Nada que encuentre en el paisaje escapa al taladro incisivo de su mirada. Con la ayuda del menor indicio, el rastreador rompe el peligro de la pérdida, de la incomunicación, del aislamiento, e instaura un seguro y continuo camino hacia el destino buscado. En la amplitud de la Pampa, él construye un camino no mediante piedras o tierra apisonada. Sus caminos son deductivos. Determina un sendero al unir lógicamente distintos indicios. Por esta vía, es capaz de encontrar el camino hacia un poblado, o también el paradero de un criminal reclamado por la justicia. Entonces, el rastreador «mira la tierra y distingue montones de polvo dispuestos por el viento, las aguas, o por el paso de alguien… Por la huella del casco infiere una historia detectivesca, y el criminal deja escrita la marcha a sus ojos, como en un plano» (11). Para el rastreador, el espacio es la memoria donde se acumulan continuas capas de indicios inteligentes. Cada detalle en la materia observada es usina para la proyección de caminos posibles y para la recreación de historias pasadas. En el Facundo de Sarmiento, Calíbar es el arquetipo del rastreador.
Fuerzas magnéticas y lentas transformaciones geológicas se asocian con las extrañas y mágicas tipologías del baquiano y el rastreador. Para Estrada, la gravitación de lo telúrico se proyecta también en el cuchillo. El hijo de la llanura siempre se desplaza con el puñal en la cintura. Con su arma cortante degüella y faena. El cuchillo como instrumento de trabajo primero y, luego, como desesperado deseo de afirmación. «Ser de distancias», el gaucho renuncia al hogar, a la familia, al cobijo de una respetable posición social. Él es siempre el sujeto anonadado por la pampa inconmensurable. Él sabe que la tierra es ingobernable. Tampoco lo serán entonces sus hijos. A ningún gobierno que fagocite y oprima respetará el jinete cargado de horizontes amplios. El único gobierno es el que se lleva consigo. El breve resplandor del cuchillo es idóneo entonces para anunciar al que se gobierna a sí mismo. El cuchillo es así «el arma individual, el arma del hombre solitario» (12).
Y el cuchillo es tan íntimo como el falo. Sólo en determinadas situaciones se debe exhibir. Es el puñal emblema del hombre solitario e instrumento para probar el propio coraje. Su liviandad y maleabilidad lo hace veloz y mucho más rápido que el pensamiento o la decisión racional. El alma puede decidir suspender la arremetida, disolver la violencia desatada del duelo. Pero el cuchillo se lanza, de todos modos, con brío hacia adelante y quizá ya horada la carne del adversario. El cuchillo, apoteosis del culto al coraje, adquiere así la velocidad de lo instintivo que lo sitúa cerca de un objeto animado, dotado de vida propia o de la vida íntima del que lo manipula, tal como acontece en el relato borgeano «El encuentro» (13).
Si el cuchillo convoca la rapidez instintiva del hombre solitario, es entendible que su aprendizaje no corresponda a lo académico. «La espada tiene su escuela y estilo; el cuchillo es intuición, autodidáctica (14)». El ataque con cuchillo es tormenta de embestidas espontáneas. No hay allí un plan sereno o planificado de precisas estocadas. Su arremetida puntiaguda obedece a la espontaneidad instintiva e inconsciente, al dibujo desordenado de movimientos que en «el animal perseguido se llama gambeta«.
El filoso instrumento es ajeno al ataque razonado y meditado. Entonces, para emerger victorioso en el duelo, el combatiente debe aceptar ser guiado o conducido por las fuerzas primarias, instintivas, terrestres, prelógicas, que lo abruman y que lo dejan, otra vez, en soledad. El hombre que embiste en un duelo con un cuchillo queda «librado a su fuerza, a su arte y a su destino» (15).
Y frente a la agresividad de la tierra insondable, siempre el regreso a la vida amurallada. El repliegue en la soledad individual se multiplica en el gigantismo de las ciudades, de las proliferantes urbes indianas. Buenos Aires es una de las expresiones de este proceso.
La casa que se edifica sobre la nueva tierra responde a un inconsciente plan para aislar a los seres y aceptar su incapacidad para trascender su sufrimiento y desorientación. En la casa colonial privan los materiales de lo transitorio, lo precario: el barro, la paja, la madera, el cinc. La transitoriedad y aislamiento dentro de la morada urbana de la colonia se asocian a dos dimensiones: la continuidad de la frágil vivienda campestre, y la prefiguración del encapsulado edificio moderno. El rancho, la casa prototípica de la llanura pampeana, nace con la vocación del nomadismo, de la breve vida en un sitio para renacer luego en otro. En el rancho predomina el barro. Tierra y agua amasada, endurecida. La casa no puede ser entonces lugar de arraigo, región privilegiada para el florecer del individuo; lugar que libere al sujeto del sufrir y de la desorientación. El rancho es sólo refugio, guarida, cavidad en el espacio para escapar de vientos hostiles. El rancho, la morada-guarida, se transmuta en la casa colonial de paredes largas y techos altos, con zaguán y amplio jardín. Y también se transforma, luego, en la casa pobre en la urbe modernizada (16).
La vivienda humilde despojada de adornos es principal signo, en la meditación de Estrada, de la esencia errática, viciada de lo efímero y perentorio de la ciudad, de la «ciudad flotante». Todo en ella propende al refugio, al protegerse de un mal siempre inminente.
Entre las multitudes, entre la variedad de instituciones y actividades, puede emerger la ilusión de la urbe como camino hacia el sueño de la vida lograda. Pero «la ciudad es de una textura homogénea, aunque parezca abigarrada y cosmopolita» (17). La textura común de la ciudad es fuga de aquello que, en silencio, el ser urbano siempre sospecha: la cercanía de la muerte y ya ser en la soledad.
Y además, Buenos Aires se convierte en «la cabeza de Goliat» (18). El corazón que todo lo absorbe y distribuye. Lugar no de realización sino de desmembramiento, de evasión de la tierra que abruma: Buenos Aires, la gran capital civilizatoria «por donde toda la república comenzando por sus ríos y ferrocarriles, se echa al océano y se va hacia Europa» (19). Pero más que hacia Europa, la gran urbe es superficie que viaja hacia ninguna parte, como la propia llanura de la que escapa. La ciudad es «superllanura». Las líneas verticales de los edificios no son suficientes para eludir la horizontalidad de la llanura.

Estrada modela un pensamiento que se rinde ante lo otro de la tierra. En los inicios de su escritura cultivó la poesía. El poeta que subyace al pensador y ensayista, está naturalmente destinado a percibir la naturaleza como trascendencia. Pero en La radiografía de la Pampa, la intuición de la superioridad de la materia vasta es alimento para una conciencia pesimista, agobiada por la certeza de una fatalidad histórica que la tierra le impone a los hombres. El hombre pampeano, el sujeto sudamericano, no puede encarnar un proyecto civilizatorio porque carece de un suelo dominado, de una tierra pacificada.
La «fatalidad geográfica», la «fatalidad cósmica», la «determinación del subsuelo», repiten su triunfo, repiten el fracaso del ansia de plenitud del sujeto sudamericano. La tierra es así, en Estrada, la fuente de un relato de caída que se repite inexorablemente, en los diversos ritos del Estado, la política, el ejército, las profesiones liberales, el explotado trabajo asalariado.
Las meditaciones radiográficas de Estrada son en parte una continuación de la preocupación de la Argentina insegura respecto a su verdadera identidad. La invasión inmigratoria desatada a partir de fines del siglo XIX, genera fuertes sacudidas en las estructuras tradicionales de la sociedad argentina. La oligarquía agrícola-ganadera, detentadora del poder económico y político, siente la amenaza de las multitudes de extranjeros que traen sus propios idiomas y tradiciones. Exhibir una sólida identidad vernácula capaz de asimilar al inmigrante se convierte en prioridad para la preservación del poder de los sectores en la cúspide social. Pero también se manifiesta como cuestión de un hechizo irresistible para los intelectuales y artistas. Eugenio Cambaceres imagina en su novelística una invectiva contra el peligro de «contaminación genética» que suponía la integración con el extranjero. Actitud defensiva, de claros sesgos racistas, que prosigue Carlos Bunge en Nuestra América.
Leopoldo Lugones se muestra quizá como el más conspicuo buscador de la identidad patria. A través de las conferencias que, en 1915, dicta en El Ateneo. Estas alocuciones se convierten en El payador (20), obra donde el poeta de La guerra gaucha encuentra en el Martín Fierro al héroe nacional emblemático, cuya estirpe épica derivaría nada menos que de la epopeya homérica.
Pero en Lugones, Bunge, e incluso José Ingenieros, el intelecto sonríe mientras cree sacar de las aguas de lo incierto el diamante nítido del ser nacional. El pensamiento aún contempla optimista el futuro. Lo argentino brillará guiado por el faro de un pensar nacional.
Pero en Estrada, el optimismo vomita la imposibilidad. No hay lugar para una Argentina o una América triunfantes. Para Estrada, los espectros irracionales que emana la tierra aturden siempre con un grito negador.
A través de su lectura pesimista y fatalista de la historia argentina, Estrada recupera la primacía de la tierra. Esta recuperación desmorona la ilusión antropocéntrica, la creencia del sujeto imperial que pretende que las cosas, los seres y los elementos, se sometan a su autoridad; pero su riesgo es la demonización de lo telúrico. La radiografía de la Pampa de Estrada continúa, en este sentido, la ancestral intuición mítica de la naturaleza gobernada por Kali. La diosa hindú que danza sobre los muertos. Kali, la vieja y poderosa materia terrestre que le quita a los seres la alegría y la plenitud.
Pero en el espacio vive otro poder; el de la naturaleza como Deméter o la Pachamana, lo divino femenino que da y revivifica…
2. La tierra en Eduardo Mallea y la exaltación severa de la vida

El escritor permanece recostado sobre la llanura . Y escucha. Escucha algo. Y escribe y camina Mallea (21) desde su Bahía Blanca, su hogar natal, hacia su patria ancha de luciérnagas, aves, llanuras y montañas. La bahía del silencio es la novela emblemática del narrador argentino. En sus lecturas, gusta del encuentro con Novalis, Rimbaud, William Blake, Hölderlin. Espíritus radiantes que lo hacen amar lo visionario.
Un ensayo fundamental, y poco estimado de su literatura pensante es Historia de una pasión Argentina (1937). Allí, nos atrae en especial el capítulo titulado «El país invisible»; allí, el escritor no resiste el llamado de la visión; allí, asoma el arte de ver al hombre profundo que resiste con severidad y nobleza.
Mallea se entrega «a descifrar el monólogo articulado de la tierra que tiene una voz extraña, diferente y significativa» (22). Su sensibilidad descifradora lo abre a los ritmos profundos de la naturaleza. En ella, el día vibra con las músicas suaves de los cereales resplandeciendo entre pétalos de luz. En la jornada diurna, el suelo, con pasiva alegría, recibe al sol, los vientos y el agua. En el día, la naturaleza es celebración del aire, los ríos, arroyos. Los arroyos: las movedizas serpientes de agua.
Y en la noche, la pasividad anterior se desgarra en un quejido. La tierra se muta en felino cazador, entre murciélagos y sombras. El sapo y la lagartija acosan ahora al hombre desde una penumbra inasequible para la mirada. Cerca, se encuentra la pegajosa humedad del charco, y los pájaros que duermen. Ahora, la tierra es un vapor tenue que atrapa. Y «la luna misma parece estar rasguñada por la mano de la llanura» (23). Naturaleza del rostro jánico, dual: la serena pasividad terrestre del día y la tierra de la noche que absorbe y amenaza. Pero esta percepción es preparación para el pensar. Un pensar estético de poeta. No ya el intelecto presuntuoso sin encarnación en la piedra, la ribera o el cuerpo. El pensar poético de Mallea toca cuerdas de conceptos que nunca dejan de rozar el cielo y las aguas subterráneas.
Es demasiada la ceguera que olvida la tierra y los elementos. Más grande que nuestras pasiones malogradas, o que nuestros conflictos personales, es la materia que «nos está rodeando y lejos de concluirnos, de cerrarnos, nos comunica, nos extiende a su medida, nos pone tan cerca del alto campo estrellado, como del campo firme y bajo, como del agua profunda, como de los demás hombres, de las mujeres, de las cosas» (24).
La percepción de lo terrestre dejará al escritor artista la certeza «de que la tierra no es tan solo la tierra, sino el modo como nos lleva al absoluto» (25). El narrador argentino regresa a la intuición romántica de que las formas de la naturaleza son música viviente que suena para el oído humilde, que escucha y descifra.
También en Estrada se escuchaba la garganta de la naturaleza; pero, de aquella escucha sólo surgía el zumbido del puño vengador que golpea al hombre, y lo sumerge en el miedo y la angustia. En Mallea, en cambio, la tierra habla, nutre y acompaña, estimula y modela a un hombre profundo, al sujeto que habita y dignifica la Argentina invisible.
El argentino profundo se relaciona con lo rural, aunque no se identifica plenamente con lo campestre, ya que puede vivir también en las ciudades donde vive el deseo de dominar. Pero el argentino profundo no quiere el poder, o la posición cómoda e influyente. Es distinto a los seres sin la hierba del ideal en la mirada; es distinto al ácido dañino de lo mediocre que repite lo ya aceptado. El ser profundo ama lo elevado, y quiere suplantar el enfrentamiento o la separación de los individuos por el anillo de la verdadera comunidad. Frente al ser trivial de las ciudades, el profundo, el hijo de la tierra dura y austera; el que es capaz de exaltarse y encenderse no para deslumbrar a los otros, sino para afirmarse ante los infortunios, para acompañar el movimiento creador de la tierra. Éste es el hombre de la «exaltación severa de la vida», el que es «raíz, no follaje»; el que conserva «algo que vale más, y es su comunión de hombre que siente con las cosas que lo hacen sentir; en el estar del hombre que conoce el nombre de los árboles y el lado por donde gravita cada estrella» (25).
El hombre profundo es obrero silencioso de la comunión del hombre con la roca y la estrella (26). Y con el otro como semejante, como aquél con quien se comparte un mismo resplandor humano. Este humano podría alimentar la descomposición del capitalismo degradante con más autenticidad que muchas de las voces críticas de salón que poco saben en realidad del trabajo o la vida alienada. El sujeto de la comunidad con la piedra y el astro y el semejante no comulgará con el poder concentrado que explota y separa al humano de su posibilidad más alta.
Y también, el hombre profundo de la comunidad con lo humano y lo telúrico es el que completa la forma abierta de la geografía americana. El espacio americano es fuerza desencadenada, rebelde; es magma aún en ebullición. Quien acepta la sustancia ardiente de lo americano puede soplar nuevos y relucientes cristales. Es protagonista así de un heroico enfrentamiento con una naturaleza todavía efervescente y agitada. Pero esta energía que hace frente no aspira a dominar lo natural. Conquistar la naturaleza sería enfriar y matar la fragua donde se forjan los nuevos metales preciosos.
El acto creador es trabajo que desbarata la rutina y el servilismo de lo mismo. El trabajo creador surge encendido por la llama de un ensueño. Trabajo ensoñador es el de la «fantasía transformadora». Novalis, el poeta romántico alemán, entiende con nitidez el entrelazamiento entre trabajo y transfiguración. Al personaje de su novela inconclusa, Enrique de Ofterdingen (27), la hace imaginar una flor azul, que se transfigura de manera continúa. Así, el arquero artista que trabaja sobre lo informe arroja sus flechas creadoras para que trasformen lo que tocan. Pero el trabajo de la arquería transfiguradora no es arrojar las saetas en una misma línea recta hacia su blanco. La flecha lanzada siempre recorrerá algún nuevo camino antes de llegar a su destino. El espacio recorrido con una trayectoria no convencional, es expresión de un esfuerzo de la criatura que rehace lo recibido. Y se trasciende. Se excede.
Afirmarse desde el poder creador, encenderse con el calor de lo vivo, es salir de los refugios pequeños. Crear, propagar lo noble y vital, es rehusar la protección de una casa segura, pero pequeña. La fortaleza creadora que viene de la comunidad con el suelo, el aire y los destinos de los semejantes, es la fuente del valor para el siempre salir a ver algún nuevo cristal en el horizonte. Modelo y estímulo para la creación es la tierra ya que ésta se halla de continuo en «estado de regeneración; en estado de crecimiento y multiplicación sin tregua» (28).

Se debe ser como el viento que rompe con la cansada quietud. Y comulgar con la tierra que, mediante el salir de la planta desde la semilla, rompe el peligro de lo estéril. El ser profundo, vestido con el frescor terrestre, siempre sale fuera de lo pequeño. Y se recrea. Y es involuntaria contracara de todo aquel que vive » contento sin gloria, contento de conformidad…contento de la satisfacción mísera que no osa ser alegría… correr peligro de ensombrecerse para…mejorar, excederse» (29).
Excederse. Salir fuera de lo estrecho y agonizante. Pero también ser silencio que no ostenta y que alza la frente, una y otra vez, desde la sombra de los infortunios. Ese ser es el capaz de atravesar las lluvias de la amargura o de las afrentas, sin detenerse, sin resentirse nunca. Nunca hay en esta forma de vivir renuncia a la exaltación segura, severa, desbordante, de la vida, pues:
«… en mitad del infortunio, del mal o del bien circundante, del fracaso o el gozo, de la repentina contingencia, cualquiera fuera el desastre o el éxito: la exaltación severa de la vida. Los he visto así silenciosos y sin miedo, todavía conmovidos, severos para consigo y exaltando la vida. Templados. No sé si mejores o peores: pero auténticos. Los he visto. Y estos son los hombres ‘invisibles’ de la Argentina, éstos que he visto crear sin ficción, vivir sin alarde, sobrevivir sin resentimiento, no tener en la superficie del país el predicamento que enarbolan los aparentemente ‘grandes’, los fariseos, los filisteos » (30).
Los hombres y mujeres de la exaltación severa de la vida sólo son invisibles para la mirada del poder que enseña a olvidar la existencia digna. Porque, en silencio, la tierra dura, y el aire ligero, saludan a los que viven para dar y compartir. Lo que viene desde la raíz.
3. Anteo y las Erinnias.

Nostalgia de Anteo y la acechanza de las Erinias. Esto es lo que se agita en las meditaciones desde lo telúrico de Estrada y Mallea. Las Erinias griegas son genios alados, femeninos, terrestres, que vuelan con antorchas y látigos en sus manos, y con serpientes enrolladas en sus cabellos. Nacieron de la tierra, en el sitio donde se derramó la sangre del falo mutilado de Urano (31). Las Erinias persiguen a los que han agredido a la vida y, en especial, a los asesinos de la madre, al matricida Orestes. Lo telúrico, como una inflexible y vengativa Erinia, vuelve para castigar y acosar. El autor de La Radiografía de la pampa hace de lo terrestre una presencia que sofoca una y otra vez a los hijos de la estirpe que pretendió dominarla. El hombre americano, el argentino en la particularidad de su análisis, no puede evadirse del agobio de un suelo ingobernable, siempre demasiado primitivo como para ser dócil fermento de una cultura de progreso.
Y Anteo sólo es vencido cuando pierde su contacto con la tierra. El gigante del mito griego es hijo de Posidón y Gea. Cuando toca a su madre es invencible. Nada puede doblegarlo cuando se nutre de la proximidad del calor terrestre. Sólo Heracles logra vencerlo al hacerlo flotar en el agua para, luego, ahogarlo (32). La nostalgia de la fortaleza telúrica de Anteo brilla en el pensar de Mallea. Como Anteo, el hombre de la exaltación severa de la vida es esculpido por el vigor terrestre. Y recorre el tiempo con el deseo de vivir sin resentimiento porque, en silencio, lo nutre el suelo que siempre regresa con los nuevos frutos, frescos y sanos, de la primavera y el día.
Para el narrador de La bahía del silencio, lo terrestre siembra una voluntad de vivir y crear; sin excusas, sin miedo a volver a empezar. La tierra baña con un río de fortaleza a los habitantes de la Argentina Invisible.

Citas:
(1) Trapalanda era una tierra legendaria en la que podía hallarse una ciudad de oro. Una leyenda que fue propalada por los indígenas, o que sólo nació de la afiebrada y desesperada imaginación hispánica. De Trapalanda, el Padre Guevara afirmó: «cuyo descubrimiento nunca efectuado, fue polilla que consumió buenos caudales sin ningún fruto.». Y Estrada agrega: «ciudad imaginaria de oro macizo que casi hace fracasar las expediciones de Francisco de Aguirre y Diego Abreu; la que hizo que se fundaran La Rioja y Jujuy…»
(2) Ezequiel Martínez Estrada, Radiografía de la Pampa, Buenos Aires, Colecciones Archivos, Fondo de Cultura Económica, p.7.
(3) Ibid., p.15.
(4) Ibid.
(5) Ibid, pp.11-12.
(6) Ibid., p.55.
(7) Ibid.
(8) En este sentido les aconsejo la lectura del capítulo II, «Los caracteres argentinos», en el Facundo de Sarmiento.
(9) Ibid., p.11.
(10) José Fructuoso Rivera, militar y político uruguayo. Batalló por la independencia de su país bajo las órdenes de Artigas. Fue dos veces presidente del Uruguay.
(11) Radiografía de la Pampa, op.cit.,p.101.
(12) Ibid., p.102.
(13) Cf. Jorge Luis Borges, «El encuentro», en el El informe de Brodie, Buenos Aires, Obras completas, Emecé, pp.417-421.
(14) Ibid., p.33.
(15) Radiografía de la Pampa, op.cit., p.34.
(16) Cf. Ibid., pp.170-171.
(17) Ibid., p.3.
(18) Ezequiel Martínez Estrada, La cabeza de Goliat, Buenos Aires, Colección La nación.
(19) Radiografía de la Pampa, op.cit., 144.
(20) Leopoldo Lugones, El payador, Buenos Aires, ed. Huemul. La tesis de Lugones se manifiesta con especial intensidad en los capítulos: «La vida épica» y «Martín Fierro es un poema épico».
(21) Eduardo Mallea, escritor argentino (1903-82), nació en Bahía Blanca (Provincia de Buenos Aires). Su padre era el médico y escritor sanjuanino don Narciso S. Mallea, pariente de Sarmiento, quien evoca a los Mallea en sus «Recuerdos de Provincia». Estudió Leyes en la Universidad de Buenos Aires, durante cuatro años, sin concluir la carrera. Ya en su época de estudiante alcanza notoriedad con sus Cuentos para una inglesa desesperada (1926). De 1937 es La Historia de una Pasión Argentina, una gran obra olvidada donde Mallea intentó descifrar el misterio del alma honda del argentino, del argentino visible, y del invisible, y de la tierra que éste habita. Luego, su fervor creador, entregó a las imprentas: Todo verdor perecerá (1941); El Sayal de Púrpura (1941), colección de ensayos que contiene, entre otros, uno sobre Kafka; Las Águilas (1944), que más que la historia de una familia es la historia de una casa de campo por la que han pasado tres generaciones; Rodeada está de Sueño (1944) y El Retorno (1946), ambas novelas; y El Vínculo, Los Rembrandts y La Rosa de Cernobbio (1946), tres novelas cortas animadas por una sinfonía de elementos sobrenaturales y poéticos. Después de un nuevo libro Meditación en la Costa (1939), Mallea publicó, en 1940, acaso su novela fundamental: La Bahía del Silencio, escrita en primera persona y dirigida a una misteriosa mujer a la que el protagonista, Martín Tregua, sólo ha entrevisto algunas veces, sin hablarle.
(22) Eduardo Mallea, Historia de una pasión argentina, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1984, p.86.
(23) Ibid., p.87.
(24) Ibid., pp. 87-88.
(25) Ibid., p.93.
(26) Este estado de comunión lo manifiesta también Mallea como una experiencia personal. Al vivir en Buenos Aires, experimentó que una atmósfera de falsedad, hipocresía y ausencia de ideales altos lo exponía al riesgo de vivir atrapado en un mundo ficticio y a perder la realidad verdadera de la materia, del espacio abierto. Y así, ante la contemplación del Río de la Plata, el gran río que baña las costas de la capital argentina, sintió: «He ahí el agua libre, la noche libre, el espacio libre, los astros libres; el universo, nada concitado, nada constreñido, todo exacto, todo verdadero, todo aplicado -astro, viento o árbol- al cumplimiento de su función, todo sujeto al austero gozo del orden fundamental, cada uno para el todo y el todo para cada uno», en Historia de una pasión argentina, op.cit, pp. 82-83.
(27) Novalis (1772-1801), cuyo verdadero nombre era Friedrich von Hardenberg, poeta alemán, uno de los máximos exponentes del movimiento romántico. Enrique de Ofterdingen, su novela inconclusa, suele ser publicada junto a su gran obra lírica Himnos a la noche. Ver, p.ej.: Novalis, Himnos a la noche y Enrique de Ofterdingen, Madrid, Colección Letras universales, ed. Cátedra.
(28) Historia de una pasión argentina, op.cit., p.136. Mallea critica las famosas Meditaciones sudamericanas del conde de Keyserling, un famoso intelectual abierto a los influjos del Oriente y que, producto de un viaje por América, plasmó una serie de reflexiones donde la territorialidad americana es reducida a la condición de lo inorgánico, lo reptil y pantanoso. Mallea defiende aquí la savia poderosa de la tierra americana y de lo terrestre en general, ya que señala: «La tierra es la Creación en su cuerpo móvil, eterno; la tierra es lo creado; piedad y misericordia tienen raíz en ella, por lo cual no podemos desligarnos de ella sin haber nutrido en ella, aun espiritualmente, nuestra raíz. El hombre de más alta perfección espiritual, el santo, no ha hecho en el creciente decurso de su vida temporal sino levantarse desde la tierra, pero sin dejar de tener en ella los pies, como el árbol en la gleba su raíz; no se ha levantado de ella sino en la medida en que eran poderosas sus raíces.»; en Historia de una pasión argentina, op.cit., pp.135-136.
(29) Ibid., p. 99.
(30) Ibid., p.95.
(31) Cf. Hesíodo, Teogonía, Madrid, Biblioteca Clásica Gredos, en edición de Planeta- DeAgostini, p.79.
(32) Cf. Robert Graves, Los mitos griegos, Ed. Alianza.
