Universo y sentido. En busca del sentido de la inmensidad, la reflexión de Norbert Bilbeny entre la ética y el cosmos (*)

Por Esteban Ierardo

El humano ante la inmensidad (Getty Images)

En medio de nuestro gran ecosistema informático es especialmente llamativo el libro Universo y sentido. En busca del sentido de la inmensidad, de Norbert Bilbeny, que acomete una reflexión filosófica ante la gran realidad olvidada: el universo inmenso, y nosotros y nuestra pequeña gema azul planetaria, sola y brillante, rodeada por el anillo de la vastedad…

  ENTRE LA ELECTRICIDAD DIGITAL de este mundo enmarcado en pantallas y avalanchas continuas de notificaciones, la conciencia es engullida por el ciberespacio; la atención es succionada por selvas de plataformas online, streamings, redes sociales. En medio de nuestro gran ecosistema informático es especialmente llamativo un libro que pincela la mirada con colores de asombro y reflexión filosófica ante la gran realidad olvidada: el universo inmenso, y nosotros y nuestra pequeña gema azul planetaria, sola y brillante, rodeada por el anillo de la vastedad. Es el caso del libro de Norbert Bilbeny, Universo y sentido. En busca del sentido de la inmensidad, publicado por editorial Anagrama.

 Norbert Bilbeny (1953) es catedrático en Ética en la Universidad de Barcelona, fue decano de esa facultad, y es autor de varios libros, el último de ellos, Moral barroca (2022). También es frecuente colaborador del diario, de origen catalán, La Vanguardia.

En la aventura de Bilbeny, el universo ilimitado se convierte en focalizado objeto de estudio, gran tejido de muchos flecos que penden acariciados por el aire de lo curioso y perplejo: el universo en su extensión inimaginable, pero también en conexión con su contrapuesto de lo minúsculo y las interpelaciones éticas a través, por ejemplo, de la pregunta de qué moral esgrimir frente a un posible encuentro con vida extraterrestre.

 El libro se propaga en cinco partes y más de setecientas páginas. Primero llega hasta el lector el “Impacto de lo inmenso”, con las cuestiones del vacío, la nada, lo sublime y tempestuoso en el cosmos, el espacio o la magna cuestión, columna sin fondo ni cima, del porqué existe el universo. En una segunda parte “La naturaleza de la inmensidad”, burbujean las inquietudes sobre el tiempo y lo fluido, lo temporal y la eternidad, “el eterno problema del tiempo”. Una tercera parte, “Al filo de lol incomprensible”, en la que la meditación péndula entre la “compresible incompresibilidad” del universo, los limites del conocimiento, y la relación ojo y mundo y universo y cerebro; o la cosmodiversidad fundida con el polvo de estrellas salpicando la incógnita extraterrestre. “La inmensidad y el sentido”, cuarto movimiento de la sinfonía cósmica en la que resuena la fuga del sentido cuando se pregunta, justamente, por el sentido del gigante de infinito y galaxias.

 Y la quinta parte, “Un espacio para el bien”, que modula ya sonoridades éticas, la meditación del bien y mal entre agujeros negros y la intermitencia de los púlsares.

 La actitud filosófica de retorno al cosmos, el universo físico en su alucinatoria extensión, es, por un lado, continuidad de la mirada presocrática encandilada por la totalidad en el origen de la filosofía griega y, segundo, es rescate de la condición espacial del sapiens, en tanto “ser espacializante”; y todo esto restituye el rol primario del cuerpo en la experiencia y en su abrirse a la inmensidad. Bilney entonces recuerda al filósofo fenomenólogo francés Merleau Ponty y su afirmación: “es él -el cuerpo-quien da su sentido a toda percepción ulterior del espacio…”; la corporeidad vehiculiza “una comunicación con el mundo más vieja que el pensamiento”.

Y aun cuando supiésemos cómo empezó el universo (lo cual es solo motivo de teorización, no de certezas), esto no despejaría la incógnita de por qué existe. En 1710, en sus Ensayos de teodicea, en su Discurso preliminar, Gottfried Leibniz, el filósofo, matemático, lógico, polímata, teólogo y jurista alemán, autor de la Monadología, resumen de su filosofía, con pluma y tinta estampa en el papel la célebre pregunta: “¿por qué existe el Ser y no la Nada?” Reclamo de un principio de razón suficiente: algo no es simplemente porque sí, debe ser efecto de una causa precedente y necesaria. Pero aquí Bilney recuerda al poeta místico Angelus Silesius, místico en las canteras culturales barrocas del siglo XVII, y su oblicuo verso: “la rosa es sin un porqué”.

 Para existir, el universo no requiere “existir”; es decir, basta que con sea, acontezca; la demanda de explicación de su existencia es sólo pegajoso vaho emanado por la pregunta misma: “desde un punto de vista filosófico podemos decir que el universo existe porque nos lo preguntamos”.

 Ante la inmensidad, también se renueva la reflexión moral. Kepler observó las excentricidades de Marte. Para explicarlas, en 1609, publicó la Astronomía nova. Su variación, hoy, según Bilney, debe ser una Ethica nova: estiramiento del arco posible de derechos. Además de los animales no humanos, del medio ambiente y sus componentes ecosistémicos, o de una hipotética vida extraterrestre en los bordes cada vez más cercanos de lo lejano, la nueva ética que emerge del trasfondo de lo inmenso es “la vida y derechos de los humanos en viaje o residencia en el espacio”; lo cual implica el derecho a la continuidad de la existencia, no solo de lo humano y terrestre, sino también de lo extraplanetario.

 Visiones de vanguardia; pensamiento que se adelanta al futuro que, tal vez, mejor comprenda lo olvidado: el humano que, a pesar de todo, es solo resplandor y ceniza de lo inmenso. 

Otro libro de Nobert Bilney:

(*) Este artículo fue publicado originalmente en el Diario Clarín, en la Ciudad de Buenos Aires.

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