Breves (32): El libro de la ignorancia

Leonardo vio los ríos y los cielos buscando saber cómo se mueven los aires o las aguas. Newton se maravilló al entender que una ley que rige en la Tierra también actúa entre planetas y estrellas. Eratóstenes entendió que nuestro planeta es una esfera. Y el torrente de ejemplos de los que aumentaron el libro del conocimiento es incesante, como la cascada destinada a no detenerse nunca.

Y también es incesante el otro libro: el de la ignorancia, el de las páginas en blanco, que refleja nuestro no saber constitutivo, una no sapiencia sobre lo más esencial: el origen mismo de la materia, de la vida, de una inteligencia que parece latir por todas partes, de la conciencia, del lenguaje; de las palabras que dicen y ocultan en una magia verbal extraña que olvidamos y no percibimos en lo cotidiano.

Volver periódicamente al libro de la ignorancia es valorar lo mucho nuevo que aprendemos, un saber más; pero sin olvidar nunca que siempre, y esencialmente, estamos hundidos en las hojas en blanco del libro de la ignorancia. La ignorancia no es lo contrario del saber, es su razón y su causa: por borrar el espacio de lo ignorante, de la no gnosis, del no conocimiento, como especie nos empeñamos en más estudio, en más aprendizaje y más investigación.

Pero quizá sea oportuno no engañarse: el libro de la ignorancia es como el Libro de arena de Borges; sus páginas no empiezan ni terminan, es infinito. Pero eso también indica que es infinito lo que queda por descubrir y saber. Por lo tanto, lo que se sabe es solo como una suerte de islas y continentes dentro del mar hondo, muy hondo, del gran secreto de la vida. El secreto respecto al que es mucho más, infinitamente más, lo que desconocemos que lo que sabemos.

E. Ierardo

Deja un comentario