Concepciones del mundo y geopolítica (II) China e India

Por Esteban Ierardo

Izquierda, bandera china ; derecha, bandera de la India

Segunda parte de Ensayo en construcción sobre cosmovisiones, mentalidad y política exterior de países que son especiales actores geopolíticos; una temática que también permite abrirse a otras culturas.

Parte I: Concepciones del mundo y geopolítica: Rusia y Estados Unidos

Próxima parte; Irán, Israel, Palestina.

3. China

El sabio que vive solo en el bosque sube por una leve cuesta, jaspeada de pequeñas piedras. Al llegar a lo alto, más allá, ve el majestuoso Río Amarillo que se mueve como un ser milenario, extraño. Arriba, el ermitaño filósofo escudriña el cielo; abajo, la tierra que se abre a los distintos puntos cardinales.

Ese sabio vive durante la dinastía Zhou, unos mil años antes de Cristo. Los letrados de esa dinastía, en la corte, próximos al rey, crean la doctrina del Zhongguó, el Reino Central. El un imaginario centro geográfico habita la civilización prominente. Una cosmovisión por la que la dinastía Zhou se auto-concibe como centro del mundo y el emperador como mediador entre el cielo y la tierra, investido de un especial mandato de Tian, el Cielo. Esa doctrina se continuará en las dinastías que unificarán a los reinos en guerra durante el periodo de la historia antigua china conocido como el periodo de los Reinos Combatientes. La dinastía triunfante, la dinastía Qin, resplandecerá desde el trono del naciente Imperio chino con su primer emperador, Qin Shi Huang. Él es el primer gran monarca que todo lo gobierna bajo el cielo (Tianxia) hacia el 221 a.C.

Lo que es China para nosotros, en su perspectiva histórica y en su presentación oficial, es Zhongguó para los chinos: el mencionado Reino Central, la civilización en el centro del universo humano que, desde allí, irradia su influencia superior. Un sinocentrismo que tiene en el Emperador, el Hijo del Cielo, al mensajero de un fundamento metafísico-cosmológico. El poder del emperador viene del Cielo, no es hereditario, y su legitimación no es definitiva; se debe renovar a través de la capacidad del gobernante de asegurar el bienestar que, como sangre vital, circule por todo el gran organismo de la nación china. Si el monarca no garantiza el buen vivir para su pueblo, pierde el Mandato del Cielo, extravía su justificación y abre las compuertas al agua enlodada y espesa de las rebeliones.

La cosmovisión china ancestral se ordena como un círculo en torno a un núcleo de teocracia imperial; un Estado elevado a una misión civilizatoria, un designio mesiánico. Un compromiso de protección y salvación del propio pueblo, y de extensión de un tejido de leyes, normas, comercio y civilización que acoge a otros países menores, satélites y vasallos, quienes deben rendir respeto al centro imperial y pagar impuestos al Tesoro real.

Esta concepción político-cosmológica milenaria y ancestral revive en el tecnomundo complejo del siglo XXI, luego del ascenso al poder supremo del Partido Comunista Chino, liderado por Mao Zedong en 1949, en Beijing. El poder imperial centralizado de bases teocrático-cosmológicas se revierte en el centralismo autoritario del partido único.

Antes de conquistar la cima de la máxima autoridad, el Partido Comunista de Mao atraviesa grandes turbulencias: la guerra civil contra el Partido Nacionalista de Chiang Kai-shek (de tendencia prooccidental, liberal y capitalista); la «Larga Marcha», una retirada épica para escapar del ejército de su contendiente recién mencionado; y las estrategias fallidas del gobierno comunista: la llamada «Campaña de las Cien Flores», que expone a miles de supuestos contrarrevolucionarios luego encarcelados o «reeducados»; el «Gran Salto Adelante», proyecto de industrialización trágicamente malogrado con un tendal de cientos de miles de personas muertas de hambre; y la «Revolución Cultural» de los Guardias Rojos entre 1966 y 1976, periodo negro de odio, persecución, torturas, prisión y muerte de supuestos «enemigos del pueblo», enamorados de Occidente y sus fuerzas reaccionarias.

Mao sufre un temblor desestabilizador luego del fracaso de su proyecto industrializador, que no consigue acero de buena calidad y destruye los bienes fértiles de la agricultura. Durante el periodo de la Revolución Cultural recupera parte del poder perdido, pero, de a poco, entiende que China no puede permanecer indefinidamente aislada, no solo en reto mortal con Occidente, sino incluso con la ex Unión Soviética, luego de la muerte de Stalin y el revisionismo de Kruschev, a quien Mao acusa de traición a la versión maximalista del marxismo-leninismo.

En el otoño final de su vida, comprende que debe propiciar el diálogo con Estados Unidos. Por jugadores chinos y norteamericanos que se reúnen a jugar ping-pong, se inaugura un canal diplomático chino-norteamericana que deriva en el apretón de manos de Mao y Nixon durante la visita de este último a China. Luego de la muerte del Gran Timonel, su sucesor, que en su momento sufre las purgas de la Revolución Cultural, asume que el gran dragón debe romper el aislacionismo y volar sobre el mundo.

En parte bajo el ejemplo pionero de la apertura económica de Singapur, Deng Xiaoping lidera la gran apertura de China al libre comercio. El abrazo del gigante asiático, que aún se auto-rotula como comunista, a los beneficios del comercio, inversiones e innovación científica propios del capitalismo. Estas transformaciones, que ya hemos desarrollado antes (14), en los primeros años del siglo XXI, propician un crecimiento económico sostenido del PBI, de la balanza de pagos, del comercio exterior y una reducción notable de la pobreza. Así China, en 2010, se acomoda en el concierto de las naciones como la segunda potencia mundial.

Su economía es la de un capitalismo de Estado con características chinas. Primero, China se convierte en la fábrica del mundo, la gran potencia exportadora de productos de poco valor agregado. Hoy, sus aspiraciones son más elevadas: merodea la calidad de la producción asociada a una acelerada evolución tecnológica de vanguardia, en una diversidad de campos estratégicos críticos en la lucha por la condición de máxima potencia planetaria: la IA (Inteligencia Artificial), la robótica, la economía sostenible, nuevos materiales y tierras raras, la producción de baterías, vehículos autónomos y eléctricos, y otras tecnologías de talante futurista.

Y en todo este trasfondo de vitalización china arrolladora, se suma la coexistencia de libertad económica junto con un centralismo político autoritario. Una ausencia de democracia en términos occidentales, o de respeto a la libertad de expresión en una sociedad hipervigilada por vías digitales, la persecución de minorías étnicas o de derechos humanos rechazados como obsesiones de una decadente retórica liberal occidental.

La cosmovisión ancestral de China como la gran civilización ansía superar definitivamente: el llamado «Siglo de la Humillación» (1839-1949). El periodo de las Guerras del Opio convierte a China en el «enfermo de Asia» por la adicción provocada las ingentes cantidades de opio introducidas en el país por Inglaterra. Un virtual flujo de narcotráfico para obligar a China a pagar con plata esa sustancia narcótica, revirtiendo así el flujo de metal que antes había llegado a las arcas chinas como pago del té, las porcelanas y las sedas compradas por Gran Bretaña.

El líder del partido único y de la civilización, Xi Jinping, asume un mandato eterno aprobado por la Asamblea Popular Nacional en 2018. Desde ese poder concentrado, anuncia las bases de la política interna china, pero también, y de forma muy prominente, de la política exterior relacionada con el proyecto de la Nueva Ruta de la Seda (la Iniciativa de la Franja y la Ruta) y su interpretación de las relaciones internacionales bajo la idea directriz de la «comunidad de destino compartido para la humanidad’. La Nueva Ruta de la Seda es una nueva vía de comercio desde China hacia el mundo que replica la primera Ruta de la Seda del siglo I d.C. Una gran red de rutas comerciales que unen a las ciudades y puertos de China con los diversos continentes a través de trenes, carreteras, puentes, puertos y mares. Para esto, China financia la mayor inversión de un país en el extranjero en la historia.

La visión de la comunidad de destino china se ofrece como líder de una comunidad internacional en la que las relaciones entre los países no se determinan desde la confrontación de los Estados soberanos, sino desde lazos de cooperación, acuerdos comerciales y colaboración. El Estado-civilización chino, entonces, desde su ancestral concepción del Zhongguó, se autoposiciona como un líder de la paz (una pax sinica), la colaboración y el crecimiento compartido, frente a la consabida confrontación bélica inveterada. Una estrategia de política exterior aunada al libre comercio y una diplomacia cultural que eleve a China como una civilización inspiradora para un efectivo progreso de la humanidad.

Es obvio que muchos observadores critican esta autoposición beneficiosa y paternalista, sinocéntrica y neoconfuciana de China. Pero antes de una apreciación crítica final, integraremos el pensamiento geopolítico de la dinámica internacional china desde algunos de sus pensadores en esta materia, como Zhao TingyangYan XuetongZhang Weiwei y Xiang Lanxin, Gan Yang, o Jiang Shigong.

Zhao Tingyang es autor de El sistema «Tianxia» (Todo bajo el cielo). Recupera el concepto de la dinastía Zhou para el siglo XXI mediante Tianxia como un sistema global de relaciones internacionales en el que se suprime la noción de «enemigo» desde una autoridad moral china que promueve cooperación antes que la reincidencia tradicional de los conflictos, y que ansía una «democracia inteligente» (15).

Yan Xuetong es el autor de Pensamiento antiguo y poder chino moderno. Es profesor en la Universidad de Tsinghua y referente del Enfoque Tsinghua, que defiende el realismo moral. Para él, el liderazgo genuino proviene de una verdadera autoridad política y moral. A diferencia del realismo clásico occidental, que avala el poder solo como fuerza bruta (el poder material multiplicado por la voluntad política), Yan sostiene que el líder lo es por su autoridad humana, basada en la justicia y la benevolencia. Este es su modelo para la superación de Estados Unidos en términos de influencia y aceptación en el orden internacional. Así, la autoridad humana se diferencia de la tiranía o la hegemonía como un camino hacia la convivencia por la simple fuerza.

También Yan postula el retorno al mundo bipolar propio de la posguerra, en el cual los términos en confrontación son China y Estados Unidos. China debe regirse por una inteligencia pragmática que se concentre en la estabilidad y no exportar su modelo ideológico.

La moralidad del líder es, entonces, un recurso estratégico y no un mero postulado ético. Imbuida de esta legitimación, China debe romper su «no alineamiento» y forjar alianzas más sólidas y duraderas. La moralidad del líder chino y su autoridad humana tienen resonancias de la carga moral confuciana de la antigua China. Esto es coherente con la concepción de un liderazgo que representa un modelo civilizatorio, el cual se irradia a partir de la valoración de la cosmovisión del Zhongguó (Zhongguó o «Reino del Centro»).

Frente a esto, se puede considerar el realismo estructural de John Mearsheimer, profesor de la Universidad de Chicago. Desde esta posición de realismo estricto, el poder se funda en capacidades tangibles: cantidad de tanques, misiles, PBI y población. En este enfoque, la moral es irrelevante como variable de potencia nacional. La nación poderosa aspira a ser un hegemón que domine su territorio sin interferencias externas y que, eventualmente, someta a otros mediante su fuerza. Las alianzas son meras uniones de conveniencia temporal, bajo la premisa de que nadie debe confiar en nadie. Así, el factor determinante del comportamiento de los países, además de su caudal de poder, es la geografía.

Zhang Weiwei, profesor de la Universidad de Fudan, es uno de los defensores de la superioridad del modelo chino con mayor impacto en las redes digitales. Según su tesis, China es el único «Estado-civilización» en la historia mundial: una entidad fundada en tradiciones milenarias que se une a la modernidad y sus procesos tecnológicos, superando así a los meros Estados-nación.

Según Zhang, la Nueva Ruta de la Seda restaura la centralidad histórica de China en el orden internacional, potenciada por las capacidades de la cuarta revolución industrial, como la IA y las fintech (las startups que optimizan la accesibilidad y eficiencia de los servicios financieros mediante la tecnología).

El éxito económico de China legitima su sistema político. Occidente intenta imponer sus valores universales al mundo, pero, según esta visión, debería ser al revés: el mundo tendría que aprender de la «sabiduría china«. El éxito económico chino no es solo un fenómeno financiero, sino la expresión de un modelo civilizatorio superior.

Este modelo superaría a la «democracia procedimental» occidental porque el proceso de selección y elección de líderes en China produce gobernantes de mayor eficacia. Esto se logra mediante una meritocracia que contrasta con los políticos mediocres generados por la dinámica electoral de Occidente. Además, el sistema de partido único aumenta la eficiencia a través de la planificación a largo plazo, algo que resulta inviable en las democracias occidentales debido a sus ciclos electorales cortos.

Jiang Shigong es el intelectual legitimador de la ideología oficial actual de China. Sostiene que el Partido Comunista Chino es el heredero legítimo tanto de la tradición imperial como de la modernidad socialista. Es decir: Shigong convalida la continuidad entre las raíces ancestrales de la mentalidad antigua y la China contemporánea, refundada como un Estado socialista con características propias.

Dentro del repertorio más original de sus ideas se encuentra la concepción de la «Constitución no Escrita«. Para él, el ordenamiento jurídico del gigante asiático no se ciñe a su constitución de 1982, sino que existe una «constitución absoluta o no escrita» que es el genuino sustento de su poder. La plenitud no cuestionada ni limitada del Partido Comunista concentra el monopolio real de la fuerza a través de decretos, doctrina y convenciones constitucionales, situándose por encima de las propias leyes. El Estado chino ejerce así una soberanía moral que se legitima por su potencia autotransformadora y sus logros reales.

Y Shigong afirma:

«El Pensamiento de Xi Jinping sobre el Socialismo con Características Chinas para una Nueva Era es el faro para toda la humanidad… habiendo fracasado tanto el comunismo soviético como la democracia liberal americana, Xi y China han demostrado cómo combinar los mercados y el control, la creatividad y la disciplina, en un nuevo modelo de desarrollo» (16).

Shigong eleva el pensamiento de Xi Jinping a una fuerza cultural superadora de la democracia liberal estadounidense y del comunismo soviético. La superioridad del modelo chino, decantada en logros prácticos, lo convierte en un faro, guía y horizonte para otros países. Y como traductor del jurista alemán Carl Schmitt, Shigong acude a su arsenal teórico para convalidar el autoritarismo estatal: el «estado de excepción» es la continuidad preferible para acatar la soberanía real del gobierno antes que el apego formal a la ley (17).

Finalmente, Shigong critica a Estados Unidos como un «nuevo Imperio Romano» que se escuda en los derechos humanos para expandir su dominio. Entre el país del Norte y el Dragón asiático, sin duda, se dirime hoy la lucha por la definición de un nuevo orden mundial.

Junto a la celebración de los discursos de académicos chinos sobre el rumbo y la inmensidad del país recorrido por el río Amarillo, convive una constelación de registros críticos de otro perfil intelectual que, generalmente desde fuera de China, dan sustento teórico y apoyo empírico a ciertas objeciones repetidas.

Este discurso crítico se abre a distintas discrepancias: la crítica al excepcionalismo: se cuestiona el «socialismo con características chinas» como un movimiento de evasión de la universalidad de los derechos humanos, impugnados como «ajenos» para blindar la autocracia; la desavenencia con el neosinocentrismo: la concepción de China como Zhongguó (Reino Central) es vista como una nueva jerarquía imperial, donde otros países orbitan como satélites en torno a la superioridad soberana china; la objeción a la «trampa de la deuda»: la Nueva Ruta de la Seda y su ciclópea magnitud de financiamiento de infraestructura son criticadas como generadoras de una deuda «neocolonial», que impone una nueva dependencia a los países del Sur Global; la crítica a la «diplomacia del guerrero lobo»: uno de los aportes disonantes de Lanxin Xiang (18): mientras se pregona la «comunidad de destino compartido», el lenguaje diplomático real es altamente asertivo y confrontativo ante cualquier cuestionamiento externo. El voltaje de esta agresividad en la réplica quizá revela la inseguridad del sistema ante las interpelaciones del liberalismo occidental. De allí se deriva el ocultamiento de problemas estructurales internos como la corrupción, los monopolios estatales, la represión de las minorías étnicas y la persecución de los defensores de los derechos humanos.

Y Lanxin Xiang asegura:

«El problema fundamental del sistema político chino hoy en día es que carece de una base de legitimidad sólida. El Partido ha intentado casar el marxismo-leninismo, que es una importación extranjera fallida, con el confucianismo tradicional, creando un híbrido que no convence a nadie. En lugar de una verdadera gobernanza basada en la virtud o el mandato popular, lo que vemos es un sistema de control tecnocrático y vigilancia masiva. Al destruir el espacio para el debate intelectual y reemplazar la cultura política con un nacionalismo emocional y agresivo, Pekín está arriesgando no solo su estabilidad interna, sino también su posición en el mundo, al alejarse de la verdadera esencia de la civilización china» (19).

Esta pléyade de observaciones rupturistas respecto al Partido Comunista Chino (PCCh), refractario a cualquier tipo de crítica, es nutrida también por Cai Xia, politóloga y exmiembro del Partido, hoy exiliada en Estados Unidos. Cai critica a Xi Jinping en su destacado artículo «La debilidad de Xi Jinping» (Foreign Affairs, 2022), donde denuncia el rechazo a toda liberalización política para ejercer un control total. A esta posición se suma Teng Biao, activista de derechos humanos, fundador del movimiento «Ciudadanos de a Pie» y exprofesor de la Universidad de Política y Derecho de Pekín. Asimismo, Minxin Pei, profesor de Gobierno en el Claremont McKenna College, en su obra «El sueño chino roto», denuncia la corrupción sistémica dentro del PCCh. Finalmente, destaca Xu Zhangrun, exprofesor de Derecho en la Universidad de Tsinghua, destituido por ensayos críticos como Cuando la furia se convierte en miedo, donde denuncia el autoritarismo, la eliminación de los límites de mandato de Xi Jinping y una burocracia dócil. Xu Zhangrun permanece en suelo chino bajo estricta vigilancia.

La China de la briosa vastedad, la de los mas de mil millones de humanos, respira el aire denso de su contradicción: una enérgica economía ..del bienestar que convive con el monopolio del poder de un Partido Único que quiere serlo por siempre.

4. India

Los ríos y las selvas llegan hasta las aldeas y las ciudades. También toda la sabiduría, el progreso y el dolor se esparcen por la geografía del subcontinente indio. Su singularidad también da forma a su especial concepción del mundo: una mezcla entre realismo y ecos de un ancestral idealismo místico que se traduce, principalmente, en la retórica de buenas intenciones de su modo de relacionarse con el exterior, salvo con sus vecinos problemáticos como Pakistán o China.

La India emerge independiente luego de un siglo de dominación colonial. Gandhi y sus formas de resistencia debilitan al león británico. En el modo de resistencia no violenta ya aflora un proceso cultural continuo hasta la fecha en la vasta India; sus prácticas políticas clave son una continuidad de su filosofía y pasado ancestral. La doctrina budista de la no violencia guía la mentalidad estratégica y las acciones de Gandhi para derribar, con lenta inflexibilidad, los muros de piedra que se le oponían. Luego de la independencia en 1947, y por su Constitución de 1950, se establece un Estado federal compuesto por 28 estados y 8 territorios. La India se convierte así en la democracia más poblada del mundo; otro gigante asiático como China, pero en este caso democrático: bajo la forma de una república democrática federal inspirada en el sistema bicameral del modelo de Westminster, con un presidente y un primer ministro.

En sus primeras décadas de vida independiente, las turbulencias internas y en las fronteras por el conflicto con Pakistán en varias guerras. En una de ellas, en 1971, Pakistán consiente la independencia de Bengala Oriental y el nacimiento de Bangladesh, con capital en la multitudinaria y caótica Daca. También comprende el peligro de su otro vecino chino, con el que protagoniza un conflicto fronterizo en 1962. En 1920, hay nuevos roces..

La concepción del mundo ancestral de la India se compenetra continuamente con sus estrategias de política exterior y, quizás más exactamente, con la retórica de la misma. Una de ellas es la de Vishwaguru o «Maestro del Mundo» («Maestro Global»). La autoestima de su filosofía profunda milenaria alienta a una India que proyecta una imagen internacional global como modelo de sabiduría que ofrece soluciones a nivel de salud, armonía espiritual y cooperación. Estas soluciones a crisis actúan como un gesto de «poder blando» (soft power). La tradición del yoga, el Ayurveda y el Vedanta son los círculos de energía y filosofías inveteradas que, actualizadas en el presente, ofrecen respuestas a las crisis. El capital de la filosofía espiritual hindú se aúna con el respeto a la democracia, posicionando a la India como una fuerza cultural capaz de influir en un mundo disonante y fragmentado.

La doctrina Vishwaguru fue acuñada por el primer ministro Narendra Modi; una de las vigas de una geopolítica que busca mediar entre el Norte global y el Sur Global, consolidando su emplazamiento como líder de los países en desarrollo.

La proclamación del Vishwaguru fue rectificada hacia otra declaración: la India como Vishwamitra, el «Amigo del Mundo», para matizar la anterior impresión de arrogancia jerárquica. Pero quizás el punto cúspide de la política exterior de la India, cimentada en su concepción del mundo heredada de su filosofía abismal, es la doctrina Vasudhaiva Kutumbakam: «El mundo es una sola familia». Esta frase es la columna vertebral de su diplomacia actual. En la cumbre del G20 de 2023, presidida por la India, resuena como el mantra geopolítico que ansía la unidad global y la cooperación por sobre el conflicto.

En un sentido más visceral, aquí bulle la influencia milenaria de los Upanishads («sentarse cerca de un maestro»), la colección de textos sagrados escritos entre los años 800 y 400 a. C. Estos textos representan el final de los Vedas (de ahí el nombre de filosofía Vedanta) y son una fusión entre ritualidad religiosa y una fina filosofía especulativa de resonancias metafísicas. En ellos relumbran las ideas del Samsara (ciclo de reencarnación), el Karma (acción y consecuencia que condiciona las nuevas existencias) y el Dharma (orden cósmico) (20).

Vasudhaiva Kutumbakam no es solo un lema; es un emergente claro de los Upanishads y su idea de la unidad en la diversidad y la responsabilidad universal. Si el mundo es una sola familia, el bienestar individual está ligado a la prosperidad general, incluyendo a los animales y a la naturaleza. Esta lógica de bienestar global permite maniobrar una política internacional que trasciende el ego grupal, superando la fractura entre el «nosotros contra ellos». En la mencionada reunión del G20 se propuso: «One Earth, One Family, One Future» (Una Tierra, una familia, un futuro). La forma más directa de esta fuerza de unidad se asocia con una «diplomacia de la salud» y la donación de ayuda médica bajo la premisa: «Nadie está a salvo hasta que todos estén a salvo».

La sabiduría de los Upanishads guía hacia un estado de conciencia que comprende que el ser humano está imbuido de un Atman (alma o energía espiritual) que reside en todos. Bajo la idea de que «todos somos lo mismo», dañar al otro es dañarse a uno mismo. El mundo entero es una sola familia que incluye a la naturaleza y a la materia (el principio de Prakriti). Para la espiritualidad india, proteger un río o un árbol es cuidar a un miembro de la propia familia. Esta herramienta de poder blando (soft power) transparenta por qué la India no toma partido en la guerra Rusia-Ucrania e intenta ser un puente entre el bloque occidental y el Este.

Paz global, coexistencia armónica, solidaridad y aceptación proactiva ante el cambio climático. Pero, ¿Cómo armonizar toda esta proclamación de paz con la realidad de sus conflictos sangrientos con China y Pakistán? O su fuerte desarrollo de un energía nuclear de un un uso militar disuasorio? (21)

. En su visión de futuro, la India proyecta la Viksit Bharat: la meta de una India completamente desarrollada para 2047, coincidiendo con el centenario de su independencia. Su objetivo interno es que el subcontinente se convierta en una de las tres economías con mayor PBI del mundo, alcanzando el estatus de nación de ingresos altos. Este ambicioso plan propone una redefinición de las estructuras sociales mediante una nueva «doctrina de secciones» o pilares de desarrollo, diseñada para superar la segmentación jerárquica de la India védica que aún persiste en sectores rurales. Se trata de las «cuatro castas del desarrollo»: los Yuva (jóvenes), enfocados en la vanguardia de la IA, robótica y semiconductores; los Garib (pobres), con el objetivo de pobreza cero; las Mahilayen (mujeres), impulsando el liderazgo femenino en la estructura social; y los Annadata (agricultores), mediante la modernización técnica del campo como la «cesta de alimentos del mundo».

En el plano externo, la dinámica de la política exterior de la India se mantiene conectada con su identidad estratégica ancestral a través de la Teoría del Mandala de Kautilya. Kautilya (350-283 a. C.), también conocido como Chanakya, fue el gran estadista y consejero de Chandragupta Maurya, fundador del Imperio Maurya y primer unificador del subcontinente. La Teoría del Mandala de Kautilya representa una de las primeras formulaciones de realismo político en la historia, anticipándose por siglos al realismo occidental de Maquiavelo. Esta teoría describe una estructura de círculos concéntricos de aliados y enemigos naturales basada en la posición geográfica.

Como complemento táctico para navegar este Mandala, Kautilya propone en su tratado Arthashastra (Tratado sobre la prosperidad y el arte de gobernar), la teoría del Rajamandala (el círculo de los estados): las Seis Políticas (Shadgunya). Estas son las herramientas de acción directa del Estado: 1) Sandhi (Paz/Tratado), establecer alianzas si el enemigo es más fuerte; 2) Vigraha (Guerra/Hostilidad), si el enemigo es más débil; 3) Asana (Neutralidad), mantenerse a la espera si las fuerzas están equilibradas; 4) Yana (Marcha/Preparación), movilización militar inminente; 5) Samshraya (Alianza/Protección), buscar el amparo de un poder superior; y 6) Dvaidhibhava (Doble política), la capacidad de hacer las paces con un frente mientras se mantiene la hostilidad en otro. Esta combinación de pragmatismo y sabiduría ancestral permite a la India actuar hoy como un actor global autónomo y multialineado.

 Kautilya atiende a la incidencia del factor geográfico en la concepción estrategia de las alianzas convenientes:

«El rey que se encuentra en un territorio vecino debe ser considerado como un enemigo, y aquel que se encuentra más allá del vecino (el vecino del enemigo) debe ser considerado como un amigo» (22).

Otra influencia modélica en la política exterior de la India surgida de su sustrato cultural atávico es el Chanakya Niti, una colección de aforismos y máximas atribuidas a Chanakya (Kautilya).

Un consejo de Chanakya en esta obra es, por ejemplo: «La rectitud (Dharma) es lo único que acompaña al hombre incluso después de la muerte; todo lo demás perece con el cuerpo«. (23). Mientras el Arthashastra rezuma estricto realismo de Estado, en el Chanakya Niti mana la sabiduría de la India. Un saber que enseña que la riqueza, la familia y el estatus son ráfagas pasajeras de viento, «perecen con el cuerpo». La riqueza del Estado (Artha) es esencial, pero no la del individuo. El desapego es señal de inteligencia, saber que lo transitorio colapsará en un leve quejido alguna vez. Desde este trasfondo filosófico, el líder debe gobernar para el bienestar de sus gobernados y no para su autoglorificación. Ya Chanakya, Kautilya, en su otra obra, Arthashastra, asegura que: «En la felicidad de sus súbditos reside la felicidad del rey». Y lo único que trasciende de una persona es su integridad moral, el camino correcto, el Dharma. Y dharma es un concepto sánscrito en el hinduismo y el budismo, que alude a la adecuación al «orden natural», la «ley cósmica», a lo que entra en armonía con lo debido, correcto.

Estas enseñanzas pertenecen a la época del Imperio Maurya, cuyo tercer emperador sería el célebre Ashoka, aquel que. tras la sanguinaria batalla de Kalinga, se convierte al budismo y defiende la no violencia (Ahimsa), principio que siglos más tarde influirá decisivamente en la filosofía de Gandhi. La India moderna de Narendra Modi busca precisamente una síntesis de ambos: el pragmatismo estratégico de Chanakya y el prestigio moral de Ashoka.

Mientras que el Arthashastra es un tratado técnico y político complejo sobre la estructura del Estado, el Chanakya Niti utiliza un lenguaje más accesible y popular. Se trata de una versión simplificada de consejos prácticos que orientan el comportamiento social, la ética individual y la sabiduría necesaria para la buena compostura de un líder. Por ello, no debe confundirse el rigor técnico del primero con la guía moral y conductual del segundo.

En la actualidad, bajo la gestión de Modi, las enseñanzas de Chanakya brillan como una gema fundamental en el centro de su estrategia internacional. La India aplica una diplomacia «chanakyana» al negarse a alinearse rígidamente con una sola potencia (como EE. UU. o Rusia); con sabiduría pragmática, prioriza el interés nacional sobre las ideologías. Apela también a la Teoría del Mandala para sopesar a sus adversarios, manteniendo la vigencia del mencionado principio «el enemigo de mi enemigo es mi amigo» para robustecer lazos con países fronterizos a sus rivales estratégicos, como China o Pakistán.

Asimismo, se cultivan los Cuatro Upayas (Métodos) como herramientas dinámicas en los vínculos internacionales. Estos métodos abarcan desde la persuasión (Sama), a través del diálogo diplomático; y los incentivos (Dana), mediante proyectos como Vaccine Maitri (donación de vacunas); hasta tácticas más severas como la división del adversario (Bheda) y el uso de la fuerza o castigo (Danda) cuando la seguridad nacional lo requiere. Estas acciones se entrelazan con el mensaje de poder blando (soft power) diplomático, reforzando el concepto de Vishwaguru (Maestro del Mundo).

Subrahmanyam Jaishankar, diplomático y político indio es el actual ministro de Asuntos Exteriores de la India. expresa la autopercepción del subcontinente asiático como país de alta gravitación civilizatoria en el mundo:

«En un mundo de realismo descarnado, la India debe elegir su propio camino. Ya no podemos ser una potencia que solo observa; debemos ser una potencia líder que asuma sus responsabilidades y proyecte su propia personalidad civilizatoria en la escena mundial. El objetivo no es simplemente encajar en un orden existente, sino ayudar a darle forma». (24).

S. Jaishankar ratifica con claridad la actual autopercepción de la India como una «potencia líder» que debe ejercitar su «personalidad civilizatoria»; es decir, su contribución para «darle forma» al mundo. Se trata de una confianza —acaso con mucho de retórica o de buenos deseos— sobre un voltaje significativo de influencia civilizatoria en el concierto global, que convive con los problemas internos derivados de las amenazas nacionalistas. En esta cuestión es significativa la posición de Pratap Bhanu Mehta, académico indio y exvicerrector de la Universidad Ashoka, quien manifiesta su preocupación por la erosión de la institucionalidad democrática bajo la sombra del nacionalismo hindú.

«La democracia constitucional se trata, en última instancia, de la domesticación del poder. El nacionalismo hindú, por el contrario, se trata de la exhibición del poder. Lo que estamos presenciando no es el fortalecimiento de la India, sino el desmantelamiento de los controles institucionales y morales que permiten que una sociedad diversa conviva sin miedo» (25).

Al regresar a la voluntad de proyección de la India como nación líder y civilizatoria, dicha confianza brota de la emancipación de un «dependencia colonial» de la modernidad occidental para encontrar su andadura propia y alternativas de lo moderno. El ensayista y novelista indio Pankaj Mishra piensa sobre emancipación «intelectual y psicológica» respecto a Occidente:

«El surgimiento de Asia no es simplemente un evento económico; es un vuelco intelectual y psicológico contra el dominio de Occidente. Los pueblos de Asia han descubierto que las instituciones y los valores occidentales no son universales, y que deben excavar en sus propias tradiciones y experiencias para encontrar su propio camino hacia la modernidad» (26).

Mishra postula el fin de la hegemonía intelectual de Europa y EE. UU. Un estado de descolonización, que ya no necesita la aprobación de Washington o Londres. La validación es una línea de tiempo que conecta el presente con los Upanishads. Pleno auto-centramiento de la India, en este caso, en su propia cosmovisión aunada a sus raíces culturales ancestrales. El contexto de reanimación de la India como otro Estado- Civilizacíón deseoso verter su influencia en la arena global de las relaciones internacionales contemporáneas.

Como poderosas potencias asiáticas nacidas del río Amarillo y del Ganges, China y la India despliegan sus alas con una ambición cada vez más enérgica, sobrevolando el mundo como el complejo valle de los conflictos.

CITAS;

(14) Ver China, el gran dragón Primera parte y China, el gran dragón Segunda parte

(15) El filósofo chino Zhao Tingyang propone una reconfiguración del orden global basada en la recuperación del concepto ancestral Tianxia (‘Todo bajo el cielo’). Este concepto funciona como sustento de un proyecto de orden global que busca superar el sistema actual de Estados-nación, al que considera una fuente continua de conflictos y egoísmo nacionalista. Para Zhao, el sistema Tianxia no es simplemente un término geográfico, sino el ‘mundo’ concebido como la unidad política más importante. Sería un camino de salida a la lógica occidental de ‘nosotros contra ellos’. En esta teoría, no hay enemigos externos; el Tianxia se basa en la ‘no-exclusión’, donde prima una comunidad mundial interdependiente. Aceptar la coexistencia de diferencias orienta el sistema mundial hacia la armonía y los beneficios compartidos. Desde esta mirada, la ONU atiende a los intereses de los Estados-nación antes que a un interés mundial genuino. Zhao también habla de una ‘democracia inteligente’ como alternativa a la democracia representativa tradicional occidental, a la cual acusa de ser vulnerable a la manipulación, al populismo y a la ‘dictadura de la mayoría’. La ‘inteligencia’ del sistema consiste en tomar decisiones técnicamente sólidas para generar estabilidad y bienestar general. La cuestión no es solo sumar votos, sino priorizar la racionalidad y el conocimiento en la toma de decisiones.

(16) Jiang Shigong, «Filosofía e Historia: Interpretando la ‘Era de Xi Jinping’ a través del informe de Xi al XIX Congreso Nacional del PCCh», publicado originalmente en chino en enero de 2018 y ampliamente difundido en Occidente a través de traducciones como las de Reading the China Dream

(17) Carl Schmitt (1888–1985) fue un jurista, teórico político y filósofo alemán, una de las figuras más influyentes y polémicas del pensamiento contemporáneo. Fue autor de obras fundamentales como La dictadura (1921), Teología política (1922), El concepto de lo político (1932) y Teoría del partisano (1963). Crítico feroz del liberalismo y del parlamentarismo, denunció sus ‘discusiones infinitas’ como mecanismos incapaces de tomar decisiones reales y apremiantes. Es conocida su controvertida participación en el régimen nazi como el ‘jurista de cabecera’ (Kronjurist) del Tercer Reich. En su pensamiento, Schmitt se distancia del formalismo jurídico para centrarse en la realidad existencial de la política: para él, lo político se define por la distinción entre amigo y enemigo. Lo político es un vector de intensidad capaz de aglutinar a las personas bajo los términos de ese enfrentamiento. Su conocida tesis afirma que ‘soberano es quien decide sobre el estado de excepción’: el mero derecho formal no puede prever ni resolver las crisis extremas; el verdadero poder reside en quien posee la autoridad para poner entre paréntesis las normas y restablecer el orden. Asimismo, es muy significativa su afirmación de que los conceptos modernos del Estado son versiones secularizadas de una teología heredada: el soberano con poderes omnipotentes es el duplicado político de la idea de la omnipotencia divina. Jiang Shigong se apropia de estas categorías de Schmitt para fundamentar teóricamente la defensa del orden político chino actual

(18) Xiang Lanxin es académico e historiador chino, experto en relaciones internacionales y seguridad en Asia Oriental. Lo distingue su posición de intelectual «liberal» en la realidad política china actual. Su visión de China es crítica, pero a su vez patriótica.

(19) Lanxin Xiang, The Quest for Legitimacy in Chinese Politics: A New Interpretation (2019), y desarrollada en diversas entrevistas y ponencias en centros como el Center for Strategic and International Studies (CSIS)

(20) Sobre la India, en este sitio, también hemos publicado un extenso ensayo sobre su cultura en varios aspectos: Curiosidad por la India . Y es una lectura clásica sobre las filosofías de la Antigua India: Heinrich Zimmer, Filosofías de la India, Editorial Eudeba,

(21) A fecha de abril de 2026, el arsenal nuclear de la India continúa en una fase de modernización acelerada y expansión estratégica. Según estimaciones recientes de instituciones como el SIPRI y la Federación de Científicos Americanos (FAS), India posee aproximadamente 190 ojivas nucleares. La Tríada Nuclear: India ha consolidado su capacidad de lanzar ataques nucleares desde tierra, aire y mar. India ha superado a Pakistán en número de ojivas, añadiendo aproximadamente ocho nuevas unidades anualmente en los últimos años (pasando de 172 en 2024 a 180 en 2025, y alcanzando las 190 actuales).

(22) Kautilya, Arthashastra, Libro VI («La fuente de los elementos de los Estados»), Capítulo 2.

(23)  Chanakya Niti, Capítulo 5, Verso 18 (en diversas traducciones y ediciones como las de B.K. Chaturvedi o Ashwani Kumar Aggarwal).

(24) Subrahmanyam Jaishankar, discurso pronunciado en la Ramnath Goenka Lecture (Nueva Delhi, noviembre de 2019), titulado «Beyond the Delhi Dogma: Indian Foreign Policy in a Changing World».

(25) Pratap Bhanu Mehta,«The Age of Impunity» (La era de la impunidad), en The Indian Express, mayo de 2019 (Mehta es columnista habitual de este diario, sus textos expresan crítica liberal en la India.

(26) Pankaj Mishra, De las ruinas de los imperios: la rebelión contra Occidente y la metamorfosis de Asia (2012).

(Aclaración: En última parte a publicar aquí de este ensayo, se incluirá la bibliografía)

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