El soldado de Capdenac

Texto Esteban Ierardo, fotos Laura Navarro

Izquierda, el río Lot, desde el puente que conduce a la parte donde se encuentra el camino hacia la parte alta de Capdenac; derecha, vista de la ciudad desde la parte alta medieval.

Llegamos a Capdenac, en el sur francés. En su parte alta, en su cementerio, encontramos la tumba de un joven soldado caído en la Primera Guerra Mundial. Un viaje y las impresiones en torno a ese hallazgo.

NO ES UN DÍA MÁS aquel en el que llegamos a Capdenac, en el sur de Francia. Subimos al tren en Figeac. Una sola estación y ya nos movemos bajo un andén, cubierto por un techo metálico a dos aguas. Entramos en la sala central. Vemos una inmensa foto, en blanco y negro. Muestra a varios personas junto a la estación a comienzos del siglo XX.

Sentimos extrañeza frente a esos seres. Vivieron su tiempo con pasión. Ahora son solo una huella fantasmal de un pasado irrecuperable. Un ejemplo de la magia del arte de la fotografía y su captura de los instantes.

Y salimos afuera. Sabemos el camino. Avanzamos hacia la izquierda. Al final, una extensa calle que, seguimos hacia la fluida belleza del río Lot. El sol aún no ha llegado a su cénit. Su energía radiante hace renacer todas las formas. Todo brilla. Nos sentimos rejuvenecidos.

Atravesar el río no es solo eso: es intentar escuchar el misterio de lo que dice el agua en movimiento, lo que sabe sobre el viento, el sol y la noche, y lo que los humanos no saben sobre ellos mismos. Del otro lado, una calle que asciende levemente. Nos lleva hasta un desvío. Doblamos. Subimos por un suelo pavimentado. Un perro ladra colérico. Le inquieta nuestra presencia. Por un momento, no estamos seguros de por dónde seguir. Preguntamos a un lugareño. El amable señor nos indica la dirección para evitar la confusión.

Traspasamos una cerca. Con paso firme remontamos una verde lomada. A un costado, piedras y paredes de roca. El sendero se hace más empinado. Finalmente, arribamos a una calle estrecha. Caminamos unos pasos. A la izquierda, vemos un modesto museo, en la parte baja de un edificio que alberga también una tienda.

Más adelante aparecen otras casas, cada vez más antiguas, con paredes por las que, a veces, se descuelgan mechones de hojas de enredaderas. Llegamos hasta la zona central del alto Capdenac, la parte medieval. Abajo, reposa la ciudad más moderna, Capdenac-Gare, cuyo origen data del siglo XIX, e impulsada por el desarrollo del ferrocaril, y circundada por el encantado valle del Lot.

Exploramos un círculo rodeado por un hotel. Una iglesia. Otras casas. Y un mirador que regala la magnética imagen del río Lot y del bajo Capdenac. A la izquierda, se distingue la estación a la que arribamos, con su gran techo. Vemos un tren que emerge de la estación como si abandonara una cueva.

Cerca, un cartel recuerda que, donde estamos, hace miles de años el humano ya respiraba y se abocaba al duro destino de sobrevivir. Una fotografía muestra una estatuilla encontrada en la zona: una antigua Venus, esos seres femeninos recónditos y enigmáticos de formas arquetípicas, vientres ensanchados, signo de la abundancia de lo que genera la vida (1).

Con Laura, escuchamos a algunas escasas personas que merodean cerca, en un área con una recreación en madera de un pesebre y algunos juegos. De vez en cuando, el sonido disonante del motor de un automóvil o una moto raspa el aire.

Cuando decidimos sustraernos del paisaje, avanzamos hacia la otra parte de la región alta. Entramos a la iglesia, pequeña, con sólidas paredes de piedra, con su puerta entreabierta. Dentro, sentimos que ese lugar recibe desde hace siglos almas solitarias que buscan algún consuelo. Unas modestas sillas de madera pueblan la nave hacia el altar. Detrás, se acomoda un discreto retablo de la época renacentista. Unos escasos vitrales permite la entrada de la luz. Vemos un cuadro, con una inscripción borrosa en su margen inferior derecho, que quizá alude a Géraud d’Aurillac (San Geraldo), una de las figuras más prominentes del sur de Francia en la Alta Edad Media, de origen noble, primero caballero, luego santo, que se estima originario de la nobleza local cercana a Capdenac.

Salimos del pequeño recinto religioso. Distinguimos El Donjon, una torre del siglo XIII, resto de una antigua fortaleza. Y, no muy lejos, al bajar por unos peldaños, una fuente romana. La presencia de los romanos también aquí. Sus huellas están por todas partes (2).

Y en un costado de la iglesia, vemos un estrecho corredor que conduce hacia el cementerio. Avanzamos entre macizas tumbas. Al dar una vuelta en ‘U’, al volver sobre nuestros pasos, el descubrimiento: allí está Georges, un joven soldado que no sobrevivió a la Primera Guerra Mundial.

Millones de seres dejaron de latir entre las trincheras de lodo, ratas, desesperación. Millones. Pero al que descubrimos aquí es a Georges: Georges Couybes. Y vemos su lápida de mármol y, debajo, una placa con su fotografía tomada, seguramente, antes de partir al frente. Es un joven con el bigote exigido por su tiempo, y uniforme militar, miembro del 153.º de Infantería. Y placa, bajo la lápida, agrega que Georges cayó el 1 de julio de 1916. Tenía 20 años.

Georges Couybes, el soldado de Capdenac, murió el primer día de la Batalla de Somme, en la Primera Guerra Mundial. En el cementerio de Aberdeen, en el norte de Escocia, también dimos con la tumba de un joven caído en la Gran Guerra.

Placa en la tumba del soldado francés de la Primera Guerra Mundial que encontramos en la parte alta de Capdenac.

Busco información sobre Georges. Descubro que se lo menciona en los archivos históricos franceses y en el Archivo General del Palacio en España. Su nombre completo era Georges Fernand Couybes. Nació el 27 de mayo de 1896 en Capdenac, departamento de Lot, hijo de Jean Couybes y Marie Couderc.

Gerges era soldat de 2ème classe (soldado de infantería de segunda clase). Murió el 1 de julio de 1916 en Maricourt, en el departamento de Somme. Fue el primer día fatídico de la Batalla del Somme, sin dudas una de las más sangrientas y asesinas de la historia. Georges murió por heridas de guerra durante el combate.

Esta información, milagrosamente preservada, proviene de un expediente sobre él en la Secretaría Particular del Rey Alfonso XIII en España. El monarca, al mando de un país neutral, creó una oficina humanitaria para buscar a desaparecidos o prisioneros a pedido de las familias.

La familia de Georges, efectivamente, pidió ayuda. Durante meses, sus padres no tuvieron ninguna noticia de él; por eso, como muchas otras familias, recurrieron a la embajada española para intentar averiguar si estaba vivo o si era prisionero en Alemania. En el archivo real español consta un intercambio de cartas y gestiones realizadas entre octubre de 1916 y marzo de 1917.

Aparentemente, Georges fue finalmente encontrado. Ahora reposa en el completo olvido en la parte alta de Capdenac, al igual que otros soldados cuyos nombres dorados esculpidos lucen en un obelisco negro erigido por la comuna, para honrar a los caídos de Capdenac en la Primera y la Segunda Guerra Mundial.

Aquella Batalla del Somme se extendió del 1 de julio al 18 de noviembre de 1916 en el valle del río Somme, Picardía (norte de Francia). Más de un millón de hombres, en su gran mayoría jóvenes, terminaron muertos, heridos o desaparecidos entre el bando franco-británico y el alemán. Los Aliados pagaron con muerte a granel el avance de tan solo 10 kilómetros entre lodo y trincheras. A este alto costo, lograron desgastar las reservas alemanas.

Ya el primer día de batalla, los británicos murieron masivamente. Su artillería no debilitó la resistencia teutona. Sus ametralladoras escupieron su metralla a casi toda su potencia. Así, casi veinte mil hijos de Gran Bretaña cayeron definitivamente el primer día. Las madres de todos la bandos, como si fueran una sola Gran Madre, llorarían luego la muerte innecesaria de las vidas nacidas de sus vientres. Las guerras aniquilan los seres que nacen desde el misterioso prodigio de la generación. Un rotundo milagro: la procreación, la gestación, el parir y el alumbramiento. El surgir de un nuevo ser a mundo extraño. Un épica en el aparecer de la nueva vida para que luego los cadáveres, que alguna vez recibieron las caricias de un madre, sean alimento para las aves de carroña en los campos sin amor. La masacre de las contiendas, que la mayoría, sino todas, serían evitables si la mente evolucionara hacia la sabiduría que supera la división y la desconfianza.

Y el bombardeo de artillería fue tan infernal que luego, entre los sobrevivientes, se percibió el shell shock, la hoy llamada fatiga de combate o estrés postraumático. Y los franceses sufrieron alrededor de 1.600 bajas, muchas menos, porque su artillería socavó mejor la capacidad de respuesta germana al ataque.

Pero esto no salvó a Georges en el primer día de la batalla. En esa jornada apabullada por tormentas de sangre, horror, ausencia de toda clemencia.

Todos los dioses de la guerra contemplaban desde la altura la gran devastación que empezaba. Se escuchó el silbato: la orden de salir de los huecos de las ratas y correr con sudor y locura por la «tierra de nadie», entre los zumbidos de las balas que perforaban los cuerpos húmedos e indefensos. Muchos iban cayendo en el barro.

En el último segundo, si lo tuvieron, las caídos quizá recordaron o imploraron a la madre, a la novia, a la hermana, a la tierra; los recuerdos de una infancia perdida sin remedio y sin ninguna nueva oportunidad. Nadie podía salvar a nadie. La soledad era el desierto de las ametralladoras, los cañones, los fusiles y las bayonetas caladas.

La espectral señora Muerte llegó para llevarse decenas de miles de almas arrebatadas de sus cuerpos jóvenes. Al dios de todas las guerras nada le importaban la vida joven arrancada de raíz, ya sin comunicación con el agua, el aire o la música del corazón.

Y tu corazón se apagó, Georges. En tu caída, veo y recuerdo a todos los caídos de todas las guerras.

 Con Laura volvemos a la ciudad de abajo. Atravesamos de nuevo el puente sobre el río Lot, volvemos a la calle que nos acercó a la parte alta de Capdenac. Pasamos frente a un auto estacionado en el que un padre espera con su hijo pequeño. Respiramos la vida discreta y serena del lugar.

De nuevo estamos en el andén. La estación. Esperamos el tren para regresar a Figeac. Y, a lo lejos, se ve clara la colina, y algunas casas que asoman desde Capdenac-le-Haut. Y allí sigue el cementerio, los enterrados, los olvidados. Allí sigue Georges, su tumba, la lápida, la foto de ese joven que no volvió a respirar en el Somme, en aquel día oscuro, sin piedad.

El camino que subimos para llegar hasta la parte alta, medieval, de Capdenac.

Citas

(1) Es la «Venus» de Capdenac, también llamada la diosa chasséense. Una estatuilla neolítica que despertó de su sueño de olvido al ser descubierta por el prehistoriador Jean Clottes en el yacimiento de Capdenac-le-Haut, en el departamento de Lot, en julio de 1973. La pieza prehistórica rescatada pertenece a la cultura chasséense (aproximadamente entre 3500-3000 a. C.) y esculpida en arcosa (una arenisca local)

(2) Capdenac-le-Haut es el segundo candidato a ser Uxellodunum, el sitio donde se dio la ultima resistencia galo celta ante las legiones de Julio César. La colina, el valle, el río parecen coincidir con la descripción del Libro VIII de la Guerra de las Galias de César. El otro lugar que la comunidad científica propone, y con más consenso, es Puy d’Issolud. Pero cerca de aquí, en 1864, se descubrieron unas 3.500 monedas galas. Y antes, en 1816, Jacques-Joseph Champollion, el hermano del famoso egiptólogo, también de Figeac, hizo excavaciones en Capdenac y concluyó que el lugar era, sin duda, Uxellodunum. En el museo que antes vimos, llamado justamente Uxellodunum, hay monedas y muestras de los descubrimientos. Un tema apasionante, para volver quizá en el futuro.

Tumba del soldado francés Georges Couybesy el obelisco negro con nombres de caídos de Capdenac de Primera y la Segunda Guerra Mundial.
Ya en la parte alta.
Vista de Capdenac desde la parte alta.

Deja un comentario