
El mal nos acompaña desde siempre, pero no está en las semillas, en las rocas, en los terremotos o en los huracanes. La naturaleza late fuera de nuestras categorías, de nuestra experiencia binaria de la vida entre la densa oscuridad que asfixia, manipula o mata, y el bien que abre caminos y ventanas sin rendirse.
El bien y el mal no existen para el átomo, el insecto o el corazón de la estrella. El mal encarnado en el humano es misterioso; sus causas últimas son algo más hondo que la estupidez. Pero también resulta inexplicable la fuerza que resiste al mal.
Una mentalidad extrema renuncia continuamente al don de estar vivo: cultiva el desagradecimiento ante el milagro de la propia existencia. Su meta es manchar todo con el lamento, el odio, el deseo de exterminio o el apocalipsis como única forma de escape o redención. Para este modo de asumir el mal, este es absoluto. Los momentos de tregua, de aparente amistad o de una actitud amorosa, son solo un segundo de distracción necesario para que el mal reponga sus fuerzas.
Otra mirada no exalta el mal como una suerte de misteriosa potencia cósmica, sino como algo que impone la resignación. Se puede aceptar que las olas de la vida tienen algo de cristalino, pero a condición de asumir que el mal, en algunas épocas más que en otras, nos empuja, más rápido o más lentamente al abismo. Esta posición aparentemente más matizada es más peligrosa que el mal apocalíptico. Porque en su resignación fatalista, no busca los puntos de luz dentro del mal mismo.
Es una forma de ceguera que no ve que una ventana siempre permanece abierta, no solo para iluminar el valle del dolor, sino para recordar que de donde viene la luz, lo oscuro no puede entrar; porque el frío no puede invadir ni someter el lugar de donde viene lo luminoso: la fuerza de la incansable intensidad. El mal nunca podrá cerrar esa ventana ardiente, poderosa.
Esteban Ierardo