Cassirer y el ser humano como «animal simbólico» y el mito del Estado

Por Esteban Ierardo

Ernst Cassirer (1874–1945) fue un notable pensador alemán que, por un lado, entendió al ser humano como un «animal simbólico», superando la clásica definición aristotélica del «animal racional». Por otro lado, en el último periodo de su vida escribió El mito del Estado (1946), obra en la que con gran lucidez detectó los grandes peligros del fanatismo ideológico totalitario y la endeblez del ser humano cuando queda atrapado en las redes de araña de la masificación y la pérdida del espíritu crítico.

Lo que sea la realidad siempre nos interpela. Para Kant, la realidad conocida por la ciencia necesita de un sujeto trascendental que constituya la forma del objeto; es decir, un sujeto que fija las condiciones de posibilidad a priori —lógicas y estructurales, jamás innatas o psicológicas— por las cuales el mundo puede ser observado, estudiado y conocido. Estas estructuras racionales de la conciencia cognoscente configuran el horizonte formal que el Sapiens convierte, luego, en los saberes de la ciencia.

Sin embargo, el giro decisivo lo dan los neokantianos. Para ellos, la realidad no es el constructo de un sujeto encerrado en sus propias estructuras lógicas universales, sino que se edifica desde las formas históricas de la cultura. La cultura es la que verdaderamente constituye la realidad que se conoce. Por eso, para esta postura, más urgente que una crítica de la razón pura es una crítica de la cultura. Entre los miembros de la Escuela de Marburgo destaca un pensador que leímos ya siendo muy jóvenes: Ernst Cassirer. Siempre nos pareció que Cassirer le devolvía a las formas culturales y a los símbolos un poder constitutivo que solía diluirse en la mera historia de la filosofía, en la lectura puramente literaria, o en la reducción de la mitología a un saber memorístico sobre los dioses creados por la imaginación.

En el prisma de la antropología filosófica de Ernst Cassirer, la meditación sobre el ser humano como «animal simbólico» resplandece con fuerza propia. Aristóteles nos acostumbró a que, frente a la pregunta por el hombre, la respuesta casi mecánica sea definirlo como un «animal racional». Pero Cassirer argumenta que el ser humano no se enfrenta de manera inmediata o desnuda a la vibrante y misteriosa realidad en la que nos encontramos inmersos. El Sapiens no habita un entorno puramente físico, sino un universo que él mismo dota de sentido.

Esta red de significados no es un mero filtro instrumental colocado entre nosotros y el mundo; es la trama misma que crea nuestra objetividad, plasmada en el cruce de la imaginación y el lenguaje. La cultura despliega distintos ángulos asociados a la ciencia, el mito, el arte o el derecho, pero siempre constituye un universo simbólico. A través de él, la humanidad no busca una simple optimización orgánica o cerebral para la supervivencia, sino la realización de su propia esencia espiritual y la conquista de su libertad.

En el convulso periodo de entreguerras, tras la tragedia que despedazó millones de vidas en la Primera Guerra Mundial, Cassirer buscó defender un refugio de hondura reflexiva frente a la crisis del humanismo europeo. Esta resistencia intelectual guía la escritura de su Filosofía de las formas simbólicas (1923–1929), su obra cumbre. Desde este horizonte antropológico, comprendemos a los seres humanos no como receptores pasivos del mundo, sino como creadores activos de los modelos envolventes con los que configuran y ordenan, desde el símbolo, toda la experiencia de la existencia.

El encuentro de Davos, el exilio, y la Biblioteca de Warburg

Interior de la Instituto Warburg en Londres (Foto; Hufon Crow)

La mente humana organiza simbólicamente el mundo en la primera capa del mito y la religión con una impronta pre-lógica y una fuerza emocional. Más allá del giro lingüístico típico de otras corrientes del pensamiento del siglo XX, para Cassirer el lenguaje es una mediación ineludible para la conceptualización y el ordenamiento de la realidad objetiva, pero no la única. La incorporación de la intuición a la visión del mundo apela al arte y a su sensibilidad estética. Finalmente, en la mayor elevación conceptual, la ciencia descifra el universo mediante las matemáticas y las leyes de las ciencias naturales.

El neokantismo humanista de Ernst Cassirer valoriza la construcción cultural como el gran poder organizador del mundo que habitamos. Entre el 17 de marzo y el 6 de abril de 1929, en el llamado debate de Davos, en Suiza, la visión de Cassirer, quien ya era rector de la Universidad de Hamburgo, se enfrenta en una confrontación intelectual con la filosofía existencialista y ontológica de Martin Heidegger.

El filósofo neokantiano cultiva un optimismo de la razón por el cual, mediante la cultura y la dimensión simbólica, el ser humano supera sus limitaciones físicas. En principio, el sujeto pertenece a un solo lugar, a una parte minúscula de todo el espacio posible; pero, a través de lo simbólico, la mente se emancipa de lo inmediato, lo local y lo particular, proyectándose hacia lo universal.

Por su lado, la lanza heideggeriana se hunde, en cambio, en la finitud de la existencia, en el derrotero hacia la muerte y la carencia de un sentido universal y consolador. Lo trágico existencial es el ser humano (Dasein) arrojado al «ser-en-el-mundo». Ninguna razón universalista puede guiarlo o salvarlo de la angustia. El estilo críptico de Heidegger, con su radicalismo visionario, encandila a muchos jóvenes intelectuales presentes. Creen que el verbo filosófico del pensador de Ser y tiempo había refutado las argumentaciones de Cassirer. Entre esos jóvenes se encuentran Emmanuel Levinas, Rudolf Carnap y Herbert Marcuse. Todos ellos luego se alejarán del genio de Friburgo, no tanto por su filosofía teórica, sino por su adhesión al nazismo. Una oscura fidelidad que Heidegger intentó mitigar o encubrir durante toda su vida. Además, en ese momento, la devastación de la Primera Guerra Mundial predispone al escepticismo respecto al progreso ilustrado y a la seducción de lo trágico. En las posiciones de Heidegger, Cassirer ya entreve el peligro de un irracionalismo que dinamita el poder de la razón como sostén para el diálogo, la libertad y la confianza en los gobiernos democráticos.

Luego de la reunión de Davos, el humanismo de Cassirer se hunde en el olvido por mucho tiempo. Como otros intelectuales judeoalemanes, escucha con claridad los sonidos de los cuernos nazis de la muerte y el antisemitismo. Renuncia a su cargo de rector en 1933 y se exilia primero en Inglaterra, en la Universidad de Oxford. Luego, en 1935, se traslada a la Universidad de Gotemburgo en Suecia. Al temer que la neutralidad sueca pueda colapsar por la amenaza nazi durante la Segunda Guerra Mundial, emigra en 1941 a Norteamérica. Imparte clases en la Universidad de Yale y, a partir de 1943, en la Universidad de Columbia en Nueva York, donde fallece en 1945 debido a un paro cardíaco dentro del propio campus.

Cuando Cassirer llega a Hamburgo en 1919, mantiene un importante vínculo con la Biblioteca Warburg de Estudios Culturales, fundada por el historiador del arte Aby Warburg. El único principio organizador de la biblioteca era la «Ley de la buena vecindad» (Gesetz der guten Nachbarschaft). Los libros no se organizan por orden alfabético, cronológico o de materias clásicas, sino según sus conexiones internas latentes: un tomo sobre astrología medieval se ubica junto a uno de medicina o poesía del Renacimiento. El encuentro de Cassirer con esta extraordinaria biblioteca implica una revolución conceptual; sin buscarlo, halla el puente para pasar del kantismo abstracto de la Crítica de la razón pura a su obra definitiva: la Filosofía de las formas simbólicas.

Dentro de la biblioteca, Cassirer experimenta una sensación de laberinto, pero no como una multitud confusa, sino lo laberíntico como un subyacente orden invisible. El orden de los libros por temáticas afines y relaciones transversales se le aparece como una evidencia del procesamiento de las emociones y pensamientos a través de las imágenes simbólicas generadas durante la historia.

Para Aby Warburg las experiencias antiguas muy profundas, tales como los rituales, los monstruos y el miedo atávico a los astros, regresan y sobreviven a través de las imágenes del arte del Renacimiento. Para Warburg, los símbolos no son meros signos abstractos, sino vehículos de una Pathosformel (fórmula de la emotividad): configuraciones visuales cargadas de una energía emocional heredada y parte de una memoria colectiva. Esta noción impacta directamente la filosofía de Cassirer, le da un giro antropológico vital. Se convierte en una inspiración filosófica por la que transforma la idea abstracta de la «razón» kantiana en un estudio sobre las funciones de la mente humana. Las formas simbólicas son ahora los moldes estables mediante los cuales el espíritu humano procesa el caos de las impresiones sensibles y lo transforma en cultura, arte y lenguaje. Ya no se trataba solo de hacer historia del arte, sino de comprender el modo en que la mente humana da sentido y ordena la realidad mediante símbolos que actúan como fuentes de significado.

Aby Warburg abandona la dirección de la biblioteca por largos períodos debido a sus recaídas psiquiátricas en hospitales; en esos momentos, Fritz Saxl lo reemplaza. De hecho, Warburg permanece internado entre 1921 y 1924, y convence a sus psiquiatras de su recuperación dictando a todo el personal del hospital una conferencia titulada «El ritual de la serpiente», en la que analiza el valor de los símbolos a través de imágenes de los indios Pueblo, de un viaje que hizo a Nuevo México, Estados Unidos, en 1895. Aquí asegura:

«Los Pueblo viven entre el mundo de la lógica y el de la magia, y su instrumento de orientación es el símbolo. Entre el hombre salvaje y el hombre que piensa, está el hombre de las interconexiones simbólicas».

Las «interconexiones simbólicos» son el puente hacia un ordenamiento humano del mundo. Cassirer siempre cultiva una esencial resonancia con el círculo de la biblioteca y defiende la idea de que la cultura es un proceso continuo de liberación a través de las formas simbólicas.

Con el oscuro fuego nazi propagándose en Alemania desde 1933, la Biblioteca Warburg corría el riesgo de ser quemada o confiscada. Pero en una histórica operación de rescate intelectual, la biblioteca entera (más de 60.000 libros y miles de fotografías), en secreto, sus miles de volúmenes son enviados en barcos a Londres (1).

Luego de su exilio, la gran locura nacionalsocialista mueve el timón de las reflexiones de Cassirer hacia el análisis directo de la manipulación política. Así, de forma póstuma, aparece su obra El mito del Estado (1946), un esfuerzo por entender cómo el legado de la modernidad occidental se derrite en las fraguas letales de la irracionalidad política de los totalitarismos, reactivando de forma perversa los mitos políticos que la razón ilustrada creía haber superado. También, para difundir sus teorías previas en el ámbito anglosajón, escribe en el exilio su célebre Antropología filosófica (1944).

Entre la Filosofía de las formas simbólicas y la Antropología filosófica.

La obra cumbre de Ernst Cassirer, Filosofía de las formas simbólicas (publicada en tres tomos entre 1923 y 1929), redefine el concepto de razón kantiana.

Cassirer afirma que el ser humano no tiene acceso directo a la «realidad objetiva», sino a través de símbolos. Pero esto no significa que la realidad en sí sea misteriosa, oculta y equivalente a la «cosa en sí» o noúmeno kantiano. Para Kant, todavía existía un mundo de objetos «allí afuera» (el noúmeno) que estimula nuestros sentidos pero que no podemos conocer. En cambio, Cassirer ya interactúa con la física matemática del siglo XX (como la teoría de la relatividad), la cual entiende que el ser no es una sustancia estática, sino una función creadora. No hay un «núcleo duro» de la realidad escondido detrás de los símbolos. La realidad no es lo que está debajo de las formas, sino el proceso mismo por el cual la mente humana da forma al mundo. El noúmeno kantiano se disuelve en las formas de la cultura, en sus símbolos; por lo tanto, el neokantismo cultural de Cassirer actúa como una suerte de idealismo alternativo.

Ya no hay límites para el conocimiento, sino que cambia la definición de lo que es «real»: la realidad objetiva ya no es un mundo físico-material independiente del hombre, sino una realidad cultural y humana. Un cuadro de Rubens, una ecuación de Niels Bohr o un mito griego no «velan» la realidad, sino que vibran como la verdad misma en su manifestación a través de diferentes lenguajes. La «realidad» es la construcción cultural del animal symbolicum mediante los símbolos, los cuales involucran al mito, al arte, y a las leyes naturales y matemáticas a las que se accede desde las ciencias. El sujeto ya no «copia» nunca una realidad preexistente, sino que le «da forma». Por todo esto, en su La filosofía de las formas simbólicas, Cassirer manifiesta:

«La crítica de la razón se convierte así en una crítica de la cultura. Trata de comprender cómo todo contenido de la cultura, en tanto que es un contenido espiritual, en tanto que es una forma de expresión del espíritu, presupone un acto originario del propio espíritu.»

Fuera del universo simbólico del «propio espíritu» no hay un noúmeno kantiano independiente e incognoscible. No hay sustancias, solo funciones o formas simbólicas. Ya antes, en Sustancia y función (1910), Cassirer había planteado el paso de la realidad concebida como sustancia a lo real concebido como función. En la filosofía clásica griega, en su explicación del proceso del conocimiento, Aristóteles parte de una realidad compuesta por sustancias estáticas. Cassirer propone sustituir este esquema tradicional por el modelo de la función matemática; de este modo, ya no existen sustancias individuales e aisladas, sino la posición y relación de los elementos dentro de un sistema estructural.

El conocimiento no es una representación pasiva de las cosas (un realismo representativo), sino un saber sobre leyes entendidas como relaciones continuas. La materia se organiza mediante una función relacional del entendimiento, no a través de los datos puros de los sentidos. La mecánica cuántica y la relatividad también contribuyen a concebir que el espacio y el mundo subatómico no se ordenan en objetos estáticos, sino en funciones y campos de fuerza. Esta apreciación científica de la realidad como función es trasladada por Cassirer a toda la cultura humana en su Filosofía de las formas simbólicas. Así, el lenguaje, el mito y el arte dejan de ser versiones inferiores o subalternas a la ciencia para convertirse en funciones creadoras autónomas. El mito ya no es una interpretación falsa o equivocada de la «sustancia» de la realidad, sino una función simbólica de la conciencia mediante la cual la mente humana otorga sentido a sus emociones en el espacio y el tiempo. La realidad ya no se reduce a un conjunto de sustancias.

Al transitar de la Filosofía de las formas simbólicas a su antropología filosófica en Antropología filosófica (An Essay on Man), escrita en el exilio y publicada en 1944, Cassirer sitúa en el centro la pregunta fundamental: «¿Qué es el hombre?». Como ya antes señalamos, el ser humano ya no se define como el animal rationale (animal racional) de la tradición clásica, sino como animal symbolicum (animal simbólico). Su especificidad no radica en la posesión de una racionalidad pura, sino en su capacidad para ser el arquitecto del «universo simbólico» en el que habita y a través del cual se define la propia cultura. Por eso, el su Antropología filosófica, Cassirer asegura que:

«El hombre ya no vive en un puro universo físico, sino en un universo simbólico. El lenguaje, el mito, el arte y la religión constituyen partes de este universo… Ya no puede enfrentarse con la realidad de un modo inmediato; no puede verla, por decirlo así, cara a cara... En lugar de tratar con las cosas mismas, en cierto sentido, conversa constantemente consigo mismo.»

En los animales actúa un sistema funcional cerrado que conecta directamente el sistema receptor (percepción del estímulo) con el sistema efector (respuesta física). Cassirer sitúa entre ambos polos nuestro universo simbólico.

La filosofía de la Ilustración y el mito del Estado

En 1932, Cassirer publica La filosofía de la Ilustración. En su tesis, el filósofo neokantiano afirma que la Ilustración no es una época de mera confrontación política, de nuevos dogmatismos o de un pensamiento degradado en lo panfletario. Por el contrario, la filosofía ilustrada acomete una profunda potenciación del concepto de «razón». La razón moderna deja de ser un horizonte de verdades estáticas para adquirir una fuerza o energía de cambio histórico, dinámica y operativa. Defender este legado ilustrado tiene un valor estratégico especial ante la irrupción disruptiva del nazismo en el seno de la República de Weimar. La razón pasa de «sustancia» a «fuerza»: una metodología de análisis y síntesis que golpea contra las paredes de todo dogma asfixiante.

Pero esa poderosa razón ilustrada naufraga con el grito de los totalitarismos. La razón colapsa y el ser humano vuelve al mito, el cual siempre se había mantenido replegado en lo subterráneo del tiempo histórico, esperando emerger de nuevo a los valles de la historia. Este es el escenario general que Cassirer propone en su obra póstuma, El mito del Estado (1946). La razón se fractura al no poder dar contención y solución a las masas. Esta insatisfacción es aprovechada por los líderes totalitarios: hábiles y astutos demagogos, embusteros y manipuladores. Por su actuar, la palabra pierde su fuerza lógica para el diálogo y se convierte en «palabra mágica», hechicera, seductora y magnética, que obtiene obediencia total. Todo esto a condición de que el pueblo reciba a cambio, en teoría, su grandeza, bienestar y la realización de su destino histórico.

Sin embargo, Cassirer no se resigna a la caída en el precipicio de la irracionalidad política. Cree en el poder emancipador de la razón, tal como en los tiempos ilustrados. La «medicina» racional ante el mito político actúa, primero, desde una autognosis: comprender la estructura del mito del Estado. El mito no se destruye ignorándolo, sino comprendiéndolo y desmenuzándolo desde el análisis. No se trata de pasar a una nueva dictadura de la lógica formal o de la ciencia pura. El propósito es recuperar la fuerza sintética de la razón que une las potencias de la historia, la religión, el arte y la ciencia. El diálogo mantiene la pluralidad cultural y concede su valor a cada forma simbólica, impidiendo que el mito político totalitario absorba toda la cultura.

El mito ata al hombre a nuevas cadenas basadas en sus miedos. A través del arte, la filosofía y la ciencia crítica, la cultura nos libera del puro dominio de lo físico. La restauración de la razón ocurre cuando el ser humano se reconoce como un libre creador de su universo simbólico y, por ende, responsable de su libertad política y moral.

El gran peligro de los totalitarismos, y de todos los gobiernos actuales que masifican y homogeneizan bajo una ideología indiscutible y divorciada de la realidad, es el cálculo frío y técnico del mito político. En palabras de Cassirer en El mito del Estado:

«Los mitos políticos modernos han sido hechos de la misma manera que los fusiles o las ametralladoras. Son armas políticas fabricadas de forma deliberada y artificial por expertos tácticos… El siglo XX, un siglo de ciencia y tecnología grandes y desarrolladas, ha aportado también el método más peligroso: la producción técnica de mitos políticos

Hoy, este totalitarismo (encubierto o no), y su «producción técnica de mitos políticos». apela a la tecnología informática para producir campañas de desinformación mediante el manejo sagaz de los algoritmos y la producción de armas. Todo está al servicio de líderes que no aceptan responsabilidades, buscan culpables continuamente y acuden a rituales (como desfiles, símbolos y eslóganes) para obstruir el pensamiento crítico y obtener apoyo manipulando las emociones. Así, el ciudadano pierde su autonomía; prefiere la seguridad emocional de pertenecer a un grupo o a una ideología presidida por un líder mesiánico antes que asumir la responsabilidad de pensar por cuenta propia. La libertad siempre es una tarea difícil dentro del engaño político.

El idealismo neokantiano de Cassirer nos mantiene dentro de un antropocentrismo en el que el mundo solo es habitable desde la construcción cultural del sujeto; la realidad objetiva y previa a lo humano pasa, así, a un segundo plano. Pero quizás su gran mérito, aun hoy, radica en la valoración de la autonomía de las formas culturales como el arte, la filosofía y la ciencia. Su aporte esencial, estimamos, es la total actualidad de su advertencia sobre el peligro del mito político: esa apelación continua a estrategias donde la razón es instrumentalizada y contaminada para convertirse en una técnica de control, manipulación y búsqueda de adhesión de los individuos. Todo esto opera en beneficio de un poder concentrado que solo se interesa por su propio mito, por su propia dinámica de dominio en desmedro de una razón que piensa, critica y dialoga para construir mayor libertad y progreso para todos los individuos autónomos.

(1) Hoy en día, el Warburg Institute sigue funcionando en la capital británica como uno de los centros de estudios culturales más prestigiosos del mundo, salvado de la barbarie gracias a la red de intelectuales de la que Cassirer formó parte medular.

Bibliografía:

Ernst Cassirer, Filosofía de las formas simbólicas (Philosophie der symbolischen Formen), Fondo de Cultura Económica (México). 1973, en tres volumenes; Volumen 1: El lenguaje (Die Sprache)..Volumen 2: El pensamiento mítico (Das mythische Denken). Volumen 3: Fenomenología del conocimiento (Phänomenologie der Erkenntnis), traducción: Armando Morones.

E, Cassirer, Antropología filosófica (An Essay on Man: An Introduction to a Philosophy of Human Culture), escrita directamente en inglés durante su exilio estadounidense para sintetizar sus tesis previas para el público anglosajón. en 1944. Edición en español: Antropología filosófica: Introducción a una filosofía de la cultura humana., Fondo de Cultura Económica (México). Primera edición en español en 1945,

E,Cassirer, La filosofía de la Ilustración (Die Philosophie der Aufklärung). Su último gran estudio histórico-crítico publicado en Alemania antes de verse obligado a abandonar el país por el ascenso del nazismo. Edición en español: Fondo de Cultura Económica (México). Primera edición en español en 1943, traducción: Eugenio Ímaz.

E. Cassirer, El mito del Estado (The Myth of the State), Fondo de Cultura Económica (México). Primera edición en español en 1947, traducción: Eduardo Nicoli.

Aby Warbur, El ritual de la serpiente, Sexto Piso, México, 2004.


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