
Muchas tradiciones dicen que los que están a punto de ahogarse, u otros moribundos, antes del último suspiro reviven rápidamente, como si fuera una película, todos los momentos fundamentales de su vida. En uno de sus ensayos sobre cine, Pasolini parte del asesinato de Kennedy para proponer que el momento final del presidente norteamericano —o de cualquier persona— es el montaje que termina de ordenar la vida anterior, la cual hasta ese instante se desarrollaba como un gran plano secuencia. Y el fenómeno actual de la llamada «muerte clínica» (el periodo en el quirófano sin signos vitales antes de ser resucitado) agrega inmensas cantidades de testimonios sobre esa «revisión cinematográfica» de lo vivido antes del instante final o incluso después.
En las orillas del momento final, la síntesis de lo vivido como película de la vida es un modo de evocar y reunir lo más relevante de toda la experiencia única, personal e intransferible. Si, en retrospectiva, la propia vida es una película, nuestra película, esto nos devuelve el carácter narrativo de la existencia. Contamos tantas historias, las escribimos, las convertimos en películas o series, porque la vida misma es una continua historia que espera ser preservada. El novelista neoyorquino O’Hara dijo alguna vez que podrían escribirse tantas novelas como personas existen. Pero en todas las historias escritas o filmadas es posible reabrir esa historia, cambiar lo ya pasado o filmado para reescribirla o editarla en nuevos montajes.
En el caso de la película de nuestras vidas, lo trágico no es quizá el hecho final de la muerte. Tal vez esta no sea el final; tal vez sea la antesala de otro nivel de experiencia que desconocemos. Lo trágico es no poder volver atrás, no poder corregir o eliminar aquello de lo que nos arrepentimos, y que termina siendo parte del cierre del plano secuencia de todo lo que vivimos. La trágica imposibilidad de la edición de lo vivido. Esto es lo que diferencia nuestra vida de la actual lógica digital, donde todo puede editarse y reeditarse.
Y también, quizá, en la revisión de la película de nuestra vida se revele parte de un gran secreto que siempre nos acompañó, aun cuando no lo sospecháramos: por qué nuestra vida se tejió en un juego compartido con ciertas personas y no con otras. Por eso, el guion de nuestras películas personales oculta algo que acaso nunca llegaremos a comprender.
Esteban Ierardo