El poema conjetural de Jorge Luis Borges

En 1943, Jorge Luis Borges publica su famoso «Poema conjetural» (1943), uno de los grandes ejemplos de su obra poética. Con la forma de un monólogo dramático, evoca los últimos momentos de su antepasado, el doctor Francisco Narciso de Laprida, antes de ser asesinado en 1829 por los montoneros de Aldao.

El poema es «conjetural» por la hipótesis o suposición literaria que intenta imaginar el final de Laprida, cuyo cuerpo nunca fue hallado. Reconstruye sus últimas horas a partir del monólogo dramático desde la primera persona («Yo, Francisco Narciso de Laprida»), recurso que Borges toma de Robert Browning. Laprida, junto a sus perseguidores y victimarios, compone la pareja simbólica de civilización y barbarie.

Él encarna la Ilustración, las leyes y la razón («Yo que estudié las leyes y los cánones»); cabe destacar que fue el presidente del Congreso que declaró la Independencia argentina en 1816. Por su parte, los gauchos que van en su búsqueda representan la pasión y la violencia.

Laprida se siente sumergido en su laberíntico destino sudamericano. Acepta sin miedo esa suerte que, más allá de sus libros europeos, lo liga a la sangre, el cuchillo y la tierra pampeana. Todo lo antes vivido lo conduce al cierre del círculo de su vida. Su huida recuerda a la del capitán Buonconte da Montefeltro en el Canto V del Purgatorio de la Divina Comedia. Al sentir que la muerte lo merodea y finalmente lo alcanza, descubre, al fin, quién es realmente.

E.I

El poema conjetural, de Jorge Luis Borges (*)

El doctor Francisco Laprida, asesinado el

día 22 de setiembre de 1829 por los montoneros

de Aldao, piensa antes de morir:

Zumban las balas en la tarde última.
Hay viento y hay cenizas en el viento,
se dispersan el día y la batalla
deforme, y la victoria es de los otros.
Vencen los bárbaros, los gauchos vencen.
Yo, que estudié las leyes y los cánones,
yo, Francisco Narciso de Laprida,
cuya voz declaró la independencia
de estas crueles provincias, derrotado,
de sangre y de sudor manchado el rostro,
sin esperanza ni temor, perdido,
huyo hacia el Sur por arrabales últimos.
Como aquel capitán del Purgatorio
que, huyendo a pie y ensangrentando el llano,
fue cegado y tumbado por la muerte
donde un oscuro río pierde el nombre,
así habré de caer. Hoy es el término.
La noche lateral de los pantanos
me acecha y me demora. Oigo los cascos
de mi caliente muerte que me busca
con jinetes, con belfos y con lanzas.
Yo que anhelé ser otro, ser un hombre
de sentencias, de libros, de dictámenes
a cielo abierto yaceré entre ciénagas;
pero me endiosa el pecho inexplicable
un júbilo secreto. Al fin me encuentro
con mi destino sudamericano.
A esta ruinosa tarde me llevaba
el laberinto múltiple de pasos
que mis días tejieron desde un día
de la niñez. Al fin he descubierto
la recóndita clave de mis años,
la suerte de Francisco de Laprida,
la letra que faltaba, la perfecta
forma que supo Dios desde el principio.
En el espejo de esta noche alcanzo
mi insospechado rostro eterno. El círculo
se va a cerrar. Yo aguardo que así sea.

Pisan mis pies la sombra de las lanzas
que me buscan. Las befas de mi muerte,
los jinetes, las crines, los caballos,
se ciernen sobre mí… Ya el primer golpe,
ya el duro hierro que me raja el pecho,
el íntimo cuchillo en la garganta.

(*) Fuente: En El Otro el Mismo (1964)

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