
Aún en el siglo XXI, algunos pueblos viven fuera del mundo global. Casi doscientos pueblos, que saben de la existencia del otro mundo, del nuestro, pero que eligen mantener su aislamiento. Los sentineleses (de la Isla Sentinel del Norte, India) pasan por ser el pueblo más aislado del planeta, reacio a cualquier contacto; los mashco piro (Perú), la comunidad nómada de cazadores-recolectores no contactada más numerosa del mundo, viven en el sureste de la Amazonía peruana. Y otros.
Quienes vivimos dentro del mundo global, supuestamente no podemos elegir vivir fuera de lo que nos ha tocado. Sin embargo, sí se puede aspirar a vivir no totalmente dentro de la existencia globalizada. La sola valoración de lo inútil quizá es suficiente para, silenciosamente, habitar un imperceptible espacio no tan absolutamente estandarizado. Lo inútil de insistir en la no asimilación a los ritos de lo políticamente correcto, o no adherir a las prácticas instrumentales del uso de personas y situaciones siempre para el propio beneficio.
No se puede vivir fuera de este tecnomundo, empapado, como siempre en la historia, por la oscuridad de las injusticias y los ácidos de las luchas por el poder. Pero sí es dable intentar, al menos, ser lo menos permeables posible a todas las fuerzas de modelación y homogeneización del ser humano, que hoy se perfeccionan por la tecnología mal usada y potenciada por los algoritmos omnipresentes. Acometer acciones que valoren lo inútil del puro encuentro humano, del goce sensorial ante la belleza amplia de los paisajes de este mundo y de lo que vibra en el cielo nocturno. Algunos ejemplos solo, de las artes de la recuperación del respirar, aún secretamente, no completamente adaptado a la reducción de la vida a la lucha política, el interés económico y la indiferencia ante la lenta y diaria caída del sol sobre el mar salvaje.
Esteban Ierardo