Por Esteban Ierardo

Para quienes les interese la historia, y en particular la historia argentina, este ensayo sobre Belgrano quizá pueda ser de su interés. Manuel Belgrano (1770-1820) fue un general, abogado e intelectual argentino de fundamental participación en la lucha de la independencia ante la dominación de la monarquía hispánica en el siglo XIX.
Luego del inicio del proceso independentista, Belgrano, que no era militar de carrera, aceptó una misión muy difícil: la dirección del Ejército del Norte, en condiciones de escasos recursos, tropas mal preparadas y una áspera geografía. Durante todas aquellas campañas, fue acompañado por el médico, científico y también intelectual escocés, ilustrado y masón, Joseph Redhead (1767- 1847). Entre ellos surgió una gran amistad y posibles diálogos sobre el pensamiento moderno que reclamaba la ruptura de los autoritarismos, los cuales no quedaron registrados.
Por eso aquí, nos permitimos la licencia de intentar imaginar esos intercambios de ideas, como en su momento lo hicimos a propósito del encuentro entre San Martín, otro personaje histórico fundamental, y Lord Duff, su compañero masón, en su palacio de Banff, en Escocia (en San Martín, el escocés y la otra reunión). Belgrano entregó todo por la revolución y la creación de un nuevo país independiente. De familia de buena fortuna, terminó sus días en la pobreza. Su buen amigo Redhead estuvo a su lado.
Este ensayo fue previamente publica en la Revista Histopia (*).
El diálogo de dos ilustrados
AL PENSAR EN SU FUTURO, un joven imagina tinta, hojas, escritorios, bibliotecas. Pero su porvenir es diferente: montañas, cerros, territorios vastos y ásperos, convertidos en un escenario de combate contra los españoles en una lucha de resultado imprevisible.
El joven, Manuel Belgrano, no puede imaginar ese destino de campañas militares entre montañas y grandes extensiones cuando es un estudiante de Derecho en Salamanca. Ya al formarse como abogado, se sumerge en lecturas que lo ligan con el movimiento ilustrado.
El 11 de julio de 1790, el Papa Pío VI le concede a Manuel Belgrano una licencia para «leer y retener todos y cualesquiera libros de autores condenados y aun de herejes», siempre que no pasen a manos de terceros. Así, mientras se desarrolla la Revolución Francesa, el joven Belgrano lee a ilustrados como Jacques Rousseau y su Contrato Social; Montesquieu y la división de poderes como medicina ante el poder absoluto; o Voltaire y su defensa de la toleración y su repudio del dogmatismo.
La Ilustración, con la que se identifica Belgrano, sella una alianza entre la filosofía racional, la ciencia experimental y la confianza en el progreso; y es ilustrada la voluntad de combatir las monarquías absolutistas y los obstáculos que frenan la libertad.
Como a otros revolucionarios, el pensamiento ilustrado y la posible filiación masónica acompañan a Belgrano en su rol de actor del proceso independentista de las entonces Provincias Unidas del Río de la Plata (1).
La Ilustración y la masonería catalizan una mentalidad crítica, inconformista, opositora del atraso y la opresión colonial.
Entre el nacimiento del primer gobierno patrio, el 25 de mayo de 1810, y su muerte, el 20 de junio de 1820, Belgrano es revolución, ideales ilustrados, compañero masón.
En ese camino, cultiva una amistad esencial con el médico escocés Joseph Redhead, quien lo asiste por años, y a quien, en su último momento, como única forma de pago, le entrega su reloj de oro traído de Inglaterra (y sustraído luego de la mirada pública cuando es robado del Museo Histórico Nacional en 2005).
Belgrano y Redhead: ilustrados, ambos masones, llamados a actuar entre cañones, sangre, muerte. En aquel ambiente violento, sus caminos coinciden.
Redhead, hombre de ciencia británico, émulo del paradigma ilustrado: se arranca de su mundo conocido en el norte anglófono para explorar aquí la geografía sudamericana, con sus especies y particularidades todavía desconocidas. Y Redhead, se formó en la Universidad de Edimburgo durante el auge de la Ilustración Escocesa, lo que también lo vincula con un espíritu masónico y liberal.
En términos simbólicos, el vínculo entre Belgrano y Redhead representa la conexión entre la Ilustración europea y su repercusión en América. Redhead ayuda a Belgrano en su traducción del Discurso de despedida de George Washington. Su colaboración es solo técnico-lingüístico; es ayuda para la mejor comprensión de lo ilustrado europeo y a su traslación a las latitudes sudamericanas.
Nos atrae imaginar los no documentados diálogos entre personajes históricos significativos. Un ejemplo de ese ejercicio ya lo hicimos cuando revivimos, tambien aquí, en la Revista Histopia, el viaje de San Martín al norte de Escocia, en Banff, en 1823, para encontrarse con su compañero masón Lord Duff, antes de su afincamiento definitivo en Bélgica, y luego Francia.
La conversación entre Belgrano y Redhead no pudo ser banal, como tampoco el intercambio de San Martín con Bolívar en Guayaquil. Sospechamos que el general argentino y el médico escocés debieron alcanzar una síntesis fundamental del pensamiento ilustrado emancipador luego de los hechos de 1810.
El espíritu liberal e ilustrado es lo que debió aflorar en las largas conversaciones entre Belgrano y Redhead, mientras este acompaña al creador de la bandera durante sus campañas militares en el norte. Revivir la sustancia de aquellas charlas es parte de lo que buscamos: imaginar el cruce entre la historia y una interpretación del mundo.
Con paso ilustrado y la amistad con un escocés

La relación de Belgrano con la Ilustración se remarca en su función como Secretario Perpetuo del Consulado de Buenos Aires (1794-1810). Son más de quince años de ejercicio en los que intenta darle lugar a la «ciencia económica» y al racionalismo europeo en el Río de la Plata. Para él, la educación es modernización. Educar no es solo alfabetizar, sino promover la aplicación técnica del conocimiento científico. Matemáticas, conocimiento físico del territorio, agricultura científica: de esto depende el progreso. Funda entonces la Escuela de Náutica y la Academia de Geometría y Dibujo.
También fue un defensor de la educación de las mujeres; proyectó una escuela para ellas y propuso la creación de escuelas gratuitas para los niños, con el fin de dotarlos de posibilidades más amables para su futuro.
Belgrano adhiere a la fisiocracia francesa, a la que conoce por François Quesnay. La tesis fisiócrata dice que la riqueza procede de la agricultura, de la tierra, siempre que se la cultive con técnicas que brotan del auxilio de la razón: rotación de cultivos y estudio de suelos.
Los ilustrados españoles Melchor de Jovellanos y Pedro Rodríguez de Campomanes, también inspiran a Belgrano en su deseo de una reforma agraria y la educación técnica. Y, a horcajadas de su ánimo innovador, Belgrano pondera el liberalismo económico como mejor opción al monopolio colonial español para generar bienestar. En esta posición lo influye también Adam Smith y su obra La riqueza de las naciones (1776).
En el Belgrano que todos los días se mueve entre su casa (en la actual Avenida Belgrano 430) y el edificio del Consulado (que funcionaba en lo que hoy es la calle San Martín 137, donde actualmente se encuentra el Banco Provincia), se distingue al intelectual de gestión, al abogado innovador, al entusiasta promotor del periodismo. Desde el Consulado, impulsa el Telégrafo mercantil, el primer periódico de Buenos Aires. Y entre 1810 y 1811, funda y dirige El Correo de Comercio, su medio para difundir ideas sobre educación, agricultura y libre comercio.
Luego de actuar como vocal de la Primera Junta, Belgrano es nombrado General en Jefe de la expedición al Paraguay (1810-1811). Ahora, debe mutar de civil a militar. Su extraordinaria transformación: de funcionario a hombre de armas. Entonces asume su misión: rociar a la entonces provincia de Paraguay del combustible de la rebelión. Con sus tropas vence en Campichuelo, pero sufre la derrota en Tacuarí. No obstante, consigue que la fiebre emancipadora empape las selvas paraguayas.
Sale bien librado del juicio por su desempeño militar y reemprende camino hacia el norte. Pasa por las barrancas de Rosario; allí iza la bandera del nuevo país. Regresa de nuevo a Salta para dirigir el Ejército Expedicionario del Norte.
Entonces en 1812, antes de la batalla de Tucumán, conoce a Redhead. El científico escocés ya vive en la región y se presenta ante el general para ofrecer sus servicios como médico. La época exuda idealismo romántico, un compromiso político y emocional, que lanza a algunos a la aventura de la liberación. Es el caso de Redhead, como del propio Belgrano.
El escocés ayuda a la salud de la tropa, pero también observa al argentino. Empieza a admirarlo, lo ve con respeto y veneración: es el raro caso de un hombre íntegro que sacrifica todo, realmente, por una causa. Nace la amistad. Redhead se convierte en médico de cabecera y amigo confidente del general, abrumado por una gran responsabilidad.
En 1803, Redhead había llegado al río que parece un mar, frente a la ciudad de Buenos Aires. Es un hombre moderno, ilustrado, científico, y como dijimos: seguramente masón. Quiere estudiar la flora y la fauna del continente que recibe el nombre de Américo Vespucio. Primero conoce Buenos Aires. Luego, desea ser explorador del Norte, poco estudiado aún. Se traslada a Salta, Tucumán y el Alto Perú. Realiza observaciones meteorológicas, geológicas y botánicas.
Redhead acompaña a Belgrano en toda la aventura del norte. Los españoles avanzan desde el Alto Perú. Quieren expulsar al general abogado y a sus hombres, que no exhiben el mejor armamento ni preparación. Los realistas avanzan. Y Belgrano da a los habitantes de San Salvador de Jujuy la orden de retirada: es el Éxodo Jujeño.
El repliegue hacia Tucumán. Belgrano recibe el mensaje de que debe retirarse hasta Córdoba, pero sabe que eso significa una entrega masiva de territorio al enemigo. Entonces, desobedece. Y anuncia: «Aquí resistiremos». Es la Batalla de Tucumán (septiembre de 1812), un primer triunfo entre muerte y cañonazos; y después, la Batalla de Salta (febrero de 1813). El norte se salva, a pesar de las derrotas posteriores en el Alto Perú, en Vilcapugio y Ayohuma (1813).
Por sus últimas derrotas se proyecta una sombra de duda sobre sus dotes militares reaparece. Debe ceder el mando del Ejército del Norte a José de San Martín, en 1814. En todo este periodo, Redhead cura heridas e intenta salvar la vida de los soldados.
Volver al norte

Entre 1814 y 1815, Belgrano es enviado a Europa junto a Bernardino Rivadavia en misión diplomática. Su misión es buscar ayuda. Reconocimiento internacional. A su regreso, acude al Congreso de Tucumán. Es tiempo de anunciar la Independencia. Dejar atrás la máscara de Fernando VII. Hacer lo que antes no se quiso en la Asamblea General Constituyente del año XIII. Convence a los diputados para anunciar rápido la ruptura final con España. Como una formula política de transición, Belgrano propone su Plan del Inca: una monarquía constitucional, cuyo líder sea un descendiente de los Incas (Juan Bautista Túpac Amaru). Él podría unir a indígenas y criollos.
En el periodo entre 1816 a 1820, don Manuel es, nuevamente, jefe del Ejército del Norte. Pero esta vez no lidera importantes batallas.
Su relación con Martín Miguel de Güemes, que también recibe los cuidados de Redhead, es determinante ahora. En su primera etapa de mando, en 1812, Belgrano, en ese entonces, rigorista, estricto, comprobó que Güemes sostenía una relación extramatrimonial. Un mal ejemplo para la tropa. Envía, entonces, a Güemes, “en castigo”, a Buenos Aires. Pero en su segunda etapa del ejército, Belgrano cambia de parecer. San Martín le comenta maravillas del salteño. Acepta que solo él puede contener a los realistas en una guerra de guerrillas. Belgrano mismo reglamenta las milicias de Güemes. Güemes está ahora al frente de la «División Infernal de Gauchos de Línea». Y el salteño tiene en Belgrano un gran aliado. Entre 1816 y 1819, se intercambian más de 300 cartas. La confianza entre ellos ya no reconoce límites.
Y en su vida social en las regiones norteñas, Belgrano no desconoce el enamoramiento y los frutos del amor pasional, como su hija Manuela (2). Una isla de afecto entre el mar continuo de los sables, las balas, los cañonazos y la muerte.
Un discurso de Washington

El timón del gobierno de Buenos Aires enviste a los líderes del interior, ya dentro de la guerra civil que se instala desde 1819. El Directorio, a la sazón el gobierno central de Buenos Aires, le ordena combatir no a los realistas del norte, sino a los caudillos federales como Estanislao López. Pero Belgrano, lo mismo que San Martín, repudia las matanzas fratricidas.
La decepción, la desmoralización, la disipación de la disciplina militar roen a Belgrano y sus tropas. A lo que se suma la ausencia oficial de apoyo, y la corrosión de su salud. Aquí es Redhead quien lo socorre en su deterioro por la hidropesía, y sus problemas cardíacos (3). Joseph Redhead lo atiende, lo cura, lo protege, en lo posible, de un entorno cada vez más hostil.
En este tramo hacia el final, Belgrano seguramente recuerda su traducción del Discurso de despedida de George Washington, en 1813, porque aquí se habla de evitar luchas internas:
“(…) El espíritu de facción [desunión] trabaja constantemente en confundir los consejos públicos y debilitar la administración pública. Agita a la comunidad con celos infundados y alarmas falsas; excita la animosidad de unos contra otros y da motivos para los tumultos e insurrecciones. Abre el camino a la corrupción y al influjo extranjero, que hallan fácilmente su entrada hasta el mismo gobierno por los canales de las pasiones de los facciosos (…)” (4)
El texto original del Discurso llega a sus manos en 1805 a través de ese inefable y extraordinario personaje que es el diplomático, corsario y comerciante: David Curtis De Forest (5).
Mientras la batalla de Salta se avecina, se concentra en su deseo de traducir el discurso del gran general del Ejército Continental en la Guerra de Independencia norteamericana. Bajo la luz de las velas, traduce el texto completo, incluyendo una introducción. Redhead le brinda una ayuda fundamental: aunque Belgrano conoce el inglés, los matices o sutilezas de lo que Washington quiere transmitir podrían escapársele al trazo de su pluma. Lo deseado es hacer del texto traducido un manifiesto de ética pública, de valores republicanos y filosofía política.
Sobre el alcance de esta colaboración entre los dos humanistas ilustrados, el argentino y el escocés, el historiador médico Osvaldo Loudet afirma:
«Belgrano, en la soledad de sus campamentos del Norte, buscaba en las letras el consuelo que su cuerpo enfermo le negaba. Con la ayuda del doctor Redhead, hombre de vasta cultura formado en las aulas de Edimburgo, acometió la traducción del ‘Despedida de Washington’. Redhead no solo aportaba el dominio técnico del idioma inglés, sino la interpretación filosófica de un texto que ambos consideraban esencial para la formación moral de los ciudadanos de la nueva nación.» (6)
El diálogo después de una traducción
Fuera de la tienda, la noche reina sobre todas las cosas. Un pájaro trina mensajes secretos. En el cielo despejado, las estrellas titilan, lejanas e indiferentes a las pasiones humanas. El argentino y el escocés conversan luego de completar la traducción del discurso de Washington.
Don Manuel dice:
-En algunas épocas solo se vive y se pasa, sin oportunidades de dejar huellas más allá de los hijos, que a su vez tendrán otros hijos. En mi caso, mi responsabilidad es ayudar a que el barco llegue a buen destino. Desplegar las velas en medio de la tormenta y llegar, luego, al puerto querido. Y desembarcar. En una tierra distinta: la de la libertad, no ya la de los amos. Desembarcar en la nueva tierra, en la que vivir, de otra forma, con paso libre, sin miedo.
Y Redhead dice:
– Sí, don Manuel. La Ilustración no es un movimiento de ideas puras. Es una fuerza para que, en los caminos del mundo, al final, se muevan los seres libres, no los vasallos, los súbditos. El poder es nuestro, no de los reyes, de los aristócratas, del clero.
Y don Manuel sigue:
-Es el momento de luchar por esos caminos para las personas libres. No podemos retroceder, Redhead. Se debe sacrificar lo que sea. Que no nos intimiden las espadas de los tiranos. Hay que hacer lo imposible. Lo imposible: como que un abogado se obligue a ser un buen general.
Ambos sonríen.
Y el escocés agrega:
-De súbditos a ciudadanos, don Manuel. Y también tenemos que hacer que el saber llegue a todas partes, y estudiar no solo a Dios que crea todas las cosas sino lo creado: los ríos, el aire, las estrellas, las plantas, los animales. La tierra.
Don Manuel asiente. Y continúa:
-Soy católico, como sabe, ¿pero nuestro Dios nos quiere esclavos, acaso? No, quiere nuestra libertad. Y la tierra, la tierra, esta tierra nueva, sí, mi amigo Redhead, hay que estudiarla, y también cultivarla. Al fin de cuentas, nos da alimentos sin exigir que se le paguen derechos aduaneros, ¿no?
Los amigos vuelven a sonreír. Fuera de la tienda, el tiempo que nunca se cansa, prepara el regreso del sol. Otro amanecer. Se puede nacer de vuelta.
La afinidad en una causa
La traducción compartida del discurso de Washington, entre Belgrano y Redhead, no es solo un desafío lingüístico: es la reafirmación en una filosofía de la libertad. Y es la afinidad en una causa en la que el tesón revolucionario europeo y norteamericano se unen con la fuerza emancipadora sudamericana. Y Bonifacio Del Carril, historiador presidente de la Academia Nacional de la Historia, estudioso del pensamiento de los próceres, afirma:
«La presencia de Joseph Redhead al lado de Belgrano no fue la de un simple asistente sanitario, sino la de un consejero intelectual en momentos cruciales. Redhead, formado en el rigor científico de Edimburgo y conocedor íntimo del sistema político norteamericano, aportó a Belgrano la claridad conceptual necesaria para interpretar los textos de la libertad. La traducción del ‘Farewell Address’ de Washington no fue un ejercicio literario, sino un acto político de primer orden, facilitado por la afinidad espiritual que existía entre el general argentino y el sabio anglosajón.» (7).
El último regreso
La disolución del Ejército del Norte llega a su punto máximo con el Motín de Arequito, en enero de 1820. Al igual que su general, las tropas no quieren participar en la guerra civil.
En la niebla se disipan las victorias de Tucumán y Salta. Por esos logros de armas, Belgrano sí es reconocido: en 1813, la Asamblea del Año XIII le concede un premio realmente millonario para la época: 40.000 pesos fuertes, y un sable con guarnición de oro.
Don Manuel sube a su caballo, en una mañana fría, y recuerda que rechazó el premio. El dinero lo destinó a la creación de cuatro escuelas públicas en las ciudades de Tarija (hoy Bolivia), Jujuy, Tucumán y Santiago del Estero. Escuelas que debieron esperar un siglo para adquirir presencia real; establecimientos de «primeras letras» para aprender a escribir y leer, y aritmética, doctrina cristiana, derechos y obligaciones de una nueva sociedad.
Don Manuel respira hondo. Revive la decisión de donar su sueldo como vocal de la Primera Junta de 1810. Había que equipar a las tropas. Y cuando, al año siguiente, lo nombran jefe del Regimiento de Patricios, debe enfrentar el motín de las Trenzas (8). En ese entonces, se reduce su sueldo a la mitad, para solo percibir la «ración del soldado».
Todo aquello es pasado. Ahora, es la herida del alma, el abatimiento íntimo, el demonio de la enfermedad avanzando por su sangre y los tejidos de su cuerpo.
Y en una de sus cartas a Güemes, en su última carta, Belgrano le escribe:
«Mi amigo y compañero querido: (…) yo no puedo más; mi enfermedad se ha agravado de tal modo que me es imposible seguir al frente de este ejército. Me voy a Buenos Aires para ver si los médicos allá logran hacerme algún alivio.» (9)
Entonces, Belgrano regresa a Buenos Aires, en “La Golondrina”, un carruaje desvencijado. Redhead lo acompaña, y sus ayudantes militares: Gerónimo Helguera y Emigdio Salvigni. Luego de la gran odisea en el norte, el retorno es un calvario. Al arribar a cada posta del camino, Belgrano necesita ayuda para llegar hasta el alojamiento.
Redhead advierte que, durante casi todo el viaje, Belgrano se halla sentado, por la acumulación de líquidos en su abdomen.
Luego del último regreso, don Manuel se recluye en su casa de herencia familiar. Se entrega al descanso. Escribe unas memorias incompletas. Lee. Le cuesta mucho caminar. De todos modos, busca libros en los anaqueles de su biblioteca. Les quedan algunos a pesar de los muchos que entregó: aquellos libros que, entre 1810 y 1810, dona a la Biblioteca Pública de Buenos Aires (hoy Biblioteca Nacional), un lote de 87 títulos (167 tomos), un tesoro escrito para una alta formación intelectual.
Hace lo posible para interceder ante el gobierno para que le envíen recursos a su amigo Güemes. No lo escuchan. Ahora, dentro del vientre del país en formación apuntan las armas enfrentadas entre Buenos Aires y las provincias. Y él, que era hombre de una familia rica, ahora es pobre, ignorado. Padece la pobreza absoluta.
La lectura es alimento. Refugio. Pero no olvida Belgrano que afuera, en el cielo tormentoso, estallan los rayos de la anarquía del «año 20» (10).
Piensa en la gran aventura, que aún no ha concluido. La lucha por España mucho debe matar y rugir todavía. Pero no duda que San Martín hará que el resultado final sea una cumbre y no la caída al precipicio.
Y los días se esfuman. Sus dolencias se agudizan. Su hidropesía se expande cual una mala hierba. Escucha cómo la muerte derriba puertas invisibles, quiere acercársele. A la manera de Macbeth, por un instante, don Manuel siente que todo es un relato de horror y caos “contado por un idiota”. Pero no es así: él sabe que un sentido, una real esperanza arde a su alrededor: ser libres, no marionetas de los reyes.
Y en el reposo, en la espera calma, lo asiste Redhead, y Juan Sullivan, otro médico que también lo atendió en las últimas semanas. En torno al lecho final, se muestran sus hermanos Juana Belgrano y Domingo Estanislao, a quienes encomienda la educación de su hija Manuela Mónica.
Están cerca también, con rostros compungidos, Helguera y Salvigni, los ayudantes militares que lo cargaron durante el fatídico viaje de regreso del norte. El Padre Villegas, su capellán y confesor, presencia la escena presto a brindar su compañía religiosa. Y quien lo visitó muchas veces en sus días finales, el comerciante Celedonio Balbín, quien lo ayudó económicamente, y quien también sufragrará los gastos del posterior entierro.
Bartolomé Mitre recuerda:
«Belgrano, que sentía los síntomas de una hidropesía avanzada, se puso en manos del doctor Redhead, médico escocés de gran mérito, que le profesaba una amistad desinteresada y que no le abandonó un solo momento hasta su muerte. […] Al despedirse de él, Belgrano, no teniendo con qué pagarle sus servicios, le dio su reloj de oro, diciéndole con una sonrisa de amargura: ‘Es todo lo que tengo que dar a este hombre bueno’.» (11)
La última conversación
Y quizá… la noche anterior, sobre la pequeña ciudad todavía, cae una lluvia suave, melancólica. En la casa brillan las velas. Redhead atiende a su amigo. Sabe que lo acompaña en su partida hacia lo desconocido. Hablan, otro momento de una larga conversación, a punto de terminar.
Don Manuel dice:
-Mi buen amigo. Sé que todo no ha sido en vano. Me alegro de haber vivido en este tiempo, en el que pude contribuir a un gran cambio. Agradecido de no haberme malgastado en una era de paz y aburrimiento.
Y Redhead contesta:
-Vivimos en un tiempo en el que todo parece estar empezando de nuevo. Una época de juventud, de nuevas ciudades por fundar, de la naturaleza a descubrir.
Don Manuel mira por una ventana:
-Una gran época. Pero mi único temor es que lo bueno que se conseguirá se malogre por los que no están preparados para la libertad. Luego de liberarse de un gran amo, viene el deseo de ser los nuevos amos, de querer ser el poder, y de disfrutarlo. Y en esa ambición, los hermanos se matan entre sí.
Silencioso, meditativo, Redhead contempla la luz de una vela. Luego, parece despertar:
-Así es don Manuel, no importa el sistema de gobierno, siempre algunos querrán ser los nuevos dueños, sí. Por eso, volveré al norte, pero no para curar a soldados heridos y enfermos sino para aprender de las cosas no humanas, del aire, el fuego, el agua, la tierra.
Y don Manuel continúa:
-Sí amigo Redhead, es su momento de volver a la ciencia, al saber que no tiene miedo a los dogmas. Solo tenemos que tenerle miedo a la ignorancia que no quiere cambiar. A mí me hubiera gustado volver a la abogacía, pero no me arrepiento. Hice lo que había que hacer.
Y don Manuel calla, duerme. Su amigo escocés lo mira con admiración, no con pena. Sabe que está ante un ser poco frecuente: alguien que no engañó, que dio aun lo que no tenía.
El cóndor y el recuerdo

Y el científico que estudió en Edimburgo cumple lo dicho. Regresa al norte, con el recuerdo, imborrable, del amigo, otro hermano ilustrado.
Ricardo Alonso lo confirma:
«Redhead era el arquetipo del intelectual masónico y científico de su tiempo. Su relación con Belgrano se cimentó en el respeto por el conocimiento. Mientras Belgrano buscaba fundar escuelas y promover la agricultura, Redhead exploraba la flora y la geología del Norte. La labor conjunta en la traducción de Washington muestra que ambos compartían una preocupación común: que la revolución no terminara en anarquía, sino en una república virtuosa sustentada en la educación.» (12).
La influencia de Reahead en Belgrano puede ser olvidada o subestimada, pero el escocés le ayudó a fortalecer el fundamento teórico de la independencia. El discurso de Washington, que ambos tradujeron, es posible modelo de la Declaración de la Independencia de 1816. Reahed discutió con Belgrano, y con los diputados del Congreso, el alcance del texto del fundador de la ciudad con un famoso Capitolio y un Obelisco.
Y Redhead trabaja un tiempo en el Hospital de la Residencia en San Telmo, en Buenos Aires. Y luego regresa al norte, a Salta. Ya no es solo médico. Se convierte en el primer científico experimental de Argentina. Se envía cartas con el célebre sabio alemán von Humbolt, y Sir Woodbine Parish, el viajero y diplomático, que gestiona el reconocimiento oficial por parte de Gran Bretaña de la independencia del nuevo país.
Redhead pone a la Argentina en relación con la ciencia europea de la Ilustración, mientras sigue siendo el médico de Güemes, que muere en 1821, y de José Gorriti y José Álvarez de Arenales. Y atiende gratis a las personas comunes. Con ahínco, estudia enfermedades que amenazan la región: el tifus exantemático, la malaria, el paludismo, enfermedades endémicas del Noroeste Argentino.
Apasionado, investiga la atmósfera. En 1819, publica el primer trabajo experimental que demuestra cómo el calor afecta la densidad del aire; recurre a barómetros para medir alturas de las montañas en el camino real hacia Potosí y en los Andes; se asombra también con el Campo del Cielo, los meteoritos del Chaco santiagueño, y con los fósiles de «gigantes antediluvianos» en Tarija; y hace relevamientos de la flora, estudia una planta, la quina, sus propiedades medicinales para tratar el paludismo. Todas estas inquietudes científicas novedosas también serán valoradas por la comunidad científica internacional.
Después de la muerte de Belgrano, junto con el Dr. Juan Sullivan, Redhead realiza la autopsia del gran hombre. Luego: su entierro primero en el Convento de Santo Domingo, fuera de la iglesia, por su propia decisión testamentaria hasta su posterior traslado al gran mausoleo que le fue construido en 1903, financiado por una suscripción pública (13).
Y Redhead recibe noticias de la guerra civil. Sabe lo que Don Manuel hubiera lamentado esa situación.
Y llega hasta las montañas en Salta. Ve las laderas de roca. Éstas se elevan, firmes, hacia las cimas. En el cielo refulge una luz radiante. Un cóndor vuela entre las cumbres. Redhead se maravilla ante el ave americana.
El gran pájaro es libre, libre. Y Redhead piensa en un soñador, un idealista incorruptible, alguien que lo dio todo, y no se lamentó ni arrepintió. Entre la mañana luminosa, entre el día y el cóndor, el escocés admira a un ser único. Y recuerda a su amigo inolvidable, digno, sí, a él, a Don Manuel Belgrano.
Citas:
(1) La filiación masónica de Belgrano sigue siendo un tema controversial. La historiografía clásica, representada por autores como Roberto Marfany (cuya postura niega esta posibilidad), alega que la profunda devoción a la Virgen y la fe católica de Belgrano hacen imposible su condición masónica. Sin embargo, otros historiadores sostienen que Belgrano se inicia en la Logia Independencia a finales del siglo XVIII y que incluso llega a ser «Venerable Maestro». Al respecto, Enrique de Gandía afirma en su obra Manuel Belgrano: Los ideales de la patria, asegura: «La mención de Belgrano como masón está probada por un testimonio del historiador Adolfo Saldías y por los recuerdos del general Enrique Martínez». Por su parte, Alcibíades Lappas, reconocido historiador de la masonería argentina, sostiene que Belgrano funda y preside logias en el norte; por ejemplo, habría sido Venerable Maestro de la Logia Argentina en Tucumán (luego Logia Unidad Argentina), bajo la autorización de la masonería de Nueva Granada. Es importante destacar que la filiación masónica durante los movimientos independentistas suele darse en el marco de «sociedades secretas» con fines estrictamente políticos (como la Logia Lautaro). Estas eran logias operativas de tinte republicano y no necesariamente masonería filosófica en un sentido estrictamente ritual o doctrinario.
(2) La única hija mujer de Manuel Belgrano es Manuela Mónica del Corazón de Jesús Belgrano, nacida en Tucumán el 4 de mayo de 1819, fruto de su relación con la tucumana María Dolores Helguero. No pudieron casarse porque Dolores ya estaba unida legalmente a otro hombre que la había abandonado. A su muerte, en un testamento secreto, a través de su hermano Joaquín, le lega sus tierras en el norte. En Buenos Aires, Manuela conoce a su medio hermano, Pedro Rosas y Belgrano (hijo de Belgrano con María Josefa Ezcurra).
(3) La hidropesía, conocida también como edema, es la acumulación anormal de líquido en los tejidos o cavidades del cuerpo. Más que una enfermedad en sí misma, es un signo clínico de enfermedades del corazón, riñones, hígado o circulación, y cuyos síntomas son hinchazón, sensación de pesadez, o aumento de peso repentino.
(4) Párrafo del Discurso de George Washington (con la colaboración de Alexander Hamilton y James Madison), cuyo título original es The Address of Gen. Washington to the People of America on his Declining the Presidency of the United States.
(5) Notable personaje David Curtis De Forest (1774-1825): comerciante, aventurero y diplomático estadounidense, gran nexo entre los Estados Unidos y las Provincias Unidas del Río de la Plata durante las guerras de independencia. Es quien le entrega a Manuel Belgrano en 1805 el ejemplar del Discurso de Despedida de Washington. Practica el comercio de cueros, armas y esclavos. Obtiene patente y amasa una gran fortuna mediante la captura de buques españoles. Luego de su actividad diplomática, se retira a New Haven, Connecticut. Allí, construye una gran mansión. En este lugar, iza la bandera argentina por primera vez en territorio norteamericano.
(6) Osvaldo Loudet, Historia de la medicina en el Río de la Plata (o en sus ensayos recopilados bajo el título Médicos argentinos).
(7) Bonifacio del Carril, El retrato de Belgrano, Emecé Editores, 1982.
(8) La sublevación llamada el Motín de las Trenzas ocurre en Buenos Aires los días 6 y 7 de diciembre de 1811. Soldados y suboficiales del Regimiento de Patricios se rebelan contra el Primer Triunvirato. Tras la excusa del rechazo de la orden de cortar las trenzas, gravita la verdadera motivación para la rebeldía: los soldados se oponen al nombramiento de Manuel Belgrano como jefe del regimiento en reemplazo de su líder natural, Cornelio Saavedra. El conflicto refleja las diferencias entre los seguidores de Saavedra (saavedristas) y los sectores más radicales liderados por Bernardino Rivadavia. También resienten la decisión del gobierno de transformar un regimiento de milicia urbana voluntaria en una tropa de línea profesional y disciplinada bajo el control central.
(9) En Güemes Documentado, una recopilación de doce tomos realizada por su bisnieto, el historiador Luis Güemes. En el Tomo 6 (páginas 401-402), se reproduce íntegramente la correspondencia entre ambos durante el período 1816-1819. También en el Epistolario Belgraniano, recopilación de Gregorio Weinberg, se reúne las cartas enviadas y recibidas por Manuel Belgrano a lo largo de su vida.
(10) La Anarquía del Año XX es un proceso político y militar ocurrido entre 1819 y 1823 en las Provincias Unidas del Río de la Plata. Durante este periodo, el gobierno central se disuelve, dando paso a una puja por las autonomías provinciales y profundizando la disputa entre federales y centralistas. La guerra civil se inicia con el avance de los caudillos del litoral, Estanislao López (Santa Fe) y Francisco Ramírez (Entre Ríos), integrantes de la Liga de los Pueblos Libres. Las hostilidades armadas estallan puntualmente en la Batalla de Cepeda, el 1 de febrero de 1820. En medio del conflicto y el caos político en Buenos Aires, tres autoridades se disputan el mando simultáneamente: Ramos Mejía, Soler y el Cabildo (en el episodio conocido como el «Día de los Tres Gobernadores»). Irónicamente, ese mismo día Manuel Belgrano muere en medio de la pobreza y el olvido.
(11) Bartolomé Mitre, Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina (Tomo III). Varias ediciones (originalmente publicada en su versión definitiva hacia 1887; la cita corresponde al capítulo final sobre la muerte de Belgrano.
(12) Ricardo Alonso, «Joseph Redhead: médico, científico y patriota», artículo publicado en el Boletín del Instituto Güemesiano de Salta y en diversos ensayos sobre historia de la ciencia (2010-2020).
(13) Manuel Belgrano es enterrado muy cerca de la ubicación de su casa: en el atrio de la Iglesia de Santo Domingo. Sus padres fueron enterrados cerca de altar, pero, por voluntad testamentaria propia, Belgrano dispone lo contrario por un acto de humildad, austeridad y devoción religiosa. Es enterrado con el hábito blanco de la Orden de los Dominicos, ya que pertenece a la Tercera Orden de Santo Domingo. En 1903, sus restos son trasladados al mausoleo de mármol que se levanta en el atrio donde antes fue sepultado.
(*) Texto previamente publicado en la Revista Histopia del Archivo General de la Nación Argentina, Año VIII, Número 44, junio de 2026, revista dirigida por Teresa Fuster.