Breves (36): la necesidad del mito

Una vez, en un Londres cubierto de humo, el artista William Blake sintió que el mundo moderno se estaba tornando demasiado opaco, mecánico y sin alma, sin el calor imaginativo de los mitos. Entonces, decidió inventar un universo mitológico que él mismo pintó gracias a su habilidad con el pincel. Intentó recuperar una narrativa simbólica hacia alguna sabiduría, mediante un dios, Urizen, que se contrapone a la supuesta frialdad newtoniana del mundo.

En el siglo siguiente, Nietzsche, en su primera obra, El nacimiento de la tragedia, recupera la plenitud del dios Dioniso (el del vino y la música), pero también arroja saetas hirientes de crítica a su tiempo y se lamenta de la pérdida del mito. No del mito del que luego se apropiarían las ideologías políticas totalitarias del siglo XX, sino de una realidad que convive con la luz, que concibe los claroscuros del enigma y la vastedad de horizontes infinitos. En Inglaterra, en Oxford, un humilde profesor inventa una maravillosa saga mítica del mundo y de una Tierra Media: Tolkien.

La estricta realidad es la naturaleza, que es totalmente indiferente a nuestras desventuras y deseos, aunque esta no puede escapar a nuestros estragos. Frente a la realidad, que ni responde, que es distancia y silencio, el humano siempre necesitó cubrir la vida con pinceladas de mito. Aun hoy, solo queda una mitología actual que se puebla de robots, inteligencia artificial y el deseo de riqueza por criptomonedas. El otro mito, el que viene del arte y la imaginación, es el más necesario: el que, aunque sepamos que no hay dioses o diosas, juega a que esas divinidades se mezclan con las fuerzas de la naturaleza, y se hacen presentes en los bosques y los mares, pero también en las ciudades, como el viento que pasa, el agua que fluye por las calles o la luz y la noche que todo lo bañan. Una forma de respirar alguna sensación de mito y poesía en un mundo que es estrictamente cálculo y ganancia.

Esteban Ierardo

Pintura portada: El anciano de los días (1794) de William Blake, poeta y pintor inglés romántico, La imagen representa a la figura divina Urizen arrodillado dentro de un círculo solar, utilizando un compás para medir y crear el universo.

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