Por Marcello Comitini

Antón Chéjov (1860–1904), médico y dramaturgo ruso. Durante toda su vida ejerció la medicina, mientras se entregaba a la escritura de obras de teatro y cuentos cortos. Su legado dramatúrgico es esencial en el teatro moderno y en el realismo psicológico. En su novela corta El monje negro (1894), el joven filosofo y académico, Kovrin, viaja el campo para reponerse. Allí se encuentra con un personaje legendario, el misterio Monje negro.
Chéjov fue agudo observador de la frustraciones y decadencia de la sociedad rusa de fines el siglo XIX, y más allá, y en definitiva, de la condición humana. Entre sus grandes obras de teatro se encuentran El tío Vania, La gaviota, Las tres hermanas y El jardín de los cerezos; y entre sus cuentos, sobresalen La sala número 6 y La dama del perrito.
Aquí un artículo sobre Chéjov y su El Monje negro, y su visión de la vida, de Marcello Comitini, y antes publicado en Masticadores.
DURANTE SU ESTANCIA, Kovrin empieza a ver la aparición de un misterioso monje negro, una leyenda que dice que se materializa tras miles de años errando por el universo. El monje le habla directamente, halagando su ego: le dice que es un genio, un elegido y un pilar del progreso humano. Estas visiones hunden a Kovrin en una profunda locura, pero lo hacen inmensamente feliz.
Preocupada, su familia lo obliga a someterse a tratamientos médicos. Curado de sus alucinaciones, Kovrin se vuelve un hombre mediocre, amargado y cruel, destruyendo su matrimonio y sus lazos familiares. El relato cierra de forma trágica: ya enfermo de tuberculosis y en la miseria, Kovrin vuelve a ver al monje negro en su lecho de muerte, abrazando la locura final como su única fuente de felicidad real.
Il Monaco nero, título de sabor vagamente lúgubre, parece anunciar tonos oscuros y melancólicos. En realidad es una historia en la que Chéjov revela, con su particular estilo (a menudo definido erróneamente como aséptico), la convicción de ser un hombre sujeto a crisis de desconfianza hacia sus propias capacidades literarias y momentos de certeza de su ser diferente al resto, otros (¿quizás mejor?). Ciertamente diferente porque este escritor nunca pensó que podría ocupar el pedestal del que sabe y cree que puede dar la respuesta a los males del hombre.
Imaginemos estos pensamientos suyos observando a los personajes de la historia que viven una existencia aparentemente simple, casi ingenua, sin capacidad de expresar consideraciones absolutas y cortantes, pero con implicaciones psicológicas.
Sus personajes (que Chéjov tiene la maestría de revelar lentamente y con extrema habilidad) constituyen el humus ideal para la aparición del Monje Negro, que no es otro que un diálogo de Kòvrin consigo mismo, olvidándose de los demás, revelándonos (pero a sí mismo sólo al final de la historia) sus aspiraciones, sus miedos, sus dudas. La esencia del Monje, su súbito aparecer y desaparecer, los temas de sus discursos, ponen de relieve la contradicción que experimenta el ser humano entre aparecer y ser, entre voluntad individual y vida social.
Aunque es una criatura nacida de la mente del protagonista que sostiene el hilo conductor de la historia, vive con la ayuda de los demás personajes.
Kòvrin está enfermo de los nervios por el exceso de trabajo y duerme tan poco que todo el mundo queda asombrado; la joven Tànja (enamorada de Kòvrin) es muy nerviosa, habla mucho, le encanta discutir y acompaña cada frase con mimetismo agresivo; Egòr Semënič, (padre de Tànja) es un hombre inquieto, que siempre se apresura hacia algún lugar con la expresión de quien teme que si se demora un solo minuto, todo se arruinará.
Si Egòr y Tànja tienen su propia forma de vida, se apegan a sus convicciones y se comportan en consecuencia, Kòvrin, inicialmente considerado por el padre y la hija como de una inteligencia superior, es reducido por ambos a la normalidad: se doblega y se ajusta a sus deseos, casándose la joven, como sugirió el padre de la niña. Esta debilidad suya, esta misma preocupación por el juicio de los demás es evidente casi desde el comienzo de la historia. Tras la primera aparición del Monje, Kòvrin – narra Chéjov – «tenía muchas ganas de contárselo todo a Tànja y Egòr pero reflexionaba que probablemente habrían considerado sus palabras como delirantes y esto le asustaba».
La vida, nos dice Chéjov, es más tenaz que cualquier voluntad del individuo y tiene como componente muy fuerte el deseo de ser como los demás, acogidos por los demás, obedientes a las reglas y conductas que regulan lo social. Todo comportamiento no contemplado en estas reglas se clasifica como anormal.
La vida -parece repetir Chéjov hablándonos de Kòvrin que en su lecho de muerte invoca Tànja y la belleza de todo lo que le rodea- está hecha de esta mezcla inevitable: deseo de belleza, deseo de la propia individualidad, conflicto entre los demás y el propio Ego, muerte del Ego cuando, inevitablemente, se cede a la normalidad.
Chéjov no condena ni expresa consideraciones morales. Sólo una observación amarga.

(*) Fuente: Marcello Comitini, «Chéjov, una lección de vida», texto republicado desde Masticadores, página nacida en Cataluña, que Jr Crivello dirige y con numerosos colaboradores en el mundo.