
A Ernest Hemingway (1899-1961) lo conocemos por El viejo y el mar, pero también por Adiós a las armas y ¿Por quién doblan las campanas?. Como voluntario en la Primera Guerra Mundial, dirigió por un tiempo ambulancias en Italia y vio muy de cerca los horrores de la guerra, la muerte y el despedazamiento de los cuerpos. Luego fue reportero de guerra, y en 1935 escribió «Sobre la próxima guerra«, un texto contra la celebración de la guerra, algo muy pertinente a recuperar en estos días del primitivismo de la guerra a gran escala, remozada por nuevas y sofisticadas tecnologías.
Su obra Adiós a las armas (1929) es profundamente antibelicista; una respuesta a toda idealización de la guerra a propósito de un retrato desencantado de la Primera Guerra Mundial. Debido a esto, se intentó censurar la obra en varias oportunidades y lugares. Por otro lado, ¿Por quién doblan las campanas? (1940) se sitúa en el contexto de la Guerra Civil Española, en la que Hemingway participó como corresponsal. Aquí se justifica la necesidad de luchar, pero impugnando toda ilusión romántica sobre la violencia y reivindicando un sentido de fraternidad universal. Su título, inspirado en un poema del poeta metafísico inglés John Donne, señala que la muerte de cualquier ser humano nos disminuye a todos, porque «ningún hombre es una isla». Es una ventana que se abre a la empatía y la compasión por los soldados enemigos que también mueren. Esta visión amarga de Hemingway se robusteció con su experiencia posterior en la Segunda Guerra Mundial.
Tanto en la Antigüedad como en el siglo XX y ahora en el XXI, la muerte urdida por las guerras sigue matando y devastando la dignidad humana.
E.I
Sobre la próxima guerra, Ernest Hemingway (*)
La guerra ya no se decide simplemente por el análisis de las fuerzas económicas, si es que alguna vez lo fue. Ahora, la guerra la deciden o planean individuos, demagogos y dictadores que se aprovechan del patriotismo de su pueblo para engañarlo y hacerle creer en la gran falacia de la guerra, cuando todas sus cacareadas reformas no han logrado satisfacer a la población que oprimen. Y en Estados Unidos debemos asegurarnos de que a ningún hombre, por muy gradual, noble o excelente que sea, se le otorgue el poder de sumir a este país en una guerra que se está preparando y que se acerca cada día más con la premeditación de un asesinato largamente planeado. Porque cuando se le da poder a un ejecutivo, no se sabe quién ocupará ese cargo cuando llegue el momento de la crisis.
En los viejos tiempos se escribía que morir por la patria era dulce y digno. Pero en la guerra moderna no hay nada dulce ni digno en la muerte. Morirás como un perro sin motivo alguno. Si te golpean en la cabeza, morirás rápida y limpiamente, incluso dulce y dignamente, salvo por el destello blanco cegador que nunca cesa, a menos que solo te aplasten el hueso frontal o el nervio óptico, o te arranquen la mandíbula, o te desintegren la nariz y los pómulos, de modo que aún puedas pensar pero no tengas rostro para hablar. Pero si no te golpean en la cabeza, te golpearán en el pecho y te ahogarás en él, o en la parte baja del vientre, y sentirás cómo todo se desliza y resbala libremente mientras te abres, para derramarse cuando intentas levantarte, no se supone que sea tan doloroso, pero siempre gritan con ello, es la idea supongo, o tener el destello, el golpe metálico de un explosivo de alta potencia en un camino duro y descubrir que tus piernas han desaparecido por encima de la rodilla, o tal vez solo un pie y ver el hueso blanco sobresaliendo de tu polaina, o ver cómo te quitan una bota con tu pie hecho papilla dentro, o sentir un brazo caer y aprender cómo se siente un hueso raspando, o quemarás, te ahogarás y vomitarás, o serás volado al infierno de una docena de maneras, sin dulzura ni adecuación: pero nada de esto significa nada. Ningún catálogo de horrores jamás impidió que los hombres fueran a la guerra. Antes de la guerra siempre piensas que no eres tú quien muere. Pero morirás, hermano, si vas a ella el tiempo suficiente.
(*) Fuente: Ernest Hemingway, “Notas sobre la próxima guerra”, publicado en Esquire, septiembre de 1935.

