Breves (37) Desagradecidos con el sol

El sol, Edward Munch

Cada mañana, con cielo desnudo o tejido de nubes, allí arde el sol. Efusión salvaje de luz que flota a 150 millones de kilómetros de la Tierra. Inmenso reactor nuclear en el que el hidrógeno se fusiona para convertirse en helio. Magia física que crea la luminosidad y el calor.

Desde que el humano imagina, sitúa al sol como fuente de vida, personaje mítico de narrativas de renacimiento luego de su muerte simbólica, cada día, tras sumergirse en la oscuridad nocturna luego del ocaso; brillo cegador que ilumina la corona de los reyes, o transparencia de la iluminación espiritual que intuye lo eterno, lo viviente, radiante; la abrumadora quemadura viva. Y nuestro sol es como todos los soles, en distintas escalas. Lujuria demencial de energía; pero, aun así, nuestro monarca solar es un inválido frente a la estrella más grande conocida, Stephenson 2-18 (St2-18), la hipergigante roja situada a 19.000 años luz de la Tierra, en cuyo interior caben 10.000 millones de soles. No obstante, en nuestro sol puede contener 1.300.000 Tierras.

Pero nada de eso es suficiente para asombrarnos y agradecer el generoso regalo solar. Deambulamos veloces en las ciudades de pantallas, cemento y cristal, y bajo la excusa de no quedar ciegos, no miramos ni un instante el fuego en la altura. Precisamente por eso, paradójicamente, cultivamos otra ceguera: la de no advertir la presencia misma de la luz solar que nutre, con delicado o abrasador calor, la vida que nace en los cuerpos, de agua y abismo.

E. I

El sembrador, Van Gogh

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