Por Esteban Ierardo

Pensador extraordinario, Charles Sanders Peirce (1839-1914) no temió pensar de otra manera. Su inmensa obra incluye su versión del pragmatismo, su teoría de los signos —antecedente de la semiótica moderna—; su teoría de una cuasi-mente, que atribuye una condición mental a la relación entre las cosas más allá del cerebro humano; y lo que llamó el sinequismo, la idea de que todo existe de forma continuamente interconectada. Su búsqueda del asombro, de una realidad trascendente y su interpretación de la actividad científica como parte de una continuidad de investigación siguen derramando su influencia.
EL CABALLERO ALTO Y DE SOMBRERO DE COPA camina por una calle que conduce a la Universidad de Harvard. Ha estudiado lógica matemática, astronomía, química y geodesia. La noche empieza y contempla las estrellas, los pequeños y titilantes cuerpos radiantes que a los temperamentos sensibles les recuerdan las distancias apabullantes del universo. Quiere acercarse a nuevos saberes. De hecho, su curiosidad y creatividad intelectual lo llevan a perfeccionar las herramientas de la geodesia (las mediciones matemáticas de la Tierra y de los efectos de la gravedad) y a ser el padre fundador del pragmatismo, la semiótica y su teoría del signo de carácter triádico, así como de un revolucionario análisis sobre el razonamiento abductivo, concebido como el único proceso lógico capaz de introducir ideas nuevas y creativas en la ciencia (1).
El pensador nacido en Massachusetts desea un cargo permanente en la universidad. Su personalidad compleja y controversial se lo impide. En tiempos en que el matrimonio se considera sagrado e intocable, su divorcio de su primer casamiento provoca un escándalo.
En la práctica, casi durante toda su existencia vivirá de sus servicios profesionales en geodesia y de la enseñanza intermitente de la lógica matemática. La fecundidad de su pensamiento, que solo parcialmente fue publicada en vida, deja un legado de más de 80.000 páginas de manuscritos inéditos (catalogados posteriormente por Richard Robin en 1967). En la diversidad de sus intereses, su aporte a la sociología del conocimiento científico es su idea de la ciencia como un estudio colaborativo en aras de una continua rectificación de las hipótesis, aun las supuestamente demostradas. Su noción de la investigación científica como una comunidad de investigadores dejará una huella imborrable en la dinámica de la lógica de la ciencia.
El pensamiento de Charles Sanders Peirce se expande hasta la totalidad observable del universo y los signos que pueden proceder de cada cosa particular. La idea de ciencia de Peirce no se divorcia de la religión. La ciencia es una forma de religión secularizada en tanto busca la verdad por un instrumento más poderoso que la fe dogmática o que la pura deducción filosófica. De esa manera, el saber científico no puede detenerse solo en lo observable y lo medible en términos de un positivismo limitado. Debe aspirar a elevarse a la dinámica de lo invisible del mundo físico. Esta actitud guiará a Charles Sanders Peirce a una noción de «cuasi-mente» universal, a la que dentro de poco atenderemos y la cual evita sustituir la inteligencia latente en las cosas por el sesgo de una inteligencia solo en la mente humana o en las máquinas.
El pragmatismo es uno de los ramajes más importantes del árbol teórico peirceano. Su significado aflora en su Máxima Pragmática (1878). El concepto de valor de conocimiento de una proposición se relaciona con la acción, las consecuencias prácticas y los efectos perceptibles. Si una hipótesis científica o una idea filosófica no producen efecto en el mundo real, carecen de relevancia. Este criterio elimina falsas discusiones lógicas.
Peirce no comparte la posición de William James, otro destacado exponente del pensamiento pragmático. Este último es autor de una obra dedicada al pragmatismo y de Las variedades de la experiencia religiosa. James sostiene que «si una idea es útil, entonces es verdadera». Para subrayar y aclarar bien la diferencia, Peirce denomina a su propia corriente como «pragmaticismo». Para Peirce, el pragmatismo es inseparable de la lógica y la semiótica, y sirve para calibrar la validez de los signos en el mundo real.
Todos los pensamientos, imágenes y estímulos son signos; todo es parte de un proceso continuo y triádico: la semiosis. Y es triádica porque el signo se compone de tres momentos o elementos que interactúan y se necesitan mutuamente: el Representamen: es el signo en sí mismo en tanto cualidad material, es decir, lo que percibimos a través de los sentidos (una lluvia, una luz verde, una palabra o una raspadura en el tronco de un árbol); el Objeto: la realidad, idea o cosa a la que el signo se refiere (un cohete partiendo hacia el espacio exterior, el peligro ante un tornado o un animal que surge del bosque). Y el Interpretante: no la persona física que mira el signo, sino la idea o el efecto mental que el Representamen produce en la mente de quien lo percibe. El interpretante es esencial porque es el elemento que atribuye significado al signo al conectar el Representamen con su Objeto. De este modo, determina, por ejemplo, que «la luz verde significa que tengo paso en la calle».
Y la doctrina de los signos, a su vez, no puede deslindarse de los momentos principales del método científico en pos del conocimiento: abducción, deducción e inducción.
La abducción es el camino de las hipótesis que nace de la electricidad intuitiva, bajo la premisa: «Esto anómalo que observo podría ser causado por X». A esta etapa le corresponden los íconos, es decir, las observaciones visuales y las analogías que permiten vislumbrar un orden donde antes había caos.
Por su parte, la deducción enfila sus cañones hacia la predicción. Bajo el principio de la Máxima Pragmática, el científico deduce las posibles consecuencias prácticas o efectos perceptibles que deberían manifestarse en el mundo real si la hipótesis fuera cierta; es decir: «Si X es real, entonces al realizar la acción o experimento Y, debería suceder el efecto Z».
La inducción entra en juego como la prueba empírica requerida. A través del experimento y la generalización, comprueba el margen de realidad de las predicciones inferidas. Esta fase necesita de índices —las pruebas físicas, rastros y datos fácticos cuantificables—. Si la inducción es exitosa, permite consolidar leyes y teorías generales que se convierten en símbolos: un modo institucionalizado de nombrar un descubrimiento y actuar en consecuencia. Un hábito de acción. Un claro ejemplo es Alexander Fleming: el descubrimiento de la penicilina y su capacidad para matar bacterias (índice/experimento) se transforma en un símbolo médico que altera el hábito y la conducta de los profesionales de la salud al prescribir masivamente este antibiótico.
Cuando un experimento fracasa no se anula la potencia de la Máxima Pragmática; al contrario, esta se activa con mayor fuerza, exigiendo una constante corrección de signos y de hipótesis. En este dinamismo peirceano se encuentra un antecedente directo del método hipotético-deductivo de Karl Popper, quien también enfatiza que la ciencia avanza mediante la constante rectificación, la falsación y el descarte de conjeturas (2).
El pensamiento pierciano es de una diversidad, versatilidad y elevación de miras asombrosa. Como Schrödinger, Whitehead, Bateson o Bergson, Peirce rechaza el dogma dualista cartesiano: nada de separación de mente y materia. Para entender la estrategia de Peirce para extender lo mental a lo físico, hay que recordar que el caballero de Massachusetts es defensor del idealismo objetivo, tal como lo declara en una de sus frases más célebres de 1891:
«La única teoría inteligible del universo es la del idealismo objetivo, que la materia es mente decaída, hábitos inveterados que se convierten en leyes físicas» (3).
Lo material es “mente adormecida”, o “decaída”, solidificada. Es decir: la mente y materia no son dos sustancias diferentes. En el universo todo es continuo, entrelazado, nada está separado, y entre la materia y la mente reina una diferencia solo de grado, no de naturaleza. Para Pierce, la materia es mente que perdió su flexibilidad en manos de hábitos rígidos repetitivos. Estos “hábitos” son leyes naturales de la física, como la ley de la gravedad, que ya no hablan de un mundo mecánico e inerte. Pierce siempre rechaza el materialismo mecanicista. Los hábitos son los hábitos evolutivos (leyes) que la mente del universo consolida a través de los millones de años.
Así para Pierce, el idealismo objetivo (no subjetivo) significa que la mente existe en la naturaleza de forma independiente de los seres humanos individuales. Y para Pierce, en la amplitud del mundo rige el sinequismo (del griego synechismos, «continuidad» o «conexión»): todo lo que existe —las piedras, las plantas, los cuerpos celestes, los mares, los humanos, y todo lo demás— es un continuo interconectado. La interconectividad de todo implica una coherente integración inteligente.
Es muy interesante de qué forma surgió la idea del sinequismo como continuidad. Como adelantamos, Pierce se dedica a la geodesia para sobrevivir. Por más de 30 años, trabaja como geodesista profesional para el U.S. Coast and Geodetic Survey. Por su competencia en esta área científica de la medición matemática de la Tierra, comprende que siempre se miden extensiones en sí mismas continuas.
El romanticismo entiende la naturaleza como un gran organismo que no puede ser dividido sino a condición de su degradación. Muy al tono de esta posición, para Peirce, el tiempo no puede ser dividido en “instantes aislados” ni el espacio en “puntos atómicos”. Esto último es un artificio necesario para la medición del tiempo y el espacio en las diversas ciencias, pero no atañe de la realidad, en sí misma, unitaria y continua.
En 1892, Peirce publica el artículo «La Ley de la Mente» en la revista The Monist. En esta ley, estipula que las ideas se fusionan con otras y no permanecen desconectadas. Nuestro presente se relaciona con nuestro pasado y futuro en una corriente fluida, no dividida. Esta continuidad —el sinequismo— a su vez es la de la interconexión de todas las cosas. A esto se le agregan el Tiquismo y el Agapismo. El Tiquismo alude al protagonismo del azar puro y la espontaneidad: nada es mecánicamente perfecto, las desviaciones y alteraciones contingentes siempre ocurren. Y el Agapismo: la evolución no se debe al puro azar aleatorio transmitido hereditariamente en los seres vivos, sino a través de un proceso mayor que es el amor creativo o simpatía, que mantiene la conexión de la multiplicidad de cosas; esta forma de conexión se convierte en el hábito de las leyes universales. De modo que el azar (tiquismo) produce novedades azarosas; el amor (agapismo) selecciona esos nuevos eventos, y la continuidad (sinequismo) los transforma en una ley u hábito del universo. Los tres momentos de una gran Triada.
El universo es continuo y está en constante evolución. Frente a esto, como antes se dijo, nuestro conocimiento es “falibilista” porque nunca es completo ni está concluido; nunca es dable conquistar una certeza matemática estática sobre los hechos del mundo porque este se innova, se transforma y evoluciona. La comunidad de investigadores siempre late en aproximaciones provisionales y cambiantes respecto a lo que se intenta comprender. Y todo esto convive bajo una misma ley general: la cognición humana, las plantas y el mundo vegetal, las piedras, los mares, los planetas y las estrellas existen en un gran proceso relacional continuo.
Pero en el avance de su pensamiento, Peirce relaciona cada cosa en el tejido de la conexión continua de una pansemiosis: la semiosis (el proceso de los signos). Los signos en comunicación no necesitan estrictamente de la participación del pensamiento humano consciente. Hay un continuo pensamiento físico en el cruce de los signos, de modo que Peirce afirma: «El pensamiento aparece en el trabajo de las abejas, de los cristales y a través de todo el mundo físico».
Todos los movimientos físicos responden a leyes, lazos lógicos, que encarnan en “hábitos” de la naturaleza. El universo, así, funciona como, la antes mencionada, «Cuasi-Mente», una inmensa infraestructura de signos en la que los objetos físicos actúan como «ideas encarnadas».
La cuasi-mente de Pierce quiere demostrar que la mente no es un patrimonio exclusivo del cerebro humano. Peirce se entusiasma con la posibilidad de desantropologizar la semiótica: la cuasi-mente no precisa de neuronas ni de un humano que la decodifique.
El pensamiento del sapiens interactúa con circuitos lógicos y de significado ya presentes en la propia estructura del mundo físico. Así, el pensamiento y los signos no se ciñen solo al cerebro humano. Y de este modo «el pensamiento no necesariamente tiene como sujeto a un cerebro; aparece en todo el universo físico». Además de su expresión en la mente humana, la cuasimente puede ser también un libro o un texto, donde las ideas se conectan e interpretan entre sí; el código genético (ADN) de un organismo, que procesa información biológica de manera autónoma: o incluso, hoy, inteligencia artificial y su software computacional que opera lógicamente mediante signos.
La mente humana, como un caso particular dentro de la cuasi-mente entonces, interpreta signos que remiten a otros signos en una corriente continua sin divisiones, como nos dice el sinequismo o principio de continuidad de Peirce. Principio por el que la mente y lo físico están siempre unidos, compenetrados en una continuidad no urdida por el humano que interpreta signos ni por un supuesto Dios antropomórfico que el humano “fabrica”.
Y esto es evidente para Peirce: el humano habita dentro de un inmenso mundo de signos, pero solo tiene una interpretación o registro cognitivo de una minúscula parte de ellos. Aquí, claramente, en la cuasi-mente, los signos fluyen en una continuidad en la que el humano siempre es refutado en su ansia antropocéntrica, en su deseo de sustituir al inmenso universo. La inmensidad de la realidad lo reduce a la pequeñez que, por su orgullo, siempre olvida y no asume, tal como se afirma en «La naturaleza de la ciencia» (4).
Para Peirce, todo es signo: una pansemiótica. Todo objeto físico existe por sí mismo en el mundo real, pero cuando se lo percibe o piensa, se convierte en signo. El pensamiento también está hecho de signos; no se puede pensar sin ellos. Nuestros pensamientos son signos en constante desarrollo. Y los signos no son datos pasivos, sino portadores de información, dado que la estructura triádica del signo «comunica» algo del objeto a un potencial intérprete. Esto conduce a lo que Pierce llama las dimensiones de «Primeridad», «Segundidad», la “Terceridad”. La Primeridad representa las cualidades o posibilidades aún no percibidas por nadie; la Segundidad es la presencia de las cosas reales chocando entre sí sin que nadie las interprete. Pero en cuanto esa Segundidad es interpretada por un Tercero (la “Terceridad”) se convierte en conocimiento, deviene en un signo generador de información.
El universo es un texto de signos y esos signos, en el vuelo pensante de Peirce, se convierten en la cuasi-mente, con su inteligencia integrada en un plano superior. Aquí, el camino de los signos es un puente hacia una mente mayor que la nuestra, lo que justamente el pensador de Massachusetts llama la cuasi-mente, que nos trasciende, nos asombra. Nos descentra de nuestro incansable antropocentrismo.
Y en el pensamiento de Pierce hay un fuerte lugar para la lúdico contemplativo de lo que supera nuestra subjetividad en la clave de percepción de una realidad mayor «divina». Un texto clave de la filosofía de Charles S. Peirce en esta dirección es «Un argumento olvidado en favor de la realidad de Dios» (1908). Aquí propone una actitud altamente perceptiva y receptiva de la realidad física en su vastedad: el estado de Musement: el «ensueño», la «meditación libre» o el «puro juego de las ideas».
En una mente perfilada solo para la productividad, lo que se experimenta como relevante es únicamente lo utilitario. El Musement, por el contrario, «no involucra otro propósito fuera del mantenerse apartado de todo propósito serio». La mente acepta desprogramarse y soltar amarras ante la urgencia, buscando una libertad pura y no condicionada.
Peirce acude a la metáfora de un bote para ingresar a este especial estado sensitivo:
“Súbete al bote del Musement, empújalo en el lago del pensamiento y deja que la brisa del cielo empuje tu navegación. Con tus ojos abiertos, despierta a lo que está a tu alrededor o dentro de ti y entabla conversación contigo mismo…” (5).
Mantener «los ojos abiertos» es emular el vuelo de un águila para contemplar simplemente lo que se despliega en el valle de las cosas naturales: montañas, nubes o insectos. No es un repliegue egocéntrico, por el contrario es una posición exocéntrica. Es un movimiento hacia afuera que atiende a lo que antes se ignoraba: las cúpulas de los árboles, una colonia de hormigas o el sutil cambio en el color del cielo.
En el Musement, la mente humana renuncia a «controlar» o «clasificar». No se trata de cerrar los ojos —como en ciertas meditaciones orientales—, sino de mantenerlos bien abiertos para captar lo dado sin la mediación inmediata de las palabras. No se ve una montaña bajo la etiqueta de «roca», sino en su pura presencia, en una actitud que se acerca al budismo zen. Y, en definitiva, por la actitud del Musement, desde la persona más sencilla, hasta el intelectual sofisticado, luego de mucho tiempo de meditación libre, debería aceptar, como natural, sin ninguna imposición, la hipótesis de la Realidad de Dios como única actitud razonable ante la belleza y orden del cosmos.
Y el filósofo camina cerca de un lago, acariciado por una tibia luz matinal. Los árboles, las rocas, los animales, e incluso el imperceptible y fino aire se le aparecen como las corrientes incansables de los signos que fluyen en la vida. Al deambular solo dentro de la naturaleza fértil, íntima, antigua y renovada, nada puede sospechar de su futuro, en el que se lo estimará como padre de la semiótica moderna con su teoría triádica del signo.
También se le reconocerá como uno de los fundadores del pragmatismo, donde el valor de una idea se mide por sus consecuencias prácticas, impactando directamente en la filosofía de la ciencia contemporánea. Como lógico matemático, y décadas antes de Claude Shannon, anticipó la idea de que las operaciones lógicas podían realizarse mediante circuitos eléctricos con interruptores, una idea que funge como fundamento técnico de toda la informática y de la computación moderna.
Pierce como propiciador de la epistemología antidogmática del falibilismo, y también del valor estratégico de la abducción como intuición creativa de la que brotan nuevas hipótesis. Y Pierce y el goce de la contemplación del universo, el Musement, que legítimamente hacer sospechar alguna divinidad. Y la realidad como el sinequismo, como la continuidad sin división, sin interrupción de los signos, en cuya corriente se vislumbra una cuasi-mente que rebasa los límites de la mente humana.
(*) Fuente: este texto procede parcialmente de nuestro reciente libro inédito La inteligencia de las mil caras.

Citas
(1) Obras de Charles Sanders Pïerce: Collected Papers of Charles Sanders Peirce (8 Volúmenes), Editorial: Havard University Press, 1931–1958. La primera gran recopilación de sus manuscritos organizados de manera temática; The Essential Peirce: Selected Philosophical Writings (2 Volúmenes), editorial: Indiana University Press, Vol. 1 (1992), Vol. 2 (1998); Obra filosófica reunida (Tomo I y Tomo II), Editorial: Fondo de Cultura Económica, 2012.; Claves semióticas, Editorial: Editorial Cactus, Buenos Aires, 2024; El pragmatismo, Editorial: Ediciones Encuentro (España, 2008; La fijación de la creencia. Cómo aclarar nuestras ideas; Editorial: KRK Ediciones, 2007.
(2) En su obra Conocimiento objetivo (1972), Popper le dedica elogios explícitos como el gran pionero de la concepción conjetural de la ciencia: «Al considerar a Peirce, lo considero como uno de los más grandes filósofos de todos los tiempos. […] Él modificó radicalmente la concepción de las leyes de la naturaleza y de la ciencia física, al considerarlas no como verdades absolutas, sino como conjeturas altamente falibles«.
(3) Esta famosa frase de Charles Sanders Peirce proviene de su célebre ensayo titulado «The Architecture of Theories» («La arquitectura de las teorías»), publicado originalmente en enero de 1891 en la revista científica y filosófica The Monist.
(4) El manuscrito redactado en 1905, titulado originalmente en inglés como «The Nature of Science» («La naturaleza de la ciencia».
(5)C.S. Pierce. «Un argumento olvidado en favor de la realidad de Dios» (1908).