Entre águilas y lobos: Moradas, de Linda Hogan

Por Esteban Ierardo

Una reflexión sobre la relación entre cultura y naturaleza, entre los animales y los humanos a través de un bello libro de la escritora de origen indígena Linda Hogan.

La naturaleza es solo una idea, una forma humana para aludir a lo que nos rodea y está antes de nosotros, o es una presencia real, encarnada en los animales, en la luz del sol, o en el agua en caída de las lluvias. Esta última forma de naturaleza, es la que colma las páginas de Morada de Linda Hogan, escritora, poeta y ensayista nacida en Denver, Colorado, en 1947. Criada dentro de la Nación Chickasaw —hoy una comunidad de más de 12.000 miembros censados, celosos conservadores de su herencia lingüística y de una economía próspera—, sus miembros se encuentran arraigados en la región de Chickasaw Country, en Oklahoma.

La mirada puede perderse, siempre, en lo cercano, en lo que sale al paso: un mirar estrecho, fomentado principalmente por el encierro en las ciudades. En cambio, la sensibilidad puede imaginar otro modo de percibir desde el estar en el mundo de osos, lobos y murciélagos. O las águilas, que absorben inmensidades desde las alturas. Las plumas de águila conectan con “el poder del cielo, el trueno, el sol”. En el batir de plumas y alas del gran pájaro asoma “una forma de pensamiento más antigua que el tiempo mismo. Menos primitiva que el pensamiento racional”. La ascendencia indígena de la autora también la predispone a celebrar, y no a rechazar, el mundo mítico y los vientos que espolean hacia los antepasados quienes, al retroceder en el tiempo, encuentran “una suerte de razón sagrada, conectada con las fuerzas de la naturaleza, distinta de la razón común”.

En los torrentes de la historia, muchos buscan el saber por la ciencia y el intelecto. Esta es una actitud que ordena, clasifica y comprende muchas joyas en el cofre de la vida, pero que no alcanza a entender “a los animales, a la tierra finita, ni siquiera entienden su propia mente, su propia conducta”. Pero si los mensajeros del rigor científico ansían con sinceridad aprender del mundo, entonces, sin darse cuenta, se acercarán “a lo espiritual, a los orígenes mágicos de la creación”.

El encuentro con los animales abre puertas a la intuición de lo más salvaje, pero también de lo más delicado y hondo. Hogan recoge unos murciélagos en un parque. Observa su anatomía de alas y patas que se estiran como delgadas manos alienígenas. Es una pareja; el macho no sobrevive, la hembra sí. Los seres ciegos y nocturnos brotan de las cuevas, su hogar ancestral. La autora visita una cueva que antes albergó los laberintos aéreos de estos seres que duermen cabeza abajo, los cuales se negaron a seguir allí por la perturbadora llegada de los humanos. Su modo de volar en las noches es por ecolocación, un arte sofisticado de ecos y sonidos: “Los murciélagos oyen su camino en el mundo. Oyen los sonidos que existen en los bordes de nuestras vidas”. Por el contrario, los humanos dominan las cosas, pero no escuchan su respuesta a nuestra presencia. Los murciélagos, en cambio, escuchan los ecos de sus sonidos; a ellos “todo le contesta: el rincón de una casa, las hojas temblorosas de un árbol agitado por el viento, la voz sólida de los ladrillos”. Ellos, como otros animales, predicen terrenos y tormentas, y “viven con la diosa de la noche en la boca lujuriosa de la Tierra”.

Los animales viven en su mundo inmediato, pero los humanos, por el misterioso poder de la mente, pueden proyectarse hasta lugares remotos. Pero también por sus naves espaciales el ser humano rompe el encierro del planeta y viaja hacia otros mundos y sus satélites. La autora recuerda el lanzamiento de las sondas espaciales Voyager en 1977, que portaban un Disco de Oro con imágenes, canciones y música de la Tierra. Aquel especial disco era como “un mensaje en una botella que lleva nuestra historia a través del océano negro del espacio”. Ese espacio no es lo lejano y ajeno: es nuestro origen. Y sobre esto, Hogan relaciona al pintor suizo expresionista Paul Klee como ejemplo de la búsqueda del origen: y ella también recuerda: “Yo salí del cuerpo de mi madre, pero nuestro antepasado común es la Tierra, y el antepasado de la Tierra es el espacio”

 Para Hogan y su pueblo, la Tierra, descendiente del espacio, siempre está viva. Para un ciudadano urbano moderno esto es pura fantasía; no así para la tradición de los  indígenas. En Moradas se evoca a los hopis y su danza de las serpientes. La serpiente es un animal que existe antes que el humano; comunicarse con el reptil en una ceremonia es reencontrarse con la vida en la tierra ardiente y en las cuevas misteriosas en las que habitan. Para Hogan, las serpientes son “personas” que devuelven la sabiduría de lo muy antiguo, de un “punto cero” del que nuestra mente racional nada sabe, pero sí nuestros cuerpos que “conocen ese cero, ese núcleo, la constelación de la vida en nuestros comienzos humanos, esa forma igual a la galaxia”.

Para esa otra sensibilidad indígena, las serpientes nos devuelven a la intensidad poética de lo primitivo. Y también los lobos, con su presencia misteriosa entre el bosque y la luna; intuir los motivos de sus aullidos es descifrar oráculos complejos e insondables. El aullar del lobo compone un lenguaje arcano, indescifrable.

 Y podemos hacer regalos, pero no valoramos lo que ofrece y regala el sol, la tierra o el “quedarnos de pie en la lluvia, extasiados con lo que nos ofrece”. También hay un arte en el rastillar, que no es solo una práctica de limpieza y remoción de hojas caídas, sino el demorarse para “alisar el suelo roto” y “sanar la confianza partida que hay entre nosotros, los humanos, y la Tierra”.

Moradas de Linda Hogan invita a caminar con el ardor suave de la poesía en la retina y la piel, bajo el recuerdo de los textos de vida salvaje que sus antepasados indios sabían leer con meticulosidad; invita a avanzar en la abundancia del bosque o la pradera, e intentar escuchar todo lo que allí habla y canta, de alguna forma secreta y perdida.

(*): Este artículo se publicará también el futuro en Diario Perfil.

Deja un comentario