Por Esteban Ierardo

La muerte de Robin Hood, una intensa película de Michael Sarnoski que deconstruye la leyenda romántica del personaje de la Inglaterra medieval.
Las leyendas nacen para perdurar y cambiar. Robin Hood nace en la Inglaterra de la Edad Media, en el siglo XII o XIII. La historia tradicional se refiere a Robin de Loxley (o Locksley), un noble sajón que vuelve a las campiñas inglesas luego de participar de las Cruzadas. El respetado rey Ricardo Corazón de León también estuvo ausente, mientras el gobierno recaía en Juan sin Tierra, quien impone su autoridad tiránicamente y aumenta los impuestos. Al regresar, Robin se encuentra con la confiscación de sus tierras por el corrupto Sheriff de Nottingham.
Indignado y enfurecido, Robin se adentra en las honduras de verde y ramas del bosque de Sherwood. Forma una banda de rebeldes, los Hombres Alegres (Merry Men), con los que asalta los carruajes de los terratenientes y a los recaudadores de impuestos. Robin se convierte en Robin Hood, el forajido encapuchado. En su banda sobresale el Pequeño John (Little John), llamado así irónicamente por su gran tamaño, Lady Marian, su amante, y el entusiasta monje Fray Tuck.
La leyenda de Robin Hood se constituye lentamente a través de los siglos. Primero es un yeoman, un campesino libre, no un noble. En un principio es claramente un delincuente; de hecho, en los registros judiciales del siglo XIII, «Robin Hood» es una expresión de esa condición. Pero en el siglo XIX, el escocés Sir Walter Scott, el autor de la novela Ivanhoe, lo transforma en un aristócrata defensor de los oprimidos, enemigo de la corrupción feudal representada por el Sheriff de Nottingham y el rey Juan sin Tierra. Así se termina por constituir el mito romántico de Robin Hood como el héroe popular que roba a los afortunados en beneficio de los desventurados.
Pero la inversión del mito supone la transformación de la identidad de Robin Hood: de héroe a villano, o a un hombre de su tiempo, marcado por la violencia y el desamparo del individuo respecto a los poderes abusivos del Estado monárquico. Esa metamorfosis es el eje narrativo de la película de 2026 escrita y dirigida por Michael Sarnoski: La muerte de Robin Hood (The Death of Robin Hood), protagonizada por Hugh Jackman, quien abandona sus papeles de superhéroe de Marvel para devenir en un personaje atrapado por los circulares procesos de la agresión y la venganza. En su camino se reencuentra con Little John, desvalido y afligido, preocupado por una hija, y con una mujer mística, la Hermana Brigid, interpretada por Jodie Comer en un lejano monasterio.
Robin Hood ya no es solo el esquemático hombre de acción típico de la novela de aventuras. Ahora es un ser complejo, oscuro, desolado, atribulado por el aguijón de una culpa antes ausente. Como un animal que se sabe acosado, quiere escapar del continuo retorno de un pasado de cuchillos, hachas y flechas letales.
La nueva versión de Robin Hood fue filmada en gran parte en Irlanda del Norte. Sarnoski busca la impresión fresca y salvaje del paisaje irlandés en Silent Valley, Glenarm o Murlough Bay, junto con algunas escenas en estudios en Belfast. Una bella fotografía se funde con los horizontes irlandeses, pero también con la noche, el fuego y la lucha animal por evitar un hacha enemiga. Y para narrar la fase más dramática de la transformación de Robin Hood, elige la imponente presencia de la fortaleza medieval de la Roca de Cashel, en el condado de Tipperary.
En su resonancia a través del tiempo, Robin Hood justifica su violencia por su ejemplarismo moral: roba, sí, pero para dárselo a los pobres. Una historia que satisface el deseo de una «buena criminalidad», bajo un manto romántico en el que quien se refugia en el bosque no quiere riqueza solo para sí, sino para compartirla. Al ayudar a los semejantes desventurados, Robin Hood parecería salvarse a sí mismo. La acción cruenta organizada, consistente en robar y matar, convierte al forajido en héroe, en modelo justiciero y, en definitiva, en un camino de realización y autosatisfacción.
Pero ese es el relato legendario complaciente. El parpadear de una mirada moderna consiste en volver sobre lo conocido con acento crítico o autocrítico. En La muerte de Robin Hood, el gesto de modernidad crítica se revierte sobre el héroe de la leyenda. Ahora él es el que sabe la verdad incómoda y la asume: «No soy ningún héroe, más bien lo contrario; alguien incapaz de modificar el mundo recibido en nada». Robin Hood, sustraído de la ficción legendaria y expuesto a la verdad de sí mismo, es solo un hombre que, para adaptarse a un mundo violento, aprendió a sobrevivir imponiéndole el robo o la muerte a quien fuere. Su única cualidad es la eficaz adaptación a un ambiente que exige repetir la violencia como rito de una necesaria integración a su entorno. No hay ningún mérito moral en adecuarse a un ambiente, solo una resignada adaptación.
Entonces, Robin Hood atraviesa el infierno continuo entre la tierra que quema y el cielo inalcanzable por flechas de ensueño. Mata a una joven que busca venganza y, en condiciones extremas, a un descendiente de vikingo también movido por el deseo de vengar el pasado. Llega a una isla en la que una mujer sensible y aplastada por la sombra de un doloroso pasado le da ayuda y cobijo. Llega a sus brazos la hija de un Little John masacrado por un destino brutal. Quisiera renacer, en la función de protector y no de agresor. Defender a una niña, acaso amar a una mujer que ve las estrellas y los árboles con ojos de asombro y amor. Pero ninguno que mucho despedazó a otros seres puede descansar dentro de un círculo de luz. La filosofía de la crueldad, aunque haya sido necesaria para sobrevivir, aleja la tranquilidad de una mañana de primavera y extraña la tormenta continua en la que volver a ser cruel.
El otro Robin Hood, consciente de su armadura de oscuridad, sabe que el que mucho mató no puede escapar del camino de la sangre. Si en algo realmente se puede ser justo, es en reconocer todo el mal hecho. Entonces, la propia muerte es el último momento para admitir que no fue ningún héroe, solo otro guerrero solitario y confundido que, como muchos en todos los tiempos, solo al final aceptan, con remordimiento, la mentira de toda una vida.

