Por Gustavo Di Pace

El escritor y amigo Gustavo Di Pace estuvo con su hija de visita en París y otros lugares del Viejo Continente. Era la primera vez. Al visitar la tumba de nuestro querido Julio Cortazar (1914-1984), el autor de Bestiario, Rayuela, Todos los fuegos el fuego y otras joyas, Gustavo no pudo evitar la emoción. Aquí su texto de homenaje al gran Julio, luego de visitarlo en el cementerio de Montparnasse.
Hay una flor amarilla, hay frutos secos, hay hojas, hay piedritas, todo reposa sobre la losa blanca y forma figuras, lo que fue se deja llevar por una brisa tímida, respetuosa. La flor amarilla, los frutos secos, las hojas, las piedritas, subrayan tu nombre. Y qué bueno que la naturaleza (y la tierna costumbre de tus visitantes) se confabulen para hacerlo. Aquí estoy, decidido, porque así como una vez le escribiste a Felisberto Hernández, cuando ya se nos había adelantado, hoy me toca escribirte a vos, querido cronopio.
Mirá vos, tuve que viajar miles de kilómetros para esgrimir estas pocas palabras, tímidas, respetuosas, como la brisa. Ahora me agacho y pongo una hojita sin elegir un lugar específico, pero ésta se rebela, bailotea feliz y se posa sobre tu nombre.
¿Será que ese otro lado que tanto sospechaste sigue haciendo lo suyo? Ay, Julio, parado frente a la incólume losa blanca donde también se graba el nombre de tu última compañera, me dolés. Pero es un dolor necesario, te juro, es un ardor en los ojos que da sentido. Ahora escucho un cuervo (espero que no sea el de Poe) y me pregunto si no grazna entre otros grandes nombres, porque por aquí andan también Charles Baudelaire, Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre. Qué vecinos tenés, che.

Pero de más está decirlo, yo vine a agradecerte a vos: gracias por la Casa tomada, gracias por el Torito, gracias por las Cartas de mamá, gracias El perseguidor, Las ménades y tantas de tus historias que se nos hicieron espíritu. Y eso que el espíritu es escurridizo, eh. Pero no con vos, claro, porque vos siempre fuiste un encantador. Como dijo Georges Bataille, que no anda por acá sino en Vézelay, un pueblo de aire provenzal al sur de París, la literatura es lo esencial o no es nada, y vos lo entendiste como pocos.
¿Sabés una cosa? Me cuesta irme, pero este adiós no es para siempre, amigo. Ya en este texto se respiró un piano, también una trompeta y, en algún momento se respirará una guitarra. Porque siempre detrás de las palabras suena la música, y porque, como ya dijiste una vez, es ley de vida.


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