Por Esteban Ierardo

Al buscar otras cosas, dimos con este cuento escrito hace mucho tiempo. Tal vez era una señal para sacarlo de su sueño en un archivo olvidado.
EL CIELO siente la nostalgia de la lluvia. En su altura, se acumulan las nubes. La tierra está seca. El viento no es traspasado todavía por el dulce descenso de las gotas.
Y entre el bosque y las montañas, serpentea un camino jaspeado de piedras. Sobre el sendero, proyecta su sombra un viajero solitario. Se sostiene sobre tres pies: las dos extremidades naturales de su cuerpo, y un bastón de bambú, que prolonga uno de sus brazos. En su talego trae varias pinturas ya concluidas, y un rollo de exquisito papel, un frasco de tinta, y los pinceles que nunca lo abandonan.
Muchas veces, Toyo duerme junto al fuego de una fogata. Antes de dormir, piensa con insistencia en algo que su maestro le manifestó una tarde, en la que hermosas nubes cárdenas tapizaban las alturas del cielo.
«El arte no necesita de muchas obras -le dijo su maestro-. Debes servirle a aquello de donde vienen todas las figuras…».
«¿Servir a aquello de donde vienen todas las figuras…?, nuevamente se pregunta Toyo frente al baile de las llamas. Y luego viene el sueño, y dentro de los sueños, cantan alegres mujeres que se bañan, se alzan palacios de ventanas de reflejos ámbar, y de diez mil pisos y diez mil habitantes divinos. Los sueños del pintor chino son también pródigos en dragones, salamandras y venerables antepasados.
Al despertar, Toyo piensa en una casa o un templo, quizá, que flota; y camina, ve, respira, acaricia; venera un arroyo; quiere escuchar el interior del agua. Se acomoda sobre una roca, con la bolsa colmada con sus imágenes ya pintadas, acaso sus únicas posesiones. Árboles cercanos endulzan sus mejillas con aromas vegetales, mientras, sobre las hojas, se proyectan las sombras de la noche.
La luna brilla en el centro de un jardín de estrellas. El tiempo descansa sentado en los labios de las rocas. Los espíritus del bosque deambulan entre los árboles. Los animales comprenden el silencio.
El pintor duerme y despierta. Deja el reino de los árboles, recorre campos entre hierbas silvestres y arrozales; acerca sus labios a la fresca agua de su cuenco; sigue su marcha y llega a una aldea. Unos cultivadores de arroz lo invitan a su hogar. Toyo acepta. Come. Escucha. Por cortesía, da algún consejo. Agradece. Se marcha. Largo es el camino, pero le acompañan sus pinturas, sus únicas posesiones. Se detiene ante una montaña. Se sienta sobre un tronco. Un nuevo bosque derrama su magia hacia el este. Toyo escucha el canto de un pájaro y ve un caballo, que rápido desaparece. No lamenta esas desapariciones, porque en sus rollos de pinturas vuela un pájaro, y trota un caballo.
Nunca se agota la fascinación. El artista es la perpetua mirada fascinada. Toyo siempre se siente acompañado por el musgo en las rocas, el viento que no anuncia su origen ni su destino; las hojas suspendidas, el grillo y el saltamontes.
El pintor sabe que la belleza está en todas partes, pero la historia humana suele preferir el mundo tenso, amenazado o devastado por las guerras innecesarias. Todo lo que destruye lo bello da poder.
No muy lejos, otro caminante aparece en el camino. Toyo lo observa al principio sin sorpresa, como si fuera una visita presentida y necesaria. Sólo en tres ocasiones, el desconocido mira por un instante hacia atrás, como si reclamara el acercamiento del pintor.
En la noche, cerca de altas montañas, Toyo observa una fogata. El día regresa, pierde de vista al otro viajero. Descansa al pie de un pino. Cerca, escucha la voz de un río. Se acerca a la orilla. Alguien flota en la corriente, parece estar a punto de ahogarse. Sin dudarlo, se arroja al agua. Siempre fue bueno en el arte de nadar. Se acerca al desconocido. Entonces ve una niebla que brota del agua y se eleva hacia las nubes. Toyo sigue su nado. No piensa. Llega hasta la otra orilla. Recupera el aliento, se sienta en una roca. De a poco vuelve a percibir su cuerpo que vibra en resonancia con su entorno. Por un instante, siente una corriente invisible que fluye por sus huesos. En su espalda, ya no siente su bolsa, sus viejas pinturas. Está casi desnudo. No tiene nada.
Imagina que de nuevo camina por el bosque con sus pinceles. Está en un claro, frente a un valle, con árboles, bruma y un río. Entonces, ve hacia adelante. Cerca, algo flota y se eleva desde donde vienen todas las figuras.
