El viaje de Artaud a México, y el rito del peyote entre los Tarahumaras

Tarahumaras chepe.mx

En 1936, Antonin Artaud viajó a México en busca de una realidad trascendente que Europa había perdido. El testimonio de ese encuentro es su relato de llegada al país de los Tarahumaras y su participación en el rito del peyote, y su efecto de unidad con todas las cosas.

Antonin Artaud (1896-1948) fue un artista excepcional. Actor, dramaturgo revolucionario, pregonó la transformación del teatro a través de su famoso Manifiesto del teatro de la crueldad. Crueldad respecto a la percepción adormecida que confunde literatura y psicología con teatro, y que no percibe el espacio. Por eso, en el teatro oriental halló un modelo en el que lo teatral aspira no solo a representar conflictos humanos o a entretener, sino a recuperar una dimensión ritual perdida. Ritualidad que convierte a la escena teatral en apertura al mito, al espacio y a fuerzas cosmológicas mayores.

Poeta de alto vuelo simbólico (El ombligo de los limbos, El pesanervios), desde joven, Artaud fue visitante asiduo de psiquiátricos en los que fue sometido a más de 90 electroshocks.

Artaud en su época de actor, en La pasión de Juan de Arco, de Dreyer.

Como actor, Artaud participó en Napoleón (1927) de Abel Gance, y La pasión de Juan de Arco (1928), de Theodor Dreyer. Fue primero surrealista, escribió algunos textos sobre las bondades del cine surrealista pero luego, expulsado por Breton, respiró hondo y firme en su camino solitario en el que cultivó su teatro innovador. Y viajó en busca de una conexión perdida con algo mayor, divino y sagrado, y un nuevo humanismo. Primero buscó esa altura en Irlanda, en sus huellas celtas. Y luego finalmente en México. El 7 de febrero de 1936 visitó México, con la consigna utópica de superar la estrechez occidental anclada en el exceso de razón y su frutos: el materialismo, el vacío espiritual, la desesperación existencial. Dio algunas conferencias, y luego se encaminó hacia una sabiduría indígena del México antiguo, todavía sobreviviente en la Sierra Tarahumara.

Su elección de México para su viaje movido por una épica ritual quizá procede del poema Yerbas del Tarahumara, de Alfonso Reyes (que tradujo al francés Valery Larbaud). Por esa lectura, quizá Artaud entrevió que lo humano restaurado por la recuperación de alguna espiritualidad podría hallarlo en los mitos y ritos de las etnias mexicanas.

En el libro México y viaje al país de Los Tarahumaras recoge dos de sus textos de viaje: México y Los Tarahumaras (1945); aquí sale en busca de los tarahumaras y su «retorno al

empirismo», su ancestral conocimiento de las plantas sagradas para curar, o para entrar en resonancia con la naturaleza como fuerza espiritual.

Los tarahumaras son un pueblo que conservó sus ritos y saberes a pesar de la colonización española. «Tarahumara» es la castellanización de otro término por el que se los conoce, rarámuri. Y Rarámuri etimológicamente significa «pie corredor» y, de forma más amplia, «los de los pies ligeros», haciendo alusión a su antigua tradición de correr. Ellos mismos se hacen llamar «los de los pies alados» o «pies ligeros»

En su viaje a la Sierra Tarahumara, Artaud descubrió que aún por los años 30, sobrevivía una cultura, como la rarámuri, edificada sobre símbolos. Una simbología en pinturas o esculturas en jade, como parte de un camino hacia la matemática “secreta” de todas las cosas. Signos, raras figuras en la sierra de los tarahumaras, de un realce teatral, para la fascinación de Artaud, y repetidos en cada uno de sus ritos y danzas tradicionales.

El peyote en una estampilla en Rusia, en 1994. El peyote posee alcaloides derivados  de la  fenilalanina-tirosina, entre ellos la mescalina, un poderoso alucinógeno (Wikimedia Commons)

Y los tarahumaras conservan su danza del peyote, un rito para el acceso a un estado de unidad trascendental con la vida universal. El peyote es una planta con propiedades psicoactivas. El fraile franciscano Bernardino de Sahagún, en 1580, fue el primer europeo en referirse a la ingestión del peyote y sus efectos alucinógenos. Escribió que los chichimecas fueron los primeros que descubrieron y usaron el peyote, cuyo uso se extendió al norte a fines del siglo XIX, y se relacionó con el resurgimiento de la espiritualidad de los pueblos nativos de Estados Unidos. Al peyote se referían como «la medicina» y se lo empleaba para luchar contra el alcoholismo, y como medio de prácticas espirituales.

En su búsqueda del ritual del peyote tarahumara, Artaud caminó 28 días para llegar a la montaña, y 12 días más tuvo que esperar para el ritual. Así su viaje lo condujo hasta la danza del peyote rarámuri. Una ceremonia compleja, plena de símbolos, con la fuerte presencia de la planta alucinógena. Artaud recrea en el texto que sigue a continuación el impacto trascendental que le provocó su participación en ese especial rito (1), durante el que «uno ya no siente el cuerpo que uno acaba de abandonar y que le inspiraba seguridad en sus límites, en cambio, uno se siente mucho más contento de pertenecer a lo ilimitado que a uno mismo».

En el texto hemos puesto en negrita partes que nos parecieron especialmente esenciales. Y también aquí agregamos una canción sobre la visita de Artaud a México y la tierra de los tarahumaras, de Don Erasmo Palma Fernández (1928-2016)., músico, compositor, pintor, escritor y traductor mexicano de ascendencia rarámuri.

Tiempo Suspendido / El Coro de Norogachi
Canción de Don Erasmo Palma, inspirada en la visita de Antonin Artaud a la Sierra Tarahumara

Esteban Ierardo

El rito del peyote entre los Tarahumaras (*)

Por Antonin Artaud


COMO ya dije, los sacerdotes de Tutuguri fueron los que me abrieron el camino del ciguri, como algunos días antes el Jefe de todas las cosas me había abierto el camino de Tutuguri. El Jefe de todas las cosas es el que dirige las relaciones exteriores entre los hombres: la amistad, la piedad, la caridad, la fidelidad, la devoción, la generosidad, el trabajo. Su poder se detiene en la puerta de lo que en Europa entendemos por metafísica o teología, pero va más allá en el campo de la conciencia interna que cualquier jefe europeo.

Nadie en México puede ser iniciado, es decir, recibir la unción de los sacerdotes del Sol, el toque de inmersión y de incorporación de los ciguri, que es un rito de aniquilación, si anteriormente no ha sido tocado por la espada del viejo jefe indio que comanda en la paz y en la guerra, en la Justicia, en el Matrimonio y en el Amor. Al parecer, tiene en las manos el poder que hace que los hombres se amen o enloquezcan, mientras que los sacerdotes de Tutuguri hacen levantar con la boca el Espíritu que los engendra y los dispone en lo Infinito, donde es necesario que el alma los recoja y los reclasifique en su yo. La acción de los sacerdotes del Sol ciñe toda Alma y se detiene en los límites del yo personal, a donde el Jefe de todas las cosas viene a recoger la resonancia. El viejo jefe mexicano me golpeó el alma a fin de abrirme de nuevo la conciencia, porque para comprender el Sol yo era un mal nacido.
Además, el orden jerárquico de las cosas requiere qué una vez que uno haya pasado el TODO, es decir, lo múltiple, regrese a lo simple de la unidad, que es el Tutuguri
o el Sol, para que entonces se disuelva y resucite por medio de esta operación de anabolismo misterioso. Digo, de anabolismo tenebroso que está contenido en el ciguri, como un mito de recogimiento, después de exterminación y por fin de resolución en la criba, como no dejan de clamarlo y afirmarlo sus sacerdotes en las Danzas dé toda la Noche. Porque la Danza toma toda la noche, del ocaso al alba, pero el baile coge a la noche y la exprime como se le saca el jugo a una fruta justo en la profanación de la vida. Y la extirpación de las propiedades va hasta Dios y lo sobrepasa; porque Dios, y sobre
todo Dios, no puede tomar lo que en el yo es auténticamente lo propio, aunque éste tenga la imbecilidad de abandonarse.

Peyote (foto en /masdemx.com)


Fue un domingo por la mañana que el viejo jefe indio me abrió la conciencia de una cuchillada entre el bazo y el corazón: «Tenga confianza —me dijo—, no tenga
miedo, no le haré mal alguno» y retrocedió rápidamente tres o cuatro pasos, y después de trazar un círculo con la espada en el aire a la altura de mi muslo y por detrás, se precipitó contra mí con toda su fuerza como si quisiera aniquilarme. Pero la punta de la espada apenas me rasgó la piel e hizo brotar una pequeña gota de sangre. No sentí dolor alguno, pero tuve la impresión de despertarme a algo, a lo que hasta ese momento yo era
un mal nacido y hacia lo que había sido orientado por el lado equívoco, y me sentí inundado por una luz que jamás había poseído. Fue unos cuantos días después, que una mañana al alba, entré en relaciones con los sacerdotes del Tutuguri y a los dos días, por fin, pude volver a encontrarme con el ciguri.
«Te unes a la entidad sin Dios que te asimila y te engendra como si te crearas tú mismo, y como tú mismo en la Nada y contra Él, a todas horas, te creas.»
Estas mismas son las palabras del jefe indio y no hago más que citarlas, no tal cómo él me las dijo, sino tal como yo las he reconstruido bajo las iluminaciones fantásticas del ciguri.
Pues, si los sacerdotes del Sol se comportan como manifestaciones de la Palabra de Dios, o de su Verbo, es decir de Jesucristo, los Sacerdotes del Peyote me han hecho asistir al Mito mismo del Misterio, zambullirme en los arcanos místicos originales, entrar a través de ellos en el Misterio de los Misterios, ver la figura de las operaciones extremas por las que EL HOMBRE PADRE, NI MUJER NI HOMBRE, lo creó todo.

En verdad, no me di cuenta de todo esto de una vez y necesité cierto tiempo para comprenderlo; muchos de los gestos de danza, de las actitudes o de las figuras que los sacerdotes del ciguri trazaban en el aire, como si los impusieran a la sombra o los arrancaran del antro de la noche, ellos mismos ya no comprendían; no hacían más que obedecer por un lado a una especie de tradición física y por otro responder a los mandatos secretos que les dictaba el peyote, cuyo extracto tomaban antes de ponerse a bailar para experimentar trances por métodos calculados.

Quiero decir que hacen lo que la planta les dice que hagan, es más, que lo repiten como una especie de lección a la que sus músculos obedecen, pero que no comprenden en los espasmos de sus nervios, ni más que sus padres ni más que los padres de sus padres. Porque de la misma manera el papel de todo nervio está descalabrado. Esto no me satisfizo, y cuando la Danza hubo terminado, quise saber más acerca de ella. Porque antes de asistir al rito del ciguri tal como los actuales sacerdotes indios lo ejecutan, había interrogado bien a algunos tarahumaras de la montaña y pasado una noche entera con una familia joven, cuyo marido era un iniciado en este rito y conocía bien, al parecer, sus secretos. Y de él recibí explicaciones maravillosas y aclaraciones extremadamente precisas de la manera en que el peyote resucita, en el trayecto del yo nervudo, el recuerdo de las verdades soberanas por las que la conciencia humana, me fue dicho, no pierde nunca, sino, al contrario, encuentra la percepción de lo Infinito.

«En qué consisten estas verdades —me dijo este buen hombre—, no me toca a mí mostrártelo. Pero soy yo quien las hace renacer en el espíritu de tu ser humano. El espíritu del hombre está cansado de Dios por ser malo y estar enfermo, y nosotros somos los que tenemos que hacer que lo ansíe. Pero encontramos que, mientras tanto, el Tiempo mismo nos niega la manera. Se te hará ver mañana lo que todavía podemos hacer. Y si quieres trabajar con nosotros, quizás con la ayuda de la Buena Voluntad de un hombre venido del otro lado del mar y que no es de nuestra raza lleguemos a quebrantar una resistencia más.» CIGURI es un nombre que a los indios apenas les gusta oír pronunciar. Tenía conmigo a un guía mestizo que me servía también de intérprete entre los tarahumaras y que me había advertido que no les hablara de ciguri sino con respeto y precaución porque, me dijo él, ellos le temen. Me di cuenta que si hay un sentimiento que a esta gente le pueda ser extraño es el miedo; pero que por el contrario, aquella palabra evoca en ellos el sentido de lo sagrado de una manera que la conciencia europea ya no conoce, y en esto reside su desgracia porque aquí el hombre ya no respeta nada.

Y la serie de actitudes que el joven indio demostró frente a mis ojos cuando pronuncié la palabra CIGURI, me enseñó varias cosas acerca de las posibilidades de la conciencia humana cuando ha conservado el sentimiento de Dios. Un terror, debo decirlo, se desprendía en efecto de su actitud, pero no era su actitud porque lo cubría como con un broquel o con un manto. Para sí, parecía tan contento como sólo se está en los momentos cumbres de la existencia, la cara desbordándosele de alegría y de adoración. Es así que los Primogénitos de una humanidad todavía en parto debían comportarse en el momento en que el espíritu del HOMBRE INCREADO se levantaba en truenos llameantes por sobre el mundo destripado; es así como debían rezar los esqueletos en las catacumbas, a los que se les ha dicho en los libros que el HOMBRE, él mismo, aparecía.

Él juntó las manos y se le iluminaron los ojos. Su cara se petrificó y se cerró. Mientras más se adentraba en sí mismo, más tenía yo la impresión que una emoción insólita y que se podía leer irradiaba objetivamente de él. Se movió de un lugar a otro dos o tres veces. Y cada vez, sus ojos, que estaban casi fijos, daban vueltas a fin de aislar un lugar al lado suyo como si quisiera tener conciencia de una cosa temida. Pero me di cuenta que lo que él podía así temer era no cumplir por alguna negligencia con la reverencia que le debía a Dios. Sobre todo, comprobé dos cosas: la primera es que el indio tarahumara no le otorga a su cuerpo el valor que nosotros los europeos le otorgamos y que • tiene otra noción de él. «No soy yo del todo —parece decir— que soy este cuerpo.» Cuando dio la vuelta para fijarse en algo a su lado, era su mismo cuerpo lo que parecía escudriñar y vigilar. «Allá donde yo soy yo y lo que soy, es ciguri el que me lo dice y dictamina, tú, tú mientes y desobedeces. Lo que siento tú jamás quieres sentirlo y tú me das sensaciones contrarias. Tú no deseas nada de lo que yo deseo. Y lo que me propones la mayor parte del tiempo es el Mal. Tú no has sido para mí más que una prueba transitoria y una carga. Un día mandaré que te vayas en el momento en que ciguri estará libre, pero —dijo llorando de pronto— no será necesario que te vayas por 308 entero. Es ciguri de cualquier modo el que te hizo y muchas veces tú me serviste de refugio contra la tempestad porque ciguri moriría si no me tuviera a mí».

La segunda cosa que comprobé en medio de este rezo, porque esta serie de movimientos enfrente de sí mismo y como al lado de sí que acababa de presenciar y que tomaron mucho más tiempo en transcurrir que en relatarlos, eran el rezo improvisado del indio a la evocación del nombre de ciguri—, la segunda cosa que me impresionó es que si el indio es un enemigo para su cuerpo, parece además que le sacrificó su conciencia a Dios y que el hábito del peyote lo dirige en ese trabajo. Los sentimientos que irradiaban de él, que pasaban uno tras otro por su faz y que uno leía, evidentemente no eran suyos; él no los adoptaba, no se identificaba ya con lo que para nosotros es una emoción personal, o por lo menos no lo hacía a nuestra manera, en función de una elección y de una incubación fulgurante inmediata como lo hacemos nosotros.

Entre todas estas ideas que nos pasan por la cabeza, hay algunas que aceptamos y otras que rechazamos. El día en que nuestro yo y nuestra conciencia se formaron, se establecieron dentro de este movimiento de incubación incesante un ritmo distinto y una elección natural, que hacen que solamente nuestras propias ideas sobrenaden en el campo de la conciencia, que las demás desaparezcan automáticamente. Quizás necesitemos tiempo para esculpir en nuestros sentimientos y forjar nuestra propia figura, pero lo que pensamos de las cosas sobre los puntos principales es como el tótem de una gramática indiscutible que escande sus términos palabra por palabra. Y nuestro yo, cuando se le interroga, reacciona siempre de la misma manera: como alguien que sabe que es él quien responde y no otro. En el indio no es así.

Jamás un europeo aceptará pensar que lo que ha sentido y percibido en su cuerpo, que la emoción que lo ha sacudido, que la idea extraña que acaba de tener y que por su belleza lo ha entusiasmado no fuera suya, y que otro ha sentido y vivido todo eso dentro de su propio cuerpo, o en otro caso se creería loco y de él uno estaría tentado a decir que se ha convertido en un enajenado. El tarahumara, al contrario, distingue sistemáticamente entre lo que es de él y lo que es del Otro en todo lo que piensa, siente y produce. Pero la diferencia entre un enajenado y él es que su conciencia personal se ha desarrollado en esa tarea de separación y de distribución internas, a la que el peyote lo ha conducido y que refuerza su voluntad.

Si parece saber mucho mejor lo que no es que lo que es, por otro lado sabe lo que es y que es mucho mejor de lo que nosotros mismos sabemos lo que somos y lo que deseamos. «Hay —dice él— en todo hombre un viejo reflejo de Dios en que nosotros podemos aún contemplar la imagen de esa fuerza de lo infinito que un día nos lanzó en un alma y a esa alma en un cuerpo; y es a la imagen de esta Fuerza que el Peyote nos ha conducido porque ciguri nos llama hacia Él.» Lo que se observaba de ese modo en este indio que no había tomado peyote desde hacía mucho tiempo, pero era uno de los iniciados en sus Ritos, porque el Rito del ciguri es lo más alto de la religión de los tarahumaras, me inspiró gran ansia de ver de cerca todos los Ritos, y de alcanzar y participar en ellos. Ésa era la dificultad. La amistad que me había demostrado este joven tarahumara que no temió ponerse a rezar a pocos pasos de mí, ya era una garantía de que ciertas puertas se me abrirían.

Y además, lo que me había dicho de la ayuda que se esperaba de mí, me hizo pensar que mi admisión a los Ritos del ciguri dependía en parte de las iniciativas que yo tomara frente a los obstáculos que actualmente los tarahumaras encuentran para ejercitar sus ritos por parte del gobierno mestizo de México. Mestizo, este gobierno es pro indio porque los que gobiernan son más rojos que blancos. Pero lo son desigualmente y sus mandatarios en las montañas son casi todos de sangre mestiza. Y consideran peligrosas las creencias de los antiguos mexicanos. El gobierno actual de México ha fundado en las montañas escuelas indígenas en las que se les da a los hijos de los indios una educación calcada de las escuelas comunales francesas.

El ministro de Educación Pública de México, de quien el ministro de Francia me hizo obtener el permiso de circulación, hizo que me hospedara en los edificios de la escuela indígena de los tarahumaras. Por consiguiente, entré en relación con el director de esa escuela, quien, además, estaba a cargo del orden en toda la extensión del territorio tarahumara, y bajo cuyo mando estaba un escuadrón de caballería. Sin que ninguna disposición hubiese sido tomada hasta entonces acerca de ese asunto, yo sabía que era cuestión de impedir la próxima fiesta del peyote que debía tener lugar a pocos días.

Fuera de la gran Fiesta Racial en la que todo el pueblo tarahumara participa y que tiene lugar en una fecha fija como aquí la Navidad, los tarahumaras además tienen en torno al peyote cierto número de ritos particulares. Y ellos habían consentido en mostrarme uno. Además, hay en la religión de los tarahumaras otras fiestas como aquí tenemos la Pascua, la Ascensión, la Asunción y la Inmaculada Concepción, pero no todas conciernen al peyote; y la Gran Fiesta del ciguri no tiene lugar, creo yo, más que una vez por año. En dicha fiesta, se toma el peyote según todos los ritos milenarios tradicionales.

El peyote se toma además en otras fiestas, pero solamente como un coadyuvante ocasional, cuya fuerza o efectos ya no se ocupan de graduar. Cuando digo que se toma, mejor sería decir que se tomaba, porque el gobierno de México hace lo imposible por quitar el peyote a los tarahumaras y por impedirles que se abandonen a su efecto, y los soldados enviados a la montaña tienen como misión impedir su cultivo. En el momento en que llegué a la montaña, encontré a los tarahumaras desesperados debido a la destrucción reciente de un campo de peyote por los soldados mexicanos. Tuve una larga conversación sobre este asunto con el director de la escuela indígena en que me hospedaba. La conversación fue animada, penosa y repugnante por momentos. El director mestizo de la escuela indígena de los tarahumaras estaba mucho más preocupado por su sexo, con el que cada noche poseía a la maestra de la escuela, mestiza como él, que por la cultura o por la religión. Pero el gobierno de México ha puesto como base de su programa el regreso a la cultura indígena, y al director mestizo de la escuela indígena de los tarahumaras le repugnaba de la misma manera derramar sangre indígena.

«Ciguri —le dije yo —no es una planta, es un hombre a quien usted le ha cercenado un miembro al hacer estallar el campo de peyote. Y de ese rojo miembro mutilado y que canta: verde, blanco, lila, todos quieren pedirle cuentas. Y ellos lo ven.» Advertí, al atravesar varias aldeas tarahumaras, que con la aparición del miembro rojo, un viento de rebelión soplaba sobre la aldea. El director de la escuela indígena no lo ignoraba, pero titubeaba acerca de los medios que debía emplear para restablecer la tranquilidad entre los indígenas. «El único modo —le decía— es el de llegar a ganarles el corazón. Ellos nunca le perdonarán esta destrucción, pero demuéstreles por medio de una acción contraria que usted no es enemigo de Dios. Usted no es más que un puñado, y si decidieran sublevarse, a usted le sería necesario hacerles la guerra, y aun con sus armas, no podrá dominarlos. Y además, los Sacerdotes del ciguri tienen cuevas en que usted nunca podrá entrar.» «¿Qué haría frente a una guerra tal, el regreso de México a la cultura india, si en su lugar, al contrario, usted habrá suscitado la guerra civil? Es necesario entretanto y desde ahora autorizar esta Fiesta si usted quiere que los tarahumaras le sean fieles, y es necesario darles a las tribus más facilidades para reunirse a fin de que ellos puedan recibir la impresión de que usted los favorece.» —Es que cuando han tomado el peyote, nos desobedecen.

—El peyote tiene algo en común con todo lo humano. Es un principio magnético y alquímico maravilloso si se sabe tomar, es decir, en las dosis deseadas o según la graduación deseada. Y definitivamente, no tomarlo a contratiempo y sin propósito. Si después de haber tomado peyote, los indios se vuelven como locos es porque abusan hasta llegar a ese punto de embriaguez desordenada en que el alma ya no está sometida a nada. Al hacerlo, no es a usted a quien desobedecen, sino a ciguri mismo, porque ciguri es el Dios de la presencia de lo justo, del equilibrio y del control de sí. El que verdaderamente ha bebido ciguri, el grado y la medida verdadera de ciguri, HOMBRE y no FANTASMA indeterminado, sabe cómo están hechas las cosas y no puede ya perder la razón, porque es Dios el que está en sus nervios y desde ahí lo conduce. Pero beber ciguri es justamente no exceder la dosis porque ciguri es lo Infinito, y el misterio de la acción terapéutica de los remedios está ligado a la proporción que nuestro organismo absorbe. Exceder lo necesario es ESTRAGAR la operación. «Dios (dicen las tradiciones sacerdotales tarahumaras) desaparece en seguida cuando uno se aproxima demasiado, y en su lugar viene el Espíritu Malo.»

—Mañana por la noche usted va a ponerse en contacto con una familia de sacerdotes del ciguri —me dijo el director de la escuela indígena—. Dígales lo que me acaba de decir y estoy seguro que conseguiremos, esta vez por lo menos, y quizás más que en ocasiones pasadas, que la absorción sea reglamentada, y dígales además que esta Fiesta está autorizada y que vamos a hacer todo lo posible para proporcionarles todos los medios para que se reúnan y que les suministraremos los caballos, y los víveres que necesiten. Así, pues, pasé la noche del día siguiente en la pequeña aldea india donde me habían dicho que se me mostraría el Rito del peyote.

Tuvo lugar a medianoche. El sacerdote llegó con dos ayudantes, un hombre y una mujer, y dos niños chicos. Dibujó en la tierra una especie de semicírculo en cuyo interior debían tener lugar los juegos de sus ayudantes, y cerró el semicírculo con una gruesa viga de madera en la que se me permitió sentarme. A la derecha, el arco del círculo estaba limitado por una especie de retrete en forma de ocho que comprendí que para el Sacerdote constituía el Santo de los Santos. A la izquierda, estaba el Vacío: y allí permanecían los niños. En el Santo de los Santos fue puesto el viejo vaso de madera que contenía las raíces del peyote, porque los Sacerdotes no disponen de toda la planta para sus ritos particulares, o por lo menos ya no disponen de ella. El sacerdote tenía en la mano un bastón y los niños bastoncillos.

El peyote se toma después de una serie de movimientos de danza y cuando sus iniciados han conseguido, por los cumplidos religiosos del Rito, que ciguri quiera entrar en ellos. Comprobé que a los ayudantes les costaba trabajo ponerse en movimiento y tuve la impresión de que no iban a bailar o que bailarían mal si no hubiera sabido que ciguri en ese momento quería descender en ellos. Porque el Rito de ciguri es un Rito de creación y que explica cómo las cosas son en el vacío y éste en el Infinito, y cómo las cosas brotaron del Infinito a la Realidad y fueron hechas. El Rito termina en el momento en que, bajo la orden de Dios, ellas han cobrado Ser en un cuerpo. Eso es lo que bailaron los dos ayudantes, pero todo esto no transcurrió sin una larga discusión. —Nosotros no podemos comprender a Dios si antes él no nos ha tocado el alma, y nuestro baile no sería más que una mueca, y el FANTASMA —gritaron ellos—, el FANTASMA que persigue al ciguri renacerá de nuevo aquí.

El Sacerdote tomó mucho tiempo en decidirse, pero por fin sacó del seno una bolsita y vertió en las manos de los indios una especie de polvo blanco que ellos consumieron inmediatamente. Después se pusieron a bailar. Al ver sus caras, después que tomaron ese polvo de peyote, comprendí que iban a mostrarme algo que yo jamás había presenciado. Y les presté toda mi atención a fin de no dejar de ver nada de lo que vería.

Los dos ayudantes se acostaron en la tierra y estuvieron frente a frente como dos bolas inanimadas. Pero el Sacerdote Viejo también debía haber tomado un poco de polvo, porque una expresión inhumana se apoderó de él. Lo vi acostarse y ponerse de pie. Sus ojos se ilu315 minaron y una expresión de autoridad insólita empezó a apoderarse de él. Él dio dos o tres toques apagados sobre la tierra, después entró en el ocho que había dibujado a la derecha del campo Ritual. Entonces los ayudantes parecieron salir de su posición de bulto inanimado. El hombre primero sacudió la cabeza y tocó la tierra con la palma de las manos. La mujer movió la espalda. Entonces el Sacerdote escupió: no saliva, sino aliento. Expiró ruidosamente el aliento entre los dientes. Y bajo la acción de esta conmoción pulmonar, el hombre y la mujer, al mismo instante, se animaron y se levantaron por completo. De acuerdo con la manera en que estaban de pie, uno frente al otro, con la manera segura en que permanecía cada uno en el espacio como si estuviera sujeto en la bolsa del vacío y en los canales del infinito, uno comprendía que los que estaban allí no eran un hombre y una mujer, sino dos principios: el macho, boca abierta, con las encías dentelleando, rojas, encendidas, sangrando y como trituradas por el racimo de los dientes translúcidos en ese momento semejante a la lengua de mandato; la hembra, larva desdentada, con las muelas picadas por la lima, como una rata en su ratonera, comprimida en su celo, escapándose, volteándose frente al macho hirsuto; y que iban a entretejerse, lanzarse frenéticamente uno sobre el otro como las cosas, después de haberse contemplado un rato y haber luchado, se enroscan finalmente frente al ojo indiscreto y culpable de Dios, a quien su acción debe poco a poco suplantar.

«Porque ciguri —dicen ellos— era EL HOMBRE; EL HOMBRE, ÉL SE CONSTRUÍA DE sí MISMO, cuando Dios lo asesinó.» Eso es íntegramente todo lo que sucedió. Pero una cosa, sobre todo, me llamó la atención en su manera de amenazarse, de eludirse, de embestirse,. para al fin y al cabo consentir en andar en par. Es que esos principios no estaban en el cuerpo, no llegaban a tocar el cuerpo, sino permanecían obstinadamente suspendidos como dos ideas inmateriales fuera del Ser, en oposición perpetua a ÉL, que además se hacían su propio cuerpo, un cuerpo en que la idea de la materia es volatilizada por ciguri.

Al mirarlos recordé todo lo que me habían dicho poetas, profesores, artistas de todos órdenes que conocí en México sobre la religión y la cultura india y lo que había leído en los libros que allá me prestaron sobre las tradiciones metafísicas de los mexicanos. —El espíritu Malo —dicen los Sacerdotes iniciados del ciguri— jamás ha podido ni querido creer que Dios no sea accesible y exclusivamente un Ser y que haya algo más que un Ser en la esencia inescrutable de Dios. Esto era precisamente lo que esta Danza del peyote estaba mostrándome. Porque creí ver en esta Danza hasta qué punto el inconsciente universal está enfermo. Y que está fuera de Dios. El Sacerdote se tocaba ora el bazo, ora el hígado con la mano derecha, mientras que con la izquierda golpeaba la tierra con su bastón. A cada uno de sus golpes respondía una actitud lejana del hombre y de la mujer, unas veces de afirmación desesperada y altiva, otras de denegación rabiosa. Pero respondiendo a algunos golpes precipitados del Sacerdote, quien aguantaba el bastón con ambas manos, ellos se mecían rítmicamente uno contra el otro, los codos separados y las manos juntas formando dos triángulos que se animarían.

Al mismo tiempo, los pies dibujaban dos círculos en la tierra y algo como las partes de una letra, una S, una U, una J, una V. Cifras en que aparecía principalmente la forma 8. Una, dos veces no se juntaron, sino que se cruzaron con una especie de saludo. A la tercera vez el saludo fue más pronunciado. A la cuarta, se tomaron de manos, dieron una vuelta, el uno en torno al otro, y los pies del hombre parecían buscar en la tierra los puntos donde los de la mujer habían pisado.
Así hicieron ocho veces. Pero a partir de la cuarta, sus semblantes, que tenían una expresión viva, no dejaron de irradiar. A la octava vez, miraron hacia el lado del Sacerdote, quien asumió entonces una posición de actitud de dominación y de amenaza a un extremo del Santo de los Santos, allá donde las cosas están en contacto con el norte. Y con su bastón dibujó en el aire un gran 8. Pero el grito que dio al mismo instante revolucionaba el parto de angustia fúnebre del difunto negro de su viejo pecado, como dice el antiguo poema
perdido de los mayas de Yucatán; y en mi vida no recuerdo haber oído nada que indicara de una manera más retumbante y evidente a qué profundidades la voluntad humana desciende para levantar su presencia de la noche.

Y me pareció ver en el Infinito y como en un sueño la manera como Dios creó la Vida. Ese grito del Sacerdote fue dado como para apuntalar el dibujo del bastón en el aire. Al gritar, el Sacerdote saltó y dibujó con todo el cuerpo en el aire y con los pies en la tierra un ocho hasta cerrarlo por el lado del Sur.
La danza iba a terminar. Los dos niños, quienes durante todo este tiempo estaban a la izquierda del círculo, preguntaron si se podían ir y el Sacerdote con el bastón les hizo la seña para que se fueran y desaparecieran.
Pero ninguno de los dos había tomado peyote. Ellos bosquejaron lo que parecía ser un gesto de danza y después desistieron y se retiraron como el que regresa
a casa. Ya lo dije al principio de esta relación: todo esto no me bastaba. Y quise saber más acerca del peyote. Me acerqué al Sacerdote para interrogarlo:
—Nuestra última Fiesta —me dijo él— no pudo llevarse a cabo. Estamos desalentados. Ya no tomamos ciguri en los Ritos sino como vicio. Pronto toda nuestra Raza estará enferma. El tiempo se ha vuelto demasiado viejo para el Ser. Ya no nos puede sostener. ¿Qué hacer, qué nos vamos a hacer? Ya los nuestros no aman a Dios.
Yo, que soy sacerdote, no he podido sentirlo. Tú me ves completamente desesperado.
Le dije lo que había acordado con el director de la escuela indígena y que la próxima fiesta importante podría tener lugar esta vez. También le dije que no había venido entre los tarahumaras como curioso, sino para encontrar una Verdad que elude al mundo europeo y que su Raza había conservado. Esto lo puso en confianza en seguida y me dijo cosas maravillosas sobre el Bien y sobre el Mal, sobre la Verdad, sobre la Vida.
—Todo lo que acabo de decir viene de ciguri —me dijo él—, y es Él quien me lo enseñó. Las cosas no son tal como las vemos y las experimentamos la mayor parte
del tiempo, sino tal como ciguri nos las enseña a través de los siglos. Han sido tomadas por el Mal, el Espíritu Malo, y sin ciguri, al hombre no le es posible volver a la Verdad. Al principio eran verdaderas, pero mientras más envejecemos, más se convierten en falsas porque el Mal se entromete más.

Al principio el mundo era completamente real, sonaba en el corazón humano y con él. Ahora el corazón no está ya en la verdad, el alma tampoco, porque Dios se retiró. Ver las cosas era ver lo Infinito. Ahora cuando miro la luz, me cuesta trabajo pensar en Dios. No obstante, es Él, ciguri, quien lo hizo todo. Pero el Mal está en todas las cosas, y yo, hombre, ya no puedo sentirme puro. Hay en mí algo espantoso que sube y que no parte de mí, sino de las tinieblas que llevo en mí, ahí donde el alma del hombre no sabe dónde empieza yo ni dónde termina, ni lo que lo hizo empezar, tal como se ve; Y esto es lo que ciguri me dijo. Con Él ya no conozco la mentira; y ya no confundo lo que desea verdaderamente dentro de todo hombre con lo que no desea pero finge desear el ser de mala voluntad. Y pronto esto será todo lo que habrá, dijo él retrocediendo unos cuantos pasos: esta máscara obscena del que se mofa burlonamente entre el esperma y el estiércol.
Estas palabras del Sacerdote que acabo de referir son absolutamente auténticas: me parecieron demasiado importantes y demasiado bellas para que yo me permitiera cambiar algo, y si no son suyas, palabra por palabra, no deben casi diferir de ellas, porque se debe
comprender que me dejaron estupefacto «y que mis recuerdos son extremadamente precisos. Además —lo repito— acababa de tomar peyote y no me sorprendió su lucidez.
Guando esta conversación hubo terminado, me preguntó si a mí me gustaría probar ciguri y acercarme así a la Verdad que yo buscaba.
Le dije que ése era mi mayor deseo, y que no creía que sin la ayuda del peyote se pudiera alcanzar todo lo que se nos escapa y de lo que el tiempo y las cosas nos alejan cada vez más. Él me vertió en la mano izquierda una cantidad, como el volumen de una almendra verde, «suficiente —dijo él— para ver a Dios dos o «tres veces, porque Dios no se puede conocer jamás. Para llegar a su presencia es necesario ponerse por lo menos tres veces bajo la influencia de ciguri, pero cada dosis no debe exceder el volumen de un guisante».

Yo me quedé uno o dos días más entre los tarahumaras para conocer bien el peyote; serían necesarias muchas páginas para referir todo lo que vi y experimenté bajo su influencia y todo lo que el sacerdote, sus ayudantes y sus familias además me dijeron sobre este tema. Pero una visión que tuve y que me impresionó fue declarada auténtica por el Sacerdote y su familia; correspondía, al parecer, a lo que debe ser ciguri y a lo que es Dios. Pero uno no llega a ella sin antes haber experimentando un desgarramiento y una angustia; después uno se siente como volteado y revertido al otro lado de las cosas y uno ya no comprende el mundo que uno acaba de dejar.
Yo dije: revertido al otro lado de las cosas; y como si una fuerza terrible le hubiera proporcionado un ser restituido a lo que existe del otro lado. Uno ya no siente el cuerpo que uno acaba de abandonar y que le inspiraba seguridad en sus límites, en cambio, uno se siente mucho más contento de pertenecer a lo ilimitado que a uno mismo, porque uno comprende que lo que uno mismo era vino de la cabeza de esto ilimitado, lo Infinito, y que uno lo va a ver. Uno se siente como en una ola gaseosa que irradia por todas partes en un chisporroteo incesante. Cosas salidas como de lo que era el bazo, el hígado, el corazón o los pulmones se desprendían incesantemente y estallaban en esta atmósfera que oscilaba entre el gas y el agua, pero que parece atraer hacia sí las cosas y las comanda a reintegrarse.
Lo que salía de mi bazo o de mi hígado tenía la forma de las letras de un alfabeto muy antiguo y misterioso masticado por una boca enorme, pero horriblemente comprimida, orgullosa, ilegible, celosa de su invisibilidad: y estos signos se esparcían en todas direcciones mientras me parecía que yo subía en el espacio, pero no solo, sino ayudado por una fuerza insólita. Pero mucho más libre que cuando estaba solo sobre la tierra.
En un instante algo como un viento se levantó y los espacios retrocedieron. Del lado en que estaba mi bazo, un vacío inmenso se ahuecó y se coloreó de gris y de rosado como la orilla del mar. Y en el fondo de ese hueco apareció la forma de una raíz arrancada, una
especie de J que hubiera tenido en la cresta tres ramas coronadas con una E triste y brillante como un ojo.
Varias llamadas salieron de la oreja izquierda de la J y pasando por detrás de ella, parecieron empujar todas las cosas hacia la derecha, hacia el lado en que estaba mi hígado, pero muy por detrás de él. No vi más y todo desapareció o me desmayé al regresar a la realidad ordinaria. En todo caso, vi, al parecer, el Espíritu mismo de ciguri. Y yo creo que eso debía corresponder objetivamente a una representación trascendental pintada de realidades últimas y más altas; y los místicos deben pasar por estados y visiones semejantes antes de alcanzar, según la fórmula, las abrasiones y los desgarramientos supremos después de los cuales caen bajo el ósculo de Dios, sin duda como prostitutas en los brazos de su chulo.
Eso me inspiró cierto número de reflexiones sobre el efecto psíquico del peyote.
Quiero decir que si ellas regresan otra y una última vez a imponerse en mi pensamiento, el peyote, ÉL, no se presta a estas fétidas asimilaciones espirituales, porque la MÍSTICA no ha sido jamás más que la cópula de una hipocresía muy sabia y muy refinada contra la que el peyote protesta porque con él, el HOMBRE está solo y rasgueando desesperadamente la música de su esqueleto, sin padre, sin madre, sin familia, sin amor, sin Dios o sociedad. Y sin seres que lo acompañen. Y el esqueleto no es tal, sino de piel, como piel que marchara. Y marcha del equinoccio al solsticio abrochándose él mismo su naturaleza humana.

El peyote devuelve el yo a sus orígenes verdaderos. Salido de un estado de visión tal, uno ya no puede como antes confundir la mentira con la verdad. Uno ha visto de dónde viene y quién es, y uno ya no duda qué es. Ya no hay emoción o influencia externa que
pueda desviarlo.

Y toda la serie de fantasmas lúbricos proyectados por el inconsciente no pueden ya hacerle bufonadas al aliento verdadero del HOMBRE, por la buena razón que el peyote es el HOMBRE, no nacido sino sin nacer, y con él la conciencia atávica y personal se alarma y se defiende. Ella sabe lo que es bueno para ella y lo que no le conviene: Y, por consiguiente, los pensamientos y los sentimientos que ella puede adoptar sin peligro y con provecho, los que son nefastos para el ejercicio de su libertad. Ella sabe especialmente a dónde va su ser y a dónde no ha ido todavía, A DÓNDE NO TIENE EL DERECHO DE IR SIN ZOZOBRAR EN LO IRREAL, EN LO ILUSORIO, EN LO NO HECHO, EN LO NO PREPARADO.

Tomar sus sueños por realidades he ahí —en esto el peyote jamás le permitirá perderse— donde se confunden las percepciones recibidas de los bajos fondos fugaces, incultos, todavía inmaduros, aún no levantados de la inconsciencia alucinadora con las imágenes, las emociones de lo verdadero. Porque en la conciencia está lo Maravilloso, con que sobrepasar las cosas. Y el peyote nos dice dónde está y después de qué concreciones insólitas de un soplo atávicamente reprimido y obturado puede formarse lo Fantástico y renovar en la conciencia sus fosforescencias, su polvareda. Y esto Fantástico es
de calidad noble, su desorden no es más que aparente, obedece en realidad a un orden que se elabora en un misterio y en un plano que la conciencia normal no alcanza, pero que ciguri nos permite alcanzar, y que es el misterio mismo de toda poesía. Pero hay en el ser humano otro plano, oscuro, informe, donde la conciencia no ha entrado, pero que la rodea como con una prolongación iniluminada o como con una amenaza, según el caso. Y que produce también sensaciones venturosas, percepciones. Son los fantasmas desvergonzados que atacan la conciencia enferma. Ésta se abandona y se funde enteramente si no encuentra nada que la detenga. Y el peyote es la única barrera que el Mal encuentra de este lado horrible.

Yo también tuve sensaciones, percepciones falsas en las que creí. En los meses de junio, julio, agosto y hasta septiembre pasado, yo me creí rodeado de demonios y me parecía percibirlos, verlos cobrar forma alrededor de mí. No encontré nada mejor para ahuyentarlos que hacer a cada instante signos de la cruz sobre todas las partes de mi cuerpo y del espacio donde yo creía verlos. También, yo escribía, no importaba sobre qué pedazo de papel o sobre los libros que tenía a mano, conjuraciones que no valían nada ni del punto de vista literario ni del punto de vista mágico, porque las cosas escritas en ese estado no son más que el residuo, la deformación o más bien la falsificación de las altas luces de la VIDA. A fines de septiembre, esas percepciones obsesionantes, y por sí mismas ilegítimas, empezaron a desaparecer; en octubre ya casi no existían. Después del 15 o 20 de este noviembre pasado, sentí regresar a mí la energía y la claridad. Sobre todo, al fin sentí
libre la conciencia. Pero ningunas sensaciones falsas.
Pero ningunas percepciones malas. Entretanto, día por día, lenta pero seguramente, un sentimiento de seguridad, de certidumbre interior, tomó posesión de mí.
Si en estos últimos tiempos yo tuve gestos que se parecían a los de ciertos enfermos víctimas de manía religiosa, no fueron más que el residuo de hábitos lamentables que adquirí frente a creencias que no existían. Como el mar al retroceder deja sobre la arena
un depósito mixto que los vientos vienen-a barrer, yo puse, después de varias semanas, toda mi fuerza de voluntad en deshacerme de estos pequeños residuos. Y afirmo que, día por día, se iban.
Pues, hay una cosa que los sacerdotes del peyote de México me ayudaron a advertir y que el poco peyote que tomé abrió en mí consciencia. Que en él hígado humano donde se produce esta alquimia secreta y esté trabajo a través del cual el yo de todo individuo escoge
lo que le conviene, lo adopta o lo rechaza, entre las sensaciones, los deseos, que el inconsciente le forma y que componen sus apetitos, sus concepciones, sus creencias
verdaderas, y, sus ideas. Es ahí que el yo se vuelve conscíente y que su poder de apreciación, de discriminación orgánica extrema se manifiesta. Porque es ahí donde
Ciguri trabaja para separar lo que existe de lo que no existe. El hígado es el filtro de lo inconsciente, pero el bazo es la respuesta física de lo infinito. Esto, por otra parte, es otra cuestión.
Pero para que el hígado pueda cumplir su función, es necesario por lo menos que el cuerpo esté bien alimentado.
Uno no puede reprocharle a un hombre enfermo, desde hace seis años en un manicomio, y que desde hace tres años viene pasando hambre, un doblegamiento oculto de la voluntd. Sucede que me quedé algunos meses sin comer azúcar o chocolate. En cuanto a la
mantequilla, no sé cuánto tiempo hace que no la pruebo.
No me levanto jamás de la mesa sin una sensación de hambre porque las raciones, como se sabe, son muy reducidas.
Y especialmente el pan es insuficiente. Fuera del pedazo de chocolate que me dieron ayer, hacía ocho meses que no lo comía. Yo no soy un hombre que se deje desviar de cumplir con su deber sea por lo que sea, a menos que se me reproche la ausencia de energía en una época como ésta en que los elementos indispensables para el restablecimiento de la energía no existen en la comida que se nos da a todos. Y sobre todo, ya no me obligan
a los electrochoques para las deficiencias que uno bien sabe no están más allá del control de mi propia voluntad, de mi lucidez, de mi inteligencia. Basta, basta y basta de este trauma de punición.
Cada dosis de electrochoques me hundió en un terror que cada vez duraba varias horas. Y yo no veía venir sin desesperación cada nueva aplicación, porque yo sabía que una vez más perdería el conocimiento y me vería por todo un día asfixiado en mí mismo, sin
llegar a reconocerme, sabiendo perfectamente que yo estaba en algún sitio, pero vaya a saber el diablo dónde, y como si estuviera muerto.
Con todo esto estamos lejos de la curación por el peyote. El peyote, de acuerdo con lo que vi, fija la conciencia y le impide descarriarse, abandonarse a impresiones falsas. Los Sacerdotes mexicanos me mostraron, sobre el hígado, el punto exacto donde ciguri, donde
el peyote produce esa concreción sintética que sustenta duraderamente en la conciencia el sentimiento y el deseo de la verdad. Y que les da la fuerza para abandonarse ahí desechando automáticamente el resto.
Es como el esqueleto venidero que regresa, me dijeron los tarahumaras, del RITO NEGRO, LA NOCHE QUE MARCHA SOBRE LA NOCHE.

(*) Fuente: Antonin Artaud, » El rito del peyote entre los Tarahumaras», en México y Viaje al país de los tarahumaras, México. Fondo de Cultura Económica.

(1) El antropólogo Wade Davis explica las propiedades del peyote en el libro El río, exploraciones y descubrimientos en la selva amazónica.  

Los tarahumaras se distinguen por su habilidad para correr (foto en hipertextual
El peyote, la planta en el centro del rito que Artaud vivió entre los Tarahumaras (Wikimedia Commons)
Un niño tarahumara (foto piedepagina.mx)

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