Ballet y romanticismo

Por Lucila Leiva

Escena de La Sylphide (1832), de Taglioni, clásico en el repertorio romántico estrenada en la Ópera de París (Wikimedia Commons)

  Como vasto movimiento cultural, el romanticismo propone una visión de mundo, alternativa a la Ilustración, y se manifiesta en diversas expresiones artísticas. El ballet romántico adquiere forma y energía en el siglo XIX. Los bailarines se mueven con un fuerte peso expresivo en el escenario. En su etérea palidez, la bailarina «se viste con vaporosos tules y gasas mientras que el bailarín era el portador encargado de poner en relieve la gracia y delicadeza de su compañera».

Primero en Roberto el diablo (1831) de Giacomo Meyerbeer, o La Sylphide (1832), de Taglioni, y después en El lago de los cisnes (1877), de Chaikovski, se expande el brillo y ritmo de los ballets envueltos en música y creativas escenificaciones. Y como observa Lucila Leiva en este artículo de su autoría sobre romanticismo y ballet: «Las puestas en escena en las obras de ballet romántico dejan en evidencia la presencia del romanticismo, se observa la dualidad entre lo real y lo sobrenatural, mostrando seres humanos junto con hadas y ondinas estableciendo relaciones sentimentales».

Ballet y romanticismo, por Lucila Leiva (*)

El romanticismo es un movimiento cultural que se originó en Alemania y Reino Unido a finales del siglo XVIII como una reacción en contra de la ilustración y el neoclasicismo dándole prioridad a los sentimientos. Se desarrolló en la primera mitad del siglo XIX, extendiéndose desde sus países de origen, Alemania e Inglaterra, hacia otros países europeos. Se caracterizó, desde una mirada artística, el culto a la individualidad del artista y el arte utilizado como medio de expresión personal.  Este movimiento se presentó como una reacción contra el clasicismo, que le había dado más importancia a la forma que al contenido. En la nueva corriente surgida inicialmente en la literatura, la sensibilidad ocupó el primer sitio, lo que dio pie a que la danza se alejara de los gestos y pasos estrictamente codificados y pudiera vivirse una sensación de libertad de expresión, dejar de referirse a la antigüedad, fuente del Renacimiento, y retomar al ser humano como centro del mundo y el arte.

El ballet romántico, por su parte, aparece por primera vez en el siglo XIX sustituyendo al ballet de acción. El Ballet Romántico surgió en medio de un periodo de profundos cambios sociales y culturales. La Revolución Industrial estaba transformando la economía y la sociedad, en este contexto muchos artistas buscaban un nuevo aire lirico, que fuera mágico y sensual con nuevas formas de expresión artística. Abandonando progresivamente los mitos de la Grecia antigua para basarse en la mitología nórdica. Allí la bailarina es presentada pálida y etérea, encarna la nostalgia y melancolía, se viste con vaporosos tules y gasas mientras que el bailarín era el portador encargado de poner en relieve la gracia y delicadeza de su compañera.

Las puestas en escena en las obras de ballet romántico dejan en evidencia la presencia del romanticismo, se observa la dualidad entre lo real y lo sobrenatural, mostrando seres humanos junto con hadas y ondinas estableciendo relaciones sentimentales.

Uno de los coreógrafos más influyentes en el desarrollo del Ballet Romántico fue Jean Georges Noverre, quien lograba una mayor naturalidad y expresividad en la danza. Otros artistas importantes en este movimiento fueron Jules Perrot y Marius Petipa, quienes crearon ballets que se centraban en historias de amor trágicas y emociones intensas. Esta danza se caracterizaba por su énfasis en la expresión emocional y la narrativa. Los bailarines buscaban transmitir sentimientos profundos a través de sus movimientos, en contraste con la técnica puramente técnica de los ballets clásicos anteriores.

Jean Georges Noverre

Una de las más grandes aportaciones del ballet romántico, “arte de evasión de la realidad”, fue que se conjugaron en un mismo espectáculo la coreografía, diseño, iluminación, la creación del libreto y músicos compositores para el ballet, aunque con el avance del romanticismo más compositores van componiendo únicamente para esta danza. Dentro de los grandes compositores románticos que escribieron para el ballet se puede mencionar a Tchaikovsky del que sus dos obras “El lago de los cisnes” (1877) y “El cascanueces” (1892) son reconocidos mundialmente y utilizados en la actualidad. Otra de las obras clásicas y más conocidas del ballet romántico es Giselle (1841) de Adolphe Adam.

Tchaikovsky “El lago de los cisnes

El siguiente avance para esta danza vino de la mano de la creación y de la aparición en los teatros de la luz de gas, ya que ésta causaba una atmósfera «fantasmal». El fotógrafo francés, Louis Daguerre, contribuyó con la superposición de decorados y nuevos efectos lumínicos. Este nuevo cambio escénico logró que los espectadores se involucraran más en la obra y se unifica lo real con lo surrealista.

Tras los avances que se realizaron en la academia francesa de la danza y diversos coreógrafos en el siglo XVIII, junto con el romanticismo, el ballet se impregna en una nueva temática que atrajo al espectador. Los temas, junto con el ideal romántico, se llenaron de historias de fantasía y de leyenda. Esto influyó en la propia danza, la bailarina se veía como un ser etéreo por lo que sus movimientos se volvieron más gráciles y livianos. Con Antonio y Marie Taglioni, padre compositor e hija bailarina, se iniciaron cambios en el ballet. A partir de la obra La Sylphide (12 de marzo de 1832), que es un clásico en el repertorio romántico por haber sido la primera obra de ballet romántica, fue presentada en la Ópera de París y allí se impulsó el baile en pointe (en punta), con este calzado la ballerina se volvió más inmaterial, etérea, inalcanzable. Con las puntas se restringieron todavía más los movimientos naturales, pero la mujer pudo lograr imposibles con sus pies. Se iniciaron las innovaciones técnicas y virtuosas femeninas, con estilo exótico, calidad etérea y balance precario. También el romanticismo permitió un trabajo más completo del pas de deux, en el cual todo (incluyendo el bailarín varón) se sometía al lucimiento de la ballerina. A su vez se confeccionó y uso por primera vez el llamado “tutu romántico” que consistía de un corpiño ceñido y una falda larga hasta el tobillo confeccionada con cinco capas de tul, aunque luego se subiría hasta las rodillas y se usaría por primera vez en la obra El lago de los cisnes.  

Carlotta Grisi

Después de La Sílfide la Ópera de París sólo presentó ballets menores, hasta el estreno de la obra maestra del romanticismo: Giselle (1841). El argumento fue creado por Gautier para la bailarina que amaba, Carlotta Grisi, con música de Adolphe Adam, decorado de Cicéri y coreografía de Jean Coralli y Jules Perrot. El éxito fue enorme, se presentó en toda Europa y aún se conserva como parte del repertorio de casi todas las compañías de ballet clásico del mundo. En esta obra se manifiesta la bondad y la pureza de la protagonista, quien se muestra frágil y etérea y es la figura principal del ballet. Pero Giselle fue por más y abrió el panorama de las ballerinas en el romanticismo y les dio la oportunidad de «mostrar las más diversas facetas del temperamento artístico unidas a la maestría técnica». Hasta la actualidad esta obra es un reto para la ballerina, pues ahí debe mostrarse a plenitud, técnica y expresivamente. La ballerina protagonista fue Carlotta Grisi ya que era considerada la síntesis de ambos polos, del sueño y la sensualidad, y que se pude expresar en un personaje etéreo y casto, pero al mismo tiempo erótico.

Este fue un movimiento revolucionario en la historia de la danza ya que introdujo nuevas formas de expresión emocional y narrativa en el arte coreográfico. Su impacto duradero se puede ver en la persistente popularidad de las obras creadas durante este periodo y en la influencia que sigue ejerciendo en la danza contemporánea. Esto se puede ver incluso en la actualidad ya que muchas de las historias que se representaron en los ballets románticos han perdurado en la cultura popular, inspirando películas, novelas y obras de teatro.

Escena de las monjas muertas en Roberto el diablo de Giacomo Meyerbeer, uno de los primeros ejemplos de ballet romántico (Francia, principios del siglo XIX)

(*) Este texto de Lucila Leiva fue realizado en el contexto de la materia Principales Corrientes del Pensamiento Contemporáneo en la Universidad de Buenos Aires, en junio de 2024.

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