Por Victoria Orive

El siglo XX aparecen grandes distopias literarias. Una visión amarga y crítica respecto al futuro, no ya el optimismo utópico de antaño. Uno de los ejemplos de esta perspectiva es Un mundo feliz (1932), de Aldous Huxley.
Huxley es escritor pensante y de hondas inquietudes espirituales, como las que manifiesta en Las puertas de la percepción. Respecto a la obra recordada en este artículo, Victoria Orive, su autora, dice: «El “mundo feliz” es el resultado de un régimen basado en la razón científica llevado a sus más temibles extremos, donde toda expresión pasional, instintiva, potencialmente subversiva, es reprimida en pos de la estabilidad social».
¿Un mundo feliz?, por Victoria Orive (*)
Si bien no es seguro afirmar que Aldous Huxley fuera un viajero del tiempo, quien haya tenido la oportunidad de leer su célebre novela “Un mundo feliz”, ciertamente tendrá motivos para creerlo. Utópica, visionaria y provocadora, la idea nace como una crítica del autor a los efectos nocivos de un racionalismo moderno excesivamente optimista, fríamente calculado y profundamente desigual. Es oportuno mencionar que Huxley escribe durante el período de entreguerras, en pleno auge del optimismo tecnológico, la sociedad de consumo y, fundamentalmente, de cara a los incipientes regímenes totalitarios occidentales. El “mundo feliz” es el resultado de un régimen basado en la razón científica llevado a sus más temibles extremos, donde toda expresión pasional, instintiva, potencialmente subversiva, es reprimida en pos de la estabilidad social.
El progreso científico – técnico cumple un rol fundamental en esta dinámica, posibilitando la reproducción estandarizada en “Centros de incubación y condicionamiento”. Allí, donde el cálculo y la planificación metodológica es la regla, cada quién tiene desde su nacimiento un lugar asignado con el que ha de conformarse hasta su muerte. Todos aceptan el dominio porque se les induce a creer que es el camino a la felicidad y el progreso ilimitado. De hecho, no es casual que en esta distopía la figura de Dios sea reemplazada por nada menos que Henry Ford, figura emblemática del capitalismo moderno.
Madre, monogamia, romanticismo… La fuente brota muy alta; el chorro surge con furia, espumante. La necesidad tiene una sola salida. Amor mío, hijo mío. No es extraño que aquellos pobres premodernos estuviesen locos y fuesen desdichados y miserables. Su mundo no les permitía tomar las cosas con calma, no les permitía ser juiciosos, virtuosos, felices. (Huxley, 1932)
Sin embargo, tal como sucedió en la realidad, dentro de esta ficción que mucho toma de ella también emergen diversas posturas contrapuestas al orden establecido. Quizás el personaje que encarna de forma más elocuente esta insurrección frente a la “doctrina feliz” es John, “El salvaje”. Es probable que el autor haya querido hacer referencia al mito del “buen salvaje”, en el que se plantea que el hombre es bueno moral y físicamente en su estado primitivo pero que, dada su debilidad frente al poder militar del sistema dominante, debe subordinarse a su dominio.
Pero este no es el caso de John, nuestro salvaje, que desencantado de la sociedad civilizada, superficial, monótona, se revela ante el sistema en el momento en que, al morir su madre, nota que a nadie parece importarle. Esto gracias al condicionamiento al que se los somete desde la más tierna infancia y la dosis diaria de soma, una droga que mantiene a las personas serenas e insensibles frente a todo dolor o emoción demasiado intensa, incluso a aquella que genera la muerte de un ser amado.
“Pues yo no quiero comodidad. Yo quiero a Dios, poesía, quiero peligro real, quiero libertad, quiero bondad, quiero pecado.” Las palabras de John “El salvaje” recuerdan mucho a la crítica romántica a la racionalidad ilustrada. No resulta un dato menor entonces que tenga una fascinación con la obra de un escritor romántico como Shakespeare, prohibida en el mundo feliz por ser considerada subversiva.
La novela concluye con la decisión de John de poner fin a su vida, no sin antes someterse al autoflagelo físico como forma de resarcirse de los pecados de la vanidad durante su estadía en la civilización feliz. Colmado de amarga resignación, “el salvaje” sabe que se enfrenta a un sistema tan fuertemente cimentado en el control y el sometimiento, que resultaría demasiado ambicioso intentar modificarlo. Así, como todo un héroe romántico, prefirió la muerte a una vida sin pasión.
Un mundo feliz ha sido controversial en su momento por poner en cuestión los pilares del pensamiento moderno y el avance científico en un momento central de la historia, la primera mitad del siglo veinte. Aunque se trate de una ficción que satiriza al extremo las posibles consecuencias del progreso, la obra sigue siendo relevante aún hoy como punto de partida para reflexionar sobre los efectos adversos que pueden desencadenar el desarrollo tecnológico y la instauración de regímenes autoritarios sobre la organización social.
(*) Este texto de Victoria Orive fue realizado en el contexto de la materia Principales Corrientes del Pensamiento Contemporáneo en la Universidad de Buenos Aires, en junio de 2024.
Bibliografía consultada
Huxley, A. (1932). Un mundo feliz. Plaza & Janes.
Lohnes, K. (2024, January 25). Brave New World. Encyclopedia Britannica. https://www.britannica.com/topic/Brave-New-World
Muñoz Criollo, I. A. (2018). Vigencia del mito del Buen Salvaje. ESTUDIOS LATINOAMERICANOS, (42-43), 89–100. https://doi.org/10.22267/rceilat.184243.21
Sadurní, J. M. (2022). Aldous Huxley y su distopía feliz. Historia National Geographic. https://historia.nationalgeographic.com.es/a/aldous-huxley-y-su-distopia-feliz_15522
