Cuento. Unas manos en el agua (*)

Por Esteban Ierardo

 

Hace varios días que estoy en el agua. Nunca hubiera imaginado que tanto tiempo estaría flotando en el mar… ¿Y cuánto más seguiré así? ¿Quién sabe? Pero no me lamento, no pienso en el hambre o la sed que tendría que tener. En mi estado actual, esas necesidades son cosas del pasado…

 Parecería que ahora sólo tengo que meditar. Sentir. Recordar. Evocar… ¿hasta cuándo podrá soportar mi cuerpo esta experiencia sin disolverse? Pero si tal vez…no sé…mejor recordar, una vez más… porque el atardecer se mezcla con el cielo y el agua y cuando el firmamento se oscurece es el momento en el que recuerdo más… A veces mis recuerdos son repetitivos, debo reconocerlo. Por eso, de nuevo recuerdo mí llegada al agua… Pero ahora recordaré todo, de vuelta, para ustedes…

 La altura era grande. La tormenta rugía, los rayos estallaban por doquier. Una estructura de metal se partió… entonces, ni los sofisticados sistemas y medidas de precaución evitaron el colapso… La caída fue rápida, en una línea recta y vertical. El pánico fue tal que, a los pocos segundos, ya no escuchaba los gritos de nadie, ni siquiera los míos; aunque no estoy seguro de haber gritado.

  No estoy seguro. No recuerdo con claridad… Pero lo que sí todavía me resulta claro fue el recibimiento del agua… Primero, el impacto en el mar fue como clavos aceitados y líquidos, o guijarros afilados que traspasaron mi carne: pero un segundo después la sensación cambió… Sentí unas manos que desde todos lados estiraban mi piel como para ajustarla a una superficie quebrada en miles de gotas; después, el agua se calmó. Se hizo oscura y profunda. Me di cuenta de que estaba flotando dado vuelta. Vi entonces, abajo, un abismo silencioso… La oscuridad invitaba a bajar hacia algún secreto. Pero sólo bajé por unos segundos, mientras duró la succión que me tironeaba hacia abajo. Cuando esta fuerza terminó salí hacia arriba como si hubiera chocado con un resorte. De a poco, lo oscuro se desvaneció. El vigor de la luz aumentó. El agua se abría y retiraba. Yo estaba de vuelta en la superficie. Y sentía que el viento me rozaba la cara y el cuello.

 Flotaba gracias al chaleco salvavidas que alcancé a ponerme antes de la caída. Y, a veces, como lo hago desde entonces, giro el cuello. Levanto la cara. Me maravillo con la refulgencia del cielo.

 Ahora, sólo veo el cielo y el océano Atlántico.

 El agua azul y salada se me mete en la nariz o la boca entreabierta. Las olas varían en su intensidad. El vaivén no termina nunca. En el mar, la quietud equivale a un acicalarse suave. Pero nunca desaparece el movimiento, la oscilación, que muchas veces aumenta. Al surgir esos incrementos es cuando el océano se enloquece, cuando empiezan las olas a estirar su cuerpo y a galopar salvajes en alta mar.

  He aprendido a acomodarme a los dos estados: el del agua serena, y el de las olas enojadas. Pero hay también un estado intermedio: es cuando el oleaje aumenta pero sin llegar a cobrar mucha fuerza. En esos momentos del mar me uno con el oleaje. Y sé que soy parte de una danza antiquísima. Al bailar así no recuerdo ni pienso. Únicamente respiro en una felicidad totalmente incomprensible.

  También he aprendido a presentir los intervalos de tiempo, las duraciones de la mañana, el mediodía, la tarde, la noche. La noche sólo iluminada por las estrellas o por la luna. La luna. El disco lunar que aquí veo como nunca. Como una diosa contradictoria, porque en su luz plateada y opalina reverbera algo sombrío. Algo velado que, sin embargo, alumbra el líquido elemento que me circunda.

 Pero compréndanme: ¿cómo podría expresar por el lenguaje el brillo del sol en el mediodía? Su luz me acalora, sus rayos se hunden en el agua y producen un sonido. Desde hace varios días intento descifrar esa música. Y también la otra… esa otra música tosca, como un movimiento de hélices, que llega desde el sudoeste… Es un sonido chillón, agudo, metálico, repetitivo… ¿Se acercarán los que han recibido la orden de sacarme del agua? ¿O todo esto será sólo una ilusión? ¿Se acercarán las manos desconocidas, esas manos que me devolverán a una superficie seca, dura y sólida?

 Pero no estoy seguro de que quiera dejar el mar…

 Al fin de cuentas, veo ahora con claridad lo que antes ni siquiera sospechaba… Ahora sé por qué nunca resolví el problema de la obra que quise que me justificara, que me librara de tanta postergación, de tanto ceder a las presiones del ambiente, a los intereses más inmediatos, al deseo de una buena vida. Ese deseo de una buena vida moderna que, de irte bien, te permite comprarte un departamento en Nueva York, como yo lo hice; y también otra casa en un campo en Nebraska (como también lo hice); o un pasaje para unas vacaciones en Brasil, y después, como última escala, París…

 Yo era el muy bien adaptado. Vivía en Nueva York. Elegí y disfruté de esa ciudad-universo. Mi origen francés me predisponía a cierta antipatía de lo europeo y galo hacia lo norteamericano. Y tal vez por eso, lo reconozco, siempre oculté un sentimiento de superioridad cultural hacia el neoyorkino medio. Por imposición o por fatalidad hablaba mi inglés neoyorkino farfullante, pero también el francés melodioso que heredé de mis padres. La lectura de grandes clásicos de la literatura me maravilló desde niño. Pero no quería escribir. Quería crear una belleza visible. Algo tridimensional. Impactante.

 Me hice arquitecto.

 En mis primeros años de formación estudié historia de la arquitectura con tanto empeño como las técnicas y los planos para las construcciones. Y me emocioné, y todavía lo hago en mis momentos de nostalgia, con las grandes obras modernas y posmodernas, desde las obras de Le Corbusier y Frank Lloyd Wright, por ejemplo, hasta las de Norman Foster o Calatrava. Por eso, comprenderán que siempre quise realizarme en el arte de la construcción, no en la mera tecnología para levantar techos seguros.

 Quería ser un creador. No un levantador de paredes. Un arquitecto artista. No un burócrata constructor. Pero elegí ser un dibujante de planos para asegurarme “una posición”, como se dice. Preferí construir edificios seguros, sólidos, confortables, para la industria, el comercio, o la demanda de viviendas ostentosas de la clase alta. Todo para conseguir dinero seguro, para solventar el estudio de arquitectura, mis empleados, mis propiedades en aumento, mi cuenta bancaria de varios ceros… Todo eso duraría, siempre me repetía, hasta que hubiera acumulado tanto dinero como para dedicarle uno o dos años a mi gran obra…

 Pero el tiempo iba pasando…

 Y aumentaban los encargos de los edificios aburridos. Ya saben… esos adefesios edilicios para cumplir una función práctica, privados de toda belleza. Mi cuenta trepaba cada vez más. Pero mi obra, mi verdadera obra, no pasaba de una maqueta… Me consolaba contemplando esa maqueta que reposaba sobre una mesa delante del gran ventanal de mi estudio, en el piso décimo de un edificio sobre la Quinta Avenida.

 La maqueta, aquella prefiguración en miniatura, mostraba una mujer reclinada; homenaje, no lo negaré, a Henry Spencer Moore; pero no era una mujer que parecía la prolongación de la tierra de la fertilidad, como en el escultor inglés de Castleford que se inspiraba en el arte precolombino. La posición de la escultura remitía a Moore, sí, pero ahí terminaban los parentescos.

 La mujer que imaginaba era de una belleza desnuda. Una mujer que se extendida sobre su propio peso de gracia y frescura; una mujer con sus dos manos sumergidas en un pequeño lago artificial a un lado de su figura. El material principal de la mujer-edificio de mi proyecto sería de un cristal pintado con rayas de felino. La mujer felina sería de un imán resplandeciente en el día. Y de una hermosura inquietante durante la noche por las muchas luces encendidas en los contornos de su anatomía. En el interior del edificio que proyectaba no habría pisos. La figura edilicia sería ahuecada, vacía por dentro. Sólo en su centro, a la altura del ombligo recostado de la mujer-arquitectura, unos ascensores bajarían a un piso subterráneo, en el que podrían desarrollarse exposiciones, conferencias o recitales. Casi todo estaba resuelto en mi diseño. Pero un detalle me angustiaba: la cabellera de la mujer reclinada… Sus cabellos de cristal se detenían en un piso de cemento cubierto por una carpeta que simulaba hierba campestre. Pero había algo que no alcanzaba a resolver, una carencia en la composición de la gran cabellera que debía ser resuelto por la fusión del cristal con algún otro elemento constructivo. Es decir: no sabía qué material usar para la construcción definitiva de los cabellos de mi mujer-edificio.

 Después de terminar mi rutina diaria, en muchos atardeceres quise superar esa indecisión. Pero no pude resolver la incógnita. ¿Con qué material construir la caballera de la mujer reclinada de mi proyecto? La angustia por esa impotencia creativa creo que en parte la compensaba con mi larga relación con Janette, mi amante parisina, radicada desde adolescente en la gran ciudad de la estatua de la libertad.

 Janette era pintora. Ella era refractaria a las modas. Por eso, como una romántica del siglo XIX, se dedicaba a la pintura de paisajes. En la naturaleza parecía buscar su propio cuerpo.  

 Ella me subyugaba con su liberalidad, su buen humor, su desenfado y falta de prejuicios. La facilidad de la comunicación con Janette, paradójicamente, me atrapaba en un fuerte vínculo erótico. Al principio de nuestra relación ella me dijo, sin ambages, que nadie es dueño de nadie, ni de su cuerpo ni de su tiempo, por lo que las mujeres que pudieran acompañarme en algunas noches no eran para ella una puñalada traicionera, sino un ejercicio de libertad personal. Además, en Janette, se unía una belleza algo melancólica de mujer de Dante Gabriel Rosetti con una fuerte curiosidad intelectual. Especulaciones extrañas, digamos que filosóficas, a veces brotaban con naturalidad de sus labios.

 Ahora, que floto aquí, comprendo que mi edificio soñado era en parte una celebración a esa mujer de mente amplia y afecto no posesivo. Un tributo a Janette. Pero esa exaltación de Janette, no podía por sí misma liberarme del enojo por no encontrar el material justo para la construcción de la cabellera de mi mujer recostada.

 ¿Y si sólo me contentara con proyectar un ícono de una nueva arquitectura visionaria? Una visión que no pasara del estado de dibujo o maqueta. Podría conformarme entonces con un diseño que, como una idea platónica, se mantuviera independiente de su ejecución en la materia, como el caso de Étienne-Louis Boullée y su famoso cenotafio para Isaac Newton de 1797. Una arquitectura vista pero nunca realizada en el espacio tridimensional. Esa ocurrencia tan ponderada en el film El vientre del arquitecto, de Peter Greenaway, por ejemplo. Pero mi intención no era una ensoñación arquitectónica nunca trasladable al mundo físico.

 ¿Y cómo hubiera podido imaginarme que la angustia más visceral por mi obra no resuelta la sentiría rodeado por la música del mar, donde floto hace varios días ya? En la gran ciudad, el vértigo cotidiano aminoraba mi percepción del tiempo. Un año empezaba a parecerme un mes. Aquí, por el contrario, los días y noches se me hacen milenios. Debería entonces tal vez sentirme muy viejo, un ser decrépito, devorado ya por el estallido de mis tejidos y células, con los huesos carcomidos. Pero no. Me siento joven. Mi cuerpo es tierno.

 ¿Pero es realmente mi cuerpo…? Porque no puedo ya diferenciarme claramente del cuerpo marino que me abraza.

 Antes, siempre había visto el mar con indiferencia, o sólo como algo estético. Me era indiferente el océano que se ve desde Long Island. Me provocaba, sí, un breve placer la primera imagen del paisaje oceánico que se colaba por la ventanilla de un avión en vuelo; pero nunca su visión me atrapó lo suficiente como para sacarme de la corriente de mis pensamientos. Siempre vi entonces al océano como un coágulo de olas y espumas, exterior y ajeno a mi cuerpo perfumado y siempre pulcramente vestido.

 Ahora, mis pantalones y saco de Dion Dior vomitan sal por sus poros y son jirones y agujeros, saturados de agua. Pero mis límites no son ya los de la ropa. Ahora, me cuesta encontrar un límite para mi piel… Floto en el mar inmenso… ¿Cómo lo hubiera imaginado alguna vez? Soy mar, soy todas las olas y corrientes oceánicas. Por mis pulmones y mi piel circulan millones de peces, de miles de especies. Las lluvias y tormentas hunden sus gotas y rayos hasta mis vísceras. Las luces del sol componen con el viento una música que desciende sobre las olas como pomelos y magnolias que ruedan por un jardín. Y esa música después baja hacia el abismo secreto del agua. Hacia lo profundo e insondable de la inmensidad marina.

 ¡Y ah, las noches aquí! En las noches los dedos luminosos de las estrellas acarician mi nuevo cuerpo que se moja en un lenguaje que no puedo todavía entender. Y la luna estira su cabellera plateada. Todos sus cabellos de plata caen sobre las olas. ¿Y cómo podría imaginarme que, alguna vez, sería un cuerpo de agua, lo que quizá siempre fui, sin saberlo? Lo que son ustedes también ahora, sin saberlo seguramente. ¿Cómo olvidé por tanto tiempo mi corazón de agua, mi ser líquido cuando divagaba en mis oficinas lujosas, o en los sofisticados edificios, algunos de los cuales construí, o hice construir por las manos obreras, en la ciudad de las dos grandes torres que se desplomaron?

 ¿Y qué pasará cuando ese zumbido metálico, repetitivo, como de hélices, se acerque más todavía? Porque se acerca, se acerca…

 Y allá, en la línea del horizonte, en lontananza, veo pasar un barco. ¡Ah, lo reconozco…! Seguro: es un crucero de lujo, en el que muchos deben ahora tomar sol en cubierta, bañarse en piscinas; y después disfrutarán de un almuerzo de comidas raras; y en la noche, la fiesta, el casino; y, además, en cualquier momento del día: las compras en el shopping a bordo. Pensar que una vez hice también uno de esos viajes. Y al mirar el mar desde la cubierta del crucero, me parecía más bello el paisaje de los rascacielos y las calles de la gran ciudad.

 El crucero navega feliz. Sin embargo, cuanto más largo sea el viaje, más tormentas vendrán… Pero luego de husmear dos o tres tempestades desde el ojo de buey de un camarote, para los pasajeros del crucero la borrasca en alta mar también se convertirá en un paisaje familiar e indiferente.

 Y una vez, otro que cayó y se hundió como yo, subió desde las profundidades del mar en una noche de luna… y me dijo que vive aquí hace siglos, y me insistió en que los marinos han cambiado… Antes, la familiaridad con las olas bravías, la cercanía con el agua hacían que el marino se sintiera el oleaje mismo que se estiraba y llegaba a un puerto para allí readquirir su forma humana, de pies y piernas, para volver a la vida en tierra firme. Y una vez ahí el marino podía fingir que era un hombre como todos, cuando, en realidad, era ya una ola más del mar. Antes, los marinos, sin necesidad de un naufragio, sabían que vivían por la diosa de las aguas, la diosa creadora de los peces, de las ballenas, tiburones y delfines, y por el Poseidón pagano, dios del tridente y de hirsuta barba, el señor de todos los mares; antes, los hombres de mar sentían una mezcla de temor y veneración ante la vastedad de los mares.

 Ahora, los marinos son viajeros de paso, siempre de paso, demasiado seguros y protegidos por la tecnología satelital y la solidez de los mastodónticos barcos modernos.

-¿Fuiste uno de los marinos de los viejos tiempos?- le pregunté a mi visitante.

-Sí, pero me resulta ya muy raro pensar desde el tiempo. Ya sabes: aquí, lo joven no envejece, como si el tiempo no pasara.

-¿Y naufragaste cerca de aquí?-pregunté otra vez.

-No muy cerca-me contestó con una voz susurrante-. Bajé al fondo con uno de los barcos franceses de Villeneuve, hundido por los ingleses de Nelson, en la Batalla de Trafalgar.

-¿Y entonces por qué se te me apareces aquí?- me devoró la intriga-. Por lo que recuerdo de mi época escolar, estamos a varios miles de kilómetros del lugar de la batalla de Trafalgar.

-En el mar la distancia es una ilusión-me aseguró-. Cuando eres agua estás donde ésta pueda fluir…

 Y le pregunté a dos delfines si el mar tiene un comienzo y un fin. No tuve respuesta. O mejor: no puedo entender, todavía, el lenguaje de ningún pez. Y no he sentido aún que estén cerca los tiburones y las orcas. Sí he sentido procesiones de miles de peces, y he sospechado el lecho del océano, sembrado de montañas, o grietas con geiseres, y especies desconocidas, de imposible descripción para mí.

 También sospecho a veces restos de naufragios, cuyos habitantes espectrales, viejos marinos, como el que antes me visitó, nadan cerca de restos de maderas casi desvanecidas, o de metales, más resistentes, pero también acosados por los mordiscos del salitre. Por todos lados, el agua omnipresente. Opresiva.  Y si hundo mi cara, distingo amebas de membranas traslúcidas y gelatinosas, flexibles y delicadas, que me hacen recordar los cabellos de la mujer de mi edificio soñado. Y de Janette…

 Janette. La última noche que dormí con ella en Nueva York, los vientos que llegaban del Atlántico crujían sobre las ventanas. En el alto departamento, me emocionaba ante la belleza desnuda de ella. Ella hacía el amor con furia felina, o con delicadeza de gacela. No siempre podía satisfacerla. Aquella noche me fundí con su calor. Por unos segundos estuvimos unidos en un éxtasis que se burlaba de las mejores palabras de los poetas. Cuando el goce murió, me di cuenta de mi sudor. Y vi a Janette, de espaldas, recostada sobre la cama como mi edificio proyectado. Su cabellera se posaba sobre las sábanas revueltas; con suavidad, los cabellos parecían extenderse hasta un vientre, hasta un origen…

 Y Janette se recostó boca arriba. Acaricié sus senos. Busqué la suavidad de sus cabellos.

-¿En qué piensas, Janette? -le pregunté-. De repente pareces atrapada por el llamado de algo lejano. ¿Es así?

-Sí-me contestó con palabras lentas, estiradas-. Pienso en mi última pintura. Siempre son los paisajes, como sabes. En los últimos tiempos sólo pude pintar mares solitarios. Mares bajo un sol picante a veces, o un cielo plomizo,  o recorrido por muchas olas.  Y me intriga en especial mi última pintura, que todavía no terminé… en ella alguien flota en el mar, alguien que se resiste a aceptar algo trágico que ha pasado, y que no tiene retorno; alguien que se zambulle en una ilusión, pero que a la vez ve algo, sospecha una fuente… la fuente de las espumas, las sales y olas del mar…

 En ese momento no entendí. Sólo dije:

-¡Qué raras tus ocurrencias, Janette! No alcanzo a comprenderlas. Tu imaginación es rica, ¿para qué negarlo?, como la fuerza de tus colores. Siempre pareces estar sospechando algo, que luego le das la forma de una pintura satisfactoria. Algo que merece quedar. Muy distinto es mi caso. He planificado muchos edificios que me han dado mucho dinero… pero nada memorable. Nada que merezca quedar.

-Ya resolverás el problema que te atormenta-me pronosticó ella con tono algo compasivo-. Lo sé, me hablaste de ese problema varias veces, del edificio con forma de mujer recostada… ¿Cómo encontrar el material justo para la construcción de la cabellera de tu gran mujer, de rayas felinas y con las manos hundidas en el agua? Tal vez del agua venga la respuesta… Quizá la respuesta aparezca repentinamente, como se me aparecen las imágenes de mis pinturas. Buscar mucho tiempo es como enviar un grito hacia todas partes. La respuesta vuelve al fin como un eco, que llega de alguna montaña lejana, o de una ola que se rompe…

-¡Ah, Janette! No me gusta nadar, no me gustan la playa ni las olas. Quiero tener el mar a la distancia, mejor…para que no se mojen mis ropas caras.

 Lancé una risotada.

-No creo que en el arte importe lo que se quiera-dijo Janette-. Lo que importa es lo que llega como un regalo. A veces, sólo a veces, llega el premio a una larga espera.

-De mi parte me he esforzado ya lo suficiente, creo -dije con tono de queja. Y no me llega la respuesta o los ecos de los que me hablas. Tal vez tendría que hacerme el hábito de flotar en la bañadera por un tiempo para ver qué sale del agua, ¿no? Ja, ja…

 Janette me acarició. Me miró con ternura. Su cabellera me parece, ahora,  húmeda y salitrosa…

-Por ahí sería suficiente con que te imaginaras flotando, en alguna parte…-me dijo ella.

 Las palabras terminaron, y nos levantamos y tomamos café y disfrutamos del espectáculo de las luces nocturnas de New York. Coincidimos en que sería bueno escapar por un tiempo a alguna parte. Pensé primero en Brasil. Janette pensó en París, porque amaba el Sena, y porque tenía ya el compromiso de exponer en una galería en Montparnasse. Nuestros días disponibles no concordaban totalmente. Por eso, convenimos en que primero yo visitaría la tierra de los carnavales, de las escolas do samba y de la selva amazónica. Y después nos encontraríamos en la ciudad de la torre Eiffel. Convenimos los días, el momento de despedida y reencuentro con precisión de relojes y calendarios que después confirmamos a través de consultas a agencias de turismo y la compra de pasajes. Y después pusimos en marcha el plan de fuga y descanso que acordamos. Janette viajó a París. Yo volé a Brasil. Me enloqueció la lujuria de la selva. Exploré algunas mujeres ardientes en Bahía, y me deprimí en el cemento de San Pablo. Y después era momento de ir a París. Y después…

 ¿Cómo pude imaginar que flotaría, al fin, varios días en el agua, y que cumpliría así la sugerencia de Janette? ¿Cómo puede haber sospechado la subida al cielo y las nubes, y después la caída al reino de las aguas y las olas? ¿No será todo esto una ilusión? ¿No estaré mintiéndoles? ¿No seré sólo la excusa para que alguien escriba durante su ocio creativo? ¿Será por eso que no veo todavía cómo terminar el diseño de mi obra?

 Es difícil traducir lo que siento mientras percibo que el sonido metálico… el zumbido molesto… es mucho más intenso, más cercano… Sospecho un chapoteo entre olas y espumas. Y dos nubes repentinamente se encuentran cuando el sol está a punto de volver. Unas gaviotas vuelan con elegancia, un delfín acaba de hundirse tras su salto de acróbata. Y veo mi edificio, de nuevo, el nunca construido, la idea que no superó planos y maquetas. Veo la mujer reclinada, con sus manos que se sumergen con calma en un pequeño lago contiguo, rodeado de cemento.

 Y nace el amanecer.

 Algo de la noche se une todavía con el día que brota de un abrazo de cielo y viento. La mujer de mi obra brilla en mi deseo. Y su cabellera ríe con sus cabellos acanalados por el que ahora fluye…sí…fluye un agua de mar, veloz, espumosa… como una cascada-cabellera que vuelve al misterio del origen. ¡Sí! ¡Ésa era la forma de construir la cabellera del edificio-mujer de mi proyecto! Una cabellera de vidrio transparente y dentro una corriente de agua constante, siempre cayendo con el rumor de una cascada ¡Ahora he resuelto mi problema creativo al fin! ¡El otro elemento constructivo de la cabellera, además del cristal, era el agua! Mi creación de vanguardia termina por resolverse en mi mente como una corriente marina que se me aparece en un nuevo amanecer, con el canto y vuelo de las gaviotas.

 Pero ya es muy tarde… 

 Y el sonido metálico ya me frota. Ese sonido ha llegado, se detiene junto a mí. Poco después, termina la ilusión…El barco de rescate ha llegado, y se me aparecen unas manos en el agua, unas manos que ya me sacan del mar…

 Y rescatan otra víctima del vuelo 447 de Air France Río de Janeiro-París, que cayó al mar al noreste de Brasil, el 1 de junio de 2009 (**).

(*) Fuente: Estebal Ierardo, cuento «Unas manos en el agua, en libro La llegada, ed. Alción.

(**) El vuelo 447 de Air France (AF447) fue un vuelo comercial internacional entre el aeropuerto de Galeao, de Río de Janeiro, y el aeropuerto Charles de Gaulle, de París, en un avión Airbus A330-203. El 1 de junio de 2009, el avión cayó en el océano Atlántico con 216 pasajeros y doce tripulantes a bordo, incluyendo los tres pilotos.​ Fue el accidente de mayor cantidad de víctimas en la historia de Air France, y el de mayores proporciones en un Airbus A330. En 2012, la BEA, (Oficina de Investigación y Análisis para la Seguridad de la Aviación Civil en Francia) dio a conocer el informe final del accidente. La conclusión fue que el accidente se debilitó al congelamiento  y consecuente fallo de los tubos Pitot  que señalan la velocidad, junto con una combinación de errores humanos por parte de los pilotos, lo que provocó la caída de la nave en el mar con 2,5 kilómetros por minuto (unos 42 m/s).

 La aeronave de Air France siniestrada, imagen de marzo de 2007 (Wikipedia)

Deja un comentario