(Texto Esteban Ierardo, fotos Laura Navarro y E.I, incluye galería) (última versión 10-2-2025)

El castillo de Dunnottar se encuentra en el norte de Escocia, cerca de Stonehaven y Aberdeen, sobre el Mar del Norte. Uno de los lugares con una historia extraordinaria, que incluye a pictos, vikingos, a William Wallace, la reina María Estuardo, Oliver Cromwell, y el clan Keith. El promontorio sobre el que descansa Dunnottar y el mar contribuyen a su imponencia.
Las ruinas de un castillo en lo alto de una gran formación rocosa. El mar y sus olas, el cielo inmenso y la tierra verde abrazan cada partícula de Dunnottar, un lugar de aire medieval envuelto en un halo romántico.
A tres kilómetros de Stonehaven, y veinte de Aberdeen, el Castillo de Dunnottar nos recibe en una mañana fresca y radiante. Venimos desde la mencionada Abeerden, «la Ciudad de Granito«, la tercera ciudad en tamaño de Escocia.
Al acercarnos, en nuestra mirada crece el mar y una amplio terreno cubierto por un tapiz vegetal. Escuchamos a unos pocos visitantes, que hablan en diversas lenguas. Debemos subir un camino de piedras hasta alcanzar la entrada al recinto en el que se amalgaman restos del pasado escocés. Al ingresar, para lo que debemos pagar, además del sonido de las olas cercanas, junto con Laura, empezamos a escuchar voces recónditas.
Desde hace 440 millones de años, la gran roca que da sustento al castillo se agrega, imponente, al paisaje. La formación geológica se la conoce como «piedra de pudín» porque se compone de grandes rocas y guijarros unidos con vigor, como pasas en un pastel de frutas; y la masa rocosa surge en el período Silúrico, compactada por una sustancia cementante que no ofrece grietas o fallas.
Una primera construcción se alza sobre el acantilado en el siglo IX. Antes, quienes habitaban la zona son los pictos. Arqueólogos de la Universidad de Aberdeen acreditan que los pictos vivieron al norte del castillo, y de hecho, el nombre «dun» significa «fuerte» en picto. Los restos estudiados por datación por carbono revelan lo que pudo ser un fuerte de los pictos, pueblo que se estableció en la zona entre el 5000 a. C. y el 700 d.
En los primeros siglos después de la muerte de Cristo, el cristianismo se propaga por Europa con su ansiedad evangelizadora. Así, San Niniano, uno de los entusiastas misioneros cristianos, instalado en Dunnottar, suma a los pictos a la fe en el Dios que es Uno y Tres a la vez.
Los edificios hoy en ruinas proceden de los siglos XIV y XV. El castillo atrae con su aire de fantasía otoñal, mientras expande ecos de luchas épicas del pasado y de hechos que bien podrían alimentar una cautivante novela histórica. En su más estricto sentido descriptivo, los castillos son solo construcciones defensivas, miradores de piedra para la vigilancia, refugio y hogar para un rey, y parte de su séquito cortesano, para soldados, personal doméstico y, a veces, artesanos y herreros. También son una muestra del poder del noble que la habita. Antes que una presencia sobreviviente de brumas lejanas, el castillo es una construcción funcional, justificada por su ubicación estratégica. La dureza de la vida entre sus muros se engrosa cuando incluye también a prisioneros por disidencias políticas y religiosas, o cuando alcanza a nobles capturados a la espera del pago de su rescate. Y cuando al castillo lo araña la decadencia, el punto máximo de su caída es el abandono. Entonces, lo abraza el encanto de lo perdido.
En Dunnottar, lo perdido es su frondosa historia. En el siglo XIV se convierte en el hogar de los Keith, una de las grandes familias de Escocia. En 1562, el castillo aloja a una visitante extraordinaria: María I, la reina escocesa, y su hijo, el futuro Jacobo VI.
María I, o María Estuardo (1542-1587), con seis días sucede a su padre, Jacobo V. Buena parte de su vida transcurre en Francia, donde se casa con el rey francés. Regresa a Escocia luego de la muerte de éste. En su país, el presbiterianismo protestante ya late con fuerza. La católica María sufre una sublevación. Abdica en favor de su hijo. Huye a suelo inglés. Busca la protección de su prima Isabel I, la reina de Inglaterra. Pero reclama el trono inglés. Muchos católicos ingleses sueñan con su coronamiento. Esto alerta a Isabel. La hija de Enrique VIII confina a la reina escocesa en varios palacios y castillos por más de 18 años, hasta que María es acusada de conspiración. Entonces, un hacha la decapita en 1586.
El castillo es en realidad un conjunto de edificios en ruinas, salvo la Torre y, parcialmente, su Palacio. Como en muchos lugares, una imaginación evocadora permite ver más allá de lo visible. Imaginamos cuando María Estuardo deambulaba por aquí. Y al ver el mar también evocamos el 900 d.C, el momento en el que drakkars abarrotados de guerreros vikingos se acercan a la costa. Saltan al agua que salpica sus hachas y cabelleras, mientras sus caras se retuercen en gritos feroces. Se reúnen cientos de escandinavos invasores, que sitian la fortificación de entonces. El rey Donald II de Escocia dirige la resistencia, que rápido se quiebra ante la fuerza invasora mayor que toma la posición. El rey es asesinado. Los edificios de entonces son destruidos.
En 1276 , William Wishart, obispo de St. Adrews, inaugura la capilla. Cerca de ella, descubrimos una cisterna, y observamos muchos cuervos que vuelan entre el viento y los edificios. Cerca, un baño moderno, en perfecto estado, contrasta con las formas más primitivas de atender a las necesidades en los tiempos medievales, la época en la que ocurre otro de los episodios cruciales en Dunnottar…
Es 1277. Los escocesas rugen, quieren ser libres. El mítico William Wallace, que tiene en Stirling su gran monumento, se lanza con sus soldados al ataque para derrotar a una guarnición inglesa en Dunnottar. Lo consigue. Luego la leyenda teje su relato: Wallace irrumpe con su espada empapada de sangre. Los soldados ingleses sobrevivientes se refugian en la capilla. Creen que el recinto sagrado los protegerá de la Parca. Pero Wallace no quiere que vivan. Ordena que prendan fuego el lugar de oración. Las llamas queman los corazones. Otros son arrojados por el acantilado. Cincuenta años después los ingleses tienen su revancha, recuperan Dunnottar.

En un extremo de Dunnottar se acomoda The Keep (la Torre de Homenaje), una construcción en relativo buen estado, hecha edificar por William Keith, Gran Mariscal de Escocia, en 1392. El título de Gran Mariscal se convierte luego en Conde de Marischal. El quinto Conde de Marischal, George Keith, funda el imponente Marshall College que vimos en la ciudad de Aberdeen. Y compra un león que vive en la Guardia del León. Extraño destino el de ese felino tan alejado de su hábitat africano. A su manera habrá experimentado soledad y resignación ante su condición de mascota de un ocioso aristócrata. Y Dunnottar, de forma muy inesperada también, se conecta con África cuando el rey de Escocia Jacobo IV, en 1504, visita el castillo con sus trovadores italianos, y con More Taubronar, un músico de origen africano que toca un «taubron», una especie de tambor. ¿Cómo habrá llegado a la corte escocesa More Taubronar? ¿Qué sensaciones habrá provocado en su auditorio cortesano su música rítmica remota?
Los cuervos continúan su danza en las pistas del aire; corrientes de viento llegan desde las aguas azules; las rocas en la costa se empapan. Nos detenemos en la parte del castillo que se yergue frente al mar. Encontramos unas aberturas que comunican con recintos oscuros de ásperas paredes irregulares que simulan escondidas cuevas. En la primera que entramos, reparamos en un cartel que advierte que estamos en una región fronteriza entre los vivos y los muertos. Con el ánimo de fomentar el atractivo del lugar, seguramente, se comunica algo que mana entre la invención y la credulidad. En el castillo se manifestaría una joven mujer que busca a su niño picto perdido; acaso una historia para rememorar el dolor de los pictos convertidos al cristianismo en el siglo V d.C. Otro fantasma sería un escandinavo que, en su etérea presencia, otea en lontananza la vastedad marina en espera de alguien o algo.
Seguimos avanzando entre los túneles que conectan los recintos sumidos en su tiempo diferente. Uno de ellos descubrimos que fue ámbito de cautiverio de los Covenanters. Para entender quiénes son los Covenanters primero debemos recordar la trama de conflicto entre protestantes y católicos. La Reforma que inicia Lutero en 1517 divide a Europa en dos maneras de entender el cristianismo profundamente enfrentadas, al punto que, en el siglo XVII, se produce la devastadora Guerra de los Treinta Años (1618-1648). En 1625 sube al trono inglés Carlos I, como rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda. Este monarca intenta revivir el catolicismo. En ese escenario, en 1639, William Keith, séptimo conde de Marischal, se resiste a la política pro-católica deI rey, y declara su lealtad a los Covenanters. Los covenanters o covenants integran un movimiento religioso de origen presbiteriano en la historia de Escocia, con importante influencia en el territorio escocés en el siglo XVII, y menos en Inglaterra e Irlanda. Su nombre procede de la palabra escocesa covenat «promesa solemne» o «documento legal». Luego, en 1558, todos los reformados escoceses constituyen una alianza para defender su confesión ante los católicos en general y la España de Felipe II en particular, en el momento en el que éste lanza su Armada Invencible a la invasión de Inglaterra. Los que firman el Covenant son los presbiterianos y puritanos.
Cuando gobierna el católico Carlos I, irrumpe el controvertido calvinista Oliver Cromwell. En la llamada Guerra de los Tres reinos, Cromwell invade Escocia en 1650 para derrotar al ejército escocés de los Covenanters, y a su vez al rey católico Carlos II. En Dunnattar se ocultan las Honores de Escocia (las joyas de la realeza escocesa: la insignia de la corona, la espada y el cetro), bajo la responsabilidad del Conde Marischal como Mariscal de Escocia. Las joyas son traídas al castillo escondidas en sacos de lana. Sir George Ogilvie (u Ogilvy) es nombrado teniente gobernador del castillo de Dunnottar. Cromwell bloquea el castillo. De contrabando, los honores son retirados del castillo quizá bajándolos al mar por el acantilado. Luego las joyas hallan su lugar seguro en el castillo de Edimburgo.
Cromwell domina el llamado Parlamento Largo en Inglaterra hasta la restauración inglesa que devuelve el trono a los Estuardo, a Carlos II, que visita el castillo de Dunnottar. La decisión del nuevo rey es recuperar un espacio significativo para la fe católica dentro de la Inglaterra anglicana. Esta política del nuevo monarca atiza el conflicto entre los católicos y los covenanters.
En los vaivenes de esta incendiaria confrontación el castillo de Dunnattar es saqueado y quemado en 1645. Las pasiones no decrecen en su exaltación durante décadas. Y en 1685, uno de los recintos de oprimentes y toscas paredes de piedra, de medianas proporciones, se convierte en la «Bóveda de los Whigs», porque aquí, muchas covenanters y whigs, su rama radicalizada, se apiñan en condiciones insalubres, degradantes, humillantes. Son 167 personas, 122 hombres, y 45 mujeres. Se conocen sus nombres, pero no el dolor intransferible que padecen. Intento imaginar sus aspectos, la pesadumbre que estraga sus cuerpos y pinta de abatimiento sus rostros. Son ancianos, niños, hombres y mujeres adultos. No saben si sus corazones se silenciarán entre la inmundicia. Algunas vez vieron el sol, conocieron el corazón enamorado, o renacieron con el primer llanto del hijo recién nacido. Ahora conocen la larga desesperación hasta que los que no mueren por enfermedades, se postran de agradecimiento por un nuevo amanecer contemplado en libertad. Y muchos son enviados como colonos, a América, a New Jersy.

Salimos nuevamente a la luz. Nos reencontramos con la cisterna, subimos por una escalera que nos conducen a una sala del Palacio que recrea un sitial de madera labrada tras un larga mesa que evoca la autoridad del clan Keith en sus buenos tiempos. En unas ventanas asoma la visión sobrecogedora del mar, los olas de energías espumosas, los acantilados, las escamas alternativamente nubosas o doradas de cielo.

Imagen a través de la ventana del Palacio, a lo lejos se ve el Monumento de Stonehaven.
Cerca del aristocrático escritorio, hay un árbol de navidad cubierto por una red de luces apagadas. Alguien de cuarenta años, aproximadamente, encargado de mantenimiento, se acerca y enciende el juego luminoso de variados colores. Seguramente debe ser interesante trabajar en este lugar tan especial, le comentó. Sí, me contesta. Hace diez años cumplo una rutina. Los días en los que realmente uno siente que este es un trabajo diferente es cuando llegan las tormentas. Toda parece enojarse entonces, el mar, el acantilado, el castillo. Me siento transportado a otra época. Lo que se siente en las tempestades aquí es difícil expresarlo. ¿Vives en Stonehaven?, le preguntó. Sí, desde siempre y para siempre, creó. ¿De dónde son?, quiere saber. De un lugar muy lejos, al sur. Sonríe.
Y en la sala imaginamos el deambular nervioso, en 1715, de George Keith, décimo conde de Marischal. Decide unirse al levantamiento jacobita. Es una figura clave en el intento para derrocar al rey Jorge I, dentro de los levantamientos jacobitas, una serie de revueltas, rebeliones y guerras en las islas británicas con el propósito de devolver el trono a Jacobo II de Inglaterra, católico de la Casa de Estuardo, que fue privado del trono por el Parlamento luego de la Revolución Gloriosa de 1688.
El alzamiento se estrella contra un muro. El décimo conde de Marischal participa de la decepción. Sufre su parte de la debacle. Pierde su título, sus propiedades. Le es arrebatado el castillo de Dunnottar, en 1717. Su compesación es que practica la diplomacia y termina como consejero de Federico II de Prusia, «El grande».
Durante 400 años el clan Keith es el dueño de Dunnottar. Lo que parece para siempre se convierte en «alguna vez». El gobierno inglés vende el viejo hogar del clan Keith a la York Building Company. El mobiliario que vemos es parte de una restauración, porque los nuevos dueños se llevaron todo lo que tenía algún valor, los pisos, los techos, los muebles. Lo que queda es un tigre disecado. La reanimación del viejo felino empieza en 1919 cuando Lord y Lady Cowdray adquieren el castillo y se empecinan en su reparación. Luego del tiempo necesario, el castillo renace como un anillo de edificios que esmaltan de elegancia su fisonomía ruinosa. Desde entonces, su tesoro histórico, unida con su rareza geografíca, recibe visitantes. Su atractivo lo convierte en lugar de filmación de una versión de Hamlet (1990), con Mel Gibson y Gleen Close, y dirigida por Franco Zeffirelli.
En 1923, cerca del castillo, se alza un templo circular de varias columnas que nos atrajo en el viaje en tren desde Edimburgo a Aberdeen. Esa por entonces misteriosa construcción se distinguía en una lejanía insinuante. Es el monumento de Stonehaven a los caídos en la Primera Guerra Mundial, realizado por el arquitecto de Stonehaven, John Ellis. En la parte superior de la construcción circular dice: «Uno a uno, la muerte los desafió, ellos sonrieron en su rostro sombrío y se negaron a desanimarse». El templo es incompleto intencionalmente para reflejar las vidas truncadas por la muerte que no llegaron a reverdecer en toda su lozanía.

Al marcharnos del castillo, al descender a la costa, nos encontramos con un matrimonio, una venezolana y un italiano. Departimos sobre lo extraordinario del lugar. Nos refieren que visitaron varios castillos de Escocia. Más que su estructura, es el entorno lo que hace a Dunnottar diferente. Asentimos. Nos comentan también que cuando pueden escapan de la gran ciudad, de Milán, y vuelven a Escocia para encontrarse con la sensación de lo actual y el pasado animado por gaitas, tartanes, y los castillos aún en pie. Así es, y en ese pasado, además de la Escocia romántica, agregó, no se desvanecen los escenarios de pobreza y dolor. Sí, mucho de eso conocieron nuestros parientes, también, en la Segunda Guerra Mundial. Y como debes saber, en Milán, terminó colgado Mussolini, uno de los grandes culpables de todo ese infortunio. Luego hablamos del paraje frente al castillo, tapizado de verde, y en el que pastan muchas ovejas. Nos despedimos de los otros viajeros y remontamos el camino por el que venimos, y comprobamos que las ovejas retozan plácidamente, inmersas en su mundo ajeno a todo conflicto humano. Los mundos que conviven sin que, muchas veces, el uno sepa del otro.

Elegimos regresar a Stonehaven con el andar de nuestros pies, para apreciar de cerca el camino y el paisaje. Seguimos la ruta, primero a través de una zona descampada, con los autos y camiones que silban al pasar como bólidos zumbantes y enérgicos. Luego, pasamos junto a una casa rural típica baja y con su chimenea y apariencia de piedra. Luego el camino se desvía e ingresamos a una región boscosa. Muchas hojas secas se acumulan enderredor de árboles que trenzan sus ramas, junto a un cercano arroyo que discurre con sus melódicas aguas. Nos detenemos ante un cartel que nos anuncia el ingreso a Stonehaven, y que recuerda que allí nació R.W. Thompson, el inventor del neumático. Justificado recuerdo, más allá del orgullo local. Thompson se forma en Ingeniería en Dandee y Aberdeen. Frente a lo maleable del caucho se le ocurre llenarlo de aire. Así produce la más grande transformación de la rueda desde la prehistoria.
Las «ruedas mágicas» de Thompson se exhiben en el Regent’s Park de Londres en 1847. Mueven varios carruajes tirados por caballos. La «rueda aérea» que luego se mejora por la vulcanización descubierta accideltamente por Charles Goodyear. Un salto técnico revolucionario que sólo será superado cuando los autos sean aéreos en un futuro indeterminado.
Al entrar dentro Stoheven nos sorprende la serena belleza de sus casas bajas, a dos aguas, con diversos diseños de ventanas, paredes muchas de ellas de ladrillos expuestos, y chimeneas que a veces expelen sus bocanadas de humo. Llegamos hasta una plaza central, en uno de cuyos costados se alza un viejo hotel.
En Stonehaven en la Nochevieja, en la última noche del año, se celebra uno de los festivales de fuego más importantes de Escocia (Fireball Festival). Durante este evento festivo, unas bolas de fuego se colocan dentro de jaulas de alambre. Una vez que el armazón con barras está en llamas, se lo balancea sobre la cabeza hasta arrojarlo en el puerto, en el que fondean muchos veleros. Los vestigios de un ritual pre-cristiano, pagano, celta, en el que el fuego destruye lo maligno para dar lugar a la renovación de un nuevo año.
Esperamos nuestro bus de regreso a Aberdeen, anunciado en un tablero electrónico. Un bar nos protege del frío que recrudece con la caída del sol.
Una de sus paredes muestra una gigantografía con la imagen del castillo de Dunnottar. Hablamos con Laura sobre otros castillos de Escocia que investigamos: el castillo de Edimburgo, el más famoso, que fue fortaleza, guarnición militar y prisión. Alli se alojan los Honores de Escocia, las joyas de la corona escocesa, a las que antes nos referimos, y la Piedra del destino sobre la que se coronaban los Reyes escoceses; el Palacio de Holyroodhouse, residencia real, con una sugerente abadía en ruinas; el castillo de Cawdor, fortaleza privada de los thanes, título nobiliario del Lord Cawdor, lo que lo conecta con William Shakespeare, y su tragedia Macbeth, cuyo personaje principal es nombrado thane de Cawdor; el castillo de Eilean Donan, en la isla del mismo nombre, en el punto de reunión de tres lagos, en las Tierras Altas Escocesas; y el castillo de Dunvegan, en la isla Skye. Todos ellos tienen su atractivo singular, pero ninguno, como Dunnottar, combina con vehemencia la imponencia de la formación geológica que le sirve de sustento, con el entorno ambiental de mar, roca y planicie, y su conjunción con el propio entramado de edificios del castillo.
Al volver la atención sobre el castillo de Dunnottar nos asalta las imágenes de su presencia envuelta ya en la noche, sin visitantes, y seguramente en oscuridad. Regresamos a Abeerden. Caminamos por una larga avenida de un sobrio estilo y de casas de firme solidez. En el cielo nocturno se suspende un collar de centelleantes estrellas, mientras escasas nubes se desplazan en caminos invisibles.
Y quizá, imagino, que los viejos habitantes del castillo se acercan al borde del acantilado. Ven el mar, mientras los covenanters, que tanto sufrieron en el encierro, primero juegan a sentirse libres al deambular por el descampado entre los edificios y la cisterna. Luego también buscan algo en la contemplación del océano de la profundidad oscura.
Y el castillo como ruina restaurada es la huella de lo que pervive para quien practique un juego de las evocaciones. La evocación que comprende que la ruina antes fue el recinto de una forma de vida, de la existencia medieval que se niega a disiparse en el viento, mientras los cuervos sobrevuelan el castillo, que siempre se funde con el amanecer y los atardeceres.

El castillo de Dunnottar (1867), obra del notable paisajista escocés Waller Hugh Paton.
GALERÍA (Fotos Laura Navarro y E.I, todas las imágenes se pueden ampliar)
























