Por Esteban Ierardo

En todos los momentos de la historia, los humanos tendemos a elegir una prisión de ideas o creencias en la que encerrarnos. Hoy, el encierro es un «solipsismo digital», una tendencia a percibir como más real, no lo externo, sino lo que se muestra en pantalla y en línea. En el tiempo del encapsulamiento tecno-digital es quizá oportuno recordar a Pierre Teilhard de Chardin y Bataille, dos caminos de pensamiento muy diferentes, pero animados por el mismo deseo de romper encierros y proyectar la conciencia hacia una realidad más amplia.
Teilhard de Chardin
II

En la época de los grandes descubrimientos, los exploradores debían ser audaces. Los pensadores también deben serlo para abrir nuevos senderos entre la selva de lo ya pensado. Teilhard de Chardin fue jesuita, viajero, paleontólogo, pensador audaz al combinar ciencia, cosmología y teología. Combinación interdisciplinar que le deparó dos orientaciones fundamentales. Por un lado, primero, mutó el evolucionismo biológico en evolución espiritual; y, segundo, promovió un pensar panteísta que reintegra materia y espíritu antes divididos en el platonismo, la propia teología cristiana, o el cartesianismo.
Y todo esto confluye en el alumbramiento de un conciencia humana que se hace universal y coincide con un ser en Dios. En todo este derrotero del pensamiento, Teilhard siempre fue cristiano, aunque de otra manera. Y quizá ahí esté su principal debilidad. Pero esto no opaca su modelo de expansión de la conciencia, y la supresión de la distancia entre lo material y lo espiritual. La espiritualización de la materia.
La ansiedad innovadora de Teilhard debía desbordar, por fuerza, el conservadurismo de su matriz cristiana. En 1962, la Congregación para la Doctrina de la Fe propinó condenaciones por sus «errores doctrinales». Quizá por eso buena parte de su obra fue publicada post mortem por su albacea Jeanne Mortier. Luego, Papas más cercanos, Benedicto XVI y Francisco, permutaron las diatribas por las ponderaciones. En el ámbito de la ciencia, su legado siempre ha sido básicamente esquilmado por las críticas. Actitud acertada, comprensible; Teilhard, aun en contra de sus propias pretensiones, no pensaba como científico sino como un pensador animado por una voluntad de refundación de la propia ortodoxia cristiana.
El hombre Teilhard conoció el horror indescriptible de las trincheras en la Primera Guerra mundial. Camillero voluntario en la contienda, fue condecorado. Pero lo relevante, en este momento augural de su vida, es que incendió el espanto con el fuego de un entusiasmo que lo elevó hacia el espíritu palpitante dentro de la materia, y la conciencia potenciada por su apertura a lo cósmico, divino y universal. Mientras transportaba cadáveres o soldados flagelados de heridas escribió La vida cósmica (1).
Su padre naturalista lo animó en una vocación científica (2); la religiosidad de su madre lo inspiró en su camino espiritual. Curiosamente, era sobrino-nieto de Voltaire.
Desde su trasfondo esencial cristiano, el pensamiento de Teilhard se edifica sobre la apelación al tiempo como factor evolutivo y la evolución hacia una conciencia universal; la noosfera y el principio de complejidad-conciencia; y el Punto Omega y la «Cristo-esfera», o «Cristo cósmico».
El pensar inmovilista es característico de buena parte de la antigüedad y la teología medieval cristiana. El universo es pensado como proceso estático. Las especies dimanan una esencia fija e invariable. En lo metafísico, la verdad pertenece a un ser atemporal ( el ser parmenídeo, la Idea platónica, el dios aristotélico, o el Dios trinitario cristiano).
El clima cultural del romanticismo en el siglo XIX fertilizó una mirada organicista de los fenómenos. La realidad concebida como un organismo deviene en un tiempo de crecimiento, desarrollo, muerte y renacimiento. En ese humus nutricio emerge lo evolutivo darwiniano. El mundo biológico de las especies es absorbido por un tiempo de cambio, mutaciones, evolución. Sin traza evolutiva no hay marco posible de explicación de las características adaptativas de las especies a un ambiente.
En la cumbre de la filosofía moderna, Hegel recurrió al ejemplo de una semilla que lentamente crece, incorporando determinaciones, superando negaciones en un tiempo de evolución dialéctica. Teilhard, por su parte, asimiló la dinámica temporal y evolutiva para entender el cambio y evolución desde la conciencia humana orientada hacia un fin de elevación y realización que devuelve a la centralidad de un Cristo salvador. En ese rumbo, Teilhard pensó desde una arista finalística, teleológica. El evolucionar hacia una finalidad, lo cual difiere drásticamente de la mirada científica para la cual la evolución siempre es azarosa, aleatoria y nunca conducida hacia una meta o fin.
Y la evolución universal para Teilhard exuda fuerza ascensional a través del principio de complejidad-conciencia. Para Teilhard, la evolución es movimiento y cambio, desarrollo, expansión, paso de lo simple a lo complejo. Aumento de la complejidad que, a la vez, es elevación y expansión de la conciencia. En el orden de la materia, la realidad física universal principia con la gran explosión, el Big bang. La expansión deviene así desde las partículas iniciales hacia los núcleos, átomos y moléculas. La vida orgánica y el rodar en el tiempo geológico y físico planetario de la evolución como selección natural. La complejidad orgánica y cerebral deviene en una cefalización como aumento complejo de la conciencia y la autoconciencia y un elevarse de la vida inteligente.
Respecto a la dinámica de complejidad-conciencia, Teilhard de Chardin escribe en El fenómeno humano: “Abandonada a sí misma largo tiempo, bajo el juego prolongado de las probabilidades, la Materia manifiesta la propiedad de ordenarse en agrupamientos cada vez más complejos y, al mismo tiempo, cada vez más impregnados de consciencia; este doble movimiento conjugado de enrollamiento cósmico y de interiorización (o centración) psíquica prosigue, acelerándose y avanzando todo lo lejos que es posible, una vez iniciado” (3).
La complejidad-conciencia asoma como evolución, en crecimiento continuo, de «la perfección y la cefalización crecientes de los sistemas nerviosos», cuyo perfeccionamiento se complementa con la evolución cultural, también parte del ritmo expansivo de la conciencia que espera, como veremos, en el Punto Omega pasando por la Noosfera.
Para Teilhard la evolución fluye en tres etapas: la geosfera (evolución geológica), la biosfera ( la evolución biológica), y la noosfera (esfera de la inteligencia), la capa de pensamiento que envuelve al Planeta, proceso en el que se interconectan todas las mentes en una conciencia mayor, de complejidad creciente, alimentada por el aumento de la masacra crítica de la información. Esta conciencia reflexiva de la especie es «el efecto específico de la complejidad organizada». Así la noosfera es el gradual florecer de la conciencia hacia una forma de super-conciencia, una super-mente como un estado de unidad reflexiva. En ese nivel se realiza el espíritu. Lo evolutivo ascendente en el escenario de la conciencia y su expansión hacia lo universal, hasta desplegar alas, ya veremos, a la Cristo-esfera de la mano del Punto Omega.
En el paso de la biosfera a la noosfera, el Punto Omega es el foco que atrae la fuerza evolutiva de la conciencia hacia su fin último: Dios, Cristo. El Punto Omega, Dios, Cristo prexisten a la evolución. Atrae y orienta la evolución pero no es producto de ese proceso. Y el Punto Omega no solo despierta y conduce la energía evolutiva hacia la complejidad expansiva de la conciencia, sino también hacia la Personalidad. La formas superiores de conciencia que emergen de la complejidad de la propia materia se manifiestan en el humano, en su condición de ser pensante, individual, libre, forma superior de la personalidad. Aspectos regresivos de la trama social, como el aislamiento y la marginalización, inhiben el proceso de unificación de la conciencia como super-conciencia. El Punto Omega no significará supresión de la personalidad individual sino super-personalización: y esto acerca a los humanos hacia Dios entendido también como suprema persona.
La idea más luminosa de Teilhard, la conciencia humana destinada a su despliegue y elevación hacia la supra-conciencia divina y universal, no debe llevarnos a engaños. Esta impresión de inmensidad espiritual siempre está inficionada de cristianismo autorreferente, aun desde una versión heterodoxa, como la suya.
La conciencia humana como noosfera se super-personaliza y así más se acerca a Dios como persona, como absoluto ser personal. Y en esta visión la Iglesia tiene un rol central, e inaudito, dado que “la Iglesia, es eje central de la convergencia universal y punto exacto de encuentro fecundo entre el Universo y el Punto Omega”.
Por eso, en Teilhard, un antropocentrismo y un teocentrismo cristiano siempre estiran los nervios principales de su cosmovisión. Y un finalismo en la marcha de la conciencia humana debe tener un fin, una meta, un sentido superior que se cristaliza en la Cristo-esfera, fase culminante en la que la evolución cósmica deriva en la unidad y plenitud identificada con el Punto Omega. Centro y fin de la evolución de un cristianismo heterodoxo por el que el Punto Omega se identifica con Cristo, que atrae todo hacia sí. La humanidad entra en unión con toda la creación a través de la plenitud y salvación en Cristo. Cristificación del universo.
Efectivamente, Teilhard se aproxima al modelo evolutivo científico para renovar la cosmovisión cristiana en términos de maximización evolutiva. Sin embargo, quizá lo más fecundo es que, desde la mirada de Teilhard, la materia no es proceso encerrado en su propia dinámica, sino respiro y pliegue de espiritualidad. Y el espíritu es conciencia como fuerza que evoluciona hacia una conciencia mayor. Y la espiritualidad no es abstracción desentendida de la Tierra, de la naturaleza, del universo físico entero. Como antes observamos, la materia se espiritualiza.
El Teilhard del Himno a la materia:
«Bendita seas, universal Materia, duración sin límites, éter sin orillas, triple abismo de las estrellas, de los átomos y de las generaciones, tú que desbordas y disuelves nuestras estrechas medidas y nos revelas las dimensiones de Dios» (4).
Bataille y entre lo discontinuo y lo continuo

Hoy, en la cultura contemporánea, la mente tiende a su inmersión en lo que podríamos denominar un solipsismo digital. Lo más relevante y real tiende a ser la vivido online, dentro del ciberespacio, en el tiempo conectado del mundo digitalizado. Cuando la cultural digital puja por convertirse en lo real más amplio y universal, la conciencia es prisionera de una distorsión o confusión. Lo realmente universal es sustituido por la reclusión en lo cultural digitalizado. Lo universal no es seguramente la Cristo-esfera de Teilhard, pero tampoco es lo real atrapado o inmerso en lo digital globalizado. Lo universal no es un concepto abstracto, sino lo que supera la conciencia modelada por la cultura antropocéntrica y le permite ser consciente o experimentar la realidad mayor en la que todo es. En un punto, Teilhard no supera un antropocentrismo cristiano. Sin embargo, la fuerza de crecimiento en el tiempo, la evolución y elevación de la conciencia, desborda lo subjetivo. Un proceso que trasciende la cultura digital encerrada en sí misma.
Teilhard rompe el solipsismo digital por el «despertar cósmico» de la conciencia. Otra estrategia es la de Bataille, el filósofo francés del éxtasis, el erotismo, el gasto improductivo. Lo universal en Bataille es lo que llama la vida continua; lo contrario es lo discontinuo (5).
En su juventud, Georges Bataille (1897-1962) quiso ser sacerdote (6). Primero soñó con iglesias, luego con prostíbulos parisinos. Sade, Hegel, Freud, Nietzsche, apagaron los últimos rescoldos de fe en él. Pata el autor de El erotismo, “en general, el yerro de la filosofía es alejarse de la vida”. Y la vida, como observará el pensador galo, es la corriente de la continuidad, un puro fluir indivisible en el tiempo y en la naturaleza. Los animales viven en lo continuo. Por eso dirá: “todo animal está en el mundo como el agua dentro del agua».
La conciencia se separa o divide de lo inconsciente; los individuos se dividen entre sí. Lo dividido. Lo discontinuo, lo encerrado en su propia discontinuidad y particularidad; lo separado de la corriente continua de la vida. ¿Pero qué puede devolver a la continuidad universal? Lo que sea muerte para la discontinuidad. Por ejemplo. el erotismo, el éxtasis orgásmico como una petite mort. En el instante del máximo placer el yo discontinuo se olvida de sí mismo, «muere», sale fuera de sí, se derrama o regresa a lo continuo no dividido de la vida.
La muerte devuelve a lo continuo. Entonces, el erotismo produce sus propias muertes en vida. Así, para Bataille, “lo que está en juego en el erotismo es siempre una disolución de las formas constituidas” (7). La universalidad de lo continuo no es un Dios en un más allá. Es la vida cercana, continua, lo diferente de lo discontinuo.
Bajo la influencia del antropólogo francés Marcel Mauss, en cuyo Ensayo sobre el don, forma y función del intercambio en las sociedades arcaicas (1925), Bataille escribió La noción del gasto (1933) y La parte maldita (1949).
Siguiendo a Mauss, en La parte maldita “ensayo de economía general”, Bataille habla del gasto, la pérdida, el derroche. y del potlatch, una práctica procedente de algunos indios del noreste norteamericano. Un festín ceremonial en el que el anfitrión de un pueblo o grupo, durante un intercambio de mantas, exhibía su riqueza mediante el donar, regalar, como exhibición de exuberancia, riqueza, poder. Este exceso da prestigio. Este «gasto improductivo» se opone a la utilidad, a la vida fijada en la racionalidad utilitaria y al imperativo de productividad.
Para Bataille, todo lo relacionado a lo sagrado, lo exuberante (del gasto improductivo), la fiesta, lo erótico, lo que no se somete a un fin determinado, un cálculo o beneficio, es lo heterogéneo que devuelve a la vida continua. Así en La Parte maldita manifiesta:
“La vida humana… no puede quedar, en ningún caso, limitada a los sistemas cerrados que se le asignan en las concepciones racionales. …la vida humana no comienza más que con la quiebra de tales sistemas. Al menos, lo que ella admite de orden y de ponderación, no tiene sentido más que a partir del momento en el que las fuerzas ordenadas y ponderadas se liberan y se pierden en fines que no pueden estar sujetos a nada sobre lo que sea posible hacer cálculos”.
Para Bataille, la vida continua se manifiesta en la continuidad del ser, más allá de la muerte del individuo. Los seres individuales nacen y mueren, la vida en sí misma continúa a través de la reproducción y la transmisión de energía.
La muerte siempre es transición a otro estado, donde la energía vital vuelve a la continua corriente de la vida. La reproducción genera la diferenciación o multiplicidad de los individuos distintos, pero también confirma la permanencia de la especie y, así, asegura la continuidad de la vida. El «gasto improductivo» al que nos referimos a propósito del potlatch, la sexualidad no reproductiva o erótica, el éxtasis o el arte, no gestionan la necesaria supervivencia, pero liberan un exceso de energía que contribuye al continuum de la vida.
Y en esa vida, en tanto no dividida o discontinua en su fluir, es universalidad inagotable.
¿La salida del solipsismo digital?

Hoy vivimos cada vez más en invisibles jaulas digitales. Cárceles de pantallas, conexión en línea, consumo adictivo de imágenes, enclaustramiento en un solipsismo digital, en una tendencia a verter nuestra energía nerviosa dentro de la esfera de la realidad digitalizada. La existencia física es devaluada en su centralidad, en su ser percibida. La realidad externa siempre es el corazón del devenir temporal, pero en este tiempo de confinamiento digitalizado lo externo tiende a ser percibido con menos intensidad que la conciencia absorbida por telarañas de redes informáticas y computadores en las avenidas del internet global.
Pero la conciencia no está destinada al encierro, sino al despertar hacia lo real en su inmensidad y amplitud. Teilhard de Chardin y Batallile son algunos de los que entienden la conciencia como las hojas de una flor que, primero replegadas, deben abrirse hacia lo más grande.
Para Teilhard de Chardin, el viento del futuro sopla hacia la evolución constante, la expansión de la conciencia hacia la universalidad cósmica espiritual del Punto Omega, de la Cristo-esfera; la realidad total de la unidad y el amor universal. Y todo esto luego del ascendente paso por la biosfera, y su materia inanimada, y la Noosfera, la dimensión del pensamiento. Para Bataille, por su parte, el humano, prisionero de lo discontinuo, respira un alivio compensador por la experiencia de quiebre, transgresión o salto hacia lo que el pensador francés propone como la vida continua.
Podría decirse que se trata de dos relatos desesperados por romper el solipsismo moderno como tendencia hacia el encierro en el sujeto tecno-racional y utilitario, y ahora digital, y ajeno a todo sentido de trascendencia; podría sospecharse que la conciencia expandida hacia el Punto Omega o la vida continua es otra imagen dentro de la pantalla que todo lo condiciona, media y engulle. Tal vez. La sospecha es atendible, pero también se debe atender a que por lo encerrado, en cualquiera de sus formas, el viento se detiene y extingue; la flor se marchita y desploma.
Y la estrella cae, y hace del cielo otro desierto.
Citas
(1) Ver Teilhard de Chardin, La vida cósmica. Escritos del tiempo de la guerra (1916-1917), ed. Trotta; también recomendable textos esenciales de Teilhard recopilados por la Universidad de Guadaljara: Haz clic para acceder a TChardain.pdf
(2) En su camino científico Teilhard de Chardin se inició en la paleontología. En 1912 cuando Chardin se vio envuelto en el escándalo del Hombre de Piltdown por el solo hecho de conocer al arqueólogo aficionado Charles Dawson, que los presentó, junto con el eminente paleontólogo Smith Woodward, del Museo Británico, en la Sociedad Geológica de Londres. Como paleontólogo, participó en numerosas excavaciones, por ejemplo en Cantabria, España. En China participa, junto a Henri Breuil, en el descubrimiento del Sinanthropus u Hombre de Pekín, actualmente Homo erectus erectus. En 1922, obtiene en La Soborna la licenciatura en Ciencias Naturales, y alcanza el doctorado con su tesis Mamíferos del Eoceno inferior francés y sus yacimientos. En 1923 realiza su primer viaje a China encargado por el Museo de París. Luego, realiza numeroso viajes de investigación paleontológica por el mundo.
(3) En su edición original Le phénomène humain, Éditions du Seuil, 1955.
(4) Pierre Teihard de Chardin, Hymne de l´ Univers, Éditions du Seil, París, 1961.
(5) Aquí, en esta página tratamos en particular el pensamiento de Bataille en su conjunto: Bataille, y el erotismo, y lo otro de la razón.
(6) «La escritura de Bataille era la de un «místico», como lo acusó Sartre. Pero un misticismo de la experiencia erótica y la interioridad, no de la fusión con ninguna divinidad de las religiones. A través de sus novelas (Historia del ojo y Madame Edwarda), y en su ensayística, emerge su concepción de mundo impregnada por la transgresión, el erotismo, el éxtasis, el interés por lo ritual y lo sagrado, la interioridad y lo que llamó una “economía general”, en ensayos, entre otros, como El erotismo (1957), La experiencia interior (1943), La parte maldita (1949), La teoría de la religión (1), La literatura y el mal (1957) (2), y Las Lágrimas de Eros (1961)», en artículo mencionado en cita anterior.
(7) Georges Bataille, El erotismo, ed. Tusquets.


Es verdad que muchas veces nos encerramos en lo que vemos en las pantallas y olvidamos lo que está afuera. Me gusta la idea de pensar en otros caminos, como los que proponen Teilhard de Chardin y Bataille, para salir de ese encierro y ampliar nuestra forma de ver el mundo. Hoy más que nunca necesitamos abrir la mente y buscar una realidad más grande
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Hola Tati,gracias por tu suscripción. Y absolutamente de acuerdo. Theilhard, Bataille, y otros ayudan a salir del encierro. Muchos saludos
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Profesor Ierardo, ¡qué gusto leer y reflexionar sobre estos sentidos tan profundos y enriquecedores! Cuánta luz, entendimiento y libertad nos aportan el querido Teilhard y Bataille para enraizar y expandir nuestra preciosísima vivencia en este mundo, hoy, en nuestro lugar, en nuestra ciudad.
Este posteo maravilloso, junto con el de Hannah Arendt y las ideologías, y un par de otros que atuve a leer (quisiera tener días de 40 horas para poder leer toooodo), realmente han hecho más para mí, y un nuevo ordenamiento desde lo esencial en mi vida en este momento, de lo que podría describir con palabras exactas.
Gracias por esta obra que tanto nos aporta.
Espero poder hacer otro Seminario en la Fundación antes de que termine el año.
Saludos!!!!
Andrea
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Hola Andrea! Muy amable, y muy alegre que lo que publicamos alimente tus inquietudes intelectuales y sensibilidad. La elevación de la conciencia que propone Teilhard es fascinante y un camino de crecimiento espiritual, lo mismo Bataille, desde otro camino. Que siga toda la curiosidad, la lectura y el entusiasmo, muchos saludos!
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Saludos y excelente día, profesor. Gracias!!!!!!
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