La voluntad de siempre tener razón

Los pilares de sociedad (1926), de George Grosz

Los alcances y límites de la razón están abiertos a interpretaciones filosóficas distintas. Pero, hoy por hoy, las redes informáticas ponen en manos de todo ansioso usuario el megáfono digital para multiplicar el aviso de que “yo tengo razón.”

En muchas discusiones viciadas por falsas argumentaciones (sean éstas del ámbito político o personal), emergen los engaños “lógicos” que Arthur Schopenhauer (1788-1860), el gran filósofo alemán autor de El mundo como voluntad y representación, sistematizó en su tratado inconcluso, del año 1864, “Dialéctica erística o el arte de tener razón, expuesta en treinta y ocho estratagemas”, en parte inspirado en los tópicos de la lógica aristotélica. Erística viene de la palabra griega antigua Eris, que significa disputa o conflicto, y que combinada con techne, “arte”, “procedimiento”, es el conflicto y el debate que busca “argumentaciones” para ganar una discusión en lugar de acercarse a una verdad racional y verificable. Según Schopenhauer, son casi cuarenta las opciones para adulterar el rigor lógico de una discusión, y para convencer desde bases falaces.

La apelación a la falacia es mala fe o, a veces, simple ignorancia. Y la ambición de monopolizar lo verdadero no se ciñe solo a los que fraguan engaños argumentales, o a las psicologías obsesionadas por el siempre “tener razón”. Dentro del grupo de los que siempre pretenden “decir lo correcto”, de los que obran como mensajeros de la verdad a ultranza, se encuentran también, muchas veces, desde intelectuales laicos hasta teólogos que se estiman tocados por fuerzas superiores redentoras.

A cierto tipo de sapiens siempre le seducen las certezas inconmovibles; necesitan, desesperadamente, un suelo firme y seguro en el río abismal de la vida; pero esa necesidad se trueca en muchos casos en el supuesto derecho a custodiar la “correcta razón”. Entonces, para muchos, reconocer un error o admitir dudas, sería como negar su condición de protectores de la certeza radiante.

El «tener razón» no se limita solo al discurso; es también una cuestión de hecho; es decir: la razón le pertenece a quien puede imponerla por la fuerza; o más exactamente: la razón que dice e impone una verdad incontrastable es un acto de poder; o, también es consecuencia de una paradojal creencia «laica y religiosa» dogmática; un tipo de creencia especialmente peligrosa al vestirse de ideología política, de modo que esa ideología, cuando alcanza el poder, padece de una «soberbia santidad política» por la que sus representantes siempre se sienten encarnaciones del bien y la verdad aunque actúen movidos básicamente por el propio beneficio. Los «sacerdotes» del dogmatismo político secularizado ocultan su fe irracional en su «verdad» (que supone la voluntad de «siempre tener razón») aun cuando la realidad los refute con cristalina evidencia.

La verdad ( como correspondencia con una realidad constatable) ya no cuenta, sino lo enunciado por un sujeto individual o un colectivo ideológico. En el fenómeno de la posverdad contemporánea importa más lo que «yo digo» (por ejemplo que la «tierra es cuadrada»), que la nitidez de las evidencias irrefutables (el planeta, digase lo que se diga, es esférico).

A su vez, los medios de propaganda y el dominio de los algoritmos que regulan el flujo de la información y la desinformación constituyen posibles formas de “imponer lo correcto” en este capitalismo global e informatizado viciado por viralizaciones fake.

Por lo que vamos entreviendo, entonces, la voluntad de siempre tener razón es algo más que la “prédica de lo correcto” por parte de personalidades que compensan su inseguridad existencial con la imaginaria posesión de una razón indiscutible.

Todo esto, claro, no supone que no sea posible tener una (limitada) razón bajo una legítima argumentación ante ciertas situaciones particulares o generales verificables. En estos casos no hay lugar para las treinta y ocho estratagemas presentadas por Schopenhauer como ejemplo de falacias persuasivas.

El dueño de la razón todoterreno se priva del placer de convivir en paz con las propias dudas e ignorancia, o con el reconocimiento de los muchos errores propios que cuelgan de nuestros cuellos. Además, el territorio habitado por la razón nunca domina lo «extraterritorial» donde reina lo ajeno a la explicación o definición conceptual racional, como la emoción ante lo bello y sublime, el temblor ante el misterio, o el calor de las tormentas eróticas en el cuerpo.

Y quien es devorado por la voracidad de siempre “tener razón” deviene esclavo de la necesidad de refutar a todos aquellos que descreen de sus asertos. Sólo se puede “siempre tener razón” en los mundos cerrados, en una celosa burbuja personal o de un grupo determinado, nunca en lo real abierto y complejo; en la realidad del prisma de las muchas caras, frente a la que, cada quien, solo alcanza a comprender algunas de esas facetas.

Nunca todos los lados del cristal.

2 comentarios en “La voluntad de siempre tener razón

  1. Se lee:

    «El «tener razón» no se limita solo al discurso; es también una cuestión de hecho; es decir: la razón le pertenece a quien puede imponerla por la fuerza»

    ¡Ay, donde habrá quedado el «venceréis pero no convenceréis» unamuniano…! Un saludo.

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