Breves (30): un campesino en el supermercado

Izquierda: Rezo del Angelus en el campo, obra de Ignacio Díaz Olano; derecha, el «nomadismo recolector» entre los estantes de un gran market.

En el Museo de Bellas Artes de Vitoria-Gasteiz, capital del País Vasco, atrapa la atención del visitante una obra de Ignacio Díaz Olano, Rezo del Angelus en el campo (1899). Un campesino, con la vista baja, durante el recitado de El Angelus, como santificación del día, y agradecimiento a la tierra en su estar abierta y cultivada con la ayuda de bueyes enjaezados.

¿En qué difieren la relación entre el alimento como don y conquista en el trabajador del arado, y el recurrente visitante consumidor de los grandes supermercados o supermarkets de las ciudades contemporáneas?  Los ciudadanos consumidores dentro de las selvas de estantes de mercancías se desplazan como «nómades recolectores» de alimentos procesados a la mano. Basta con arrancar este u otro fruto de una rama-estantería y ubicarlo dentro de un carrito de metal o plástico para su acumulación y su posterior y fácil compra en alguna de las cajas. En todo ese proceso, no meditamos en la epopeya que suponía el acceso a los alimentos durante la historia, cuando la humanidad se distribuía en los campos de las tierras labradas, los bosques, selvas, o praderas gobernadas por animales a cazar, o mares, lagos o ríos, en los que pescar. Obtener el resultado de la semilla plantada, recolectar los frutos de plantas y árboles, cazar animales, extraer los peces, era trabajo de meses, días, o largas y tensas horas. Alimentarse era una mezcla de empeño, proeza y fortuna.

Nada estaba servido en estantes.

Todo debía conquistarse.

El campesino, anterior a los tractores o técnicas sofisticadas de siembra, sudaba, temblaba y se desesperaba para conseguir el sagrado alimento. Muchas cosas podían impedirlo: plagas, granizo, inundaciones, sequías…Por eso, el campesino mucho agradecía a un Dios, a los dioses o las diosas, a los antepasados o a la propia Tierra. Sabía que todo viene del seno de la naturaleza. Nada es lo disponible como comida o líquido, enlatados o embutidos en plástico o cartón, entre ofertas de pastas, carnes, yogures, bebidas, frutas, verduras, panes, dispuestos en arterias en las que no fluye sangre de ningún tipo, sino torrentes de precios salpicados por espumas de mayor o menor fluctuación.

Todo es acto de compra de lo ya disponible, y esto abriga un olvido. No el olvido del ser majestuoso y escondido heideggeriano en este caso, sino el olvido de la procedencia alimentaria: lo que alimenta es parte del cuerpo de algo vivo que crece, y en ese crecer dona lo que alimenta.

El alimento que nutre no es solo proceso natural. Es también proteínas y células compenetradas con la fuerza física y creencias del cosechador, cazador o pescador. Se come fertilidad de carnes o vegetales, y el propio trabajo lento en la siembra, la cacería y o entre las redes pescadoras. Pero el consumidor en el market no es testigo de ningún proceso de difícil gestación, no sabe ni le despierta curiosidad la elaboración de lo que compra; no entiende que lo aún enlatado, congelado o empaquetado, procede de tierra viva, de animales cazados o del agua que corre por raíces, ríos, mares y lluvias ancestrales, o el sol que arde a través de la atmósfera y la brisa. Para los «nómades recolectores urbanos» solo se trata de agarrar, llenar carros, decodificar códigos de barras, manipulación de billetes o tarjetas para el pago. Nunca el temor, el esfuerzo,  el agradecimiento de un campesino frente al silencioso suelo arado, junto a sus bueyes que comparten su trabajo y sudor.

Esteban Ierardo

Rezo en el campo del Angelus (1899), obra de Ignacio Díaz Olano. en el Museo de Bellas Artes en Victoria-Gasteiz, capital del País Vasco.

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