«El coloso», pintura de Goya de 1808, en el Museo del Prado, Madrid. Este coloso o gigante de la fuerza española ante la invasión napoleónica, es muy distinto al «gigante frívolo» en el centro del texto que sigue a continuación.
EL GIGANTE FRÍVOLO hace de lo irrelevante algo importante; o lo que es realmente significativo lo convierte en pasatiempo que rompe las cuerdas de las anclas hundidas en lechos húmedos y hondos.
Ser frívolo es preferir los desechos en la costa del mar a la música de las olas. El embrujo de la frivolidad tiene sus brujos, que ahí donde hay un espantapájaros quieren hacernos ver un bello jardín.
Lo frívolo no es sólo un descanso momentáneo, y necesario, de la dureza de la vida. El mundo del gigante frívolo es lo bueno y redituable en el mundo del streamig y los medios masivos. Es un modelo ético y económico.
Por todas partes, el ecosistema informático global multiplica ciertas formas de lo frívolo: los periodistas de espectáculos (en muchos casos eufemismo para chismosos profesionales que se prosternan ante supuestas peleas de la farándula presentadas como «asuntos de Estado»); programas de entretenimiento que todo lo reducen a disputas guionadas de parejas, descubrimiento de infidelidades; desfiles de moda de ropas generalmente estrafalarias para impresionar, antes que para vestir; realitys de jóvenes encerrados en jaulas en el aire en pos de registrar sus approaching sexuales. Y mucho más.
El gigante frívolo nos acosa. ¿Pero desde qué lugar de la dinámica social presente surge su impulso expansivo? ¿Desde las licencias del entretenimiento fácil, en algún punto una distensión pasatista necesaria ante lo trágico, o desde la seriedad mercantil de nuestra cultura, como antes empezamos a sugerir?
Quizá, primero, una breve indagación sobre la etimología de lo frívolo, y otros aspectos, sea útil como condicion previa para desembocar en la paradojas de la «seriedad de la frivolidad».
Según el Diccionario de la Real Academia Española, de frívolo dícese “calidad de frívolo, superficialidad, falta de seriedad”. Seriedad y frovolidad así, en esta primera aproximación, serían conceptos antitéticos. La palabra frivolidad viene del latín frivolus (ligero, vano, fútil) y el sufijo «dad» que remite a la cualidad de ser superficial, insustancial, y, nuevamente, privado de seriedad. En su origen linguístico, frivolus aludía a recipientes de barro quebradizos. Lo débil o quebradizo, a su vez, es referencia a lo poco sólido o sustancioso, lo fácilmente partible en pedazos.
Como lo pensamos hasta aquí, la frivolidad parecería comprometer opuestos irreconciliables: la vida seria enfrentada a la existencia frívola; lo superficial en contra del espesor de lo cotidiano y lo metafísico como posibilidad y problema. Pero, tal vez, lo frívolo insubstancial no es lo contrario de la «serio», sino su continuación de otras maneras. Otro ejemplo de la inversión a la manera de Von Clausewitz (el estratega prusiano de la famosa afirmación de la guerra como continuación de la política por otras vías). El origen de la frivolización creciente de la vida acaso no surge de su contraste con lo realmente importante. Por el contrario, lo frívolo quizá no es sólo espontaneidad escapista, vanos reflejos de espejos, frialdad sin empatía con los sufrimientos o pasiones de desgarrador calado. Tal vez, nuestra cultura, más que ninguna otra, ha hecho de lo frívolo una industria «muy seria». Industrialización de la frivolidad. El gigante frívolo salta entre lingotes de un negocio poderoso.
El mundo del gigante frívolo es lo bueno y redituable en el mundo del streamig y los medios masivos. Es modelo ético y económico. Es decir, el lugar de gestación de la pulsión frívola en nuestras sociedades no es lo meramente superficial y poco «serio», sino lo construido sobre la seriedad de la actividad económica, la competencia, la expectativa calculada de lucro, el perfilamiento de las mejores condiciones para fomentar la demanda de los contenidos online; mercado de lo frívolo que se edifica sobre denuncias amarillistas enrredadas a fakes news y posverdad galopante, “hazañas” paparazzis, la compulsión por el chisme y las «bombas informativas» por convertirlo todo, aun lo realmente importante, en circo mediático. Una mala versión del teatro. La falsificación de la vida en el acto digital de su representación.
Y podría agregarse que la paradójica seriedad de la industria de lo frívolo es el sustento de miles de familias. Es cierto. Pero la supervivencia asegurada no libera a ciertas actividades de su condición retrograda, sospechosa, o directamente dañina. En el mundo muchísimas personas viven de lo obtenido por el crimen organizado, o de la industria armamentística para la destrucción puntual, o la amenaza de la destrucción. La mera actividad que gestiona el sobrevivir, o un vivir abundanre, no se disocia de las implicaciones éticas.
Aun así, si la industria de lo frívolo se limitará a sus límites” naturales”, a cierto pacto implícito por el que sus contenidos son recibidos por el público como aquello que se sabe que sólo es un juego ficticio; pero lo inquietante es la transformación de la frivolidad en modelo, directa o indirectamente, de otras prácticas o actividades. Es bien sabido, por ejemplo, el efecto de farandulización de la política, el político que entiende como «obligación», ser filamento encendido en las lámparas de la sociedad del espectáculo.
En «La arqueología de lo frívolo», Jacques Derrida bucea en el pensamiento del siglo XVIII, y en conexión con Condillac. Aquí lo «frívolo» se entronca con la retórica, el estilo, la escritura, de modo que estos elementos son algo más que agregado decorativo, adornos intrascendente, sino un modo de evidenciar la economía política, su pensamiento subyacente, y las limitaciones del lenguaje; las palabras que significan según su diferencia con otras palabras, y un aplazamiento infinito (différance) (lo que a su vez, en la filosofía de Derrida, se relaciona con el logocentrismo y la negación de la metafísica de una verdad siempre presente y «visible» a la conciencia). Pero lo que nos interesa aquí es que lo «frívolo» se revela como lo «serio».
Una de las trompetas epocales más disonantes es la frivolización del pensamiento. El aligeramiento de los modos reflexivos, la creciente anemia en el análisis. En la filosofía actual cunde el desinterés por los temas eternos del ser, el destino, el origen de la vida, los fundamentos de una ética y justicia universales. Un filosofar que teme, o desprecia, trasfondos metafísicos y el vínculo originario del cuerpo y la mente con el cosmos; y que, conciente o veladamente, confía en el éxito de todo aquello que halaga los placeres o que busca un concepto que hipnotice la atenciòn (la «sociedad del cansancio:, la «era del vacío», «la era del final del arte»; «la extinción del sapiens por la IA»). La fauna intelectual no es ajena al sensacionalismo.
Frivolización del pensamiento es también el teólogo que nunca enfrenta con “temor y temblor” el enigma del mundo divino; o cierta tendencia de pseudo-investigación científica empecinada en elaborar estadísticas sobre cómo el calor excesivo afecta la salud o cómo el poco dormir es malo. Demostraciones de la obviedad.
El gigante frívolo se ríe ante las críticas porque se siente muy seguro. Es dueño de una gran industria; es aliado del afán de ganancias a cualquier costo, de la asepsia ante el pudor, o de ciertas relajaciones de lo que se pretende pensamiento y ciencia. Ese gigante, como el gran poder, sueña con dormir definitivamente al humano en un imperceptible lecho de inconciencia.
Pero el gigante no es dueño de la conciencia de un pequeño David que lucha contra la confusión y el engaño de lo que se disfraza de importancia. El David que lanza piedras a los pies del gigante frívolo, que nunca nadará en ninguna hondura ni pisará altas cumbres.
