Magadascar y la inteligencia artificial

Por Rafael Julivert Ramírez (*)

La inteligencia artificial se presenta ante el mundo como el emblema del progreso autónomo, una tecnología casi autosuficiente que aprende, decide y evoluciona por sí misma. Sin embargo, esta narrativa oculta una verdad fundamental: la IA no funciona sola. Detrás de cada algoritmo “inteligente” existe una ingente cantidad de trabajo humano invisible, mal pagado y sistemáticamente desprotegido.

En Madagascar, uno de los países más pobres del planeta, esa realidad adopta la forma de una nueva colonización: no territorial, sino digital.

En Antananaribo, miles de personas se conectan cada día a plataformas de trabajo en línea para realizar tareas de anotación de datos. Identifican objetos en imágenes, clasifican textos, verifican información. David Ratomson, de 32 años, es uno de ellos. Su labor consiste en enseñar a la inteligencia artificial a “ver” el mundo: señalar que una imagen contiene un cisne, un coche o una persona. Es un trabajo repetitivo, exigente y absolutamente esencial para que los sistemas de IA funcionen. Sin embargo, permanece oculto tras la ilusión de la automatización total.

Se estima que unas 100.000 personas en Madagascar se dedican a este tipo de tareas. El contexto no es casual. Con 31 millones de habitantes, tres cuartas partes de los cuales viven bajo el umbral de la pobreza, el país ofrece a las grandes empresas tecnológicas exactamente lo que necesitan: una población joven, con un nivel básico de formación digital y dispuesta a aceptar salarios irrisorios. La industria global de la IA ha encontrado aquí un reservorio ideal de mano de obra barata, externalizando los costes humanos de su “revolución tecnológica”.

La mayoría de estos trabajadores opera sin contrato, sin derechos laborales y sin protección social. Los salarios rara vez superan los 80 dólares mensuales. A pesar de ello, muchos sueñan con ascender, con dejar de ser simples “peones” del algoritmo y crear algún día su propia empresa tecnológica. En la práctica, ese sueño funciona como un potente mecanismo de legitimación de la precariedad: la promesa de un futuro mejor justifica un presente de explotación.

Existen, ciertamente, excepciones. Algunos jóvenes han logrado acceder a empleos algo más estables en empresas de externalización digital. Elina, de 25 años, trabaja en una BPO instalada en un edificio moderno, con contrato y transporte de empresa. Gana unos 120 dólares al mes, una cifra que, aunque modesta, supera el salario medio nacional. Su trabajo consiste en verificar facturas de compañías internacionales, comprobando impuestos y datos contables. El entorno es más cómodo, pero la lógica sigue siendo la misma: trabajo intensivo, altamente controlado y orientado a alimentar sistemas que generan enormes beneficios fuera del país.

Para muchos titulados en informática, la realidad es especialmente amarga. Tras años de formación, se encuentran atrapados en tareas de baja cualificación intelectual, encadenando contratos precarios y sometidos a una presión constante por cumplir objetivos. Un trabajador anónimo relata cinco años de empleo inestable como anotador de datos, sin mejoras salariales ni perspectivas reales de promoción. La IA, lejos de representar un ascenso tecnológico, se convierte así en una trampa laboral.

Las condiciones son tan problemáticas que algunas multinacionales han optado por proteger su imagen antes que a los trabajadores. Amazon, por ejemplo, ha incluido a Madagascar en su lista negra oficial para evitar acusaciones de explotación. Sin embargo, esta retirada es en gran medida cosmética. En la práctica, ha surgido un mercado negro de cuentas y accesos. Dani, de 37 años, comenzó trabajando clandestinamente con una cuenta comprada a un intermediario extranjero. Más tarde, empezó a alquilar y vender cuentas a otros malgaches, creando una economía paralela que reproduce la precariedad y la ilegalidad.

Hoy, alrededor del 80 % de los trabajadores del sector de la IA en Madagascar opera fuera de cualquier marco legal. El gobierno, por su parte, apuesta por la inteligencia artificial como motor de desarrollo económico y trata de atraer inversores internacionales, destacando la juventud y el bajo coste de su población. Sin embargo, sin una regulación estricta que proteja a los trabajadores, esta estrategia corre el riesgo de institucionalizar la explotación y consolidar un modelo de dependencia tecnológica.

Ante la inacción del Estado, han surgido iniciativas de autoorganización. La asociación Madal Stars intenta actuar como intermediario ético, conectando empresas con trabajadores cualificados bajo ciertas garantías mínimas. Su objetivo es frenar abusos y dignificar un sector marcado por la opacidad. Estas iniciativas, aunque valiosas, evidencian una paradoja inquietante: en la economía de la IA, la protección de los derechos humanos recae en asociaciones civiles, no en las grandes corporaciones que se benefician del sistema.

Al mismo tiempo, algunos ingenieros malgaches intentan romper con el papel asignado al país como simple subcontratista. En Anjomakelli, dos ingenieros han desarrollado una aplicación de IA para ayudar a los agricultores locales a evaluar el estado de sus cultivos. Han fundado el Laboratorio de IA de Madagascar (LIAM) con la ambición de demostrar que el país puede crear tecnología, no solo entrenarla para otros.

Sin embargo, estas iniciativas conviven con una realidad estructural difícil de ignorar. Mientras unos pocos intentan innovar, decenas de miles siguen realizando trabajos invisibles para alimentar sistemas que enriquecen a empresas extranjeras. Madagascar se convierte así en el reverso humano de la inteligencia artificial: el lugar donde se concentran los costes sociales de una tecnología que, en el Norte global, se presenta como limpia, autónoma y liberadora.

La historia de la IA en Madagascar no es una anomalía, sino un espejo. Revela que la inteligencia artificial, lejos de ser neutra, reproduce y profundiza las desigualdades globales. Y obliga a plantear una pregunta incómoda: ¿cuánta explotación humana estamos dispuestos a aceptar para seguir creyendo en la fantasía de una inteligencia verdaderamente artificial?

(*) Fuente: «Madagascar y la nueva colonización digital de la inteligencia artificial» por Rafael Julivert Ramírez, texto republicado desde Masticadores, página nacida en Cataluña, que Jr Crivello dirige y con numerosos colaboradores en el mundo.

Antananaribo o Tana, la capital de Magadascar (ikimedia).

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