Concepciones del mundo y política exterior (1) (Rusia y Estados Unidos)

Por Esteban Ierardo

Izquierda, Iglesia bizantina de San Basilio, en Moscú; a la derecha, el cuadro de John Gast (alrededor de 1871) titulado El Progreso Estadounidense, representación alegórica del Destino Manifiesto

Las decisiones en política internacional de los países no se reducen solo a las coyunturas inmediatasEstán condicionadas también por las mentalidades, las concepciones del mundo de esos países y visiones estructurales arraigadas en su autopercepción, en su interpretación de sí mismos, de su historia y de los otros países. Esto ocurre desde el cruce entre la historia, un pensamiento secular o religioso como vehículos de autocomprensión, y la geografía. Aquí, en partes, uno por semana, en principio, exploramos esas concepciones de mundo subyacentes de Estados Unidos, Rusia, China, India, Irán, Israel y la Unión Europea, cuyo origen está en lo desarrollado en un curso que dictamos en la Ciudad de Buenos Aires.

Las concepciones del mundo de los países remiten a profundas estructuras culturales. Una mentalidad que, en primer lugar, habla de la diversidad cultural entre las naciones y, en segundo, constituye un trasfondo o sustrato necesario de ser detectado y comprendido como condicionamiento y sostén de muchas de las decisiones más trascendentales de los actores geopolíticos. Las decisiones más relevantes de los países en las aguas agitadas de las relaciones exteriores se deben a una diversidad de factores y multicausalidades, pero siempre descansan sobre un fondo cultural que guía el proceder de las civilizaciones y las naciones. El punto de partida de las grandes elecciones está, en parte, condicionado fuertemente por los intereses y urgencias inmediatas, sí; pero también por profundidades estructurales que emanan del entrelazamiento entre la historia, la geografía y un pensamiento secular o religioso que fundamenta la cultura que abraza un país.

Estados Unidos se autocomprende como refugio y guardián de las democracias. Rusia cree en sí misma como protectora del verdadero cristianismo, el ortodoxo, con sus valores cristianos originales. China se sabe el Zhongguo o ‘Reino Central’, modelo de civilización con un rol protector y paternal hacia el resto del mundo. La India también acude al prestigio de su sabiduría ancestral, presente en su política exterior o ‘política del Dharma’, como el ‘Maestro Global’. Irán lucha desesperadamente por mantener en el siglo XXI la raíz de una teocracia que concentra todo el poder para acometer su propia misión civilizatoria: proteger el verdadero Islam, ejercer su influencia dominante a nivel regional en Medio Oriente y financiar grupos de desestabilización contra Israel, animando una mentalidad de profunda aversión hacia Occidente percibido como encarnadura del mal. Israel, por su lado, descansa sobre su propia autojustificación ancestral, pero que en la práctica obedece a la necesidad más urgente de la supervivencia. Y la Unión Europea, asfixiada entre el resoplido ardiente del viejo aliado ahora emancipado —el águila calva norteamericana en el oeste— y los amenazantes zarpazos del oso ruso en el este, admite con tristeza que su cosmovisión fundada en el derecho internacional, el pacifismo y la diplomacia, es cada vez más invadida por un orden geopolítico cada vez más belicista.

Por corredores subterráneos, nos acostumbramos a mirar lo que está por debajo, para luego reemerger a un mirador desde el cual columbramos el espesor propio de las distintas cosmovisiones anunciadas

II. Estados Unidos

Vista de Winthrop, en Massachusetts, uno de los orígenes de la teología puritana promovida por John Winthrop, uno de los pilares de la cosmovisión norteamericana (Wikipedia).

Días y noches de tormentas se suceden entre los bosques, costas y praderas norteamericanas con el fuego humano en la tierra. Cuando los Hijos de la Libertad se visten de esos indios, arrojan un cargamento de té a las aguas del puerto de Boston, el 16 de diciembre de 1773 (1). Un camuflado acto de rebeldía ante las autoridades de Gran Bretaña, el repudio a su política de cobro de impuestos.

La independencia, fraguada en numerosos combates que arrebataron piernas, brazos, vidas, permite el nacimiento de un nuevo país: el de las Trece colonias unidas por la Constitución de 1787. La cosmovisión cultural del país naciente abreva de diversas fuentes: la teología puritana, la filosofía de la Ilustración, la sabiduría política iroquesa, la pionera Constitución de Córcega de Pasquale Paoli, la doctrina del Destino Manifiesto y su espesor mesiánico, la teoría de la frontera de Turner en resonancia con las ideas de Alexis de Tocqueville o, luego, el consenso liberal de Louis Hartz.

El pensamiento religioso puritano es un fundamento cosmovisional importante del país del Norte.

En 1625 asciende al trono inglés Carlos I. Un rey fervientemente convencido del origen divino de su potestad como monarca. Lo asiste la doctrina del Derecho Divino de los Reyes, lo que lo libera de rendir cuentas del ejercicio de su poder ante el pueblo y el Parlamento. La tradición política inglesa había cultivado la limitación del poder del rey desde la firma de la Carta Magna en 1215, el acuerdo entre el rey Juan sin Tierra y los nobles para limitar el poder real. Carlos I rechaza esos límites. El conflicto con el Parlamento deriva en la Guerra Civil entre monárquicos conservadores y parlamentarios. En esas circunstancias emerge el liderazgo fuerte y carismático de Oliver Cromwell, jefe de los parlamentarios rebeldes. Carlos I será el primer rey europeo condenado a la decapitación.

En el gobierno de Carlos I, la religión también es fuente de discordia. Casado con Enriqueta María de Francia, una devota católica, se sospecha que el rey tiene simpatías por el catolicismo bajo la fachada de su adhesión a la Iglesia anglicana. Nacida de la Reforma en tiempos de Enrique VIII, esta Iglesia —con sus fuertes jerarquías de obispos y ceremonias parecidas al rito romano— disgusta sobremanera a los calvinistas, el extendido grupo religioso nacido de la doctrina del teólogo suizo Juan Calvino.

El calvinismo es rigorista, moralista y devoto de la austeridad; enemigo del fasto y el lujo católico en la liturgia. Los calvinistas pasan de Ginebra a Francia (donde se llaman hugonotes) y luego a Inglaterra. En la gran isla que alberga a Londres y al Támesis, quieren vivir en paz. Pero los desacuerdos con Carlos I y su presunto favoritismo por el Papa y Roma los convencen de la conveniencia de emigrar. Su destino elegido para un Nuevo Mundo es América del Norte.

Así se inicia la Gran Migración hacia las costas este norteamericanas. Primero arriba el Mayflower a las costas de Massachusetts (cerca de lo que hoy es Plymouth) en 1620, y luego, en 1630, otro fuerte contingente de familias puritanas arriba a la Bahía de Massachusetts. Allí fundan una colonia, matriz fundacional de la sociedad norteamericana. El líder de los asentados es John Winthrop. Es reelegido como gobernador por varios años. Bajo su conducción, emerge Boston como principal ciudad regional. Winthrop pronuncia un sermón que anuncia que el deber de los recién llegados es crear ‘una ciudad sobre la colina’. La metáfora de un experimento moral para una nueva humanidad; un ejemplo de vida virtuosa que sea luz a seguir, un camino que atrae con la fuerza del resplandor de una ciudad emplazada en la altura. La creación de este mundo edificante, arquetipo de vida virtuosa, es la fuente de una responsabilidad moral primera respecto a la construcción del nuevo país y, luego, de un mensaje a esparcir por el mundo.

El Nuevo Mundo se construye también con la inspiración de la filosofía ilustrada y la universalidad de sus valores, movimiento que se inicia en la Europa del siglo XVIII. La Ilustración es la alianza entre la racionalidad lógica y deductiva como puente hacia el conocimiento y el método experimental de las ciencias.

En el arco de los pensadores ilustrados brilla el aporte de John Locke y del barón de Montesquieu. Locke fundamenta la atribución al ser humano de derechos naturales: el hombre nace con el don de la libertad y derechos individuales inalienables. Montesquieu, por su parte, pregona una forma de gobierno republicana afianzada sobre la división de poderes (ejecutivo, legislativo y judicial).Una forma de organización para evitar la concentración absoluta del poder en un soberano. Los derechos del individuo y la distribución de los poderes operan contra el veneno del autoritarismo.

Luego del nacimiento de la rebelión americana contra Gran Bretaña, los líderes políticos y morales del proceso independentista de las Trece Colonias abrazan las ideas ilustradas para cimentar una nueva nación. Lo hacen con una Constitución que abrazan las libertades individuales, la libertad de expresión y la igualdad política. La firme condición del ciudadano como sujeto político moderno ante la condición medieval del súbdito o vasallo.

Los valores ponderados por la Ilustración derivan de la ley natural, entendida como una verdad evidente y universal. El fundamento filosófico ilustrado de la Constitución de Estados Unidos de 1787 también se fortalece por la inopinada influencia de la sabiduría política de las naciones iroquesas y por la constitución pionera de vanguardia de Córcega, formulada por Pasquale Paoli.

Durante la firma del Tratado de Lancaster con los iroqueses, Franklin trabajó como impresor de las actas. Allí registra el consejo del líder iroqués Canasatego«Somos una Confederación poderosa; si observan la misma unión que nosotros, tendrán mucha más fuerza». Franklin comprende entonces la inteligencia política del consejo de Canasatego: la unidad es superior a la autonomía aislada de cada colonia. Esta idea cristaliza en el Plan de Unión de Albany de 1754, donde Franklin argumenta que si seis naciones de «salvajes» (según la terminología de la época) podían formar una unión estable, por qué no podrían hacerlo trece colonias inglesas.

Franklin admira que los iroqueses prescindan de reyes y que sus líderes sean servidores, no dueños del pueblo. En 1776, mientras el Congreso Continental se reúne en Filadelfia tras el estallido de la guerra, una delegación iroquesa es invitada al Independence Hall. Los delegados coloniales los llaman «nuestros hermanos», y un jefe iroqués pronuncia un discurso deseando una amistad eterna.

Thomas Jefferson también siente admiración por la organización federal iroquesa, destacando su resolución pacífica de conflictos y la libertad de expresión. Observa que en sus consejos nadie es interrumpido y todos tienen voz. En su obra Notes on the State of Virginia, reconoce que los iroqueses mantiene el orden sin prisiones ni policía. Lamentablemente, esta admiración no impide que, años después, los indígenas sean manipulados y forzados a ceder sus tierras ante la expansión norteamericana hacia el Oeste.

Finalmente, en octubre de 1988, la Resolución Concurrente 331 del gobierno estadounidense reconoce que la federación de las trece colonias originales es claramente influenciada por el ejemplo del sistema político de la Confederación Iroquesa. Diversos principios democráticos incorporados en la Constitución estadounidense tienen su origen en la Gran Ley de la Paz de las Seis Naciones iroquesas. El ascendiente iroqués es reconocido en su momento por figuras como Franklin, Jefferson y Washington. La influencia directa iroquesa se advirtió en la integración a través de una confederación, el ejemplo de la diálogo como fuerza para resolver conflictos, la necesidad para remover a un líder del ejecutivo por un mediante lo que luego será el mecanismo constitucional del impeachment (juicio político), y el símbolo de unidad plasmado en la imagen de las flechas atadas (un haz de flechas) que representa la fuerza de la Unión: un águila calva sosteniendo 13 flechas en el Gran Sello y en el Escudo de Armas de los Estados Unidos

Por otro lado, y como una influencia paralela a la iroquesa, destaca la Constitución de Córcega de 1755, redactada por Pasquale Paoli, el político y militar estimado por el nacionalismo corso como «El Padre de la Patria», que siempre luchó contra la ocupación genovesa de la isla. Paoli introdujo la práctica de un gobierno sustentado en la división de poderes y el voto décadas antes de que se redactara la Constitución de EE. UU.

Con su Constitución de Córcega, Paoli decapita el pesado cuerpo del absolutismo con la afilada hoja de una democracia moderna. Su parlamento es elegido por un derecho asombrosamente avanzado para la época: el voto permitido para todos los hombres mayores de 25 años, y viudas y mujeres solteras, acercándose a una noción de sufragio universal que solo se plasmará en el siglo XX. El ejemplo corso aviva el fuego de la pasión independentista en las Trece Colonias, al pulverizar el derecho divino de los reyes y emplazar en la escena política el principio de la soberanía popular. Esta idea bebe del contractualismo del siglo XVII de Locke y se nutre del Contrato Social (1762) de Rousseau, otro ejemplo del influjo de la filosofía de la Ilustración.

Ya en el nacimiento de las Trece Colonias, la teología puritana de Winthrop modela la idea de los futuros Estados Unidos como un nuevo mundo imbuido de la responsabilidad moral de hacer brillar su modelo ante el mundo, como una ‘ciudad sobre la colina’. Empieza aquí a germinar un modo de autopercepción nacional enfilado hacia una misión civilizadora, desde un nuevo mundo que es una criatura política democrática, republicana, federal y garante de las libertades (bajo la guía de la Filosofía de la Ilustración y sus pensadores, y las simultáneas influencias iroquesa y de la Constitución de Córcega). Pero la voluntad de la nación que comienza a partir de las Trece Colonias asociará su modelo civilizador con una cultura intervencionista en su política exterior. Este intervencionismo nace de la Doctrina Monroe y, con aún más fuerza, de la doctrina del Destino Manifiesto

La Doctrina Monroe es formulada en 1823 por el presidente James Monroe bajo el lema: ‘América para los americanos’. En un tiempo en que es factible la recuperación de la Sudamérica española por el restaurado Fernando VII de Borbón en el trono español, el país del norte reacciona con una doctrina que advierte a Europa que no tolerará su presencia ni su voluntad colonial en América.

Unas pocas décadas después, y bajo la influencia de la creencia en el Destino Manifiesto, Estados Unidos muestra su avidez expansiva. Le declara la guerra a México en 1846 (que culmina en 1848). En poco tiempo, sus tropas irrumpen en la Ciudad de México y obligan al país al sur del Río Bravo a cederle lo que hoy son los estados de Texas, California, Nevada, Utah, Colorado y Arizona (2).

En esta dirección, el historiador sueco-estadounidense Anders Stephanson, especializado en las relaciones exteriores de Estados Unidos durante el siglo XX,  afirma, en este sentido: «El Destino Manifiesto no era simplemente un lema político; era una convicción profundamente arraigada de que Estados Unidos era una nación «elegida», un nuevo Israel destinado por la Providencia para redimir al mundo mediante la expansión de sus instituciones y su moralidad superior» (3).

En la expansión territorial posterior, que configura los 50 estados al llegar al Pacífico e incluso a Hawái, el Oeste adquiere también una importante significación cultural. El historiador Frederick Jackson Turner publica El significado de la frontera en la historia americana (1893), donde sostiene que la colonización del Oeste consolida el individualismo. Según Turner, el individuo, sin la protección del Estado, se vale de su propia iniciativa, sus carretas y su fusil para arraigarse en los nuevos territorios.

Por su parte, el pensador francés Alexis de Tocqueville visita Estados Unidos en la primera mitad del siglo XIX y escribe ‘La democracia en América’ (publicada en dos partes, 1835 y 1840) (4). El observador galo también describe el marcado individualismo norteamericano, así como su materialismo y el peligro de que las mayorías acosen los derechos de las minorías, concepto que denomina la ‘tiranía de la mayoría’.

En la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos se rehúsa en un principio a intervenir en el conflicto entre la Triple Entente y los Imperios Centrales. Sin embargo, el hundimiento del transatlántico Lusitania (ocurrido en 1915 con ciudadanos norteamericanos a bordo), sumado a la guerra submarina irrestricta de Alemania, obliga al país a torcer su posición inicial. Estados Unidos interviene finalmente en la guerra de trincheras en la Europa occidental a partir de 1917. Tras el Tratado de Versalles (1919), al final del conflicto, el presidente Woodrow Wilson sostiene que su nación intervendría en las turbulencias internacionales cada vez que fuera necesario para ‘hacer el mundo seguro para la democracia’ (5). Desde sus famosos Catorce Puntos (1918), Wilson promueve la autodeterminación de los pueblos, la seguridad compartida entre los países; y el surgimiento de la Sociedad de Naciones, en el periodo de entreguerras que, lamentablemente, no consigue introducir un lineamiento de negociación pacifica para resolver tensiones. Dicho fracaso es, en parte, impuesto por el estallido posterior de la Segunda Guerra Mundial, en 1939.

Según Stephason, la visión wilsoniana moderniza la idea del Destino Manifiesto y la convierte en la necesidad de un intervencionismo moral para garantizar la «seguridad de la democracia», lo que, en la práctica, exige abandonar el aislamiento. Ahora, ya no se trata solo de expandirse hacia el Oeste, sino de modelar el mundo desde un «Imperio del Derecho» y valores universales. El empuje «imperial» norteamericano no es ya solo expansión territorial, como en los viejos imperios europeos, sino una pretendida responsabilidad moral mesiánica. Una autopercepción que domina la política exterior norteamericana durante la Guerra Fría y, después, hasta hoy,

Ya antes, la voluntad intervencionista norteamericana es transparente en la política exterior de Theodore Roosevelt y William McKinley. T. Roosevelt blande en su política exterior el ‘Gran Garrote’ (Big Stick). Esta doctrina, derivada de un proverbio africano que aconsejaba ‘hablar suavemente y llevar un gran garrote’, legitima el uso de la fuerza y la intervención directa de Estados Unidos en los asuntos de otros países, especialmente en América Latina, para proteger sus intereses económicos y estratégicos.

Por su parte, William McKinley (1897-1901) dirige la proa de Estados Unidos hacia aguas de potencia mundial e imperial. La política exterior norteamericana presenta, en términos históricos, un movimiento pendular entre el aislacionismo y el intervencionismo; sin embargo, bajo su mando, esta última actitud y su apelación a la guerra devienen preponderantes. McKinley es el mástil visible de este modo de navegación internacional. Bajo su mandato se produce la Guerra Hispano-Estadounidense (1898) y la adquisición por la fuerza de Puerto Rico, Guam y las Filipinas, además de la ocupación de Cuba. También impulsa la anexión de Hawái (1898), Samoa Americana y la isla Wake, extendiendo la jurisdicción estadounidense mucho más allá del continente. Asimismo, establece la política de «Puertas Abiertas» en China para evitar que Japón o Europa cierren el acceso comercial a los puertos de la gran nación asiática. En este sentido, McKinley es un antecedente del intervencionismo y de las políticas arancelarias proteccionistas (mediante el arancel McKinley y la Ley Dingley) que resuenan en debates actuales

Lo que primero fue el Nuevo Mundo como modelo civilizatorio (la ‘ciudad sobre la colina’ de Winthrop) se convierte en una doctrina arraigada de intervencionismo imperial, bajo la justificación de una democracia asediada que debe ser protegida. Lo civilizatorio y el impulso intervencionista se conjugan, a su vez, en el concepto sintético superior del excepcionalismo: la autoatribución de una condición excepcional y superior al resto de las naciones, lo que legitima el derecho y la obligación moral a la intervención.

Este intervencionismo ya no pertenece a un líder del Ejecutivo en particular, sino que es una constante que emerge de las profundidades de las napas de la geopolítica y la política exterior. Es un intervencionismo que hoy, desde la administración Trump, resurge como una erupción en la superficie, siguiendo los ejemplos históricos del control territorial de las Guerras del Banano (o el Gran Garrote) y el Canal de Panamá; y la actual voluntad de influencia sobre Groenlandia, por su posición geopolítica privilegiada respecto al Ártico; o la operación de extracción de Nicolás Maduro en Venezuela; o, ahora, el intervencionismo supremo en el conflicto con Irán.

El intervencionismo se aúna también a un espíritu de cruzada: la lucha contra el mal. Esto resuene en la doctrina de Reagan cuando señala a la Unión Soviética como un ‘imperio del mal’, y luego George W. Bush lo agita como bandera para la intervención en Irak en 2003.

Desde el trasfondo estructural profundo de la mentalidad o cosmovisión cultural, se plasma una narrativa en la que se integran el excepcionalismo, la pretendida condición de superioridad moral, la obligación del proteccionismo del propio modelo y, en definitiva, una misión civilizadora que denota un sustrato de mesianismo secular. Según esta visión, la expansión, la influencia y lo que decida la nación en su política exterior es, de algún modo, querido por Dios.

Ernest Lee Tuveson fue un profesor de la Universidad de Berkeley, en California, fallecido en 1996, con una obra orientada fuertemente hacia la historia de las ideas. Una de ellas es Millennium and Utopia: A Study in the Background of the Idea of Progress (1949), en la que que propone que la creencia en el progreso humano, fuertemente extendida en la modernidad, emana de las interpretaciones religiosas del milenarismo medieval (una utopía sobre una gran renovación histórica y el comienza de un nueva era redentora). Y en Redeemer Nation: The Idea of America’s Millennial Role (1968), Tuveson explora el trasfondo religioso del nacionalismo estadounidense. De ahí que aquí afirma:

«La creencia de que Estados Unidos tiene una misión especial en el mundo, una misión que es a la vez política y religiosa, ha sido una constante en la historia estadounidense. […] El país no solo es un modelo de libertad, sino el instrumento elegido por la Providencia para la redención de la humanidad y la difusión de la civilización» (6).

Desde la posguerra y, especialmente, tras la Guerra Fría, el intervencionismo norteamericano se ha consolidado como una presencia militar global permanente. Esta presencia es, por un amplio margen, la mayor y más extensa del mundo, con una superioridad absoluta respecto a Rusia o China. Para 2026, respaldada por un presupuesto de 925 mil millones de dólares, la cantidad de bases militares estadounidenses —entre instalaciones permanentes y temporales— se estima en unas 750 distribuidas en 80 países. A marzo de 2026, aunque las cifras varían según la fuente y la definición de «base» (instalaciones permanentes frente a emplazamientos temporales o «nenúfares»), el despliegue se concentra estratégicamente en Europa, Asia-Pacífico y Medio Oriente.

Pero ese relato de autojustificación, nacido de un modo específico de autopercepción nacional, no es —como se verá— en modo alguno exclusivo del país del águila calva.

III. Rusia

Pedro I gobernó Rusia entre 1682 y 1725. Getty Imagenes

Rusia es el país más grande del mundo, con diecisiete millones de kilómetros cuadrados, recorrido por el río Volga (el más largo de Europa) en su parte occidental, y por los ríos siberianos Obi, Yeniséi y Lena, cuyas aguas fluyen hacia el Ártico. La corriente del río Amur circula en la frontera con China, mientras que el río Don se desplaza desde el interior del país hasta el mar de Azov. Es la nación del escudo de armas con el águila bicéfala dorada y la bandera tricolor de franjas horizontales: blanca, azul y roja. 

En esta bandera, el blanco simboliza la nobleza y la independencia; el azul, la lealtad y la fidelidad; y el rojo, el coraje y la sangre derramada por la patria. En el siglo XVII, Pedro el Grande la crea inspirado en la bandera de los Países Bajos al diseñar una insignia para la flota naval rusa; más tarde, es adoptada como bandera nacional en 1883. Durante la época soviética es reemplazada por la bandera roja, pero la tricolor resurge en 1991 tras la caída de la URSS. Esta bandera también se asocia con los colores del escudo del Principado de Moscú (San Jorge con armadura blanca y capa azul sobre fondo rojo).

Es también el país de las matrioskas (las muñecas tradicionales de madera, huecas e introducidas una dentro de otra), de la bizantina catedral de San Basilio, del samovar y de la babushka, término que refiere tanto a las veneradas abuelas como al pañuelo de cabeza.

Los ejes de la política exterior rusa se mueven sobre el espesor de una cosmovisión tradicional que se mezcla con la actualidad geopolítica. En el trasfondo de la mentalidad rusa —al igual que en Estados Unidos y, como veremos, en China— anida la concepción de una misión civilizadora impregnada de un mesianismo estructural y de un excepcionalismo troncal.

Primero, atenderemos a una síntesis de la concepción del mundo rusa, forjada entre sus siglos de emancipación ante los invasores mongoles, la Rus de Kiev y la constitución del Principado de Moscú y el Imperio zarista hasta arribar al siglo XXI. Segundo, analizaremos los efectos o consecuencias de esa mentalidad conservadora (y hoy neoconservadora) en el complejo escenario multipolar contemporáneo mediante la doctrina Priamov y el pensamiento geopolítico sobre Rusia de Morozov.

La narrativa de la cosmovisión tradicional rusa gira en torno a Moscú como una Tercera Roma, y su ideología conservadora; el «Katechon» («El que detiene al Anticristo); a diferencia de la separación Iglesia-Estado de Occidente, el mesianismo ruso implica la Sinfonía bizantina de Poderes (Iglesia y Estado); la asociacón entre el Patriarca y el Zar (o el Presidente); el paneslavismo y el «Mundo Ruso» (Russkiy Mir) y el Estado-civilización. Y también es base de la cosmovisión rusa el euroasianismo, el neoeurasianismo, el mesianismo soviético como ideología secular y la «Gran Rusia» de Iván Ilyín rehabilitada por Vladimir Putin.

Al principio, Kiev —la Rus de Kiev— fue la madre de lo eslavo, la cuna de una civilización que se extendió desde el este de Europa hasta los Montes Urales. En Kiev, en el año 988, el príncipe Vladimiro abandona los dioses de la religión pagana eslava y adopta el cristianismo, que había penetrado en tierras eslavas a través de San Andrés. Nace así el cristianismo ortodoxo ruso, modelado bajo la admiración e influencia de Bizancio.

Luego, Kiev cae en desgracia: desde el centro de Asia llegan los feroces mongoles y arrasan la ciudad cuna de la comunidad eslava. El centro de lo eslavo se traslada entonces a Moscú, capital de un ascendente principado. Bizancio (antes Constantinopla) cae bajo las huestes incontenibles de los turcos otomanos de fe musulmana. La sobrina del último emperador bizantino, Sofía Paleólogo, se casa con Iván III, autócrata del Principado de Moscú y líder de la lucha emancipadora ante los aguerridos jinetes de las estepas. De hecho, expulsa a los mongoles en 1480. Bajo la influencia de Sofía, Iván III adopta ritos y ceremoniales bizantinos, aceptando una misión: Moscú se asume como heredera legítima de la Bizancio colapsada y protectora del cristianismo ortodoxo. Así, desde el clero cristiano, emerge la doctrina de la Tercera Roma.

 El monje Filoféi de Pskov formula la tesis: ‘Dos Romas han caído, la tercera se mantiene, y no habrá una cuarta’. Primero es la Roma de los hermanos Rómulo y Remo, junto al Tíber; luego, la segunda Roma, aposentada en el brillo y fasto bizantino. Ahora, la tercera Roma es Moscú.

El tiempo pasa y se convierte en siglos. En esa corriente temporal respira el proyecto contradictorio de Pedro el Grande, fundador de la ciudad de San Petersburgo y admirador del Occidente que quiere estudiar e importar, mientras la autocracia zarista fortalece un control total. Luego llega Catalina II, otra monarca rozada por vientos contrapuestos: por un lado, amiga de Voltaire y admiradora de la filosofía ilustrada favorable al reconocimiento de la soberanía popular; por otro, la monarca que también robustece la dureza autocrática.

Bajo su mando, las fronteras rusas se expanden hacia el sur, hacia el Mar Negro, en lucha contra los turcos. En esa expansión liderada en lo militar por el general Potemkin, brota la Nueva Rusia (Novoróssiya), con los territorios de Donetsk y Lugansk. Allí se fundan ciudades como Odesa, Melitópol, Mariúpol y Jersón; la geografía que hoy se encuentra sangrientamente disputada entre la Rusia de Putin y Ucrania. Y con el nuevo zar Nicolás I, el político imperial Sergio Uvárov, en 1833, confirma la ideología conservadora: “Ortodoxia, autocracia y nacionalismo”

La autopercepción del Imperio zarista como Tercera Roma nunca se disipa. A ella se le suma la creencia en el Katechon (‘el que detiene’), una figura sustentada en la Segunda Epístola a los Tesalonicenses (2:6-7). El Katechon se refiere a una fuerza o figura protectora que obstruye la irrupción del Anticristo y el fin del mundo. Rusia se entiende así como el último refugio de la fe verdadera —el cristianismo ortodoxo— ante el Occidente corrupto, apóstata, materialista y ateo. El ‘Anticristo’ es aquí la representación simbólica del liberalismo occidental posmoderno, saturado de relativismo, de una «felicidad» escéptica sin Dios y de un individualismo exacerbado; la cultura decadente que destruye la familia, la religión y la naturaleza humana. El Katechon se anuda con el sobornost, palabra rusa que puede ser traducida como «conciliaridad» o «comunidad espiritual». Remite a un sentido de asamblea y comunión que aflora desde el espíritu cristiano, opuesto al individualismo atómico de Occidente.

Fiódor Dostoievski confirma con rotunda claridad la autopercepción salvadora de Rusia: «La misión de Rusia es el servicio al cristianismo ortodoxo. […] Rusia debe llevar la palabra de la salvación al mundo. El pueblo ruso es el único «pueblo portador de Dios», y su destino es revelar al mundo el Cristo ruso, que ha sido preservado en su pureza original en la Iglesia Ortodoxa, frente a la distorsión del catolicismo y el materialismo de Occidente» (7).

Hoy, el Kremlin y la Iglesia Ortodoxa —bajo su propia percepción— proyectan a Rusia como el Katechon global: la nación imbuida de la misión divina de «detener el caos» moral eyectado por la perversidad occidental.

El filósofo ruso Vladimir Soloviov (1853-1900) piensa una variante del mesianismo surgida de una Iglesia ortodoxa rusa y la católica unidas bajo la soberanía de Cristo en una «teocracia libre»: la unión entre el Estado ruso, el Papa y el Zar. Soloviov se distancia tanto del socialismo, al que consideraba un «egoísmo de clase», como del conocimiento científico cristalizado en un positivismo que siempre elude las grandes inquietudes de la existencia. El Anticristo debe ser combatido pero desde la reconciliación y alianza entre la ortodoxia y el catolicismo.

Pero la paz con el catolicismo es solo una propuesta acotada y singular de Soloviov. La ortodoxia conservadora readquiere su lugar en la eslavofilia, movimiento fundado por Alexéi Jomiakov e Iván Kireyevsky, signado por la manifestación de la superioridad espiritual de la cultura eslava respecto al racionalismo occidental y el paneslavismo, de especial consolidación doctrinaria en el siglo XIX.

Para el paneslavismo, convalidado entre otros por Dostoievski, Rusia es el líder natural de los «hermanos eslavos» (especialmente en los Balcanes), para protegerlos de la subyugación otomana o austríaca. Rusia debe asumir su responsabilidad moral de conductor paternal de los otros países eslavos; un liderazgo legitimado desde su condición de única patria eslava independiente y de su prestigio simbólico.

Rusia debe liderar hacia la consumación de su misión redentora esencial. Como afirma Figes: “El pueblo ruso era el único de todo el mundo que profesa un cristianismo verdadero”. Rusia, así, deviene centro de un «Estado-civilización», diferente al Estado-nación: el primero es la civilización cuya influencia cultural se expande más allá de las fronteras de varios países particulares; el segundo se ciñe a una nación compenetrada con un solo Estado. El Estado-civilización abriga una multietnicidad hermanada por la cultura y la lengua rusa, bajo la influencia del centro ruso protector de los «valores tradicionales» (familia, religión, jerarquía) ante la despreciada «decadencia liberal» occidental.

Alexander Dugin confirma con vasta transparencia la concepción de Rusia como Estado-civilización impregnado de deberes tradicionales sagrados y vocación multipolar:

«Rusia no es un Estado-nación, sino un Estado-civilización. Como tal, constituye un mundo propio —el «Mundo Ruso»— cuya misión es defender la identidad orgánica y los valores tradicionales (la fe, la familia, el servicio a la patria) frente al universalismo agresivo del liberalismo occidental. El destino de Rusia es liderar un orden multipolar donde las civilizaciones recuperen su soberanía espiritual contra la decadencia de la modernidad secular» (8).

El eurasianismo es la vértebra fundamental de la «excepcionalidad mesiánica» rusa. Desde el siglo XIX postula que Rusia es el «Tercer Continente», una síntesis de Europa y Asia: Eurasia. Esto fortalece la negación de los valores liberales occidentales, percibidos como tóxicos. El exponente aventajado de esta doctrina, reformulada como neoeurasianismo, es el recién mencionado Duguin, quien propone el enfrentamiento entre Rusia —potencia terrestre imbuida de orden y tradición— y la talasocracia occidental, el poder marítimo representado por Estados Unidos y el Reino Unido. Rusia, movida por una misión civilizadora y su propio «destino manifiesto», sostiene la espada mística contra el «globalismo unipolar» desde su ser de «civilización orgánica euroasiática».

Esta identidad no se define por leyes de mercado o contratos de derecho formal, sino por un nexo insoluble, físico y espiritual, entre el pueblo, su tierra y su tradición. Rusia no está simplemente en un territorio; emerge del bosque y la estepa como un continuo indivisible. Al ser un organismo, precisa de un líder o zar vigoroso como cabeza autocrática que coordine todas las partes del Estado-civilización. Así, esta estructura emana una identidad colectiva (Narod) que se diferencia del individualismo atómico occidental mediante la entraña honda y metafísica de una «alma colectiva» que trasciende la finitud de las generaciones. En este esquema, el «espacio vital» legítimo dicta que naciones como Ucrania, Georgia o las de Asia Central no son genuinamente soberanas, sino partes del organismo ruso que deben volver al cuerpo paneslavo dentro de la recomposición del «mundo ruso» (Russkiy Mir). La guerra, entonces, es un instrumento indispensable de fidelidad identitaria y defensa de los valores del cristianismo ortodoxo frente al «otro» occidental, en un movimiento que es, a la vez, expansión territorial y redención histórica.

Las banderas mesiánicas ondulantes desde las alturas del Kremlin y la Iglesia ortodoxa, aparentemente, se desprenderían y abatirían a la llegada de la ex Unión Soviética. El poder bolchevique concentrado y forjado por LeninTrotsky y, ante todo, Stalin, proclamó como política de Estado el ateísmo. Sin embargo, la Unión Soviética rehace el mesianismo religioso desde una apropiación ideológico-secular. La misión de un supuesto bien espiritual a proteger y difundir en términos planetarios no es ya el cristianismo ortodoxo, sino el comunismo en su lucha contra el «mal del capitalismo occidental». Moscú se sienta en el trono de la verdad absoluta como faro de la sociedad justa, y como garante de la dignidad y libertad de los trabajadores.

La imbricación entre mesianismo religioso tradicional ruso y mesianismo secular soviético es apreciado con lucidez por Nikolái Berdiáyev:

«El mesianismo ruso es de la misma naturaleza que el mesianismo judío. Siempre ha sido la convicción de que el pueblo ruso tiene una misión especial, un destino de salvación universal. El comunismo soviético no es más que una transformación de este antiguo mesianismo ruso; el lugar de la Tercera Roma lo ocupa ahora la Tercera Internacional. El contenido religioso ha sido sustituido por un contenido social, pero la estructura psicológica y espiritual de la misión redentora de Moscú como centro de la verdad mundial permanece intacta» (9).

Durante la vigencia de la ex Unión Soviética, el mesianismo ateo comunista soviético es rebatido por un intelectual ruso en el exilio que Putin tiene en alta valoraciónIván Ilyín (1883-1954). En su escrito Sobre la Rusia del futuro, este intelectual se opone claramente tanto al totalitarismo zarista o soviético como a la «democracia formal» liberal. La alternativa: la tercera vía de una Gran Rusia bajo un liderazgo fuerte neoconservador, capaz de restaurar la grandeza rusa en la que el Estado vuelve a abrazarse con la Iglesia ortodoxa y su designio de salvar al mundo de la decadencia occidental (10).

En 2005, Putin dirige la repatriación de los restos de Ilyín para concederle un entierro cristiano en el Monasterio de Donskóy. Luego ordena la reedición de los 23 volúmenes de sus obras. Este pensador, alimentado por la ideología conservadora tradicional y el paneslavismo, e citado por Putin en el discurso anual del Estado en 2014, tras la anexión de Crimea.

Al caer la ex Unión Soviética, los cielos se oscurecen, la niebla se hace más espesa y la vida se despeña en la incertidumbre y el dolor del cambio. La antigua Unión Soviética, que repite el mapa de expansión y dominio zarista, se disgrega. A partir de ahí comienza la nostalgia por lo perdido. Obama luego calificaría a la ahora Federación Rusa como «una potencia regional». El orden geopolítico se torna unipolar, bajo la hegemonía estadounidense. El orgullo y el resentimiento ruso empiezan a supurar por sus heridas. Una primera reacción desde el pensamiento estratégico de las relaciones internacionales es la llamada Doctrina Primakov, formulada por Yevgueni Primakov (ministro de Exteriores y primer ministro en los 90). Su propuesta es la oposición a lo unipolar en aras de una geopolítica de la multipolaridad. Este posicionamiento lleva a la alianza con la China y la India en un Triangulo estratégico como contrapeso geopolítico, lo cual sienta las bases de los Brics, y también de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS). Los Brics son el foro intergubernamental entre economías emergentes, cuyo nombre procede de los nombres iniciales de los miembros fundadores iniciales plenos: Brasil, Rusia, India, China, y luego Sudáfrica. Hoy, la alianza de países que se contraponen al G/7 integrado por Estados Unidos, Japón, Alemania, Reino Unido, Francia, Italia, Canadá, la Unión Europea.

La alianza entre Rusia y China es hoy una consecuencia directa de la Doctrina Primakov. No se trata de una alianza ideológica, como la tejida entre Mao y Stalin, sino de un matrimonio de conveniencia estratégica que comparte el deseo de remoción del orden unipolar liderado por EE. UU. En esta concordancia, Rusia actúa como asesor militar y una suerte de «gasolinera» de China, siendo un fuerte proveedor de recursos energéticos y garante de su «seguridad energética» con alternativas de aprovisionamiento ante posibles bloqueos marítimos en el Estrecho de Malaca, por donde circula una parte apreciable del comercio chino.

Mientras tanto, el gigante del dragón se acerca al Kremlin sustituyendo a Occidente en la provisión de microchips, maquinaria y bienes de consumo. En la alianza hay, sin embargo, áreas de incertidumbre, dado que en el «Lejano Oriente ruso», en la vastedad siberiana, Rusia conoce el peligro de la expansión demográfica china y de una lenta y silenciosa anexión, mientras crecen las ambiciones chinas sobre el Ártico.

La Doctrina Primakov también brega por la restauración de las zonas de influencia del gigante soviético colapsado. A esto se lo denomina el «Cercano Extranjero»: el fomento de la integración económica y política de las antiguas repúblicas soviéticas y su proyección sobre Medio Oriente. Esta acción supone la delimitación de una «línea roja» que la OTAN no debe pasar en el aumento de su influencia y expansión territorial mediante el incremento de miembros.

Dicha estrategia se entiende como indispensable para salvaguardar la seguridad rusa. La política de Primakov se define como una «mediación de bajo costo»: el intento de disminuir tensiones innecesarias y evitar posturas maximalistas que favorezcan una lógica de enfrentamiento directo. A través de la Doctrina Primakov, Rusia se autopercibe como un actor geopolítico independiente, lo que marca un antecedente fundamental que contribuye a la modelación de la política exterior de Vladímir Putin.

En el complejo juego del descentramiento geopolítico en beneficio de diversos polos de poder mundial, Rusia pretende tener un gran rol acorde a la magnificencia civilizatoria que se auto-atribuye. Pero esta voluntad exhibe resquebrajaduras y hendiduras en el problemático posicionamiento ruso en la escena internacional. Un personaje de la historia reciente es tan singular que se trata de un «profesor espía»Viacheslav Morozov, quien actuó como profesor de la Universidad de Tartu, en Estonia.

Hoy por hoy, Morozov cumple una pena por espionaje en una cárcel estonia. Su imagen de prestigioso académico —y esto es parte de la acusación que se le enrostra— era una pantalla para sonsacar información secreta sobre la estructura de seguridad estonia, que luego suministraba a la inteligencia rusa.

Antes de su arresto, Morozov escribió Russia’s Postcolonial Identity: A Subaltern Empire in a Eurocentric World (2015). Aquí, define a Rusia como un «imperio subalterno». Por un lado, Rusia exhala una conciencia imperial por su pasado zarista y soviético; por otro, es una nación periférica, dependiente del capitalismo occidental y proveedora de petróleo y gas a Europa.

A pesar de su oposición a Occidente, Rusia es eurocéntrica: utiliza el lenguaje occidental (como «democracia» y «soberanía») en una dependencia normativa de la que no puede sustraerse. Su cultura es, básicamente, una cultura del resentimiento y la frustración por no ser reconocida como un igual por Occidente. Por una parte, cree sinceramente en su posición de escudo protector de los valores rusos y en la misión civilizatoria que surge de ellos; por otra, cae en la «trampa del espejo»: ser el reflejo de Occidente como su «otro» indispensable.

La subalternidad rusa significa que su identidad solo se define desde la necesaria confrontación con la amenaza occidental. Rusia desprecia a Occidente, pero depende de su sistema financiero y tecnológico. Se percibe vulnerable y disminuida ante el sistema global; de ahí que cualquier influencia externa, como las ONG o los derechos humanos, sea vista como una amenaza. Su élite actúa puertas adentro como una potencia colonial para extraer recursos de su propio pueblo y volcarlos en su enfrentamiento con Ucrania, declarado como país «proxi» de un Occidente, que es, motivo de admiración y temor. Una Rusia rezagada quiere entrar al «club de las grandes potencias» para ejercer una «esfera de influencia» como Estados Unidos. Sin embargo, aun cuando se alejara de Occidente, solo adquiriría la nueva condición de dependiente periférico de China.

Según Morozov, la sensación de amenaza de Occidente no surge de un peligro objetivo de seguridad, sino de un sentimiento de inferioridad respecto al mundo occidental al que se quiere pertenecer. Esto alimenta un «resentimiento subalterno» que apela a la guerra para reponer una imagen de poder perdida, dentro de un deseo de recomposición imperial. Pero la fractura comercial y, en definitiva, cultural con Occidente lo sitúa en un aislamiento que solo puede mitigar con un nuevo lazo de dependencia respecto a China, como se observó anteriormente.

La explicación de Morozov amplía la comprensión de la mentalidad subyacente rusa que condiciona su política exterior y su autopercepción. La concepción del mundo moscovita se completa así con ejes que se cruzan y que proceden de un mesianismo religioso ancestral, unido a la autocracia y a las líneas de una mentalidad construida al tenor de los cambios de estatus de la Moscú otrora poderosa, cabeza conductora de la ex Unión Soviética. En su nueva situación de imperio fracturado, surge un sentimiento de civilización que se sumerge ante las oleadas de poder e influencias mayores procedentes de Estados Unidos y, en menor medida, de Europa. La cosmovisión total rusa integra así la idea tradicional de una misión de protección del cristianismo verdadero con una necesidad no asumida de recomposición de un poder disuelto en la bruma del colapso soviético. Un sentimiento político que llevó a las decisiones de Putin para obligar a la guerra con Chechenia como justificación para una reapropiación territorial conveniente para la recomposición del dominio perdido (11).

En esta mentalidad de fondo, religión, política y guerra se retroalimentan, complementan y necesitan. Así, la llamada «Operación Militar Especial» desatada desde 2022 en Ucrania —una guerra de agresión e invasión— fue justificada por el Patriarca Cirilo I, líder máximo de la Iglesia Ortodoxa Rusa, como una guerra santa, una cruzada espiritual y una lucha metafísica. Se exalta la nobleza de morir en combate por la «Santa Rusia», dentro de una misión de rescate de un «hermano eslavo hechizado» y engañado por las falsas promesas de identidad y bienestar del «demonio occidental». Al ser la Rus de Kiev la matriz del espíritu eslavo, Ucrania no puede ser un país separado; pertenece al área de protección paneslava frente al «extranjero cercano» y debe ser auxiliada en su rusificación. Esto es también parte de la obligación teológica de un cristianismo ortodoxo que funciona como espinazo del Estado-civilización ruso para sustraer a todos sus «hijos» de los tentáculos del Anticristo (Estados Unidos, la OTAN, la Unión Europea).

La intervención de Rusia entre 2015 y la caída de Bashar al-Asad se debió a una multicausalidad: proteger Tartús —su única base hacia aguas cálidas en el Mediterráneo— y prevenir, en su momento, el fortalecimiento de grupos terroristas como el Estado Islámico (ISIS) o Al Qaeda para evitar su expansión hacia Rusia. Sin embargo, el factor quizá más determinante es su deseo de actuar como potencia global con presencia también en el Medio Oriente, desafiando las aspiraciones geoestratégicas de Estados Unidos desde la «grandeza imperial rusa».

Así, Rusia no puede renunciar a su condición de excepcionalidad, a la necesidad política y emocional de percibirse como un «Estado-civilización» con una misión única. No declina en su atribución de un renovado heroísmo de la «Madre Rusia» para, en un mundo multipolar, alzar diques de contención ante el peligro de la perversidad cultural de Occidente. La civilización occidental repudiada por la Rusia mesiánica, pero también temida y envidiada. La contradicción en los desafiantes zarpazos geopolíticos del oso ruso.

El Volga es un río cuyo máximo de caudal se alcanza en Primavera (Foto Crónicas de Fauna)

CITAS

(1) El motín del té (en inglés Boston Tea Party) ocurre en Boston, Massachusetts. Durante la protesta, un grupo de colonos se disfraza de amerindios y lanzan al mar tres cargamentos de té de tres buques británicos. La rebelión de los colonos es por la aprobación por Gran Bretaña en 1773 de la Ley del té, que impone impuestos a productos procedentes de la metrópoli, entre ellos el té, de modo de beneficiar a la Compañía Británica de las Indias Orientales, y como compensación por la compra de té por las colonias a los Países Bajos.

(2) La Doctrina del Destino Manifiesto nacida en Estados Unidos en el siglo XIX supone una misión divina: La creencia de que Dios había elegido a los estadounidenses para llevar la libertad, la democracia y el cristianismo a nuevas tierras. 2)Superioridad moral: La idea de que las instituciones y los valores de EE. UU. eran inherentemente superiores y merecían ser extendidos. 3) Inevitabilidad: El crecimiento territorial no era solo una opción, sino un proceso natural e imparable. El término fue acuñado por el periodista John O’Sullivan en 1845. Inicialmente apareció en un artículo que justificaba la anexión de Texas, argumentando que era el «destino manifiesto» de la nación poblar el continente que la Providencia les había asignado. Esto sirvió como justificación ideológica de la anexión de territorios como Oregón, y los obtenidos por la guerra con México, y la compra de Luisiana. También pretendió justificar la desposesión de las naciones indígenas de sus tierras ancestrales hacia el Oeste.

(3) En Stephanson, A. (1995). Manifest Destiny: American Expansion and the Empire of Right. Hill and Wang.

(4) La democracia en América (1835-1840) es la obra cumbre del pensador francés Alexis de Tocqueville y uno de los pilares de la ciencia política y la sociología modernas. El libro surgió de un viaje que el autor realizó a Estados Unidos en 1831, originalmente con el propósito oficial de estudiar su sistema penitenciario, pero que utilizó para analizar en profundidad el funcionamiento de su sociedad democrática

(5) El idealismo de la doctrina Wilson chocó con la realidad de la imposición del intervencionismo. Quizá algo de su huella quedó en la confianza, ahora en crisis, de la apelación al derecho internacional para la resolución de conflictos en la Unión Europea,

(6) En Tuveson, E. L. (1968). Redeemer Nation: The Idea of America’s Millennial Role. University of Chicago Press.

(7) En Dostoievski, F. (1873-1881). Diario de un escritor (Dnevnik pisatelya). Editorial Alba.

(8) En Dugin, A. (2012). The Fourth Political Theory (La cuarta teoría política). 

(9) En Berdiáyev, N. (1937). El origen del comunismo ruso (The Origin of Russian Communism). Editorial Geoffrey Bles (versión original) / Editorial Nuevo Inicio (edición en español).

(10) En Rusia y Occidente en el conflicto sin fin, consignamos sobre Ivan Ilyín: «Iván Ilyín había nacido en Moscú, de cuna aristocrática. Luego de la revolución bolchevique, finalmente parte al exilio en la llamada nave de los filósofos, que transporta a muchos otros intelectuales. Adhiere a los valores tradicionales, los de la familia y la piedad religiosa. Rechaza tanto el totalitarismo bolchevique como la democracia formal. Acusa recurrentemente a Occidente de pretender depredar a Rusia. Primero simpatiza con el fascismo. Idilio que se pulveriza cuando advierte la creencia nazi del Utermensch, el subhumano, que agrupa a judíos, gitanos y eslavos, serbios y rusos. Su proyecto es recuperar la gran Rusia. La Rusia histórica. La Madre Rusia. No la reparación de la herencia de los zares. Rusia solo renacerá por la recuperación del cristianismo ortodoxo ruso. En esta búsqueda, es esencial el protagonismo del gobernante autoritario, imbuido de una plena autoritas y potestas; solo él es la encarnación de la Rusia histórica.»

(11) En septiembre de 1999, una serie de explosiones destruyó unos edificios de apartamentos en las ciudades rusas de Buinaksk, Moscú y Volgodonsk. Los ataques dejaron un saldo de 293 muertos y más de 600 heridos, El gobierno ruso, liderado en ese entonces por el primer ministro Vladímir Putin, culpó oficialmente a separatistas chechenos, pero existen fuertes sospechas y teorías que apuntan a una operación de «falsa bandera» organizada por el Servicio Federal de Seguridad (FSB) para justificar la Segunda Guerra Chechena y consolidar el poder del lider ruso. Esto posición fue difundida por  el exespía del FSB, Alexander Litvinenko, en su libro Blowing Up Russia (Rusia dinamitada) Litvinenko murió en Londres en 2006 tras ser envenenado con polonio radiactivo.

(Aclaración: En última parte a publicar aquí de este ensayo, se incluirá la bibliografía)

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