Por Esteban Ierardo

El día es especialmente duro en el bar. Llegan muchos autos desde la ruta que atraviesa un desierto solitario. Los conductores solicitan rápida atención. Ofelia debe moverse con rapidez, de una mesa a otra. A pesar de su juventud, el cansancio la doblega de a poco.
Los dueños del establecimiento son raros, descendientes de calvinistas. No saben quién fue Calvino, de su fanatismo y rechazo de los placeres del mundo. La única influencia que le queda de todo aquello es un protocolo para la vestimenta de sus mozas: vestimenta recatada, con una pollera hasta debajo de las rodillas y remeras que no permiten escotes. Nada de atraer a clientes con senos sugerentes. Pero un cliente que visita a menudo el bar junto a la carretera, insiste que ella, Ofelia, oculta un paraíso debajo de sus recatadas ropas. No se lo dice así. Claro. Se lo da a entender, y ella lo comprende.
Ofelia nunca pensó antes en ese posible atributo. Vuelve a la modesta casa en la que vive con su abuela, alejada solo un poco de la ruta. En la parte de atrás, una ventana deja ver un paisaje compuesto por unos cerros, sólidos retazos de una tierra árida, semidesértica y, a un costado, más cerca, un árbol solitario. Junto a esa vista, Ofelia crece. Sus padres mueren en un accidente automovilístico, cuando era niña. Su abuela se hizo cargo de ella. La mujer vive de una pensión con la que paga los gastos de la casa. Ofelia debe trabajar. No es mala en el colegio. Quizá podría aspirar a alguna beca para estudiar y renacer, en otro tipo de vida. Pero no da señales de especial afecto por el estudio.
Y no se atreve a decírselo, pero detesta la actividad con la que su abuela ocupa buena parte de sus días. La mujer mayor pinta paisajes. En muchos de ellos, se muestra el árbol cercano a la casa. “¿Por qué esta vieja estúpida pierde el tiempo así? Pintar paisajes, ¿solo por pintarlos? ¿No los podría vender?”, se dice Ofelia.
Después de la muerte de su abuelo, su abuela se encerró en la vivienda modesta, de una puerta con el color del sol. Y solo habla de arte, de la belleza de los paisajes en el amanecer, bajo la lluvia, en los mediodías. A los inviernos espantosos le encuentra también su encanto. “Qué triste destino -piensa Ofelia- Y me presiona para estudiar, y también ella quisiese que me interesara por la pintura. No entiendo nada de arte, me aburre. No es entretenido pintar el desierto, el árbol, los cerros, todos eso maldito que está allá afuera”.
En la memoria de su celular, Ofelia baja una imagen que no sabe qué es exactamente, no se toma el trabajo mínimo de averiguar su nombre o tema. Es una pintura, en la que habita un bello joven, de afeminadas, y que ve un espejo de agua en el que se proyecta su propia imagen. Parece enamorado.
Ofelia no comprende por qué esa pintura tanto la fascina. La ve con frecuencia. Y en su tiempo libre se dedica a chatear, a subir a Instagram fotos de los pocos negocios de ropa de su pueblo, y ve los Instagram de sus pocas amigas, y en esa red social o en Tik Tok, visita las páginas de mujeres jóvenes que exhiben sus cuerpos esplendorosos, con bikinis que rozan la inmaterialidad hasta el punto de ser casi imperceptibles. Y Ofelia lee una nota en internet que celebra a las jóvenes con más de un millón de seguidores. Muchas de ellas monetizaban sus apariciones.
“Entonces, se podría vivir de esto”, se dice Ofelia.
Decide entonces darse otro nombre: “Mírame”. Sin decirle nada a su abuela, usa todos sus ahorros. Se compra una buena cámara, y distintos tipos de bikinis. Al comienzo empieza con algo de timidez. Inseguridad. Algún resto de pudor le inhibe. Pero aprende a grabar reels. Se abre dos cuentas en Tik Tok e Instagram. Mientras continua con su trabajo de moza, el cliente que alababa sus bondades ocultas no vuelve. Luego se entera que murió de un ataque cardíaco. Nadie le insinúa ahora su belleza escondida. Pero ya está decidida. Se muestra por primera vez en el mundo online. No deja todavía su trabajo que detesta, como las águilas aborrecen bajar de las alturas.
Y las alturas se abren para ella porque, para su sorpresa, en cinco días, sus seguidores ya son más de 10000 mil. A su público le habla de las ventajas de ser más atractiva a las miradas ajenas solo por un simple bikini clásico. Su cuerpo antes disimulado por su ropa de trabajo, es ahora visible, público. En sus presentaciones, resplandece. Sus curvas perfectas, irradian un magnetismo animal. Su belleza es un arquetipo de la forma femenina. Su imagen enciende el deseo. Sorprende. Provoca admiración. Otras mujeres la envidian.
Mírame cobra confianza. Casi a diario, sube un nuevo reel; cada vez, practicaba distintos gestos estúpidos. Y necesitaba nuevas puestas en escena. Se muestra con diversos tipos de bikini: bandeau, de triángulo, con aro, balconette, bikini asimétrico, bikini clásico, braguita brasileña, tanga o mini braguita. El efecto es distinto. Pero siempre el mismo: una imagen en línea provocativa. El deseo en los pixeles en pantalla. Los comentarios aumentaban como agua de una crecida. Mírame responde todos los mensajes que puede.
Una tarde, en su cuarto, cuya ventana da al paisaje, los cerros, al árbol solitario, comprende que puede monetizar. Lo hace. Le cuesta asimilar la magia. Por solo mostrar su cuerpo, recibe dólares. Más dólares. Un mes con esta sensación y entiende que puede alquilar un departamento en la ciudad. Y marcharse. Irse diciéndole antes a su abuela todo lo que había callado. La llama vieja estúpida, incapaz, inútil, prisionera del pasado. Pierde su tiempo con pinturas de aburridos paisajes. De ese árbol viejo, inservible, feo.
Pero ella ahora es libre. Se va a la ciudad, a un departamento, un parque cercano, un río próximo, un balcón, un lugar propio en el que apoyar su trípode, su cámara, mediante la que, día tras día, y a veces dos a tres veces por jornada, muestra su cuerpo afortunado. Su don. Su privilegio. Con distintos tipos de bikinis. Ya es famosa. No es rica, pero con buena vida. No vive ya cerca de la naturaleza muerte, de un árbol oscuro. Ahora todo es su:
CUERPO
CUERPO
CUERPO
MI CUERPO
Y LO QUE NECESITAS VER
ES
MI CUERPO
VENERARLO
DESEARLO
MI CUERPO
SOLO
MI CUERPO
Y SOLO MIRARLO
TODOS LOS DÍAS
SOLO ESO
MIRAME
Mirar los cuerpos, sin historia. Ni nombre. Ni mundo. Las anatomías viralizadas. La pura imagen excitante. Intocable.
Y Mírame se muestra en línea por unos años. Cuando se cansa ve la imagen del muchacho que se contempla a sí mismo en un espejo de agua. Eso solo renueva sus energías. No comprende que sus seguidores solo son espectros virtuales, miradas escondidas en línea, deseos sin dedos que puedan acariciarla, sin palabras reales que puedan acompañarla, u oídos atentos que puedan escucharla.
Muy lentamente, al abrir la ventana de su departamento luminoso distingue nubes oscuras en el cielo. El firmamento puede ser azul, pero solo ve nubarrones y niebla.
Cuando llega la Navidad comprende que los saludos, los buenos deseos, son apenas el susurro de una máquina. Sus únicas dos amigas son como ella: practican la religión de la auto exhibición.
Y en un mediodía lluvioso le llega la noticia y un pequeño cofre. Un abogado le comunica que su abuela murió, y que le legó su casa, en el pueblo cerca de la carretera. En la caja están las llaves. Al principio maldice. Luego, un llanto inunda mejillas. Recuerda su cuarto en la casa, las pinturas de su abuela, su jornada de todos los días en el bar, su trabajo de moza y su vuelta de siempre, en la que veía el paisaje que abraza al pueblo y la tierra y el asfalto. Por un momento, asomó en su pensamiento estudiar, o aceptar la invitación de su abuela para aprender a usar los pinceles, o escuchar, siquiera alguna vez, todo lo que decía sobre el arte y los artistas, sobre la belleza, otra belleza.
Ahora, necesita hablar con alguien. Sus amigas del Tik Tok, del Instagram, están haciendo sus nuevos reels. Luego le dicen que son cosas que pasaban. Ya se recuperará.
Un desconocido le manda un Whappsap. No sabe cómo lo consiguió. Entonces, en su camino se cruza un joven, con auto rojo. Acepta una invitación. Conoce un palacio, su mobiliario, sus amplios ventanales y un par de restaurantes lujosos. Pero todo no es cortesía, el que la visita y recoge no entiende, no ama. Ordena. Ella pide tiempo. Pero recibe la advertencia que, la próxima vez, ya no habrá tiempo.
Luego de que parte el joven del auto de un rojo exaltado. Mírame tiene un presentimiento. Guiada por una sospecha, encuentra en internet un artículo sobre el asesinato de una tal Valeria Márquez en una confusa situación. La bella y desdichada joven acaso también pidió tiempo.
Mírame entra en pánico. En una noche de insomnio y terror, alcanza la lucidez. Cierra todas sus cuentas. Cambia su número de WhatsApp. Con la ayuda de una de sus amigas, compra un pasaje para Italia. Allí, se refugia en un pueblo. Su miedo dura años. Envejece. Su belleza, se aleja.
Conoce pocos hombres, con todos es retraída, torpe. Pero al menos no la conocen ya como Mírame. Nadie la identifica con la que fue. Eso le da cierta tranquilidad. Sus ahorros se acaban. Carga con varios kilos de más. Sin su atractivo de antaño, encuentra un trabajo como cajera de un bar.
El pueblo está rodeado por un valle encantado. Mírame caminaba entre esos lugares de ensueño preguntándose sobre si abrir de vuelta una puerta amarilla. Su duda la comparte con las amigas de la edad dorada de sus puestas en escena. Pero éstas se alejan, hasta disolverse, como sus anteriores millones de seguidores. Ya hace tiempo cerró todas sus cuentas. Desde entonces, se convirtió en niebla. Ausencia.
Nadie sobrevive del tiempo de su teatro del cuerpo. Y al fin, borra de su celular, una imagen, antes querida, del joven que se miraba en un espejo de agua.
«¿Entonces debo volver a la puerta amarilla?», se pregunta muchas veces en sus caminatas sin compañía mientras ya no es la joven apetecible, y sí la mujer madura sacudida por el alud del tiempo.
En su trabajo de cajera no es mal tratada. Aprende bien italiano. Solo interactúa lo mínimo y necesario. Por momentos, quiere ser solo un suspiro con forma humana recorriendo las calles sin ser vista. En el sendero del valle, entre puentes, ríos, y árboles, siente que ya nadie la mira. Es lo invisible.
A veces se despierta en medio de la noche. Sabe que, al día siguiente, sola la espera la rutina, el trabajo. Ya nada le queda del reino digital de las pantallas. Ya no es la del sol en su piel suave, en sus facciones agraciadas. Solo le queda asumir que su destino es un círculo.
Y un día húmedo, lluvioso, parte hacia el aeropuerto. No olvidó el camino, los trayectos y conexiones necesarias. Luego del vuelo, rueda en la superficie, en un bus que recorre unos cientos de kilómetros.
Y al bajar del transporte, inesperadamente, se siente segura, decidida, con la certeza de que hace lo correcto.
Y camina por la vieja calle.
Se interna unos metros tierra adentro. Allí está la casa. La llave funciona bien en la puerta amarilla. Entra. En pocos días llegarán las primeras nieves. Ahora se derramaban finas gotas sobre los alrededores.
Y dentro, en una sala, ve los cuadros. Advierte que los pinceles siguen en el mismo lugar. Acaricia sus cerdas, sonríe. Mañana irá a pedir trabajo, donde antes no se sentía confundida.
Y Ofelia abre la ventana. Bajo la delicada lluvia, reconoce el árbol, los cerros.
Fuente: Esteban Ierardo, «El árbol, los cerros», cuento en el libro inédito, Cuentos de la era digital