
Tercera parte en construcción sobre cosmovisiones, mentalidad y política exterior de países que son especiales actores geopolíticos; una temática, procedente de un curso, y que también permite abrirse a otras culturas.
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Parte I: Concepciones del mundo y geopolítica: Rusia y Estados Unidos
Parte II: Concepciones del mundo y geopolítica: China y la India
Irán

Entre las extensas cadenas montañosas y las vastas extensiones desérticas de Irán, en su momento, los aqueménidas persas y las huestes de Alejandro Magno se desplazaron con sus caballos, lanzas y carros, imbuidos de la vitalidad asesina de la guerra. Alguna vez, allí se encendieron los fuegos dedicados a las enseñanzas de Zaratustra, hasta que la media luna de la guerra santa musulmana trazó un nuevo camino en la historia: uno en el que el mundo persa crecería bajo el chiismo musulmán, enfrentado a la hegemonía árabe sunita.
Hoy, en una trama que combina el silicio de la vanguardia tecnológica con el horror de cuerpos despedazados, Irán se presenta como otro ejemplo de la supuesta posesión de una verdad absoluta. Como «Estado-civilización» convencido de su misión de extender su influencia sobre Medio Oriente, y más allá.
La cosmovisión de Irán se sustenta en la herencia imperial persa y en la Revolución Islámica chiita. Hoy, entre el destello y las detonaciones de los misiles de Estados Unidos e Israel, su narrativa autolegitimadora se apoya en la doctrina del Velayat-e Faqih (la tutela del jurista), impuesta por el Ayatolá Jomeini en 1979 tras la Revolución que derrocó al Sah Mohammad Reza Pahleví.
En las bases históricas de la actual cosmovisión iraní, cabe observar que Irán —a diferencia de otros países de la región— no fue «arabizado». Los iraníes se «islamizaron», pero mantuvieron su identidad persa. De aquí procede una diferencia que alimenta su orgullo nacional y le atribuye una visión de potencia surgida de la sucesión de sus grandes dinastías. Entre ellas destaca la Aqueménida de Ciro el Grande y Darío I, que brilló como el primer imperio multicultural de la historia. Esto cultivó una tolerancia estratégica, dado que los pueblos conquistados podían mantener sus religiones y leyes en tanto pagaran tributos y ofrecieran lealtad. Parte de la grandeza cultural del imperio de Ciro es el llamado Cilindro de Ciro (considerado la primera declaración de derechos humanos), el sistema de correos más rápido de la antigüedad y la monumentalidad arquitectónica de Persépolis.
Tras los seléucidas, herederos de la invasión de Alejandro Magno con una presencia que llegó hasta el norte de la India, Persia renace con la Dinastía Sasánida, gran rival de Roma junto con los partos que le precedieron. Los sasánidas se veían como guardianes de la «verdad» ante el caos, lo que se expresó en su religión oficial: el zoroastrismo. Sus conceptos dualistas, como el cielo y el infierno, el juicio final y la lucha entre el bien y el mal, fueron creencias heredadas por las religiones abrahámicas. Asimismo, de la India recibieron el ajedrez, que luego perfeccionaron.
La permanencia de una identidad persa-islámica en el Irán moderno se relaciona fuertemente con el Imperio Safávida que, a diferencia del Imperio Otomano sunita, adoptó el chiismo como religión de Estado en 1501. En este periodo adquiere todo su esplendor la ciudad de Isfahán (llamada «La mitad del mundo» por su belleza), con los intrincados diseños de las alfombras persas y el uso magistral del azulejo turquesa en las cúpulas de las mezquitas. También destacan figuras como Avicena (padre de la medicina) y Al-Juarismi (creador del álgebra), grandes aportes persas al devenir de la ciencia moderna. Así, Irán se convirtió en una «isla» religiosa y cultural, lo que funda su autopercepción de su excepcionalismo dentro del mundo islámico. El poeta Ferdowsi, autor del Shahnameh (Libro de los Reyes), rescató la mitología persa y el idioma farsi; por ello, hoy se habla dicha lengua y no el árabe en el país con capital en Teherán. En los siglos XII y XIII, Rumi y Attar están entre los grandes poetas persas de la literatura clásica persa y el misticismo sufí (27).
El legado persa y su «memoria imperial» explican una concepción del mundo por la cual Irán no se concibe como un país pequeño destinado solo a la supervivencia, sino como una civilización antigua con la pretensión de liderar la región del Medio Oriente. Un fundamento esencial de su relación con el resto del mundo, manifestado en su actual hostilidad hacia Israel y Occidente, es precisamente esta mezcla de mística chiita y orgullo imperial persa.
Pero ese orgullo persa fue también en su momento el comienzo del fin del gobierno del Sha Reza Paveli. La mentalidad anti-occidental y el recelo de Irán hacia la injerencia extranjera nacen, en gran medida, del golpe de Estado de 1953 contra el primer ministro Mohammad Mossadegh.
Mossadegh, un líder nacionalista, había impulsado la nacionalización del petróleo iraní, lo que afectó directamente los intereses de las compañías petroleras occidentales, especialmente de la Anglo-Iranian Oil Company (hoy BP). En respuesta, la CIA (Estados Unidos) y el MI6 (Reino Unido) organizaron la Operación Ajax, que derrocó a Mossadegh y consolidó el poder absoluto del Sah Mohammad Reza Pahleví.
El padre sha llega al poder como Reza Shah Pahlaví mediante un golpe de Estado en 1921. En 1925, tras deponer formalmente a la dinastía Qayar, fue proclamado Sah de Irán por la asamblea constituyente. Asi nació la Dinastía Pahlaví.
Su hijo, Mohammad Reza Pahlaví ocupó el trono el 16 de septiembre de 1941, cuando tenía los 22 años. Eran los tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Las potencias aliadas (Gran Bretaña y la Unión Soviética) acometen la invasión anglo-soviética de Irán durante la Segunda Guerra Mundial, por sus simpatías hacia las potencias del Eje, y para evitar que desde Pesia los los alemanes se acercaran el oro negro de Azerbaiyán y del propio Irán.
El joven Sha fue un rey instalado de facto en su trono y en la cima de la autoridad política, pero fue recién tras 1953 cuando su poder cobró firmeza absoluta. Esto ocurrió tras el mencionado golpe de Estado que arrebató el mando legítimo al primer ministro Mohammad Mosaddeq. Una vez que el Sha disfrutó del control total, convirtió al Estado en una maquinaria signada por la corrupción y el acecho de la policía secreta (SAVAK). Las llamas del enojo popular se avivaron en tensiones que amenazaban con expandirse por todo el territorio.
Ese exasperante enojo se multiplicó por la extravagante y dispendiosa Fiesta de Persépolis en 1971, organizada por el Sha. Se trató de un evento de gran lujo con invitados internacionales, alojados en tiendas que imitaban los campamentos nómadas de antaño, pero equipadas con aire acondicionado, mármol y banquetes del restaurante Maxim’s de París (incluyendo 25.000 botellas de vino francés). Mientras tanto, las aldeas cercanas carecían de agua y electricidad. Esta indiferencia ante las carencias del pueblo iraní se sintió como una afrenta. La ceremonia, realizada entre las ruinas de Persépolis, buscaba exaltar la antigua magnificencia persa.
Con ese derroche, el Sha Mohammad Reza Pahleví pretendía decirle al mundo: «Irán no es un país subdesarrollado; es el heredero del Imperio de Ciro el Grande». La fiesta ensalzaba la monarquía y el pasado preislámico (aqueménida), ignorando deliberadamente 1.400 años de historia islámica. Desde el exilio, el Ayatolá Jomeini lideró el repudio de los clérigos, calificando el festejo como una «fiesta del diablo» y denunciando que el Sha prefería honrar a «adoradores del fuego» (zoroastrianos) antes que a los mártires del Islam.
El Sha fue siempre acusado de occidentalismo. Su fiesta en Persépolis encerraba una contradicción: reivindicaba lo persa, pero la organización era puramente europea, con etiquetas, manjares y personal del viejo continente. Así, el Sha quedó señalado como el títere de un nacionalismo de corte extranjero.
Pocos años después, el recuerdo de este derroche, sumado a la decadencia económica y el aumento del control represivo de la población, estalló en la Revolución Islámica de 1979. En un principio, el nuevo régimen intentó borrar la huella de la monarquía de Pahlavi. También se precipitó la crisis de los rehenes de la Embajada de Estados Unidos. Y los sectores de izquierda que apoyaron a Jomeini fueron defraudas y reprimidos.
En los años 80, figuras como Ciro el Grande eran vistos como emperadores paganos cuyo recuerdo debía ser suprimido. No obstante, tras la guerra contra Irak y las crecientes tensiones con Israel y EE. UU., el gobierno teocrático de Irán comprendió que necesitaba los símbolos preislámicos para unificar al país. Así, los muros se llenaron de figuras míticas como el arquero Arash y se permitieron himnos patrióticos como «Ey Irán» en actos oficiales (28).
Ante una juventud desafecta a las consignas clericales, que protesta por la corrupción y el deterioro del nivel de vida, el régimen recurre hoy a un nacionalismo pragmático. Se presenta no solo como el guardián de la fe, sino como el protector de la soberanía nacional frente a la agresión externa. Esta amenaza no solo se percibe desde Occidente; también proviene del mundo árabe, también rivales en el tablero de confrontación con Israel y Estados Unidos con el actual escenario de 2026, con las muertes de Ali Jameini, o Ali Larijani. El régimen entiende que el legado persa, representado por poetas como Ferdowsi, es el oxígeno indispensable para evitar el colapso frente a la presión externa.
Ante el hecho de que la religión ya no vasta como fuerza cohesionadora y legitimadora en lo presente, el régimen intenta apaciguar y persuadir a los jóvenes mediante una teocracia que se abandera en la civilización milenaria del león persa.
Pero, a pesar de todo, la Revolución islámica se sostiene en su narrativa chiita para su auto legitimación.
«Ayatolá» significa «señal de Dios». Jomeini, como experto en el Corán y en jurisprudencia (Fiqh), es capaz de interpretar la ley islámica y emitir fatuas (pronunciamiento legal en el Islam, emitido por un especialista en ley religiosa, un muftí o gran ayatolá). Según la creencia chiita, ante la ausencia del «Imán Oculto» (el duodécimo imán), el gobierno debe recaer en el religioso más justo y capaz: el Líder Supremo. Este posee un poder absoluto por encima de los tres poderes del Estado, ya que su autoridad se considera de origen divino y no solo civil.
Como rama del islam, el chiismo se diferencia del sunismo, que es la vertiente mayoritaria que representa entre el 85% y el 90% de los dos mil millones de musulmanes en el mundo. Los sunitas son seguidores de la Sunna (tradición y enseñanzas del profeta Mahoma) tras su muerte en el año 632 d.C. Para ellos, el líder debía ser elegido por la comunidad entre los seguidores más cercanos al Profeta; así fue como Abu Bakr se convirtió en el primer califa.
Por su parte, los chiitas son la segunda rama más grande (entre el 10% y el 13% de los musulmanes). Su nombre proviene de Shiat Ali («El Partido de Alí»), en referencia al primo y yerno del Profeta. Sostenían que la sucesión de Mahoma debía quedar dentro de su familia. Esta disputa histórica se selló con el sacrificio de Hussein Ibn Alí, frente al gran ejército del califa omeya Yazid.
A pesar de sus diferencias, sunitas y chiitas comparten creencias fundamentales: el Monoteísmo (Tawhid): la fe en un solo Dios (Alá) y en el Corán como su palabra literal revelada a Mahoma, el último profeta enviado a la humanidad; la Sharía: basada en el Corán y la Sunna, aunque difieren en la transmisión de los dichos del profeta (hadices); los Pilares del Islam: la Shahada (profesión de fe), la Salat (oración diaria con pequeñas variaciones), el Zakat (limosna), el Sawm (ayuno en Ramadán) y el Hajj (peregrinación a La Meca, que realizan juntos).
Ambas ramas veneran a La Meca, Medina y Jerusalén como las ciudades más sagradas del mundo islámico. En esencia, la división original entre chiitas y sunitas fue una disputa política sobre quién debía liderar tras la muerte de Mahoma, antes de transformarse en una divergencia doctrinaria.
Los chiitas creen en el Imanato: los imanes son los líderes espirituales y políticos, descendientes directos de Mahoma a través de su primo y yerno Alí y su esposa Fátima (hija del Profeta). Para esta rama, los imanes son guías infalibles inspirados por Dios, poseedores de un conocimiento esotérico sobre la justicia divina (Adalat).
Un pilar central del chiismo es el concepto del martirio, que surge del sacrificio de Hussein Ibn Alí (hijo de Alí), quien murió en la batalla de Karbala en el año 680 d.C. Este evento es recordado y revivido anualmente en la festividad de la Ashura. Actualmente, el chiismo es la confesión mayoritaria o predominante en Irán, Azerbaiyán, Baréin, el Líbano y Yemen. A diferencia del sunismo, posee una jerarquía clerical estructurada, encabezada por los ayatolás.
Los chiitas creen en doce imanes como legítimos sucesores de Mahoma; por ello, su fe se conoce como chiismo duodecimano. El último de ellos, el duodécimo imán, es el «Imán Oculto»: Muhammad al-Mahdi. Este desapareció en el siglo IX (año 874 d.C.), un fenómeno conocido como «La Ocultación». Según la creencia, el Mahdi no murió, sino que permanece oculto y regresará al final de los tiempos para imponer un reino de justicia y paz universal. Bajo esta lógica, la doctrina del Velayat-e Faqih (la tutela del jurista) establece que el gobierno teocrático actual funciona como una custodia temporal de la soberanía de Dios hasta el regreso del Imán.
En la superficie de Irán se distribuyen sus ciudades sagradas. Cada una lo es por albergar restos de la familia del Profeta. Mashhad es la ciudad sagrada máxima porque aquí se encuentra el santuario del Imán Reza, el octavo imán, el único de los doce imanes chiitas enterrados en tierra iraní. Posee un conjunto de cúpulas doradas. Millones de creyentes lo visitan en búsqueda de milagros y consuelos. En el centro del país, se alza Qom, la siguiente ciudad sagrada en importancia, con el santuario de Fátima Masumeh, la hermana del Imán Reza. Aquí existen escuelas teológicas de las que surgen sus grandes clérigos.
Y un valle hacia el sur, la ciudad de Shiraz, con sus hermosos jardines, con el Shah Cheragh, el «Rey de la Luz» (29), majestuoso mausoleo, con millones de espejos que reflejan la luz, y monumento funerario. Aquí descansan los hermanos del Imán Reza. Otro sitio sagrado, aglutinador de la devoción persa.
Tras la Revolución Islámica y según su Constitución de 1979, la República Islámica es un sistema híbrido: combina elementos presidencialistas con una estructura fundamentalmente teocrática. El país cuenta con un presidente y un Parlamento, ambos con mandatos de cuatro años y elegidos mediante elecciones; sin embargo, los candidatos son siempre seleccionados y supervisados por la estructura teocrática superior.
El Presidente, como jefe de Gobierno, se encarga de la gestión económica y la política exterior; sin embargo, las decisiones estratégicas de defensa y energía nuclear recaen exclusivamente en el Líder Supremo. Por su parte, el Parlamento (Majlis) propone leyes, pero el Consejo de Guardianes tiene la facultad de vetarlas si considera que no son «suficientemente islámicas». En la práctica, esto reduce el ala «republicana» del gobierno a una función puramente administrativa, despojándola de una autoridad genuina y autónoma.
El poder real se concentra en la teocracia iraní y en el Líder Supremo (Rahbar), quien ejerce la «tutela del jurista» según la doctrina del Velayat-e Faqih. El Líder dirige las Fuerzas Armadas y nombra tanto al jefe del Poder Judicial como a los directores de la radio y televisión estatal, además de designar a la mitad del Consejo de Guardianes.
Dicho Consejo de Guardianes actúa como un riguroso «filtro ideológico». Integrado por 12 miembros (6 clérigos nombrados por el Líder y 6 juristas), es el órgano de mayor influencia después del Líder Máximo. No solo puede vetar leyes para que se ajusten al islam, sino que determina quiénes pueden postularse a la presidencia o al Parlamento; nadie que no sea considerado leal al sistema puede aspirar a dichos cargos.
Por otro lado, la Asamblea de Expertos es un cuerpo de 88 clérigos elegidos por voto popular, aunque sus miembros son previamente seleccionados por el Consejo de Guardianes. Su función es elegir al Líder Supremo y, al menos en teoría, supervisarlo o destituirlo en caso de incumplimiento. Finalmente, el Consejo de Discernimiento, cuyos integrantes son nombrados por el propio Líder, actúa como órgano mediador: en caso de desacuerdo entre el Parlamento y el Consejo de Guardianes, es este organismo el que impone la decisión final.
Tras la Revolución, entre 1980 y 1988, el Irak baazista de Sadam Husein, contando con el apoyo de potencias occidentales como Estados Unidos, se enfrentó a la naciente teocracia iraní. Fue una guerra feroz que concluyó por el agotamiento de ambas partes, más que por una victoria estratégica definitiva de alguno de los contendientes.
Durante el conflicto adquirieron una triste fama los Basij, una milicia voluntaria paramilitar que aportó miles de jóvenes y niños. Estos se inmolaron en ataques de «ola humana», siendo utilizados incluso para despejar campos de minas con sus propios cuerpos. Hoy, los Basij constituyen quizás el grupo armado más comprometido con la fidelidad al orden vigente; son la fuerza de choque principal del régimen ante cualquier amenaza a la estabilidad interna o protesta popular. Protestas contra la teocracia, en favor de la democratización del poder y que, trágicamente, desembocan en cruentas represiones con gran cantidad de manifestantes muertos, generalmente jóvenes.
La teocracia iraní no es vista con mirada desaprobatoria solo en el exterior; también intelectuales iraníes lanzan sus críticas. Un ejemplo importante de este criticismo es Abdolkarim Soroush, referente del postislamismo, que intenta separar la religión de la política. Es un filósofo laico, profesor de ética y antiguo adherente a Jomeini. Desde el movimiento reformista iraní, Soroush argumenta que la religión es divina e inmutable, pero el conocimiento que los humanos tienen de ella es solo humano y, por lo tanto, falible
«La religión es sagrada y celestial, pero el conocimiento religioso es humano y terrenal…Como cualquier otra forma de conocimiento humano, es incompleto, impuro, insuficiente y está ligado a la cultura» (30).
Así, Soroush cuestiona las bases doctrinarias del Velayat-e Faqih y del ‘Gobierno del Jurista Islámico’ (base del poder absoluto del Líder Supremo). El clero no tiene un derecho divino a gobernar. La religión no le atribuye autoridad a ningún clérigo. La interpretación clerical de los textos es limitada y falible, como en el caso de todos los seres humanos. El Estado debiera ser laico y democrático, no teocrático; esto defendería mejor la pluralidad de la fe de los individuos, libres de una versión oficial de la religión. Se socava, así, el supuesto monopolio de la verdad de los ayatolás en Irán
Su pensamiento está alineado al notable Mohammad Jatamí, ulema duodecimano pero también filósofo y político, quinto presidente de Irán (1997-2005), claro exponente del movimiento reformista iraní, y por eso fue resistido y finalmente privado de poder. Quiso mejorar la situación de jóvenes y mujeres, infructuosamente. Personaje de alto perfil intelectual, con una licenciatura en Filosofía Occidental en la Universidad de Isfahán. Otros pensadores iraníes que, en general, no niegan el espacio de legitimidad de la religión, pero que reclaman la separación entre política y la pretensión clerical del monopolio del poder son, por ejemplo, Mostafa Malekian, Mohammad Mojtahed Shabestari o Ramin Jahanbegloo, decidido partidario de la apertura de Irán al Occidente.
Irán se autopresenta como el líder del Eje de la Resistencia en su afán por consolidarse como la principal potencia regional del Medio Oriente. Para lograrlo, ha tejido una red de organizaciones proxy leales a sus objetivos estratégicos. Este tejido de confrontación se compone principalmente de Hezbolá, Hamás y los Hutíes. El pilar de esta estructura es la Guardia Revolucionaria (IRGC), un cuerpo de élite encargado de proteger el sistema teocrático interno y de gestionar operativamente a estos grupos aliados en el extranjero.
En el seno del chiismo libanés surgió Hezbolá («El Partido de Dios»). Es una organización compleja: funciona como partido político con presencia en el Parlamento y capacidad de veto sobre decisiones nacionales, y cuenta con una red de servicios sociales que gestiona hospitales, escuelas y programas de ayuda. Al mismo tiempo, posee un brazo paramilitar, acusado de terrorismo por Israel y otros países, que es considerado la fuerza militar no estatal más poderosa del mundo, con un arsenal de decenas de miles de misiles. Hezbolá actúa como el principal proxy y aliado estratégico de Irán en su confrontación con Israel.
Por otro lado, Hamás (Movimiento de Resistencia Islámica) es la otra gran estructura aliada de Irán, aunque de raíz sunita. Esta organización palestina, de ideología islamista, nacionalista y yihadista, controla la Franja de Gaza desde 2007. Al igual que Hezbolá, es tanto un partido político como un grupo paramilitar. En su carta fundacional establece que la liberación de Palestina depende de la destrucción del Estado de Israel y la creación de un Estado islámico. Hamás nació en 1987, en el marco de la Primera Intifada, como una rama de los Hermanos Musulmanes. Surgió como una alternativa más combatiente a la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) y se diferencia de la estructura laica de la Autoridad Nacional Palestina que gobierna en Cisjordania.
.El Eje de la Resistencia liderado por Irán nuclea a Hezbolá, Hamás y los Hutíes en Yemen, aunque estos últimos poseen un mayor grado de autonomía operativa.
Los Hutíes (oficialmente conocidos como Ansar Allah, «Partidarios de Dios») pertenecen a la minoría musulmana chiita zaidí. Constituyen un movimiento político y armado que ejerce el control sobre el norte de Yemen y su capital, Saná.
El movimiento irrumpió en la década de los 90, fundado por Hussein al-Houthi (de quien toman su nombre), con el propósito de revitalizar la identidad zaidí frente a la creciente influencia del islam sunita de tendencia saudí. Su ideología es radicalmente antioccidental y antiisraelí, tal como refleja su lema oficial (sarkha), que incluye consignas contra Estados Unidos e Israel.
En conclusión, el régimen teocrático actual instrumentaliza el orgullo de la civilización persa para legitimar su aspiración como potencia de gravitación internacional, envolviéndolo en un discurso islamista que le permite exportar su influencia hacia el mundo árabe.
En la concepción del mundo iraní se enhebran tres hilos fundamentales: el orgullo imperial persa, la teocracia chiita y su conflicto visceral con Israel y su repudio hacia la injerencia extranjera.
La dinastía Aqueménida irradia un legado de poder no devaluado ante otras naciones, fomentando una autopercepción de Irán como centro civilizatorio que se comunica a través de la lengua farsi. Este orgullo es manipulado para reavivar un nacionalismo desafiante. Sin embargo, este debe convivir con la narrativa religiosa del régimen: la excepcionalidad del Imán Oculto y el concepto de martirio (originado en Karbala con el sacrificio de Husayn). Estos son el motor espiritual que sostiene la doctrina del Velayat-e Faqih: la idea de que, en ausencia del Imán, el poder político y divino reside en el Líder Supremo.
En su efecto geopolítico más inmediato, la identidad persa y la fe chiita se proyectan a través del llamado «Eje de la Resistencia«. Liderado por la Guardia Revolucionaria (IRGC) y su red de aliados estratégicos o proxies, como Hezbolá, Hamás y los Hutíes, este eje funciona como un vector de desestabilización frente a sus rivales (Israel y EE. UU.), manteniendo una amenaza constante de contragolpe en cualquier escenario donde Occidente tenga presencia.
Todo esto ocurre en el marco de una sociedad que, aunque bajo una estructura teocrática, se identifica cada vez más con su pasado persa y la necesidad de una modernización política y social. La población se siente progresivamente más alejada de un dogma clerical que mantiene el poder mediante la represión y el conflicto bélico. Aun sin admitirlo, el régimen recibe la presión incrementada de un siglo XXI que reclama igualdad de género y derechos humanos, no como mera retórica occidental, sino como garantías mínimas del derecho a la vida.
La singularidad de una cultura en el hoy controvertido y candente Estrecho de Ormuz, el paso marítimo por el que, antes del conflicto de 2026, circulaba cerca del 20-25% del petróleo mundial. El país, de más de noventa millones de habitantes y 1.700.000 kilómetros cuadrados, situado entre el Mar Caspio al norte y el Golfo Pérsico al sur. Con mesetas y desiertos, y los montes Zagros y Alborz. Una geografía altamente compleja para cualquier invasión terrestre.
Vientos milenarios ululan entre la aridez, las laderas y las montañas iraníes. Y la expectativa de que, alguna vez, el sol y la luna brillen sobre el horizonte, ya no aplastados por las piedras que sofocan.
6. Israel y Palestina

El suelo entre el Mediterráneo y el Jordán es el escenario de dos memorias que se reclaman absolutas. Para una, es la Tierra Prometida del retorno; para la otra, es la Tierra Ancestral de la permanencia.
La mirada de Israel se eleva desde las alturas del Sinaí. Es la historia de un pueblo que se forjó en el desierto tras el cautiverio en Egipto y que, tras el exilio en Babilonia y la destrucción de sus templos, mantuvo viva la memoria de su origen y procedencia a través de los siglos. La caída ante las legiones de Roma, la resistencia en Masada, la rebelión final ante el poder romano en tiempos de Adriano, marcaron el inicio de la Diáspora: una larga noche de sombras, persecuciones y desprotección que culminó en el horror del Holocausto. Para el sionismo, el Estado moderno de Israel no es una conquista, sino el acto de justicia histórica definitivo: el regreso del hijo pródigo al hogar de sus patriarcas, a Jerusalén y al Muro de los Lamentos, donde alguna vez se alzó el Templo de Salomón.
La mirada de Palestina, en cambio, se aferra a las raíces profundas de la tierra. Para los palestinos, su derecho no nace de un regreso, sino de una presencia que nunca se interrumpió. Se ven a sí mismos como la vida emergente del sedimento de milenios: herederos de cananeos y poblaciones que, bajo distintos imperios, labraron las terrazas de piedra y cuidaron olivares centenarios que hoy son parte de su ADN. Su geografía es la de las aldeas blancas y las llaves de hierro que aún guardan los refugiados; una identidad árabe y cristiana-musulmana que se consolidó frente al mandato colonial. Para ellos, la creación de Israel en 1948 no fue un milagro, sino la Nakba (la Catástrofe): la fractura traumática de su mundo, el desplazamiento forzado y la pérdida de la soberanía sobre un horizonte que consideran su hogar inalienable.
Hoy, estas dos cosmovisiones chocan en un territorio donde la arqueología y la fe se usan como títulos de propiedad. El Estado de Israel se define como la culminación de un anhelo nacional milenario, mientras que la nación palestina reclama su derecho a la autodeterminación basándose en el concepto del Sumud (la firmeza de quedarse).
Esta colisión de narrativas ha trascendido sus fronteras. Si bien en el siglo XX el reclamo palestino fue el estandarte de naciones árabes como Egipto, Jordania, Siria y el Líbano en sucesivas guerras, hoy el mapa geopolítico es más complejo. Mientras algunos estados árabes optan por la normalización con Israel, la causa palestina encuentra un aliado estratégico en Irán y su red de influencias regionales.
En el plano diplomático, los Acuerdos de Abraham (2020) representaron un cambio significativo, logrando la normalización de relaciones entre Israel y varios países árabes del Golfo. No obstante, este avance convive con una hostilidad persistente de otros sectores del mundo musulmán. Actores no estatales como Hamás (sunitas en Gaza) y Hezbolá (chiitas en el Líbano), junto con la República Islámica de Irán (chiitas duodecimanos), mantienen una postura de rechazo absoluto a la soberanía israelí, lo que deriva en ciclos recurrentes de violencia. Como el ataque del 7 de octubre de 2023 que marca un punto de inflexión hacia otro nivel dramtico en el conflicto. Miles de milicianos.
En la escala del conflicto, por un lado, se señala la instigación estratégica y el financiamiento por parte de Irán; por otro, las tácticas militares de Israel son en organismos internacionales en cuanto a legítimo derecho de defensauna potencia de réplica devastadora en la Franja de Gaza y, ahora, el sur del Líbano. Una estrategia de ataque indiscriminado que, para muchos observadores ajenos al conflicto, produce muchas muertes inocentes y destrucción de zonas urbanas.
Hegel sostenía que lo trágico erupciona en la colisión entre dos derechos. Esto lo dice pensando en la Antígona, de Sófocles. Y hoy, en última instancia, el conflicto palestino-israelí se presenta como una tragedia en la que ambas partes sostienen una convicción absoluta sobre la veracidad de su causa. Ante la dificultad de alcanzar puntos de equilibrio que reconozcan diferencias históricas irreductibles, la resolución de la disputa parece quedar supeditada a la superioridad militar, postergando la posibilidad de un entendimiento.
La tragedia como colisión de derechos, sin visos claros de una superación adecuada que contemple, tal como lo demandan la ONU y el derecho internacional, la creación definitiva de un Estado palestino que conviva en paz con el Estado de Israel.
Bajo el cielo oscuro de un conflicto que aún no vislumbra un nuevo firmamento radiante donde brille una gran concordia árabe-iraní-israelí, procederemos primero a recrear puntos esenciales de la postura geopolítica de Israel y, posteriormente, haremos lo propio respecto a Palestina.
Hoy, Israel cuenta con una población de aproximadamente 10 millones de habitantes, compuesta por un 74 % de judíos y un 21 % de árabes. Posee una superficie de unos 22.000 kilómetros cuadrados, con una extensión de 470 kilómetros de largo y un ancho máximo de 135 kilómetros. Un Estado con democracia parlamentaria (31).
Israel y su concepción del mundo respiran entre el imperativo de supervivencia y su identidad sionista fundacional, en sus vertientes religiosa y secular. Las raíces históricas son nervios fundamentales de la concepción del mundo de una nación. En este caso, la base esencial de la autopercepción judía es su herencia bíblica milenaria. La conexión con la Tierra de Israel (Eretz Israel) se remonta a los patriarcas y a los antiguos reinos de Israel y Judá. El pueblo judío apela a figuras como Abraham, Isaac y Jacob (renombrado Israel) como los fundadores de su nación.
La patria ancestral surge en la región de Canaán donde, según el relato bíblico, Abraham se asienta por mandato divino. No se trata solo de un relato religioso, sino de la construcción de una identidad basada en la relación indisoluble con un territorio específico. Para diversos sectores y movimientos sionistas, la promesa bíblica a Abraham y su descendencia constituye un «derecho histórico» y un título de propiedad ancestral que fundamenta la legitimidad del Estado de Israel.
El legado de Judá y la soberanía histórica forjaron formas de gobierno judío en la antigüedad: el Reino de Israel (al norte) y el Reino de Judá (al sur). Estos territorios se consolidaron bajo la monarquía unificada de David y Salomón, ambos de la tribu de Judá, estableciendo el primer antecedente de un Estado centralizado con capital en Jerusalén.
El Primer Congreso Sionista, celebrado en 1897 en Basilea (Suiza) y organizado por Theodor Herzl, sentó las bases de la autodeterminación judía y abrió los canales diplomáticos para el retorno a la Tierra de Israel. Un hito diplomático fundamental en este proceso fue la Declaración Balfour de 1917: una carta del secretario de Asuntos Exteriores británico, Arthur Balfour, enviada a Lord Rothschild, en la que el Reino Unido expresaba su apoyo al establecimiento de un «hogar nacional para el pueblo judío» en Palestina. Fue la primera vez que una gran potencia avalaba formalmente el proyecto sionista, aunque el documento también estipulaba que no se debían perjudicar los derechos de las comunidades no judías existentes.
En 1947, la Resolución 181 de la ONU recomendó la partición del mandato británico en dos Estados: uno judío y uno árabe, con Jerusalén bajo una administración internacional (corpus separatum). Mientras el liderazgo judío aceptó el plan, la Liga Árabe y el liderazgo palestino lo rechazaron por considerarlo una violación de sus derechos. En mayo de 1948, tras el fin del mandato, David Ben-Gurión proclamó la independencia, vinculando al Estado moderno con su «tierra natal» y su pasado bíblico, narrativa que hoy es el núcleo del sistema educativo y la identidad nacional israelí.
Sin embargo, el conflicto ya se gestaba décadas antes. En 1920, la Haganá surgió como organización paramilitar judía para proteger a los asentamientos de los ataques de la población árabe local. Los enfrentamientos entre ambas comunidades fueron constantes durante todo el periodo del mandato. Con la proclamación de la independencia, la Haganá se convirtió en la base de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), dando inicio a un ciclo de guerras árabe-israelíes que marcarían la geopolítica de la región entre 1948 y 1979.
La expansión del Estado de Israel más allá de los límites trazados por la diplomacia internacional es una crónica marcada por el fragor de la guerra y la redefinición constante de la geografía sobre el terreno.
Todo comenzó apenas nació el Estado. La Resolución 181 de la ONU (1947) proyectaba un mapa de dos naciones donde el Estado judío recibiría aproximadamente el 56% del territorio. Sin embargo, el rechazo árabe al plan y el estallido de la Guerra de 1948 sustituyo la posibilidad de acuerdo por el bramido de las furiosas armas de fuego. Al finalizar el conflicto en 1949, los acuerdos de armisticio determinaron Línea Verde, que otorgó a Israel un 23% más de territorio del previsto originalmente, incluyendo Galilea y un corredor estratégico hacia Jerusalén que quedó dividida entre el Este jordano y el Oeste israelí.
El gran giro sísmico ocurrió casi dos décadas después, en 1967. Durante la Guerra de los Seis Días, Israel lanzó una ofensiva relámpago que triplicó su superficie bajo control militar en menos de una semana. En un movimiento que redibujó el mapa del Medio Oriente, capturó la Península del Sinaí y la Franja de Gaza a Egipto, los Altos del Golán a Siria, y Cisjordania junto a la Ciudad Vieja de Jerusalén a Jordania.
A partir de ese momento, la narrativa de la «recuperación» chocó frontalmente con el derecho internacional. Mientras Israel comenzó a establecer asentamientos en estas zonas, especialmente en Cisjordania, y anexó formalmente Jerusalén Este en 1980, la ONU y gran parte del mundo pasaron a considerar estos avances como una ocupación ilegal. Aunque el Sinaí fue devuelto a Egipto tras los acuerdos de paz de 1979, el control sobre el resto de los territorios de 1967 permanece hasta hoy como el núcleo del conflicto palestino-israelí.
Al retornar a la narrativa de auto legitimación desde la mirada israelí, la arqueología política se funde con el discurso religioso para cimentar la legitimidad jurídica de su identidad nacional. Actualmente, este enfoque se refleja en el uso de los términos «Judea y Samaria» (nombres de los antiguos reinos) para referirse a Cisjordania. Desde esta perspectiva, la presencia actual no se define como una ocupación, sino como un «retorno». En este mapa arqueológico-religioso, destaca la Tumba de los Patriarcas en Hebrón, el segundo lugar más sagrado del judaísmo. Allí se encuentra la Cueva de Macpela donde, según la tradición, están enterrados Abraham, Sara, Isaac, Rebeca, Jacob y Lea. El hecho de que la Biblia mencione que Abraham compró legalmente ese lugar a Efrón el Hitita refuerza, para esta narrativa, la validez del derecho de propiedad sobre la tierra desde tiempos remotos.
La arqueología se presenta también como una prueba de rigor: las excavaciones en la Ciudad de David y la fortaleza de Masada funcionan como evidencias materiales de la presencia judía y su soberanía milenaria. Bajo esta premisa de una «arqueología política», el Estado moderno de Israel se percibe como una continuidad del Estado antiguo. El discurso religioso se transforma en un título de propiedad jurídico que redefine la geografía actual: hoy, sectores oficiales, como se dijo antes, no hablan de Cisjordania, sino de «Judea y Samaria». Desde esta perspectiva, la presencia actual no se define como una ocupación, sino como un «retorno» a tierras ancestrales.
Este enfoque genera una profunda tensión internacional. Mientras que para Israel estos sitios arqueológicos, como la mencionada Tumba de los Patriarcas en Hebrón o la Cueva de Macpela, son pruebas de un derecho de propiedad que se remonta a la compra legal de Abraham a Efrón el Hitita, para los organismos internacionales y la población palestina, el uso político de la arqueología es visto como una herramienta de anexión cultural.
En la fundamentación de la postura israelí confluyen dos grandes corrientes: el sionismo religioso y el sionismo secular.
Para el sionismo religioso, la Biblia (el Tanaj) es la vía de concesión divina del derecho a la tierra de Israel (Eretz Yisrael) a la descendencia de Judá. Bajo esta visión, la soberanía política es el instrumento para materializar ese mandato teológico; el retorno a la tierra no es solo un acto político, sino el cumplimiento de una profecía mesiánica.
Por otro lado, la versión secular del sionismo, aunque no basa su reclamo en la fe, adopta los relatos de los patriarcas y la narrativa bíblica como un mito fundacional y cultural. Para esta corriente, la Biblia es un documento histórico y arqueológico que acredita la condición autóctona del pueblo judío y su vínculo milenario con ese territorio específico, transformando la identidad religiosa en una identidad nacional moderna. Desde el sionismo secular también procede la doctrina del «Muro de Hierro» (Iron Wall), formulada en 1923 por Ze’ev Jabotinsky, padre del sionismo revisionista. Esta postura sostiene que los árabes palestinos, al ser una nación viva con su propio patriotismo, nunca aceptarían voluntariamente la creación de un Estado judío en lo que consideran su tierra. Por lo tanto, Jabotinsky argumentaba que la única forma de lograr la supervivencia del proyecto sionista no era mediante concesiones, sino estableciendo una fuerza militar e institucional inquebrantable (el mencionado «Muro de Hierro»). Solo cuando los árabes perdieran toda esperanza de expulsar a los judíos por la fuerza, se verían obligados a negociar una paz basada en el reconocimiento mutuo.
Esta postura choca frecuentemente con la interpretación del Derecho Internacional y las reivindicaciones palestinas. La discrepancia radica en el concepto de ‘Derecho Ancestral’: según la narrativa israelí, tras la expulsión por el Imperio Romano y la posterior diáspora, los títulos de propiedad espiritual e histórica nunca caducaron. Por ello, el retorno dos mil años después se percibe como una recuperación y no como una ocupación.
Sin embargo, para el Derecho Internacional moderno, basado en la Carta de las Naciones Unidas y los Convenios de Ginebra, la adquisición de territorio por la fuerza es ilegal. En este marco, la comunidad internacional considera que las fronteras legítimas son las previas a la Guerra de los Seis Días (1967), calificando la presencia israelí en Cisjordania y Jerusalén Este como una ocupación de facto, independientemente de los reclamos históricos o religiosos.
A pesar de todo, en su momento, pareció que se iniciaba un firme brote de luz en la oscuridad. Esto fue con los Acuerdos de Oslo. A principios de los años 90, en el bosque noruego, emisarios de Israel y de la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) se encontraron para intentar hacer que la paz dejara de ser una palabra abstracta o sin sentido.
Las negociaciones iniciadas derivaron en el apretón de manos entre Isaac Rabin y Yasser Arafat bajo la mirada de Bill Clinton en el jardín de la Casa Blanca, el 13 de septiembre de 1993. El acuerdo trazaba un camino de cinco años para que los palestinos empezaran a gobernarse a sí mismos en Gaza y Cisjordania.
Brilló un reconocimiento mutuo: la OLP reconocía el derecho de Israel a existir en paz y renunciaba al terrorismo; Israel, por su parte, aceptaba a la OLP como el representante legítimo del pueblo palestino. A la vez, se creó la Autoridad Palestina (AP), un gobierno autónomo provisional para la gestión de Gaza y partes de Cisjordania en el periodo de transición de cinco años. En los Acuerdos de Oslo II, en 1995, Cisjordania se dividió en tres zonas (32).
Pero para el comienzo del siglo XXI quedó claro que el cielo no tornaría hacia la amabilidad de lo diáfano, sino que continuaría siendo perturbado por fieros frentes de tormenta. Ya antes, en 1995, Isaac Rabin fue asesinado por un extremista judío opuesto a la voluntad conciliadora de este; un golpe devastador para las promesas de Oslo. Entre la Segunda Intifada, los asentamientos israelíes continuaron y los ataques palestinos también. La Autoridad Palestina en Ramala continuaba, pero el prometido Estado propio no llegaba. De nuevo, el conflicto interminable.
La intelectualidad israelí acude también a la justificación de la presencia del Estado de Israel en la geopolítica del Medio Oriente. Yoram Hazony, filósofo y biblista, confirma que la legitimidad de Israel se cimienta en su historia antigua y en su fe. En La virtud del nacionalismo (The Virtue of Nationalism), Hazony reivindica una herencia espiritual ancestral:
«El nacionalismo bíblico no es el nacionalismo de la ‘sangre y el suelo’… Es el nacionalismo de un pueblo unido por una memoria común, un lenguaje común y una religión común, cuya identidad es un regalo recibido de sus antepasados.» (33)
La religión se revela como una fuerza de cohesión esencial de la identidad nacional; el pasado religioso confiere legitimidad al Estado de Israel. Sin embargo, no todos concuerdan con lo religioso como justificación del Estado, como se observa en la postura de Yeshayahu Leibowitz:
«Para el judaísmo, solo Dios es santo, mientras que el país, la nación y el Estado carecen de ese estatus. El Estado no es un valor en sí mismo.» (34)
Para Leibowitz, el judaísmo auténtico es solo el servicio a Dios a través de las Mitzvot (mandamientos); su fin no es fundar una identidad nacional galvanizada en el Estado. Imbuir al Estado de Israel con una aureola místico-religiosa es una forma de idolatría. Es solo una entidad creada por hombres; su nivel no es el de la adoración a Dios. El sionismo fue necesario como estrategia política para que los judíos no fueran gobernados por otros y no estuvieran atrapados en la Diáspora. El Estado permite este propósito, pero no es ninguna manifestación divina. Aquí no hay lugar para la sacralización de la política.
Por su lado, en Palestina, el dolor quiebra el poder expresivo de las palabras. Mucho sufrimiento que despoja de la vida, muchos techos protectores desplomados.
La postura palestina se vincula con una concepción del mundo ligada a una identidad ancestral y religiosa, cristiano-musulmana, atravesada por un sentimiento de postergación y el derecho histórico de pertenencia.
En la actualidad, esta cosmovisión se asienta sobre el concepto de Sumud (firmeza o resiliencia). Los palestinos se definen como un pueblo árabe con una identidad cultural única, inseparable del paisaje de la Palestina histórica. Geográficamente, este territorio se comprende entre el mar Mediterráneo al oeste y el río Jordán al este. Durante la dominación del Imperio Otomano, la región no constituía una unidad administrativa única, sino que estaba dividida en distritos o sanjaks (como Jerusalén, Naplusa y Acre), que dependían de los vilayatos de Beirut o Damasco, o directamente de Estambul.
Fue durante el Mandato Británico (1920-1948) cuando Palestina estableció fronteras políticas definidas bajo una administración colonial. Hoy, estas fronteras son parte de la fundamentación de sus reclamos territoriales . Desde la visión palestina, su derecho se basa en la posesión de la tierra, el cultivo milenario de olivares y la existencia de aldeas con presencia ininterrumpida. Sostienen ser descendientes de las poblaciones originarias (cananeos y poblaciones arabizadas) que habitaron la región bajo distintos imperios. Si bien el nombre de Syria Palaestina fue acuñado por los romanos tras la rebelión de Bar Kojba (8), la identidad nacional palestina moderna se consolidó a inicios del siglo XX como respuesta al colonialismo británico y en conflicto con el proyecto sionista.
Desde esta perspectiva, la Palestina histórica es vista como una unidad geográfica y cultural fracturada por la creación del Estado de Israel en 1948 y la Nakba (el desastre), que implicó el desplazamiento forzado de unos 700.000 palestinos. Este evento es el núcleo del reclamo de justicia y del Derecho al Retorno de los palestinos; éstos, a su vez, argumentan que, tras el colapso otomano, Palestina debió emerger como un estado independiente, siguiendo el modelo de Siria o Líbano (bajo mandato francés) o Irak y Jordania (bajo mandato británico).
Hoy, el movimiento nacional palestino reclama el derecho a la autodeterminación sobre las fronteras previas a la Guerra de 1967 (Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este). Aquí es donde chocan las narrativas: la visión israelí alega que ese mismo territorio es Eretz Yisrael (la Tierra de Israel), sosteniendo que la soberanía judía precedió por siglos a la arabización de la región en el siglo VII d.C., lo que para ellos justifica el retorno a su hogar nacional.
La base legal moderna se apoya en el derecho internacional y el derecho a la autodeterminación de los pueblos. Argumentan que la ocupación israelí viola las resoluciones de la ONU y que la creación de un Estado palestino es la única vía para garantizar los derechos humanos básicos y la paz regional.
La búsqueda de un Estado palestino en el marco de las Naciones Unidas es una historia de décadas que transita desde la partición territorial hasta el reconocimiento diplomático casi global. Y se debe observar que la admisión definitiva como «miembro de pleno derecho» de Palestina exige la aprobación del Consejo de Seguridad, instancia superior en la que el veto de EE. UU. siempre actúo como obstáculo legal.
Todo comenzó en 1947 con la Resolución 181, el primer intento formal de la ONU por dividir el territorio en dos estados independientes. Aunque el plan fracasó en la práctica por el rechazo árabe y la guerra posterior, sentó el precedente legal de que allí debían convivir dos soberanías.
En el comienzo, el estado palestino no nació por la guerra de 1948. Por casi dos décadas, el territorio palestino reclamado fue administrado por países árabes vecinos. Cisjordania y Jerusalén Este fueron ocupadas y anexionadas por el Reino de Jordania, otorgando la ciudadanía a sus habitantes. Por su parte, la Franja de Gaza quedó bajo el control de Egipto. A diferencia de Jordania, el país del Nilo no anexionó el territorio ni integró a su población. Se dejó fluir las aguas de la expectativa respecto al futuro de Palestina.
Dominados por un ideal del panarabismo, líderes árabes de la época no buscaban la creación de un pequeño estado palestino. Querían la confrontación total con Israel. Fue solo tras la derrota árabe en la Guerra de los Seis Días de 1967, cuando Israel capturó estos territorios, que la lucha palestina se modificó: ya no era una causa delegada en los ejércitos árabe. Su meta era su propio movimiento nacional en aras de su independencia plasmada en la reclamada geografía ancestral.
En ese contexto, tras la guerra de 1967, la Resolución 242 de la ONU introdujo la doctrina de «tierra por paz», exigiendo que Israel se retirara de los territorios ocupados y estableciendo que las fronteras previas a ese conflicto son la base legítima para cualquier acuerdo futuro. A partir de los años 70, con la Resolución 3236, la ONU dejó de ver a los palestinos solo como refugiados y comenzó a tratarlos como un pueblo con derecho inalienable a la autodeterminación y soberanía.
El gran salto diplomático ocurrió en 2012, cuando, por otra resolución de la ONU, Palestina fue reconocida como Estado observador no miembro. Este «ascenso» de categoría les permitió actuar como un Estado en el escenario internacional, firmar tratados y denunciar violaciones ante tribunales como la Corte Penal Internacional.
Finalmente, en el contexto de 2024 y 2025, la comunidad internacional ha acelerado el paso. Tras dictámenes de la Corte Internacional de Justicia que declaran la ocupación como ilegal, la ONU ha votado masivamente a favor de que Palestina sea miembro pleno, sumando el reconocimiento de más de 150 países y exigiendo un camino «irreversible» hacia la independencia total para garantizar la paz regional.
Desde la perspectiva de la creencia religiosa, los palestinos fundamentan sus derechos sobre Jerusalén (Al-Quds), ciudad venerada como el tercer lugar más sagrado del Islam. Este reclamo se centra en el complejo de la Mezquita de Al-Aqsa y la Cúpula de la Roca, desde donde la tradición islámica señala que el profeta Mahoma ascendió al cielo (Al-Isra wal-Mi’raj). Para la cosmovisión palestina, la soberanía sobre la ciudad es la única garantía de acceso libre para los musulmanes a la amada ciudad sagrada.
En la concepción del mundo palestina late una mística de la permanencia. Para este pueblo, la relación con la tierra es milenaria; se perciben como los descendientes de los antiguos cananeos y de las poblaciones que, tras la arabización del siglo VII, fusionaron su lengua y su fe con el territorio. Esta conexión no se basa exclusivamente en textos antiguos, sino en una experiencia histórica grabada en la geografía próxima: en las terrazas de piedra construidas con el paciente esmero del trabajo manual, en los sistemas de riego de las épocas romana y bizantina y, sobre todo, en los olivares centenarios. Un olivo podría parecer solo un cultivo, pero para el palestino es el tronco vivo que entronca su apellido con el suelo de una aldea particular. Frente a la amenaza de ser expulsados de ese paisaje ancestral, se impone el Sumud: la firmeza inquebrantable de permanecer en lo que se entiende como propio.
La intelectualidad palestina es también pródiga en sus pasión y argumentación por la causa palestina. Edward Said, fallecido en 2003, no pierde su condición de gran sustento del pensamiento palestino contemporáneo. En La cuestión palestina (1979), defiende la existencia misma del pueblo palestino como su mayor acto de resistencia:
«La demanda palestina de autodeterminación es la demanda de un pueblo de ser tratado como seres humanos, de poseer su propia historia y de recuperar la soberanía sobre su propia tierra ancestral, de la cual ningún poder tiene el derecho moral de despojarlos » (35)
La relación del pueblo palestino con su tierra trasciende lo político; es también una realidad histórica y cultural, un proceso previo a la partición de 1948. La independencia palestina, así, no es solo una meta geopolítica, sino una restauración ética de lo palestino negado. La liberación del nudo del conflicto solo podría sobrevenir del reconocimiento de la igualdad de derechos de los pueblos enfrentados.
Rashid Khalidi, historiador y escritor estadounidense de origen palestino y libanés, especialista en Oriente Medio. En su libro La guerra de los cien años contra Palestina (The Hundred Years’ War on Palestine, 2020), fundamental el derecho palestino a su soberanía: .»La lucha en Palestina no es simplemente un conflicto entre dos pueblos con reclamos iguales, sino una resistencia prolongada de un pueblo indígena contra una conquista colonial que busca suplantar su identidad y sus derechos ancestrales sobre su propia tierra.» (36).
Mahmoud Darwish, el considerado poeta nacional palestino, en su obra Memoria para el olvido (Memory for Forgetfulness), Darwish escribe sobre el derecho a la tierra y la resistencia cultural: «No hay nada más difícil para el alma que el reconocimiento de la propia derrota, excepto la negación del derecho del derrotado a su propio pasado, a su propia historia y a su propia tierra ancestral.» (37)
La resistencia palestina aquí es pensada no solo como la voluntad de pertenencia a un territorio, sino como el derecho a no ser desvanecidos en la historia. La recuperación y preservación de la narrativa que une siglos y generaciones es parte de la permanencia cultural, que brota de una tierra con la que se mantiene un vínculo indestructible a pesar de la realidad contemporánea.
La identidad nacional palestina se robusteció ante el derrumbamiento del Imperio Otomano. El Mandato Británico se presentó originalmente como una autoridad provisional en transición hacia una futura independencia; sin embargo, el incumplimiento de las promesas de soberanía árabe fue percibido como una traición histórica que reorganizó la política del Medio Oriente e impidió a los palestinos gozar de su propio «hogar nacional». En ese contexto de promesas rotas, emerge con tintes apocalípticos la Nakba (la Catástrofe) de 1948: la destrucción de más de 400 aldeas y el desplazamiento de 700.000 personas. Este evento supuso el paso de un inminente Estado palestino a una nación refugiada. Entre 1948 y 1967 el territorio para la materialización del Estado Palestino quedó suspendida bajo el control de Jordania y Egipto.
De allí nace esa raíz viva que no deja de crecer en su reclamo de florecer, salir a la luz y autodeterminarse en un hogar propio. El derecho también a existir y ser.
Citas
(27) Rumi y Attar están entre los grandes poetas persas de la literatura clásica persa y el misticismo sufí. Jalaluddin Rumi (1207–1273) es, quizá, el poeta místico más leído del mundo. Nació en Afganistán y vivió en Konya (Turquía) al huir de las invasiones mongolas. Fundó la orden sufí Mevleví, célebre por sus ceremonias de danza giratoria conocidas como los «derviches giróvagos». Su obra más significativa es el Masnavi, gran colección de poemas épicos y didácticos sobre el amor divino y la unión con Dios. Farid al-Din Attar (1145–1221), por su parte, fue el poeta y místico nacido en Nishapur (Irán). Se lo conocía como «Attar» (el boticario o perfumista) porque se dedicó a esta profesión antes de entregarse de lleno a la espiritualidad. Es uno de los «padres» del sufismo literario, de gran gravitación en la historia del pensamiento místico con su obra El lenguaje de los pájaros (Mantiq at-Tayr), el viaje místico de unas aves hacia su dios (el Simurgh). Entonces, hacen un gran descubrimiento.
(28) La figura del arquero Arash (en persa: Âraš-e Kamângir), uno de los héroes más venerados de la mitología persa. Simboliza el sacrificio supremo por la patria. El himno Ey Irán» (Oh, Irán) es el himno nacional «de facto» o el himno popular del pueblo iraní, de mayor aceptación que el himno oficial. Evita cuestiones religiosas o políticas y se centra principalmente en la tierra y la identidad persa. Fue compuesto, en 1944, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Irán había sufrido la invasión de tropas británicas y soviéticas. El poeta Hossein Gol-e-Golab sintió gran humillación al ver a un ciudadano iraní maltratado por un soldado extranjero en Teherán. Entonces, escribió el himno.
(29)l El esplendoroso santuario de Shah Cheragh, el «Rey de la Luz», tiene detrás una leyenda del siglo X o XI. La tierra irradió un misterioso rayo de luz. Allí se descubrió una tumba iluminada, en la que yacía un cuerpo con una armadura y un anillo. Objetos distintivos de Ahmad ibn Musa, hijo del séptimo imán chií. El gobernante de entonces exclamó: “¡Shah Cheraq!” («¡Rey de la Luz!»).
(30) Soroush, Abdolkarim. (2000). Reason, Freedom, and Democracy in Islam: Essential Writings of Abdolkarim Soroush. Traducido y editado por Mahmoud Sadri y Ahmad Sadri. Oxford University Press.
(31) Israel es una democracia parlamentaria. El Poder Ejecutivo reside en el Gobierno (Gabinete de Ministros), liderado por el Primer Ministro, quien ostenta la máxima autoridad política. Existe un Presidente, elegido por el Parlamento, pero con funciones principalmente ceremoniales y protocolares: firmar leyes, recibir diplomáticos y otorgar indultos. Sin embargo, posee el rol clave de designar al miembro de la Knéset que considere con mejores chances de formar un nuevo gobierno de coalición. El Poder Legislativo es la Knéset, un parlamento unicameral de 120 miembros. Se rige por un sistema de representación proporcional de lista cerrada a nivel nacional, donde el país funciona como un solo distrito electoral. Esto permite la participación de numerosos partidos pequeños, haciendo que los gobiernos de coalición sean obligatorios, ya que ningún partido ha logrado jamás una mayoría absoluta (61 escaños) por sí solo. Israel no tiene una constitución escrita formal; en su lugar, cuenta con una serie de Leyes Fundamentales que actúan como marco jurídico para las leyes y los derechos ciudadanos. La Corte Suprema independiente funciona como el principal contrapeso al poder político.
(32) Según el Acuerdo de Oslo II, Cisjordania se dividió en tres zonas: Zona A (control palestino total), Zona B (control civil palestino y militar israelí) y Zona C (control total israelí, que representa el 60% del territorio).
(33) En La virtud del nacionalismo, publicado en Madrid por la editorial Homo Legens en el año 2021. La traducción estuvo a cargo de Ía Smertka-Kosatsky.
(33) Yeshayahu Leibowitz sobre este tema aparece en su libro más influyente, Judaísmo, valores humanos y el Estado de Israel.
(34) La rebelión de Bar Kojba (132-135 d.C.) fue la última gran revuelta de los judíos contra el Imperio romano en la provincia de Judea. Su líder fue Simón bar Kojba, un personaje militar carismático que logró unificar a las distintas facciones judías. La rebelión estalló debido a las políticas del emperador Adriano, quien prohibió prácticas como la circuncisión y dispuso la refundación de Jerusalén como una ciudad pagana bajo el nombre de Aelia Capitolina. Esto incluía la construcción de un templo consagrado a Júpiter en el sitio del antiguo Templo de Jerusalén.
(35) Rashid Khalidi historiador y escritor estadounidense de origen palestino y libanés, especialista en Oriente Medio. En su libro La guerra de los cien años contra Palestina (The Hundred Years’ War on Palestine, 2020).
(36) La obra Memoria para el olvido de Mahmoud Darwish fue publicada originalmente en 1987. Su contenido narra un solo día de agosto de 1982, durante el bombardeo y asedio de Israel a la ciudad de Beirut, Líbano. Es considerada una de las obras más importantes y brillantes de la prosa árabe contemporánea por su mezcla de géneros entre la crónica, la poesía y la reflexión política
(Aclaración: En última parte a publicar aquí de este ensayo, se incluirá la bibliografía)