Por Esteban Ierardo

«La Terraza de café por la noche» (1888) de Vincent van Gogh, realizada durante la estancia del pintor en Arlés, nos devuelve a los poderes del arte, capaces de evocar la noche y de sembrar símbolos en las imágenes.
El artista llegó al sur de Francia para abrazar y pintar la naturaleza: trigales, cuervos, girasoles y botas de campesinos. En Arlés, en la Provenza francesa, encontró un bar nocturno. Pintó las mesas en su terraza con sus parroquianos, el empedrado, algunas casas con sus ventanas, unas damas, un caballero y un niño caminando cerca del café. Y en el cielo nocturno, Van Gogh plasmó sus primeros trazos de un azul oscuro tachonado de estrellas. Aquella entrevisión nocturna se convirtió en la hermana de La noche estrellada sobre el Ródano y anticipó su obra maestra posterior: la célebre La noche estrellada de 1889, resguardada hoy en el Museo de Arte Moderno (MoMA) de Nueva York.
Al llegar a Arlés desde Aviñón, al poco de descender del tren, nos internamos en la ciudad, cerca de su casco histórico. Entre las calles adoquinadas vemos muchas fachadas con ventanas con postigos abiertos. El devenir de las calles recuerda a su retícula medieval. Pero en nuestra evocación personal, no podemos evitar recordar los paisajes urbanos de Francia en los que se produjeron muchos combates entre norteamericanos y alemanes luego del desembarco del Día D en Normandía, en la Segunda Guerra Mundial. A un costado sorprende el río Ródano, un curso líquido y brillante que nos atrae como si fuera parte de la propia estructura urbana. Caminando a un lado del río, frente a unos bajos muros, imaginamos a Van Gogh pintando la antes mencionada La noche estrellada sobre el Ródano. Volvemos a las calles tranquilas, caracterizadas por casas de ventanas abiertas, colores cálidos, pequeños negocios relacionados con el arte y una iglesia que, al trasponer su entrada, nos sumerge rápidamente en una atmósfera de emociones perdidas.
Vemos primero el anfiteatro romano de Arlés, notablemente bien conservado. Retomamos una calle paralela al río y luego, al doblar hacia la derecha por un estrecho callejón, cruzamos una edificación con una abertura que nos conecta con la Place du Forum. A la izquierda se erige el café de la pintura de Van Gogh. Desde hace unos años está cerrado por problemas legales. El establecimiento original se llamaba Café Terrace. Tiempo más tarde, fue renombrado como Café Van Gogh (o Café La Nuit) y se pintó de amarillo intenso para recrear los tonos nocturnos y la luz de gas del cuadro. La Place du Forum se llama así porque albergaba el antiguo foro de la colonia romana, su corazón político, judicial y comercial. En una de las esquinas de la plaza, integrada hoy a la fachada del célebre Hotel Nord-Pinus, aun se erigen dos columnas corintias que pertenecieron a un templo romano del siglo II. El Grand Hôtel Nord-Pinus es un hotel legendario, refugio de grandes artistas y escritores, como Pablo Picasso, Jean Cocteau, Ernest Hemingway y Jack Kerouac, y otros.

No muy lejos, en la Plaza Lamartine, se encontraba La casa Amarilla, en la que Van Gogh alquiló una habitación. De este lugar pintó tres versiones. Aquí fue donde convivió durante nuevas semanas con Paul Gauguin. Frente se hallaba el Café de la Gare, cuyo interior es El café de noche (Le Café de Nuit), con su mesa de billar y tonos verdes/rojos potentes. Este local quedaba también en la Place Lamartine, casi enfrente de la Casa Amarilla. Ambos fueron destruidos por los bombardeos aliados durante la segunda Guerra Mundial.

(primera versión), en Museo Van Gogh, en Ámsterdam, Países Bajos.
Vincent seguramente visitaba con frecuencia el café, en Place du Forum; el movimiento, la congregación de personas, y las mesas y sillas que esperaban con amabilidad a nuevos visitantes debieron predisponerlo a percibir el entorno con ojos de pintor. Y así lo hizo: capturó un área de color cálido donde se distribuyen los parroquianos y un mozo.
Son estos personajes los que fomentaron la teoría del historiador del arte Jared Baxter. En 2015, Baxter presentó un estudio académico sobre Café Terrace at Night en la Conferencia Europea de Artes y Humanidades. Esta interpretación, respaldada por William Kloss, autor y especialista en arte clásico, sostiene la hipótesis de que el cuadro oculta un homenaje a La Última Cena de Leonardo da Vinci. Para fundamentar esta postura, se alega que en la terraza hay exactamente doce personas sentadas. Entre las mesas se mueve un mozo vestido de blanco y con pelo largo, cuya posición y vestimenta se conectan con la representación tradicional de Jesucristo, mientras que un personaje oscuro ingresa al interior del café, simbolizando la salida de Judas Iscariote de la escena bíblica.
Este posible simbolismo religioso está avalado por las cartas personales de Van Gogh enviadas a su hermano Theo durante la realización de la pintura. Vincent le comunicó entonces que sentía una «tremenda necesidad de, ¿cómo decirlo?, de religión». En sus comienzos, Van Gogh fue misionero y predicador protestante antes de distanciarse de la iglesia institucional. Su ruptura con la organización no significó remover la espiritualidad que se trasluce en sus obras, como en El Sembrador (1888). A tono con la interpretación de Baxter, esta pieza alude a la Parábola del Sembrador de los Evangelios, donde la semilla representa la palabra de Dios. En Arlés, Van Gogh pintó varios lienzos con este motivo, situando un sol brillante detrás de la cabeza del sembrador a modo de un limbo o halo de santidad propio del arte sacro tradicional. Asimismo, las repetidas imágenes de girasoles expresan el símbolo del cristiano ideal dentro de la tradición religiosa holandesa, al ser una flor que gira buscando al sol y, por lo tanto, a Dios. Tal como Vincent le expresó a Theo, el amarillo vibrante es la representación del amor a Dios y la luz divina, mientras que el azul simboliza lo infinito, lo eterno y lo divino.
Pero más allá de la interpretación, la noche es lo que más nos atrae: la presencia de la majestad de lo nocturno. El pintor creía que la noche era más viva y rica en colores que el día. En una carta escrita a su hermana Wil, le comentó que pintó el paisaje nocturno sin recurrir a una sola gota de color negro, utilizando únicamente una paleta de violetas, azules intensos, verdes y amarillos brillantes. Van Gogh se atuvo a pintar las estrellas tal como se manifestaban sobre el cielo de Arlés. Así, la noche contrasta en su cromatismo con los tonos cálidos, especialmente con el amarillo azufrado de la linterna del café.
Nos paramos en el lugar exacto que le ofreció a Van Gogh la perspectiva desde la que pintó la terraza. Las personas, nativas o turistas, deambulan por la calle. A pesar del tiempo, la huella de un gran momento de la historia del arte sigue visible. Aquí, dentro de la ciudad, en torno a un café y un ambiente de relajación, Van Gogh introdujo la pervivencia arcaica de la noche, de un espacio, una luz y una inmensidad superiores al pequeño mundo humano.
Y antes de marcharnos, al levantar la vista, sobre el viejo café y las casas, advertimos que de nuevo se instala la noche. Esa honda vastedad con sus estrellas, y una espiritualidad que no deja de titilar.

«… Hoy probablemente intentaré el interior del café donde tengo una habitación, por la tarde, bajo las luces de gas. Aquí, le llaman un «café de noche» (son más bien numerosos), y están abiertos toda la noche. Los «vagabundos nocturnos» pueden encontrar refugio, si no tienen dinero para un alojamiento o si van demasiado ebrios«.