
Una vez, en un Londres cubierto de humo, el artista William Blake sintió que el mundo moderno se estaba tornando demasiado opaco, mecánico y sin alma, sin el calor imaginativo de los mitos. Entonces, decidió inventar un universo mitológico que él mismo pintó gracias a su habilidad con el pincel. Intentó recuperar una narrativa simbólica hacia alguna sabiduría, mediante un dios, Urizen, que se contrapone a la supuesta frialdad newtoniana del mundo.
En el siglo siguiente, Nietzsche, en su primera obra, El nacimiento de la tragedia, recupera la plenitud del dios Dioniso (el del vino y la música), pero también arroja saetas hirientes de crítica a su tiempo y se lamenta de la pérdida del mito. No del mito del que luego se apropiarían las ideologías políticas totalitarias del siglo XX, sino de una realidad que convive con la luz, que concibe los claroscuros del enigma y la vastedad de horizontes infinitos. En Inglaterra, en Oxford, un humilde profesor inventa una maravillosa saga mítica del mundo y de una Tierra Media: Tolkien.
La estricta realidad es la naturaleza, que es totalmente indiferente a nuestras desventuras y deseos, aunque esta no puede escapar a nuestros estragos. Frente a la realidad, que ni responde, que es distancia y silencio, el humano siempre necesitó cubrir la vida con pinceladas de mito. Hoy, una mitología se puebla de robots, inteligencia artificial y el deseo de riqueza por criptomonedas. El otro mito, el que viene del arte y la imaginación, es el más necesario: el que, aunque sepamos que no hay dioses o diosas, juega a que esas divinidades se mezclan con las fuerzas de la naturaleza, y se hacen presentes en los bosques y los mares, pero también en las ciudades, como el viento que pasa, el agua que fluye por las calles o la luz y la noche que todo lo bañan. Una forma de respirar alguna sensación de mito y poesía en un mundo que impone el cálculo y la ganancia.
Esteban Ierardo
Pintura portada: El anciano de los días (1794) de William Blake, poeta y pintor inglés romántico, La imagen representa a la figura divina Urizen arrodillado dentro de un círculo solar, utilizando un compás para medir y crear el universo.
«No sólo hay que mirar la Luna y el dedo que la señala, sino también, a la otra mano que intenta robar la cartera»
¿Qué se diría de alguien que ejecuta la fuerza bruta, el engaño y la corrupción para gobernar un jardín de infantes?
¿Qué códigos comunicativos se preservan en ese tipo de molde?
De una aberrante separación sobreviene la inercia de una lógica unión de lo inocente y lo perverso, lo femenino y masculino, configurándose así una quimera que posee un particular lenguaje de carencia y desmesura.
La afectación del núcleo familiar se expresa en el cuerpo colectivo
«En la oscuridad, cualquier luz es suficiente, sin embargo una polilla podría dirigirse hacia una equivocada»
Los adultos se acostumbran, pero qué escucharían de sus niños.
¿Dónde empieza y en dónde termina el jardín de infantes en realidad?
Otros preguntarán, cuándo…
La estupidez, no sólo puede ser distinguida, refinada, andar bien vestida y ser ilustrada, también puede viajar en carreta o a la velocidad de la luz, o estár en más de un sitio al mismo tiempo.
La estupidez cuántica no escapa a la relatividad en dónde se convierte en infinita, porque allí fue engendrada. Y fue el cómico, Albert Einstein, el que descubrió que su engaño se desvanece cuando su masa es cero.
El producto y resultado de una fábrica, es lo que es, no puede ser algo más del propósito para lo que fue programado. Y en ella trabaja mucha gente que la confunde con la Vida, cuando es simple teatro. Lucro en el defecto y la resiliencia en la virtud, se hermanan y se llama normalidad en la cadena de montaje de la empresa.
El resultado del adiestramiento con premios y castigos es convertir al premio en no ser castigado. Consecuentemente, ninguna persona es ajena a los efectos de la descomunicación. Aunque se adapte y compense el defecto y se terciarice la responsabilidad, la realidad terminará tocando a su puerta dejando en evidencia el principio de armonía. Las señales son inequívocas, las virtudes y defectos nunca mienten, y el dolor y sufrimiento siempre tienen razón.
¿Quién escribe el guión?
Unos miran hacia la pantalla de cine y dicen, ¡es sólo ficción! y cuando le dan la espalda hablan seriamente de realidad.
Éste dilema se soluciona dándose cuenta quién queda de un lado y quién del otro, y el qué, que se lleva a cuestas.
Pero…
¿Quién es el intermediario, ese extraño relator que cuenta lo que sucedió y sucederá, y lo que nunca ocurrirá oculto en su silencio?
Es una encrucijada interesante, pero si nos adentramos al inframundo griego del defecto, nos remitirá al cercano mito de Jesús en su crucifixión, el ritual del sacrificio de la verdad, la libertad, el amor y la justicia, de la vida, que justifica al verdugo, al que se le transfiere ilusoriamente una responsabilidad que regresa mas temprano que tarde a cobrar la cuenta, y el que se posiciona como agente evolutivo o azote divino autorizado. Y por el otro lado nos encontramos con su resurrección en virtud, Cristo, una refrescante consciencia renacida lógicamente en el mismo cuerpo, que observa y comprende el fenómeno de la cruz y ficción.
La frustración del iniciado ante la creída e inalcanzable perfección es la que se rinde ante el mas fuerte, la seductora muerte, y con ello adorar al intermediario, el que tiene el poder de matar y de su amenaza.
Nadie luchó, lucha ni luchará por su vida mientras no muera la apariencia, como bien dice el manual.
Sin embargo, ésta historia comienza una ficción antes, con la de un paraíso perdido y secuestrado llamado Dios, luego Estado, y ahora «I.A.», con la promesa de regreso hacia la tierra prometida, que es un muro de los lamentos.
«Cuando la esperanza es lo último que queda, ya no hay miedo a esperar o de esperar la amenaza, y se la devuelve al baúl de los recuerdos para cuando se la necesite en primer lugar»
«Un mito conserva una condición existencial que puede ser una cárcel en la relatividad del defecto o bien un ejercicio para la virtud. Por eso la vida es cuento y la palabra ficción, y nos encantan sean bellos o de horror, pero mucho más vivirlos y compartirlos»
La mecánica es la misma durante el tránsito o éxodo desde la sensación de ausencia hasta la presencia de consciencia.
Los sueños de ausencia, claman por los de presencia, necesitando a los que lleven a su destino. Y en el puente aparece el intermediario que bien cobra o paga según se requiera. Es el genio de la lámpara que vende infinitos e insoportables futuros, que embargan presentes para enterrar pasados, y así alimentar el bucle de un autónomo circuito. Innumerables rayos simulan movimiento en su periferia, olvidando el centro desde donde parten.
Los puentes del defecto nunca unen nada porque su objetivo es aislar en la medida y convertirla en la única realidad, expulsando lo que sobra hacia el misterio.
Un puente se construye de una sola manera, ¡bien!
El principio creativo no se hace esperar, el núcleo familiar requiere un mínimo de dos para dar a luz un hijo.
La luz y los ojos tienen sentido siendo uno, la vista, y su fruto en lo observado, por lo tanto, los ojos de vida ven vida, y los de muerte lo suyo. Mientras cuerpo y la mente es en la carne, y su fruto en lo amado, un reflejo de nuestro espíritu.
El (1;1); (1;0); (0;1) y (0;0), recrean el presente en el equilibrio de los polos, pasado en el retorno a la esencia, futuro en el avance trascendente y silencio del todo en la nada. No hay contradicción, sin embargo se simula una cuando existe conflicto entre los polos. Cuánto más pequeño el mundo resultante, más intenso y efectivo el infierno, estado temporal en dónde igualmente se aplican los mismos principios vitales y su magna pero condicionada abundancia.
En la dualidad del defecto, se encuentra la mafia de los autoelegidos en el lado bueno cedido, mientras del otro los auto expulsados, los esclavos.
El Angel, Rey y Soberano, es el que custodia el reino con su espada de fuego, de hierro y antivirus.
Mapa amo; territorio esclavo. La interferencia es a su intervención, la simulación a su simulacro. Su sistema de control es un conjunto de círculos de poder concéntricos que aparentan estár desvinculados unos de otros. Los oficiales juegan a favor de los intereses de la empresa mientras los opositores en contra, de lo que se interpone a esos intereses. Los que brillan suelen ser captados para arrear a los incautos al templo. Sectas individualistas y colectivistas bailan al mismo son.
El arquetipo «amo y esclavo» son extremos de una misma vara o cuerda disonante. En el medio, ficciones fantásticas, legales y técnicas conforman la imaginaria frontera y manto de impunidad, un can Cerbero que muchos llaman verdad, acuñados con libros sagrados, Constituciones y softwares. Todo es perfecto hasta que no. Básica y consecuentemente, lo que se desea, sueña, piensa, dice y hace puede ser usado en contra del cliente.
El amo parasita el sistema aprovechándose del proceso y apropiándose de los resultados de la virtud y el defecto en el gobierno de la carencia, utilizando el símbolo de la verdad como instrumento. Pero es un esclavo mas al estar obligado a sostener la consciencia ideal y relativa dónde brillan en la mediocridad, en su intento de llenar el vacío con lo superfluo. Por eso suplen su carencia con la fuerza bruta, el engaño y corrupción, que muchos creen y llaman inteligencia. El matrimonio confunde el desarrollo de su consciencia con la sofisticaciòn de su artificio físico y simbólico, al que le delegan toda su responsabilidad.
A las tonterías, por ser tontas, no se les presta atención, sólo cuando empiezan a dar comezón, y luego al hacer daño es cuando se les llama problema, y sin falta, aparece un veloz carro de bomberos que siempre llega tarde, cuando ya se ha realizado la cosecha y cumplida la misión.
Ningún iniciado, cliente, paciente, consumidor o creyente elige al presidente, Papa o rey, tampoco al director, juez, gerente, pastor ni general, y menos al dueño de la tierra, del dinero o de la empresa en donde trabaja, pero es más entretenido creer que si, jugando en un carrusel movilizado por una montaña rusa de sensaciones. Un circo.
El contrato es entre el uno y los ceros detrás de él. Unos saben, deciden y mandan, y otros ignoran, obedecen y se adaptan, y a cada parte le corresponde lo suyo y su administración.
«Roma, el mal mayor y menor beben de una misma fuente, en cambio Amor, sólo hay uno»
El amor es ciego y siempre jura eternidad en el matrimonio con la apariencia, sin embargo en la separación se quedará con lo amado. Por eso el cornudo es el último en enterarse pero el primero en saberlo.
Más allá de la locura, sea una democrática, militar, teocrática, monárquica, tecnocrática o un pentágono de ellas, la humanidad avanza y siempre prevalece lo verdadero. La gente seguirá protegiendo lo amado, construido y festejado, cada vez más, sin sus cadenas. El monstruo, siempre aparenta ser más grande de lo que realmente es.
A pesar de todo ésto, no hay que ser tan duros ni egoístas, porque el engaño, la mentira y la apariencia, tienen sentimientos, aunque también sus días contados.
La muerte de la apariencia es inevitable, y sucede en su transparencia dejando a todos desnudos, convirtiéndose la complejidad en materia prima del compost creativo.
Nadie puede esconderse ni esconder nada, y nada escapa a la mecánica con la que se programa el truco.
Sin embargo desde niños nos encanta jugar a las escondidas, ser encontrados y encontrar, recreando puertas y llaves en la ilusión.
Es lógico e inevitable inclinarse hacia la belleza, las estructuras perfectas armonizan por sí solas cuando sintonizan con otra en la que resuenan, especialmente en hechos más que palabras. Mientras la estructura ordenada de un sistema artificial que la simula, nunca es garantía de nada, si el que le insufla vida no la supera.
«La mano guía al martillo y no el martillo a la mano. Pero si se quiere clavar un clavo con un revólver, hay que tener mucho cuidado, porque el arma no distingue entre amigo o enemigo, por eso, a las armas las carga el diablo»
Si alguien descuidado se adentra en el cuento ajeno, no irá a dónde quiera, sino a dónde está predefinido ir. Y aunque esté confiado en lo que crée, sabe y obedece, es el programador el que los deja sin efecto para instalar una nueva regla. Una vez programado el Alfa y el Omega, las variantes son anecdóticas y suman las estadísticas. El programador creerá ser amo del tiempo, y el esclavo, estar en alguna parte de la secuencia. La conformidad emergerá de máximos falsos con mínimos verdaderos, de mecánicas constantes en un mar de mecánicas variables que juegan a la incertidumbre.
En tal caso, el cuento sólo será contado cuando lo haga suyo y le haya dado un fin, porque la verdad es de todos y no tiene dueño. Y aunque el cuento sea tan sólo un sueño, cuando despierte, podrá sentir que realmente ha amado.
La carne, al final de cuentas, concilia las posibilidades más extremas y aberrantes con la fragmentación en el olvido y la reproducción del recuerdo.
«Lo que pasa en Las Vegas, queda en Las Vegas»
La apariencia al Arte, el engaño a los sentidos, la autoridad a la íntima consciencia, mientras la idiotez a su correspondiente museo, entonces cumpliremos con el gran deseo del idiota emperador, el de quedar inmortalizado, siendo soberano en su incapacidad de amar y de ser amado.
…y así nos despedimos de la estupidez, esclavitud y la tiranía, aunque muchos dirán hasta luego.
Fin
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Muy hermoso tu texto! Gracias y que siga la sensibilidad y creatividad por la escritura, abrazo!
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