Spinoza y Einstein: más allá del Dios de los sacerdotes (*)

Por Esteban Ierardo

Por sus propios caminos y tiempos, Spinoza y Einstein nos elevan a la contemplación de la realidad en su conjunto, y a remover todo prejuicio en favor de una renovada libertad de pensamiento.

BAJO UNA LLUVIA en Ámsterdam, un joven camina cerca de los canales, de la sinagoga y de la casa que será de Rembrandt. No puede evitar pensar en lo inmenso. Lo ilimitado como gran presencia lo persigue a todas partes: escucha el rumor de esa inmensidad cuando está en los mercados, o cuando en el templo se celebra a un Dios absoluto, que solo ha elegido a un pueblo y del que no se puede dudar.

El agua del cielo empapa su vestimenta y sus cabellos. Y atraviesa sin temor lo que sabe inevitable: el momento en que los dueños de la gran verdad lo expulsan del templo. Empieza un largo trato con la soledad. Pule cristales, celebra pensar lo que es necesario pensar, aun bajo el aislamiento o la amenaza de los acorazados en los dogmas de las religiones.

Entre los soles, las noches o las tormentas; entre los canales y cerca de los tulipanes, en Ámsterdam, en Rijnsburg, en Voorburg, La Haya o en Utrecht, Spinoza agradece pensar.

Las lecturas sobre Spinoza son inagotables. Aquí no pretendemos una explicación del conjunto de su filosofía, sino un modo de pensar para el que no hay lugar ni para una conciencia antropocéntrica o teocéntrica. El racionalismo del siglo XVII, en la modernidad incipiente, venera las matemáticas como mathesis universalis, como arquetipo de conocimiento riguroso, exacto y necesario. En la pureza del orden matemático-geométrico no hay aún lugar para el sujeto o el ego humano como centro absoluto constructor de la realidad conocida. Por un método geométrico, fundado en proposiciones, deducciones y conclusiones a la manera de teoremas, Spinoza, lenta y laboriosamente, acaricia la comprensión de la realidad como sustancia infinita: realidad única, eterna y necesaria que se expresa en las leyes naturales. Su conocimiento supone una ética como camino hacia la felicidad, que mana del amor intelectual a Dios como comprensión del entendimiento de la realidad total. Esa sabiduría es el resultado de un camino previo de géneros de conocimiento: de deducciones primero, y luego de la intuición intelectual de un Dios que en nada resuena con el del registro teocéntrico religioso tradicional.

La realidad una e infinita spinoziana —que supera el anterior dualismo cartesiano entre mente y cuerpo, res cogitans y res extensa— se define de manera radical: «Dios es un ente absolutamente infinito, esto es: una sustancia que consta de infinitos atributos, de los que cada uno expresa la esencia eterna e infinita» (Baruch Spinoza, Ética demostrada según el orden geométrico, parte I, definición VI).

El «ente absolutamente infinito» se expresa infinitamente a través de sus atributos, de los cuales el entendimiento humano solo es capaz de percibir dos: el pensamiento (las ideas, los géneros de conocimiento) y la extensión (el espacio). Estos, a su vez, se expresan en modos o variaciones particulares: los cuerpos y las mentes individuales.Bajo la influencia del estoicismo y su logos o razón suprema, o del infinito de Giordano Bruno y su potencia para producir lo múltiple y plural, Spinoza advierte que el entendimiento humano finito nunca puede sustituir el rango ontológico mayor de la sustancia infinita. Ya en los estoicos, como en Spinoza, la materia se espiritualiza. Suele identificarse al filósofo con el panteísmo, la posición que funde a Dios y a la Naturaleza; pero, en rigor, su doctrina roza el «panenteísmo», porque existe una distinción de orden entre la totalidad productora y las cosas singulares producidas. La totalidad está en las cosas, y a la vez las desborda.

Inmanencia y trascendencia se conjugan aquí, pero lo que verdaderamente nos convoca es que el pensador que pule lentes para los instrumentos astronómicos de Huygens, piensa en un orden universal, eterno y necesario del que somos parte pero no origen. Para Spinoza, Dios no está hecho a la medida del deseo o la necesidad humana. No hay lugar aquí ni para poner al ser humano como centro de todo ( la ilusión antropocentrica), ni para el teocentrismo de un Dios creado por el ser humano, por sus temores, intereses y necesidad de consuelo.

En este punto, la tormenta se reanima. El agua golpea con vigor el techo, las ventanas se empañan y la tierra absorbe el cielo que cae como un torrente líquido y húmedo. El pensador sabe que debe dejar bien claro que ese orden supremo es ajeno a las manipulaciones humanas, y que el Dios heredado por la tradición es solo otro disfraz de la voluntad; una ficción que, al final, solo trata con la propia conciencia humana replegada sobre sí misma. Por eso, al final de la primera parte de su Ética, en su célebre apéndice, Spinoza arremete con poderosa lucidez contra los centauros enloquecidos del antropocentrismo: «Los hombres suponen comúnmente que todas las cosas naturales obran, como ellos mismos, por un fin y aun sientan, por cierto, que Dios mismo dirige todas las cosas hacia un fin cierto, pues dicen que Dios ha hecho todas las cosas por el hombre, y al hombre para que lo adore a Él» ( B. Spinoza, Ética, apéndice de la Primera Parte).

Los hombres, ignorantes de las verdaderas causas de las cosas, actúan movidos por una «utilidad que apetecen», un beneficio que desean. Al descubrir que muchos aspectos del entorno parecen estar dispuestos para su beneficio, como los animales que los alimentan, el sol que los ilumina, el mar que cría los peces para su paladar, concluyen inevitablemente que hay algún rector de la Naturaleza, dotado de libertad humana, que les ha procurado todo.

Esos rectores son los dioses que dirigen el mundo para el uso del hombre, los mismos que, en la transformación monoteísta, se convierten en un solo Dios al que se debe adorar para ganar sus favores. Así, el prejuicio de que la naturaleza responde a un fin útil se convirtió en superstición. Sostener que la Naturaleza obra solo para provecho humano equivaldría a decir que «la Naturaleza y los dioses deliran lo mismo que los hombres».

Pero cuando en la Naturaleza irrumpen terremotos, inundaciones, tempestades o enfermedades, ¿esto es también para beneficio humano? La teología tradicional responde que los cataclismos ocurren porque los dioses castigan la necedad humana. Todo esto, nos dice Spinoza, solo puede ser creído desde la ignorancia. La creencia de que la naturaleza responde a un «justo castigo» se refuta, simplemente, por las matemáticas.

Las matemáticas son un saber sin fines; estudian esencias y propiedades, no hipotéticas causas finales. La Naturaleza no tiene fines; las supuestas causas finales son ficciones humanas. La realidad, sustentada en un orden matemático-geométrico, carece de intencionalidad.

El holandés recuerda que la religión común atribuye todo a la «voluntad de Dios», un Dios providente que interviene, controla y dirige los asuntos del mundo, manifestándose a través de milagros. Si un transeúnte muere por la caída de una piedra, dirán que Dios así lo quiso. Si uno argumenta que el desprendimiento fue causado por el viento, el supersticioso replicará que el viento fue movido por el querer divino. Es el refugio en la ignorancia (asylum ignorantiae). El sabio, en cambio, busca las causas naturales, y por esa audacia será estigmatizado como hereje o impío por aquellos que necesitan creer que el universo gira en torno a ellos. Pues, al fin y al cabo:«… la causa que se llama final no es otra cosa que el apetito humano mismo en cuanto es considerado como principio o causa primaria de alguna cosa» (Ética, parte IV, prefacio). Así, el ser humano imagina un orden que responda a sus necesidades. No recurre al entendimiento; prefiere imaginar porque es más fácil que entender la dinámica real del cosmos. De este modo, todas las nociones del vulgo no indican la naturaleza de las cosas, sino únicamente la contextura de la imaginación. Los «entes de imaginación» se diferencian de los «entes de razón». Lo que es bueno para el hombre, este cree que es bueno para Dios, proyectando la disposición de su propio cerebro. No logran entender que:

«La perfección de las cosas sólo ha de estimarse por su naturaleza y potencia; y, por tanto, las cosas no son ni más ni menos perfectas porque deleiten u ofendan los sentidos de los hombres, o porque convengan a la naturaleza humana» (Ética, apéndice de la Parte I).

La tormenta ruge sobre Holanda, los truenos retumban en el cielo de agua y Spinoza avanza en la escritura de su Tratado teológico-político. Obra que resuena con el fervor republicano de su amigo, el político y matemático holandés Jan de Witt, refractario a todo Estado concentrado y monárquico. Sabe que lo que mejor honra a la razón es la libertad de pensar, de modo «que en un Estado libre está permitido que cada uno piense lo que quiera y diga lo que piense» (Spinoza, Tratado teológico-político, capítulo XX).

En las líneas de esta obra maldita despunta la crítica a la religión tradicional, al Dios que exige obediencia y que amenaza con el castigo; al Dios que obra milagros y demanda ritos que legitiman el poder sacerdotal. Pero Dios no es una suerte de Padre, sino el estado universal e impersonal de un orden eterno y necesario. No pidas ayuda o consuelo a ese Dios que es una forma de orden sobrehumano; la realidad mayor que late en el todo es absolutamente diferente e indiferente a nuestra autopercepción.

Nuestra inteligencia es olas en las playas del mar, no todo el océano; es el modo finito o variación finita del Intelecto Infinito (intellectus infinitus) de Spinoza; nuestro intelecto solo conoce de forma directa el cuerpo humano al que está unido y las ideas de las afecciones de ese cuerpo. Además de muros que limitan nuestro conocimiento, este también puede ser salpicado por el vapor del error, la ilusión, el prejuicio y la ignorancia (en terminología de Spinoza: el «conocimiento de primer género» o imaginación). Nuestro pensar opera de forma sucesiva, a través de deducciones paso a paso en el tiempo. En cambio, el Intelecto Infinito abriga desde la eternidad (sub specie aeternitatis) todas las ideas de todas las cosas que existen en el universo físico (según el atributo de la Extensión); y todo lo que fue, es y será. Cada idea dentro del Intelecto Infinito es perfectamente «adecuada», lo que significa que conoce cada efecto conociendo exactamente su causa.

El Intelecto Infinito espinosista nos recuerda lo que siempre olvidamos: la vastedad en la que somos, pero solo como una arista dentro de un gran prisma invisible: «la mente humana es una parte del intelecto infinito de Dios» ( Ética, Parte II, Proposición 11, Corolario).

Y en un día de lluvias y con el cielo con estrellas siempre en su vientre, en abril de 1929, Einstein recibe un telegrama urgente del rabino de Nueva York, Herbert S. Goldstein. Sin demora, le pregunta: «¿Cree usted en Dios?». El creador de la teoría de la relatividad le contesta con una frase de apenas 25 palabras en su alemán original:

«Creo en el Dios de Spinoza, que se revela en la armonía ordenada de lo que existe, no en un Dios que se preocupa por los destinos y las acciones de los seres humanos».

La “armonía ordenada de lo que existe” es la contemplación del evidente orden mayor del universo, su arquitectura de leyes universales, expresable en fuerzas físicas y entramados ecuacionales, el trasfondo matemático, geométrico. Deus sive Natura (Dios o Naturaleza), un concepto atribuido a menudo de forma precipitada a Spinoza, conduce a la certeza del filósofo y el científico de que no hay un creador externo del universo. Dios es el universo mismo, no es ningún ser externo. Es el orden en las leyes naturales, no un ser trascendental, lo que oculta la falacia teo-antropocéntrica: un dios a imagen y semejanza de la necesidad humana. Ningún Dios al que se le pueda orar y pedir auxilio, que perdone, castigue o amenace, ningún Dios que obre milagros y ordene ritos y ceremonias en su nombre, o que padezca de emociones como el odio y la ira, o un amor sospechosamente humano.

Lo divino se esparce en la inmanencia del gigante físico; se espiritualiza en la materia, pero no sin ella. Para el alemán y para el holandés, el universo es determinista, un reino de leyes causales inmutables.

Einstein y Spinoza no se consideran ateos. Lo intelectual filosófico y lo científico teórico se amalgaman en un sentimiento de religiosidad alternativa. Para Einstein, lo espiritual se inflama en el asombro vertiginoso y “extasiado”:

«El sentimiento religioso del científico toma la forma de un asombro extasiado ante la armonía de la ley natural, que revela una inteligencia de tal superioridad que, comparada con ella, todo el pensamiento y la acción sistemáticos de los seres humanos son una reflexión absolutamente insignificante» (Einstein,»El sentimiento religioso de la ciencia», 1934).

Lo extasiado ante una inteligencia de una magnitud ante la que solo nos cabe reconocer nuestra incapacidad de comprender:

«Estamos en la posición de un niño pequeño que entra en una enorme biblioteca cuyas paredes están cubiertas hasta el techo con libros en muchos idiomas diferentes. El niño sabe que alguien debe de haber escrito esos libros. No sabe quién ni cómo. No entiende los idiomas en los que están escritos. El niño observa un plan definido en la organización de los libros, un orden misterioso que no comprende, sino que apenas sospecha sutilmente” (en famosa entrevista concedida por Albert Einstein al escritor y poeta germano-estadounidense George Sylvester Viereck en el año 1929).

Somos como niños ante el abrumador misterio, ante una complejidad solo comprensible en escasos atributos, en algunas de sus leyes que solo entendemos muy vagamente.

Einstein rechaza el dogmatismo de las religiones institucionalizadas que manipulan miedos y deseos de protección y recompensa. Pero también descree de la frialdad arrogante e intolerante de los ateos. Prefiere definirse como agnóstico o «no creyente religioso». La investigación científica debiera ser “religiosa”, embriagada por un inagotable sentimiento cósmico de deslumbramiento ante la gran inteligencia.

El Intelecto Infinito espinocista y la “inteligencia de tal superioridad” einsteiniana se arrojan hacia una estructura absoluta que desborda tanto a nuestra conciencia de base biológica como a los límites de silicio de la inteligencia artificial. El pensamiento humano y la computación son solo destellos finitos de lo infinitamente más vasto.

Y la gran tormenta se serena y se aleja. El pulidor de cristales sale afuera y, junto a un desconocido, en otra dimensión paralela, percibe el atardecer naranja que, lento, pinta la piel del firmamento inmenso que se aclara. Ambos sienten la proximidad de la tierra, el baile de las cosas cercanas que susurran voces que el humano, cuando está solo, lleno de tristeza, odio, resentimiento o ambición, nunca podría entender. Y ambos, Spinoza y Einstein, ven a un pájaro que despliega sus alas desde la copa de un árbol empapado, mecido por un viento invisible.

(*) Fuente: Este texto es una versión parcial de uno de los capítulos del libro inédito La inteligencia de las mil caras.

Deja un comentario