
La relación entre los seres humanos encauza la corriente de la historia. El individuo se puede entender como un momento efímero de la realidad superior y permanente del Estado, o como el verdadero centro de la vida propia mientras esta dura. Esto último es la escuela hacia el egocentrismo y el individualismo. La consecuencia de un modo cultural y moderno que juega un doble discurso: por un lado, los derechos universales y la prédica que empezó con la Revolución Francesa de libertad, igualdad y fraternidad para la totalidad de la comunidad; y por otro lado, el individuo real que solo desea nadar hacia las playas del propio bienestar.
El individualismo funciona como hipertrofia del valor del individuo. A veces, es una reacción contra todo colectivismo que de forma directa o velada demanda la disminución del individuo en favor de una agrupación mayor, estatal o político-partidaria. Lo individual, en cambio, aflora en el punto de equilibro entre la particularidad individualista y lo general. El individuo resplandece cuando, aun integrado a algún esfuerzo colectivo, no se apaga en lo que realmente lo constituye: su misterio individual, sus diferencias propias.
La individualidad aquí recuerda momentos del pensar de La Boétie, Thoreau, Kierkegaard, Stirner, Simmel, Jünger, Foucault.
El individualismo es la hipertrofia del ego que todo lo absorbe; la individualidad es singularidad. El individualismo es el uso instrumental del prójimo; la individualidad, la resistencia a la masificación. Es aquello que pudo no haber sido pero que, en su presencia irremplazable, innegablemente es.
E. I