Borges y Blanqui, entre el eterno retorno, los mundos paralelos, y el no saber

Por Esteban Ierardo

«Tigres azules», el relato de Borges en La memoria de Shakespeare que introduce lo caótico y un no saber desde unas matemáticas aleatorias.

Borges y Blanqui. El escritor argentino y el socialista y pensador francés. ¿Por qué relacionar estas dos mentes inquietas? Primero porque ambos asumen los límites del saber, lo que no puede saberse; y segundo porque el escritor argentino tuvo en alta estima al activista y pensador francés; lo menciona en su Historia de la eternidad como ejemplo de un pensar, como veremos, del eterno retorno.

  I. El argentino universal y el francés revolucionario

Blanqui es conocido como el “encerrado”. Abraza con entusiasmo el activismo político. Promueve la revuelta. Ataca el orden burgués. Busca extirpar la injusticia social. Por eso, el poder lo persigue. Lo encarcela. Permanece largo tiempo en prisiones. De ahí, su mote característico. En prisión escribe una obra notable, distinta, extraña: La eternidad por los astros (1). El libro es una especulación sobre el universo, el eterno retorno y los mundos paralelos. Blanqui pretende un saber cosmológico, pero reconoce los límites de la comprensión humana.

  Borges comparte con el “encerrado” el interés por el tiempo y lo eterno ( «Yo suelo regresar eternamente al Eterno Regreso», dice en «El tiempo circular» en La historia de la eternidad). Pero también piensa que la filosofía o la ciencia están sujetos a límites infranqueables. Y el escritor argentino sabe que el tiempo causa perplejidad, asombro, un sentimiento de misterio. Borges asume que nada impide imaginar al tiempo como el círculo de un eterno retorno.

II. El hombre Blanqui

  En su cautiverio, Blanqui no puede ver el cielo amplio. No puede contemplar el mar, cuyas olas salvajes se rompen cerca, sobre la pedregosa costa de la isla donde se posa su prisión. Desde allí, piensa el universo entero. El que sólo se mueve dentro de un calabozo se abre al infinito, acaso para remediar su encierro; una forma imaginaria de libertad. Y a horcajadas de esa libertad medita en la vastedad. Algo raro: el interés por la realidad grande, cósmica, de un hombre consagrado a la lucha política contra la miseria en su época.

  ¿Pero quién es realmente Blanqui? Louis Auguste Blanqui (1805-1881) es hijo de un profesor de filosofía y astronomía. Estudia medicina y abogacía. En 1848 participa en la sublevación contra Luís Felipe, el último rey de los franceses. Su condena a muerte se permuta por cadena perpetua. Es liberado poco antes de la Comuna de París. En 1871, es encerrado nuevamente en la Fortaleza de Tareau. Allí, en 1872 escribe La eternidad por los astros. Poco después de su excarcelación muere en1881, por un ataque de apoplejía tras un discurso en un meeting político.

De Blanqui nace el blanquismo. El nombre de un movimiento insurgente. Un sinónimo de lo revolucionario. Blanqui, el hombre enjuto, alto, de mirada centelleante, de entusiasmo incendiario y organizador hiperactivo de la protesta. Admirado por los estudiantes. El blanqusimo es protesta callejera y abierta. No la retórica combativa o filosofías contestatarias de salón. Es participación directa en las barricadas; es el discurso exaltado como preámbulo de la acción revolucionaria.

Para Marx, Blanqui es el inspirador de la rebelión de la Comuna de París (2). Y Blanqui es también un pensador enamorado del cosmos. Y es contemporáneo de Baudelaire. El poeta de la noche, de las letanías de Satán, del elogio de la belleza del maquillaje, de las correspondencias secretas entre el cielo y la tierra. Baudelaire, el poeta de Las flores del mal admira a Blanqui.

III. Un hombre político ante el infinito

  Muchos sintieron una viva sorpresa ante el texto especulativo escrito por el “encerrado”. No un escrito programático sobre acción revolucionaria, no unas memorias de la experiencia del hombre de las barricadas, no una reflexión sobre el vínculo entre teoría y praxis anti-sistema. No. Lo que escribe Blanqui es un inesperado texto cosmológico.

  Su hermana luego se opondrá a la publicación del ensayo. Dar a la lectura del público este texto sería una confirmación de que el hombre del realismo político ha sido conquistado por la locura. Pero, con dificultad, Blanqui consigue que su especulación llegue a la imprenta.

Máscara mortuoria de Louis Auguste Blanqui (Wikipedia)

 Como Edgar Allan Poe en Eureka, Blanqui está informado sobre el estado de la ciencia, la astronomía y la cosmología de su tiempo. Conoce y frecuenta las especulaciones de Pascal, las investigaciones de Herschell y, fundamentalmente, la cosmogonía de Laplace.

  Blanqui especula que la vida como movimiento surge de cien tipos de cuerpos simples; cada uno de estos cuerpos es un patrón de átomos finitos, pero que se repiten infinitamente en el espacio y el tiempo.

 Para el socialista francés, cada hecho se repite eternamente en mundos paralelos y duplicados. Cada uno de nuestros hechos se repite sin fin en un plano de eternidad. Y, a su vez, cada hecho se abre a variaciones o alternativas donde nos bifurcamos en copias, en sosias o suplentes. A un hecho en este mundo le corresponde todas las alternativas posibles en todos los otros mundos (3).

  La repetición eterna de cada hecho, y las infinitas variaciones o bifurcaciones de ese hecho acontecen en un eterno presente simultáneo. Y el hombre atrapado en la prisión, Blanqui, el «encerrado», se abre su intuición del universo:

  “El universo es infinito en su conjunto y en cada una de sus fracciones, estrellas o granos de polvo. Así como es en este momento, así fue, así será siempre sin un átomo ni un segundo de variación. No hay nada nuevo bajo los soles. Todo lo que se hace, se hizo y se hará. Y sin embargo, aunque el mismo, el universo de hace un momento no es el de este instante, y el de este instante no será más el de dentro de un momento, porque no permanece para nada inmutable e inmóvil. Muy por el contrario, se modifica sin cesar. Todas sus partes están en movimiento discontinuo. Destruidas aquí, se reproducen simultáneamente en otra parte, como individualidades nuevas” (4).

  Por un lado todo se repite, «así como es en este momento, así fue, así será siempre sin un átomo ni un segundo de variación», pero, a la vez, el instante que se repite «se modifica sin cesar»; y algo se destruye, pero a condición de reproducirse «en otra parte, como individualidades nuevas». Cada segundo al repetirse existe de forma simultánea a sus variaciones en los mundos duplicados en los que habitan nuestros sosias (es decir nosotros repetidos en mundo paralelos o duplicados como «individualidades nuevas»).

lV. El eterno retorno del fracaso, y de la lucha ante el fracaso

 Todo se repite, pero al repetirse se renueva «en otra parte «.

El eterno retorno como lo mismo y lo renovado se cruza con el pensamiento de Nietzsche (5). Y esta concepción del eterno retorno como repetición, que es también eterna variación de los instantes que se repiten, colisiona con el mecanicismo del universo-reloj, propio del cartesianismo, del determinismo y la ciencia clásica. En la naturaleza-máquina, los estados o leyes se repiten sin variación, y los fenómenos y sus regularidades se reiteran dentro de un universo de hechos en sí mismos irreversibles, que no vuelven a consumarse.

 Para Blanqui, la eternidad es cada hecho de la vida como posibilidad inagotable. No basta con que un hecho sea una vez. Su potencia sobreabundante necesita de la repetición y variación sin fin. El rayo es tan pletórico de vida que no le basta con estallar una vez. Debe hacerlo sin descanso ni final.

  Llegados a este punto, estas especulaciones pueden parecerles muy elevadas, difíciles y extrañas. Y es así; y dan la impresión de estar muy alejadas de una reflexión política sobre el presente histórico y social, que es supuestamente el centro de la energía vital de Blanqui. Pero si todo se repite, se repite también el fracaso de la promesa de progreso de la modernidad; se repite la fricción social, la división entre ricos y pobres en la sociedad como reino del conflicto. Y este conflicto no es preludio de una superación feliz, como surge de la dialéctica hegeliana o el optimismo ilustrado.

  Blanqui declama la negación del progreso. Un fracaso, y este es el punto, que se potencia al existir dentro del tiempo de la repetición eterna. La desolación de la injusticia volverá entonces, siempre, con su desgarramiento. Pero también siempre vuelve la necesidad de combatirla (6).

La cosmología especulativa del “encerrado” entonces habla no sólo de los procesos del universo sino también sobre la más tensa actualidad política. Le sirve a Blanqui para fundamentar la amargura escéptica ante el mundo. Y para abrir su pensamiento a la realidad más amplia. La apertura desde la herida política del presente histórico hacia lo infinito para buscar una salida. Una huida o evasión. Pero no la evasión como impotente fuga del mal; por el contrario, una evasión o huida positiva. Como dice Maurice Blanchot: “El coraje reside en aceptar huir, más que vivir quieta e hipócritamente en falsos refugios” (7).

Y Blanqui no cae en el peligro de pretender saber lo que no se sabe. Porque asegura que sólo en otros globos (planetas) existen cerebros capaces de comprender tal vez, solo tal vez, los diamantes más profundos de la realidad.

  Blanqui piensa en un eterno retorno, en una repetición eterna, y en la bifurcación infinita de cada hecho en los mundos duplicados sin fin. Y en un lugar remoto del universo puede existir un equivalente de nuestra vida inteligente. Acaso muchas civilizaciones se ocultan en la distancia cósmica. En ellas, posibles seres inteligentes de otras esferas planetarias quizá poseen un saber total, algo muy distinto a nuestro inmenso no saber.

Y cuando el saber se sabe especulación, conjetura, o conocimiento parcial, se autopercibe como verdad débil. O como ficción. Este es otro momento de encuentro, como veremos, entre el escritor argentino y el pensador y revolucionario francés.

La fortaleza de Tareau, en la que estuvo prisionero Blanqui.

V. De Blanqui a Borges, el no saber en «Tigres azules».

Como en Blanqui, en Borges también hay un fuerte interés por el eterno retorno, los mundos paralelos y el no saber.

  En su Historia de la eternidad, Borges recuerda al “encerrado” luego de referirse al retorno eterno de Nietzsche:

  “El segundo -concepto del eterno retorno- está vinculado a la gloria de Nietzsche, su más patético inventor o divulgador. Un principio algebraico lo justifica: la observación de que un número n de objetos- átomos en la hipótesis de Le Bon, fuerzas en la de Nietzsche, cuerpos simples en la del comunista Blanqui- es incapaz de un número infinito de variaciones. De las tres doctrinas que he enumerado, la mejor razonada y la más compleja, es la de Blanqui. Éste, como Demócrito, abarrota de mundos facsimilares y de mundos disímiles no sólo el tiempo sino el interminable espacio también. Su libro hermosamente se titula L´Eternité par les astres” (8).

 Bien puede pensarse que La eternidad por los astros es una ficción. Y para Borges, la red de todos los saberes está impregnada de un trasfondo ficcional.

  El escritor argentino y universal es pródigo en su concesión de entrevistas. Su interlocutor tal vez más asiduo es Osvaldo Ferrari. En uno de esos intercambios de preguntas y respuestas, Borges expresa que toda literatura es fantástica. Incluso la literatura realista es una convención, y por tanto una ficción. El periodismo, por su parte, presume de un realismo ejemplar. Los diarios versan supuestamente sobre la realidad fuerte o claramente diferenciable respecto a lo fantástico o ficcional. Pero esto es nuevamente una convención arbitraria  (9).

  La condición ficcional de todo tipo de literatura puede extenderse también, más allá del periodismo, a la ciencia, la filosofía o la religión. Para el escritor de El aleph, las filosofías, las doctrinas científicas o religiosas sólo tienen un valor estético. Su verdadero brillo es agregar belleza al mundo, no capturar la verdad última de la vida. Toda metafísica es herida y límite, no conquista del oro más vivo.

 Desde el relato literario o el ensayo Borges invita al lector a ser espectador de lo irracional como expresión del no saber; por ejemplo, el no saber qué número seguirá a otro; incertidumbre que puede adquirir la figura de un tigre en movimiento, de un felino del Asia que se trasforma, por vías desconocidas, en animal de nuevos colores: en tigres con el color del mar…

   En La memoria de Shakesperare (1983) se incluye el relato «Tigres azules». El personaje central se impregna con algunas pasiones personales del propio autor. Como Borges, desde niño le fascinan los tigres. Alexander Craigie, narrador en primera persona, es escocés, profesor de lógica occidental y oriental. Lee la insólita noticia del descubrimiento en un lugar de la India de una nueva especie de felinos, unos tigres azules. Viaja al país del Vedanta y Kipling. Llega hasta una aldea. Allí descubre que los supuestos tigres de color azulino son en realidad piedras con forma de discos que se multiplican o engendran. Las piedras y las grietas en las que están las piedras, persuaden al narrador de que la irracionalidad es el lecho más hondo de la vida:

“En el fondo, en su esperada grieta, las piedras, que eran también Behemoth o Leviatán, los animales que significaban en la Escritura que el Señor es irracional” (10).

  La irracionalidad se desnuda como fondo del ser a través del colapso de la idea de orden que supone las matemáticas. En la antigüedad, la matemática pitagórica no desconoce los cálculos y operaciones con la manipulación de piedras. En ese regreso a la raíz física del cálculo matemático, mediante la adición de piedras que se engendran, Craigie descubre la incapacidad de lo matemático para fundamentar un orden racional continuo y previsible. La división del resultado de las piedras da siempre un resultado distinto. Ejemplo de algo irracional, imprevisible, caótico.Estas fisuras surgen ya en la historia de las matemáticas, con el número irracional pi en Pitágoras, los números transfinitos de Cantor, o el teorema de Godel. Craigie no puede encontrar una ley detrás de los números que entregan la división de las piedras:

  “…Contaba con los ojos las piezas y anotaba la cifra. Luego las dividía en dos puñados que arrojaba sobre la mesa. Contaba las dos cifras, las anotaba y repetía la operación. Inútil fue la búsqueda de un orden, de un dibujo secreto en las rotaciones. (…) Las piedras se negaban a la aritmética y al cálculo de probabilidades. Cuarenta discos podían, divididos, dar nueve; los nueve, divididos a su vez, podían ser trescientos. (…) Al término de un mes comprendí que el caos era inextricable.” (11).

Las cifras ya no son estables. No hay orden matemático que permita un saber estable. Todo es caos. No hay ley humana que pueda comprender ese caos.

VI. La Biblioteca de Babel y el orden como fe, no como saber.

La biblioteca con las proporciones del universo, del relato borgiano «La Biblioteca de Babel», en Ficciones.

 Y para Borges, la intuición del no saber acontece también en el universo-biblioteca de La biblioteca de Babel. El universo es una biblioteca universal.

 La biblioteca borgeana (Biblioteca Total porque equivale al universo y contiene todos los libros posibles), se compone de galerías hexagonales (12). Su naturaleza no es clara. Para algunos, para los idealistas, es una intuición a priori del espacio absoluto; para los místicos es un gran libro circular infinito. Pero todos aceptan el axioma de que la biblioteca es eterna y divina. Y también es imposible ignorar el hecho de “la naturaleza informe y caótica de casi todos los libros”. En los libros se esparcen sucesiones caóticas de letras.

¿Pero existe un orden escondido detrás de esos signos confusos?

La ausencia de la respuesta directa a esta pregunta permite distintas interpretaciones y supersticiones que entran en colisión. Por ejemplo, para algunos existe “el Hombre del Libro”. En un hexágono yace un libro que ordena o da sentido a todos los demás. Un bibliotecario lo ha encontrado, lo ha leído. Ese lector es equivalente a un dios.

  Pero aunque todas las creencias humanas sean equivocadas, o aunque la humanidad al fin desaparezca, lo seguro es que “la Biblioteca perdurará; iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta”. El hombre puede desaparecer. Pero aun así continuaría el enigma de la existencia de un orden o de un puro caos como sustento de la biblioteca-universo.

Para despejar esta incógnita, el narrador propone entonces una solución elegante, pero también desesperada y tal vez engañosa:

  “La biblioteca es ilimitada y periódica. Si un eterno viajero la atravesara en cualquier dirección, comprobaría al cabo de los siglos que los mismos volúmenes se repiten en el mismo desorden (que, repetido, sería un orden: el Orden). Mi soledad se alegra con esa elegante esperanza” (13).

  Al final, un viajero universal que recorre el espacio infinito, que es libro y escritura, quizá podría descubrir el sentido que unifique los signos en apariencia caóticos. Pero el descubrimiento del orden que justifique el universo es parte de una espera, una expectativa. Una fe. Una creencia optimista. Nunca una seguridad inconmovible; nunca el destello de un saber completo, sin astillas de dudas y de no saber.

VII. Blanqui y Borges, y dos formas de no saber

Borges y Blanqui

   En Blanqui, la conciencia de nuestro no saber se aviva por la sospecha de la existencia de cerebros inteligentes superiores en otras regiones del cosmos. Por eso, afirma:

  ”Por cierto, el universo infinito es incomprensible, pero el universo limitado es absurdo. Esta certeza absoluta de lo infinito del mundo, unida a su incomprensibilidad, constituye una de las más crispantes molestias que atormentan al espíritu humano. Existe, sin duda, en alguna parte, en los globos errantes, cerebros lo bastante vigorosos como para comprender el enigma impenetrable al nuestro. Es preciso que nuestros celos hagan su duelo” (14).

Un universo «limitado» es absurdo porque todo indica lo contrario; nada nos obliga a creer que tiempo o espacio tengan un límite. El universo entonces es «infinito» y, a su vez, es «incomprensible». Un enigma. Y esto atormenta nuestro espíritu. Pero en otros «globos errantes» (planetas) cerebros más » vigorosos», más inteligentes, acaso «comprenden», «saben», por lo que para ellos lo enigmático es un obstáculo superado. Y es » preciso que nuestros celos hagan su duelo»; es decir, aceptar que otros cerebros no humanos «saben» y nosotros no.

 En Borges, por su parte, la aceptación del no saber anida en varios de sus cuentos. Pero aquí hemos elegido expresar la incertidumbre borgeana por los números indeterminables; por el caos de una matemática aleatoria, y no controlable o previsible por ningún saber («Tigres azules»); o por el orden oculto de un universo-biblioteca sólo accesible por una forma de fe.

Y asumir el no saber, libera las riendas a las especulaciones del eterno retorno y los mundos paralelos en Blanqui. Cada hecho de este mundo y de nuestras vidas se repite y cambia y de otra forma se reproduce en los otros mundo duplicados, paralelos, simultáneos. La idea ya en germen de «El jardín de senderos que se bifurcan » de Borges (Ver nota 3,) quien también, consciente de nuestro no saber, se eleva en vuelos de la imaginación que le permiten crear distintas ficciones que devuelven la realidad al misterio, a lo no sabido en su más delicada profundidad. Y que también, a nosotros, nos hace recordar nuestra ignorancia sobre los pilares del inmenso universo.

NOTAS:

(1) Existe en castellano una valiosa edición de La eternidad por los astros (L´Eternité par les astres), de editorial Colihue, de Buenos Aires, con prefacio de Jacques Ranciére, y posfacio de Miguel Abensour, y Valentín Pelosse. También incluye los “Apuntes sobre Louis Auguste Blanqui para el proyecto de los Pasajes de París”, y “París, capital del siglo XX. Versión de 1839. Introducción y conclusión” de Walter Benjamín. La traducción del ensayo de Blanqui es de Margarita Martínez.

(2) La Comuna de París es un movimiento de autogobierno de la comuna parisina en 1871, que se enfrenta al gobierno encabezado por el político conservador Thiers. En 1870, Francia se halla inmersa en la guerra con la Prusia de Bismark. El ejército galo es derrotado en Sedan. Francia presenta su rendición, mientras la capital francesa es sitiada por los prusianos. La deposición de las armas es interpretada por el proletariado como una traición. La Comuna se apropia entonces de las armas de los arsenales. Se prepara la resistencia. En el interior de Francia la actitud del pueblo parisino no tiene resonancia. Mientras tanto, y atemorizados por el peligro de rebelión del proletariado, la clase dirigente (integrada por monárquicos y republicanos burgueses) acuerda un gobierno conjunto que pacta un armisticio con Prusia. La capital se traslada a Versalles, para eludir la agitación contestataria de París. En las elecciones nacionales de febrero de 1871 los monárquicos y conservadores son mayoría. El nuevo gobierno decide la contrarrevolución, la represión de la Comuna independiente de París. El oficialismo pacta con Bismark la liberación de los prisioneros de guerra a fin de utilizarlos en el sometimiento de la ciudad luz. La comuna parisina no se amilana. La Guardia Nacional la apoya, y se evalúa la oportunidad de tomar por asalto Versalles. Pero los revolucionarios optan por la cautela, el respecto al Banco Nacional de Francia, la propiedad privada, el derecho de libre circulación de personas, incluso de los grupos conservadores enemigos de la Comuna.

 El 26 de marzo de 1871, luego de las elecciones libres, se proclama oficialmente la Comuna de París. En la elección participan una variedad de posiciones políticas vinculadas con un ideario socialista, anarquista, blanquista, proudonista; e incluye también a algunos representantes de los barrios burgueses que después recularán. El 21 de mayo de 1871 un ejército de alrededor 180.000 hombres invade París. Se inicia una cruenta lucha calle por calle. La Comuna se defiende mediante el sistema de las barricadas. Sostienen rifles y bayonetas por igual hombres y mujeres. La desigualdad en la preparación militar y de recursos impone de antemano el fracaso de la Comuna. El 28 de mayo, es tomada la última barricada defendida por un solo hombre luego de la muerte de los otros defensores. En la misma Francia que alguna vez derribó el Antiguo Régimen no se duda en la masacre y el fusilamiento sumario. Caen fusilados sin distinción hombres, mujeres y niños. Como en la peor época de la caza de brujas, una denuncia sin fundamento probado sirve para decretar la muerte en el paredón. Algunas fuentes hablan de 30.000 comuneros fusilados. Unas 40.000 personas son enviadas a colonias, encerradas en lo que tal vez sea el comienzo del sistema de los ominosos campos de concentración, luego proseguidos, en el siglo XIX, por los ingleses en lucha con los bóers en Sudáfrica. Muchos mueren por enfermedades o por los efectos de los trabajos forzados. El brote socialista, que para algunos tiene como principal norte orientador a Blanqui, es así salvajemente cegado. Marx y Engels, celebran la Comuna, pero estiman que aún no habían madurado las variables sociales, históricas y económicas para una revolución socialista, tal vez definitiva. También critican la moderación del movimiento, y su exceso de orientaciones ideológicas, lo que provocó que la Comuna no tuviera una capacidad de respuesta rápida y efectiva ante la contingencia.

 (3) El que cada hecho en el fluido del tiempo se bifurque en todas sus variantes hace recordar, inevitablemente, a El Jardín de los senderos que se bifurcan, en el volumen Ficciones, de Jorge Luís Borges. Aquí se imagina que cada hecho se bifurca en infinitas series temporales paralelas por lo que cada hecho resuena o se desdobla en todas sus bifurcaciones posibles en “un jardín de los senderos que se bifurcan”, que no es otra cosa que la entraña esencial y secreta del tiempo.

(4) L. Auguste Blanqui, La eternidad por los astros, Buenos Aires, Colihue, 2002, p. 94.

(5) Sobre el vínculo entre Nietzsche y Blanqui, en Máximo Montinari, Nietzsche. Los hombres de la historia, CEAL, 1978 (trad. Oberdan Caletti).

(6) En cuanto a la reticencia de Blanqui sobre la idea de progreso, Benjamín afirma: “En La eternidad por los astros, Blanqui no manifiesta antipatía hacia la creencia en el progreso. No obstante, entre líneas, acumula desprecio por la idea. De esto no se debería necesariamente concluir que él traicionaba su credo político. La actividad de un revolucionario profesional como Blanqui no presupone de ningún modo fe en el progreso; presupone solamente la decisión de erradicar la injusticia social”, en W. Benjamín, “Apuntes sobre Louis Auguste Blanqui”, incluido en A. Blanqui, La eternidad por los astros, op. cit., p. 180.

(7) Maurice Blanchot, La amistad, citado en A. Blanqui, La eternidad por los astros, op. cit., en “Posfacio: Liberar al encerrado”, de Miguel Abensour y Valentín Pelosse. 

(8) Jorge Luís Borges, «El tiempo circular» en Historia de la eternidad, en Obras completas, v.I, Buenos Aires, Emecé, pp.393-394.

(9) “…yo diría que toda literatura es esencialmente fantástica; que la idea de la literatura realista es falsa, ya que el lector sabe que lo que se está contando es una ficción. Y además, la literatura empieza por lo fantástico, o, como dijo Paul Valery, el género más antiguo de la literatura es la cosmogonía, que vendría a ser lo mismo. Es decir, la idea de literatura realista quizá date de la novela picaresca, y haya sido una invención funesta, porque -sobre todo en este continente- todo el mundo se ha dedicado…a una novela de costumbres, que vendría a ser un poco descendiente de la novela picaresca. O si no los ‘alegatos sociales’, que también son una forma de realismo. (…) Yo diría que la literatura fantástica es parte de la realidad. Ya que la realidad tiene que abarcar todo. Es absurdo suponer que ese todo es lo que muestran a la mañana los diarios”,  Jorge Luís Borges, Osvaldo Ferrari, Diálogos, Barcelona, Seix Barral, 1992, pp-108-109.

(10) J. L. Borges, “Tigres azules”, en La memoria de Shakespeare, en J. L. Borges, Obras completas, v.III, Buenos Aires, Emecé, p.386.

(11) Ibid., p.387.

 (12) La imaginación del universo como una Biblioteca Total le viene a Borges de Kurd Lasswitz en su volumen de relatos fantásticos Traumkristalle. Luego de mencionar un antecedente del desplazamiento del lenguaje corriente a un sistema de combinaciones, en un artículo de Sur de agosto de 1939, Borges afirma: “…llega Kurd Lasswitz a veinticinco símbolos suficientes (veintidós letras, el espacio, el punto, la coma) cuyas variaciones con repetición abarcan todo lo que es dable expresar: todas las lenguas. El conjunto de tales variaciones integraría una Biblioteca Total de tamaño astronómico”, en J. L. Borges, La Biblioteca Total, en Borges en Sur (1931-1980), Buenos Aires, Emecé, p. 26. Pero también no es imposible negar, a nuestro entender, la influencia en la generación de la idea de La biblioteca de Babel de la actividad recurrente de Borges como bibliotecario. Su elemento más cotidiano y repetido, la biblioteca y el libro, se trasforman, por las vías de la literatura fantástica, en metáfora del universo desmedido y misterioso.

(13) J. L. Borges, La Biblioteca de Babel, en Ficciones, en Obras completas, v. II, Buenos Aires, Emecé, p.471.

(14) L. Auguste Blanqui, La eternidad por los astros, op.cit., p. 30.

    

Deja un comentario