Por Esteban Ierardo

La primavera, de Sandro Botticelli, en la Galería de los Uffizi, Florencia.
Para algunas civilizaciones antiguas, y esto no era una regla universal, el Año Nuevo coincidía con la llegada de la «nueva vida» de la primavera. Uno de los mitos que refleja este proceso estacional, es el viaje mítico del dios griego Dionisio.
Todos los años, el dios emprendía un viaje hasta las fronteras del mundo geográfico conocido. Al regresar a la Hélade, podía hacerlo por el puerto de El Pireo en Atenas, o por Tracia, en el norte. Pero siempre regresa en primavera, como parte de un acto de renovación de la vida.
El paso definitivo del Año Nuevo al 1 de enero ocurrió en el 46 a.C., con la introducción del Calendario juliano por Julio César para honrar a Jano, el dios de los inicios y los finales.
En el mundo contemporáneo, el Año Nuevo es un evento social que se agota en un mero festejo, en encuentros familiares y aumentos de las ventas. Carece de toda ramificación cosmológica; no toca ningún nervio profundo de la vida. Por eso, hoy, la fiesta primaveral dionisiaca en coincidencia con la apertura de un nuevo ciclo estacional, es lo imposible. Y, quizá, siempre lo fue.
LA PRIMAVERA vuelve. Y despliega sus telas floridas: extiende sus brazos vegetales de muchos colores, desbordan sus ramas con nuevas hojas y frutos; y las flautas y ritmos de un dios griego viajero vuelve entre montañas, abrazadas por campiñas y bosques.
En primavera, regresa de su viaje el dios de la vid, de la danza, el ritmo, el frenesí. Es Dioniso el que vuelve en la nueva primavera, que también es el comienzo de un nuevo año estacional, con sus fiebres de pasos desorganizados, sus danzas y gritos acompañados por su cortejo de sátiros y silenos, sus animales felinos, su transfigurada esposa Ariadna. Regresa Dionisio para frotar el diamante en las maderas y los surcos de la tierra.
Y el dios y su cortejo atraviesan los horizontes esquilmados por el invierno, y con su calor desvanece esa frialdad invernal; y visita Dioniso los pueblos para hacerlos renacer.
La fiesta real, la protegida por el dios que vuelve, es la que hace que los espíritus presientan el origen, las aguas fértiles de las que viene el poder de crear más vida. Este poder renueva. Para renovar la vida, para que ésta vuelva a su frescor juvenil, es necesario primero dejarse volver a ese origen, al principio de la noche de estrellas, para después recrearse en una existencia otra vez joven, como la juventud primaveral, con la fuerza para empezar de vuelta, sin la condena del pasado que exige que todo envejezca y se repita.
La alegría de la fiesta dionisíaca es el renacimiento real del deseo de vivir; el don de remover las piedras que hieren y pesan sobre las espaldas fatigadas, para después recobrar el impulso del nuevo ciclo primaveral que hace renacer las fuerzas. Entonces, el hombre antiguo inspirado por Dioniso, dios de los éxtasis, de los jugos felices de la vida enérgica, sonríe y mezcla a sus animales felinos con los humanos que ya no se sienten fatigados por el peso de sí mismos.
Pero para el hombre moderno la fiesta original dionisíaca, la celebrada entre las montañas paganas, es lo imposible. Porque fiesta es lo que celebra la vida de vuelta creada. El sujeto moderno no es capaz de esa fiesta de ayer, la arquetípica, la embriagada por un cosmos febril, porque en tanto moderno se es esencialmente ser urbano, prisionero de un universo físico restringido a calles y masas edilicias; y hoy, en la realidad tecnodigital, la conciencia se encapsula en el reino de la pantalla móvil. Así, la cultura encerrada en las calles o los móviles, no se eleva a la altura que empequeñece la altura de los rascacielos; o no se desvía hacia abajo, hacia lo terrestre de las raíces, las flores, las semillas, y los ríos que hacen circular la aguas que llevan fertilidad a los suelos.
Las fuerzas físicas del mundo son reemplazadas por nuestras representaciones mentales. El aire o la luz percibidos antes como fuerza de nueva vida son sustituidas por el orden de los conceptos, que ya son conceptos digitalizados, y que ofician como un mapa estático e intelectual del mundo.
Las festividades del renacer primaveral están fuera del rango de nuestras experiencias posibles. La temporalidad del ser urbano, ya virtual ciudadano cyborg (por la fusión de hecho entre el cuerpo y los móviles), es acumulación de saturación y fatiga.
Hoy, el único consuelo festivo es el espectáculo. El placer distendido del entretenimiento. El espectáculo deportivo, el streaming, el «scrolleo». El entretenimiento no es fiesta del nuevo nacer; es morfina aliviadora, salida breve del tiempo cotidiano del estrés y cansancio.
El placer del entretenimiento que da una tregua a la monotonía de lo saturante, no devuelve la materialidad del mundo florecido, como ocurría con el humano embriagado por la presencia de lo físico vivo; por las fuerzas vivificantes del aire, el vino, la luz, la tierra en germinación que hace participar de la materia como cambiante estado creativo. A lo creador contribuye la primavera como fiesta.
Y donde la primavera vuelve, desde lo simbólico mitológica griego, Dionisio, el dios del éxtasis, del cortejo feliz, reemprende sus trayectos entre las plantas, los felinos, las olas y semillas; hace que aun lo viejo sea de vuelta joven, aunque sea en espíritu.
Pero hoy esa fiesta dionisica del nuevo año primaveral es lo imposible. Quizá, siempre lo fue; quizá siempre fue un deseo, un sueño, sueño de panteras; el Año Nuevo no como exigencia formal de un calendario, sino como una alegría real por percibir el poder primaveral, cerca del dios que corre y respira en un mundo encendido.

«ionisio y Ariadna, por Eugen Delacroix, en Museo Kunsthistorisches Museum, Viena.